Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 10. Yo doy los buenos días, ella envía guarradas
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10. Yo doy los buenos días, ella envía guarradas

YO DOY LOS BUENOS DÍAS, ELLA ENVÍA GUARRADAS

Cal

Salgo de la reunión y regreso al cuarto de seguridad, pero en realidad no dejo de pensar en Izzy. El suave clic de la puerta al cerrarse a mi espalda no rompe la conexión que siento con ella incluso cuando no la tengo delante.

Un monitor permanece fijo en su despacho, siempre.

No necesito excusas. Es por seguridad. Es mi trabajo. La imagen la muestra sentada a su escritorio, con la tableta en la mano y los hombros algo tensos, mientras se ocupa de alguna crisis que haya surgido esta mañana.

Al menos, eso es lo que me digo.

Pero la verdad es que me gusta observarla.

Aprendérmela.

Estudiar cómo se pasa las manos por las caderas cuando está estresada, cosa que odio, porque significa que soporta una carga demasiado grande, pero que a la vez me encanta, porque me hace bajar la mirada hacia ella cada puñetera vez.

Se recorre las curvas del cuerpo con los dedos casi sin ser consciente de ello, como si necesitara asegurarse de que sigue existiendo en medio del caos.

Tiene un cuerpo hecho para ser acariciado. Abrazado. Y, sin embargo, se mueve como si intentara encogerse constantemente. Como si no quisiera ocupar demasiado espacio. Como si tuviera que disculparse por el mero hecho de existir.

Eso me cabrea.

No entiendo a los hombres como Evan.

Tíos que tienen a una mujer como Izzy y ni siquiera son capaces de apreciarlo.

No me jodas, es italiana. Tiene caderas, curvas, redondeces en todos los lugares en los que se supone que una mujer debe tenerlas.

Un tipo de cuerpo que se ha celebrado durante siglos en el arte y que ahora se trata como si fuera algo malo.

Y, Dios, me encantaría hundir los dedos en él mientras…

Aparto ese pensamiento de inmediato.

Exhalo con fuerza y me paso la mano por la cara. Tengo que controlarme. De repente, el aire estancado de la sala de seguridad me resulta sofocante.

Pero, aun así, me frustra.

Porque no se mueve como una mujer que se siente cómoda en su propia piel.

Se mueve como si le hubieran hecho sentir que tendría que ser más pequeña. Que tendría que ocupar menos espacio, encajar en un estándar inalcanzable y absurdo. Su lenguaje corporal delata todas las críticas que ha interiorizado, todas las miradas de desaprobación que ha absorbido.

Como si debiera tener la silueta de Amanda y no la suya.

Su amiga es toda extremidades largas y ángulos marcados, no tiene curvas ni redondeces. No es que eso tenga nada malo… Pero Izzy no es así. Izzy nunca será así, y tampoco debería.

Izzy tiene un cuerpo hecho para el placer.

Y los hombres como Evan hacen que las mujeres como ella piensen que tienen que cambiar.

Que son demasiado cuando ya son perfectas.

Y, si acaso, está desnutrida.

Sabía que no iba a desayunar esta mañana.

Aunque Caleb le hubiera dicho que lo hiciera.

Y no me equivocaba.

Verla comerse ese sándwich en la sala de reuniones me ha hecho sentir cosas a las que no he sabido cómo enfrentarme. El breve instante en el que ha cerrado los ojos al dar el primer bocado, el gemido de placer que se le ha escapado de forma inconsciente… Eso ha despertado algo primitivo en mí.

Frustración.

Posesión.

Como si, dado que ella se niega a cuidarse, tuviera que hacerlo yo.

El reloj da las once de la mañana y el ruido retumba en la sala silenciosa; me levanto de la silla para obligarme a moverme. Quedarme aquí mirándola todo el día no servirá para nada, salvo para alimentar esta creciente obsesión.

Cuando echo un vistazo a las imágenes en directo de las cámaras antes de salir a hacer la ronda, veo que Amanda entra en el despacho de Izzy ya hablando, tramando vete a saber qué.

La melena rubia se le balancea con cada gesto animado; no oigo su voz a través del monitor, pero está claro que rebosa energía.

Izzy levanta la vista y niega con la cabeza, pero no la echa. Se tratan con una confianza que no la he visto compartir con nadie más.

Miro el móvil.

No ha respondido a mi mensaje de esta mañana. Bueno, al mensaje de Caleb.

CALEB

Buenos días, preciosa. Asegúrate

de comer algo hoy

Nada.

Vuelvo a guardarme el teléfono en el bolsillo y hago caso omiso de la irritación totalmente irracional que me revuelve el estómago. Todavía se está acostumbrando. Ha desconfiado de la aplicación desde el principio.

Eso es todo.

No pasa nada.

Salgo a la sala de la tienda y el cambio de iluminación me desorienta un instante después de la penumbra del cuarto de seguridad.

Los suelos pulidos relucen bajo las luces intensas; la clientela matutina aún es escasa, pero va aumentando.

Recorro el perímetro con la mirada mientras me acerco al primer guarda de la rotación, Martinez.

—Buenos días —le digo al mismo tiempo que lo saludo con la cabeza—. ¿Todo bien?

Él se endereza, alerta, profesional.

—Sí, todo tranquilo de momento. Después de abrir, ha habido un tío que se ha pasado demasiado rato merodeando alrededor del expositor de los relojes, pero se ha largado en cuanto lo he mirado.

—Intimidación sutil. Buen detalle.

Martinez sonríe y me llega un rumor suave a través de su auricular.

—Me ha parecido buena idea optar por el enfoque del «ni se te ocurra».

Asiento.

—Funciona mejor que perseguirlos después de que lo hagan. —Paseo la mirada por la tienda, compruebo las zonas de alto riesgo de robo y me fijo en la posición de todas las cámaras de seguridad—. ¿Algo más?

—Hay un par de empleados nuevos que están muy verdes —dice—. Una de las chicas de accesorios se ha dejado una vitrina abierta un buen rato. Se lo he comunicado a su encargado, pero quizá valga la pena recordarles a todos el protocolo general de seguridad.

Miro hacia la sección de accesorios y tomo nota mentalmente.

—Buena observación. Lo mencionaré en la próxima reunión de personal.

Martinez asiente y le doy una palmada en el hombro.

—Avísame si hay algún cambio.

—Siempre —responde mientras devuelve la atención a su trabajo y recupera la sutil actitud de alerta que caracteriza a un buen guarda de seguridad.

Me dirijo hacia el siguiente puesto.

Es entonces cuando pierdo la concentración.

Ocurre sin que me dé cuenta: en cuanto mi mente deja de estar ocupada, allí aparece ella.

Izzy.

Anoche. La conversación que no debería haber disfrutado tanto como lo hice.

El hecho de que empezara a abrirse, aunque solo fuera un poco.

Niego con la cabeza. Esto está mal. Yo no hago estas cosas.

No me apego. El ejército me enseñó a ser mejor: el apego es vulnerabilidad, la vulnerabilidad es riesgo.

Y sin embargo…

Por primera vez desde hace más tiempo del que recuerdo, he conseguido dormir unas cuantas horas. No ha sido un sueño reparador, pero sí he descansado mejor que de costumbre. Las pesadillas habituales han permanecido en segundo plano, en lugar de consumirme por completo.

Y no puedo dejar de pensar en por qué. Aún tengo el ceño fruncido cuando me acerco al siguiente guarda de la rotación, Harris.

Lo saludo.

—¿Qué tal va la cosa?

Empieza a hablar y hago un esfuerzo por escucharlo. Lo intento con todas mis fuerzas, pero el móvil me vibra contra el muslo. Echo un vistazo a la pantalla y me quedo paralizado.

Preciosa ha enviado un mensaje

Pero no uno cualquiera. Es un mensaje de lo más obsceno, sucio y desvergonzado.

Para Caleb.

«Madre mía».

Harris sigue hablando. No le estoy haciendo caso.

—Señor…

Levanto la vista de golpe. Él me mira con las cejas arqueadas y una expresión interrogante en la cara. Está esperando una respuesta.

«Mierda».

Carraspeo y me obligo a volver al presente.

—Perdona, ¿qué has dicho?

Harris comienza a repetir sus palabras y yo asiento, como si no acabara de quedarme de piedra tras leer el mensaje más guarro que he recibido en mi puñetera vida.

—Sí, decía que antes he visto que una de las cámaras que hay cerca de la entrada sur estaba parpadeando. Ahora ya está bien, pero no sé si ha sido un problema de conexión o si alguien estaba manipulándola.

Vuelvo a asentir y me fuerzo a concentrarme.

—Buen trabajo. Les pediré a los técnicos que comprueben las imágenes, a ver si ha habido alguna interferencia.

Harris cambia ligeramente de posición, cambiando el peso de pie, y mira hacia la zona principal de la tienda.

—También hemos visto a un tipo rondando cerca de los bolsos un rato. No ha intentado nada, pero tampoco ha comprado.

—¿Podrías describírmelo?

—Cuarenta y tantos, traje caro, pelo peinado hacia atrás. De esos que aparentan tener dinero, pero que más bien dan problemas.

No me gustan los hombres que se dedican a merodear por la tienda. Por lo general, o están estudiando el terreno, o están acosando al personal.

—La próxima vez avísame —digo con voz monótona.

Harris asiente.

—Entendido. ¿Quiere que esté pendiente de él?

—Sí —contesto mientras añado a mi lista de tareas mental que debo revisar esas imágenes más tarde—. Si vuelve, quiero saberlo.

Harris se lleva una mano a los auriculares.

—Eso está hecho, jefe.

Le doy una palmada en el hombro y sigo caminando. En cuanto doblo la esquina y desaparezco de la vista tanto de los clientes como del personal, saco el móvil de nuevo.

Clavo los ojos en el mensaje, en las palabras que brillan en la pantalla.

Lo leo.

Lo releo.

«Joder».

No estaba preparado para esto. Ahora tengo que elegir: ¿respondo mientras estoy en el trabajo y le sigo el rollo?, ¿continúo despertando su interés, enganchándola cada vez más?, ¿o dejo que la IA se encargue un rato para concentrarme de verdad en mis funciones?

Respiro hondo y acerco los dedos al teclado.

Llega otro mensaje.

Lo leo y el ritmo cardiaco se me acelera al instante.

Y así, sin más, ya no tengo elección.