Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 11. El fiasco del pan que no es pan
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11. El fiasco del pan que no es pan

EL FIASCO DEL PAN QUE NO ES PAN

Izzy

No puedo quitarme ese mensaje de la cabeza.

No es más que una IA. Una cosa ficticia. Una distracción, como me dijo Amanda. Nada con lo que obsesionarme mientras intento llevar a cabo tareas laborales reales. Pero eso no ha impedido que mi mente vuelva al tema cada pocos minutos.

Joder, Amanda. Vaya manera de hacer subir la temperatura en un instante.

Juro que esa mujer no tiene medida. No es que esperara lo contrario, pero, aun así…

Habría estado bien que las cosas se hubieran ido calentando poco a poco.

Quizá haber mantenido unas cuantas conversaciones antes de que mi amiga decidiera derribar la puerta de una patada e introducirme en un mundo de obscenidades generadas por ordenador que es del todo nuevo para mí.

El mensaje que Amanda envió era tan explícito que me sorprende que mi teléfono no estallara en llamas.

Lo leí una vez. Luego escribí algo parecido a que todo había sido un error. Y después cerré la aplicación. Sé que Caleb ha contestado, porque está programado para hacerlo, pero todavía no he tenido agallas para mirarlo y la notificación sigue apareciendo como no leída en mi móvil.

Al principio, no quería leerlo. Luego, a medida que el día iba avanzando, me moría de ganas.

La curiosidad no paraba de crecer y me distraía cada vez más.

Pero, entre la enorme cantidad de correos electrónicos corporativos que intentaban absorberme el alma y la absoluta pesadilla que es la planificación de ventas para la temporada navideña, he logrado mantenerme bastante ocupada y he resistido sin abrir de nuevo la aplicación.

Incluso he superado una reunión de tres horas con dirección —querían repasar la previsión definitiva para las fiestas— sin perder la cabeza del todo.

Cuando han empezado a discutir el pronóstico de los patrones de tráfico peatonal se me han puesto los ojos vidriosos, pero he asentido en los momentos adecuados y he tomado notas para parecer interesada.

Y, de alguna manera, milagrosamente, hoy voy a salir del trabajo a mi hora.

Es un acontecimiento tan poco habitual que casi no sé qué hacer con mi vida.

Me dirijo hacia la salida tan perdida en mis pensamientos que casi choco contra un muro de músculos.

Otra vez.

Corrección: Callahan.

Otra vez.

Retrocedo tambaleándome, aturullada, y lo miro con cara de sorpresa.

Él arquea una ceja, divertido.

—Tenemos que dejar de encontrarnos así.

Gruño, ya recuperando la compostura, molesta.

—Quizá deberías dejar de tener la complexión de un muro de ladrillo.¶

—No es culpa mía que no pares de tropezarte conmigo.

Frunzo el ceño y me ajusto la correa del bolso sobre el hombro.

—No es culpa mía que no pares de interponerte en mi camino.

La expresión de su rostro me dice que esto le está haciendo mucha más gracia de la que debería.

Cosa que, teniendo en cuenta que se dedica literalmente a atrapar delincuentes, resulta un tanto ofensiva. Las comisuras de los ojos se le arrugan un poco y le suavizan el habitual rictus estoico.

Cambia un momento de posición; me escudriña el rostro como si se planteara algo y luego señala con la cabeza hacia el pasillo.

—¿Tienes un segundo? Quería repasar mi plan para reforzar la seguridad antes del ajetreo de las fiestas.

Abro la boca para soltar la primera excusa que se me ocurra, pero entonces lo miro.

Lo miro de verdad.

Sus impresionantes ojos verdes no dejan traslucir nada, pero, aun así, me siento expuesta de arriba abajo.

Los anchísimos hombros, el hecho de que se comporte como si controlara todas y cada una de las habitaciones en las que entra.

Los ángulos marcados de la cara, la ligera sombra de barba que le ha aparecido desde esta mañana. Y, de repente, no quiero irme.

Quiero quedarme.

Quiero sentarme en esa sala de reuniones con él y escuchar su voz profunda y firme mientras expone sus planes. Quiero ver cómo flexiona los antebrazos al gesticular. Quiero ver si soy capaz de volver a sacarle esa media sonrisa tan sexy y exasperante.

Y no. No.

Esto no está bien.

Esto es culpa de Amanda.

Esto es culpa de la IA.

Esto es culpa mía por programar un puñetero chatbot que es idéntico a Callahan, porque ahora mi cabeza los confunde.

Las líneas se están difuminando, y ese es un terreno muy peligroso que no me conviene explorar.

No me conviene porque tengo novio, aunque dicho novio lleve más de un año sin verme de verdad.

Tengo que largarme de aquí.

Mi móvil emite un pitido y el sonido interrumpe mi crisis interna.

Me sacudo de encima el lío en el que se estaba metiendo mi cerebro, fuera cual fuese, y me saco el teléfono del bolsillo esperando ver un mensaje de Caleb. El corazón se me acelera un poquito al pensarlo.

Pero… no es Caleb.

Hago una mueca.

Es Evan.

Quedamos para cenar? Tengo que contarte algo especial

Frunzo el ceño, ya recelosa. Dejo el pulgar inmóvil sobre la pantalla mientras leo el mensaje dos veces.

Evan y yo no hacemos planes espontáneos para cenar. Por lo general, dedica semanas a planificarlo todo con mucha antelación, pues su agenda es una escritura sagrada que no puede profanarse sin graves consecuencias.

Siento que la suspicacia me eriza el vello de la nuca. Luego vuelvo a mirar a Callahan, que espera mi respuesta con paciencia, con una expresión neutra pero atenta. Me aclaro la garganta.

—Perdona. Parece que tengo que asistir a una reunión de última hora.

Durante una milésima de segundo, juro que le veo un destello de decepción en los ojos, una breve grieta en su fachada de tranquilidad que me da a entender que quería que contestara que sí.

Pero entonces desaparece. Recupera la máscara serena e indescifrable que suele conformar su expresión.

Asiente una vez.

—Entendido.

Intento no sentirme mal por ello, no preocuparme por que haya cortado de raíz lo que sea que haya sido ese momento. Pero la pequeña punzada de arrepentimiento que siento en el pecho sugiere lo contrario.

Desvía la mirada hacia mi botella de agua, la de la reunión de esta mañana, que todavía está llena.

—Bébete eso. Y cena bien.

Me detengo, algo desconcertada. Por lo general, cuando alguien amenaza mi adicción al café, les digo adónde pueden irse. Pero, ahora, sonrío y las palabras de asentimiento casi se me caen de la boca.

—Sí, lo haré.

Y, sin más, me doy la vuelta y me dirijo hacia la salida haciendo un gran esfuerzo por no pensar en lo mucho que una parte de mí desea quedarse.

El coche de Evan ya me está esperando fuera cuando salgo de la tienda.

Lo cual, siendo sincera, es una locura.

Tener coche en Nueva York es una cosa. Tener coche cuando vives en el centro de la ciudad y pagas más por una plaza de aparcamiento de lo que la mayoría de la gente paga por el alquiler… Eso es comportarse como un demente. Pero ahí está, un BMW negro que destella bajo la luz de las farolas.

Pero Evan es Evan, así que por supuesto que tiene coche.

Ocupo el asiento del copiloto y apenas me ha dado tiempo a abrocharme el cinturón de seguridad cuando pone el coche en marcha.

—¿Adónde vamos? —pregunto tras volverme hacia él.

Su perfil se recorta con nitidez contra las luces de la calle; está concentrado en la carretera.

Se encoge de hombros sin apartar la vista de la calzada.

—Se me ha ocurrido llevarte a cenar.

Me quedo pensativa, confusa por la informalidad de su afirmación. No encaja con su habitual enfoque meticulosamente planificado para todo.

—Pero… ¿nosotros solos?

—Sí, nosotros solos. A menos que tu perfume cuente como tercer pasajero. Está a punto de empañar todas las ventanas.

No respondo. Me limito a apretar los labios y volverme hacia la ventanilla, de pronto consciente del aroma adherido a mi piel. Del perfume con el que me he rociado dos veces antes de salir porque soy tan tonta que quería sentirme guapa.

Enarco las cejas a mi pesar mientras el recelo se apodera de mí.

Porque Evan no tiene citas espontáneas para cenar.

Evan prepara cenas para hacer contactos, reuniones de negocios en las que piden chuletones carísimos, brunchs con personas que, por alguna razón, siempre se llaman Brad.

Su agenda social es una danza de conexiones e impresiones cuidadosamente organizada.

Pero esto… Nosotros solos…

Basta para que me pregunte si no habré sido yo el problema todo este tiempo.

Puede que esté siendo un cielo y yo no me haya dado ni cuenta.

Tal vez soy yo la que ha estado demasiado desconectada.

Tengo que dejar de darle tantas vueltas a todo y…

centrarme en apreciar el momento. Permitir que sea atento.

Las luces de la ciudad pasan a toda velocidad por la ventanilla mientras avanzamos y proyectan patrones de luces y sombras en el interior del coche.

Cuando llegamos al restaurante, sé de inmediato que tendría que haber confiado en mi instinto.

Es un local demasiado limpio, demasiado estético.

Tiene una enorme pared cubierta de vegetación, ventanales que van desde el suelo hasta el techo y una barra de zumos en la entrada.

El cartel brilla y está escrito con una fuente minimalista que grita: «Cobramos veinte dólares por un batido».

Es un restaurante de vida sana.

Contengo el impulso de darme de cabezazos contra el ventanal.

«No saques conclusiones precipitadas, Izzy. A lo mejor no pasa nada. Tal vez solo le apetezca probar algo nuevo. Puede que esto no vaya a ser justo como la última vez que hizo algo así».

La última vez que me llevó a un «restaurante nuevo muy de moda», me la jugó con una cena compartida con un entrenador personal que pensaba que iba a apuntarme a una especie de carrera de obstáculos llamada Tough Mudder. Me pasé toda la noche asintiendo mientras planeaba mi huida silencio.

Respiro hondo, pero el aire fresco de la noche no consigue calmar mis crecientes temores.

«No presupongas nada. Mantén la mente abierta. ¿Y si solo está siendo amable?».