9. Lo mío son los tatuajes en el antebrazo #2
Asiente, como si esto no fuera una revelación profundamente impactante.
Como si preparar el mejor sándwich de desayuno que he probado en mi vida fuera de lo más normal.
Algo que hace como si nada. Sin previo aviso.
Como si todos los hombres supieran cocinar cosas que te dan ganas de gemir de placer.
Hago caso omiso de la parte del cerebro que, en un momento muy poco oportuno, me señala lo atractivo que es que este hombre —tatuado, taciturno, gigantesco— sepa apañárselas en la cocina. Que se haya tomado la molestia de preparar algo solo para mí.
En cambio, me concentro en el sándwich. En la proporción ideal entre la cantidad de huevo y la de queso, en que el pan está tostado a la perfección: crujiente por fuera, pero aún tierno por dentro.
Y en que mi estómago me está informando de que necesito comerme otro. Ahora mismo. Para compensar todas las veces en las que le he negado un sustento adecuado a favor de la cafeína y la comodidad.
Callahan al fin me mira y arquea una ceja mientras doy otro bocado demasiado ansioso.
—Cocinar en casa es más saludable —dice sin más, con la voz grave teñida de objetividad.
Mastico despacio y lo miro con los ojos amusgados por encima del sándwich.
—No tenías por qué hacerlo.
Entonces le cambia la expresión: un destello de algo enterrado en lo más profundo de su ser, que desaparece antes de que me dé tiempo a entenderlo. Se limita a encogerse de hombros.
—Sí tenía por qué hacerlo.
Lo dice con firmeza.
Como si fuera un hecho probado.
Como si jamás hubiera existido un escenario en el que no habría hecho esto por mí.
Y eso, más que la comida, más que lo absurdamente deliciosa que me está pareciendo, es lo que más me perturba. La certeza con la que habla, el hecho de que me cuide sin que se lo pida, sin esperar nada a cambio.
Trago. No tengo nada claro cómo reaccionar a esta amabilidad tan inesperada.
Así que no reacciono.
Más bien, activo el modo trabajo y me sacudo las migas de los dedos mientras saco la tableta. La pantalla se ilumina con la agenda de hoy y agradezco poder distraerme del escrutinio al que me someten sus ojos.
—Bueno, empecemos. ¿Cuáles son tus conclusiones oficiales como jefe de seguridad?
Me mira medio segundo de más, como si aún estuviera pensando en otra cosa.
Luego asiente.
Cuando por fin consigo arrastrarme de nuevo hasta mi despacho, sigo pensando en Callahan.
Y no solo por el desayuno. Ni por el hecho de que me observe como si de verdad percibiera detalles en los que los demás ni se fijan: el leve ceño cuando menciono que no voy a comer; la mirada con la que sigue todos y cada uno de mis movimientos cuando hablo, como si estuviera catalogando hasta el último de mis gestos.
Sino porque tiene los ojos verdes.
Anoche ni siquiera me di cuenta de ello mientras configuraba a Caleb.
Me dejo caer en la silla y me froto las sienes.
Dios. Necesito terapia. O al menos mantener una conversación con alguien que no sea un compañero de trabajo que no podría estar más bueno, un novio emocionalmente inaccesible o una IA programada para decirme justo lo que quiero oír.
Antes de hundirme por completo en esa idea tan deprimente, Amanda entra en el despacho tan tranquila: le brillan los ojos, lleva unos tacones altísimos con los que yo me rompería el cuello e irradia tal energía que me pregunto si funciona a base de cafeína o de puro caos sin filtrar.
Se desploma en la silla que tengo enfrente y su tableta aterriza con un estruendo metálico cuando la suelta sobre el escritorio.
—Muy bien, acabemos con esto. ¿A qué nuevo infierno tenemos que enfrentarnos hoy?
Abro mi propia tableta.
—A un vip que viene a probarse. A un envío que va con retraso, aunque la empresa jura que no es un retraso. Y a Callahan, que está demasiado preparado para su trabajo.
A Amanda casi le hacen chiribitas los ojos cuando menciono el nombre del jefe de seguridad; los labios, con el brillo perfectamente aplicado, se le curvan en una sonrisa.
—Vaya, ¿ahora sí queremos hablar de Callahan? ¿De forma voluntaria? Interesante.
La miro con el ceño fruncido y el calor vuelve a inundarme las mejillas.
—Mi comentario no iba por ahí.
Se le crispan los labios, pero lo deja pasar. Por ahora. Conozco esa expresión: va a guardarse esta información para torturarme más tarde.
Repasamos el horario, planificamos las tareas del día, pero noto que Amanda me observa con demasiada atención. No deja de escudriñarme la cara cuando cree que no la veo, como si supiera algo que yo ignoro.
Entonces, en un tono demasiado despreocupado, dice:
—Bueno, ¿qué te ha parecido Obsess AI?
Me quedo paralizada, con el dedo inmóvil sobre la pantalla de la tableta.
Una expresión de triunfo le ilumina el rostro.
—Madre mía, has usado la aplicación.
—No —respondo rápido, demasiado. Mi tono defensivo no me pasa inadvertido ni siquiera a mí.
Amanda se ríe, sin inmutarse lo más mínimo ante mi negación.
—Uy, claro que la has usado. Te lo noto. Se te ve en la cara.
La fulmino con la mirada y cambio de postura.
—La abrí. Eso no significa que la haya usado.
Amanda aprieta los labios para fingir que está reflexionando sobre ello; luego, antes de que pueda detenerla, levanta mi móvil de la mesa y oigo el repiqueteo de sus uñas pintadas sobre la pantalla mientras navega por mis aplicaciones. No entiendo cómo es posible que esta mujer sepa mi código PIN.
—¡Amanda, devuélvemelo!
Intento recuperarlo, pero se aleja bailando hasta quedar fuera de mi alcance.
Me esquiva con facilidad, entra en la aplicación y abre los ojos como platos mientras examina lo que sea que ha encontrado allí.
Un momento de silencio seguido de un jadeo tan atronador y exagerado que podría granjearle un Oscar.
—Diosdemivida. —Me mira a los ojos con una expresión maliciosa y escandalizada en la cara—. Has programado a Callahan.
Me pongo completamente rígida, el corazón está a punto de fallarme antes de romper a latir a toda velocidad.
—No, no es cierto.
Sostiene la pantalla en alto y señala el avatar personalizado que yo misma he creado.
—Sí que lo es. Ya lo creo. Pelo oscuro, ojos verdes, tatuajes… ¡Venga ya!
Me abalanzo sobre mi móvil y estoy a punto de derramar todo el café.
—Es que… No es más que… ¡Debió de ser el último tío al que vi o yo qué sé! ¡Es una coincidencia!
A Amanda le entra tal ataque de risa que casi se le cae el teléfono. El ruido de sus carcajadas retumba en mi despachito.
—¿Una coincidencia? Cielo, si parece que te lo hubieras aprendido de memoria. ¡Hasta le has puesto una manga llena de tatuajes!
Gruño y me tapo la cara con las manos.
—Cállate.
—Uy, no. No, no, no. —Amanda vuelve a girar mi móvil hacia ella y sonríe como si estuviera a punto de destrozarme la vida—. Estoy orgullosísima. Es lo mejor que haces desde hace meses. Puede que años.
Le lanzo una mirada asesina entre los dedos.
—Devuélvemelo.
Pasa de mí y sigue rebuscando en la aplicación, cada vez más emocionada.
—A ver qué tenemos por aquí…
Veo que mueve los ojos al leer la conversación de anoche. Entonces le cambia la cara: la expresión de alegría desaparece y se convierte en pura decepción.
—Tía.
No me gusta su tono. Ni un poco.
Levanta la mirada, con las cejas enarcadas.
—No la estás usando bien.
Entorno los ojos y dejo caer las manos sobre el regazo.
—¿Qué significa eso?
Mi móvil hace un ruido metálico cuando lo suelta sobre la mesa.
—Solo haces cosas tiernas. «Vete a dormir, preciosa». «¿Has comido hoy?». Esto es muy… soso.
No sé muy bien qué esperaba.
—¿Y?
Me mira como si se me estuviera escapando algo obvio.
—Ya te lo dije: mensajes directos guarros. ¡Para eso sirve!
No me gusta adónde quiere ir a parar con esta conversación. En cuanto me doy cuenta de lo que pretende, intento coger el móvil.
—No. Vamos a solucionarlo cuanto antes —dice mientras me lo arrebata cuando estoy a punto de alcanzarlo.
—Amanda, no se te…
Los pulgares de mi amiga vuelan por la pantalla mientras escribe a toda prisa y, luego, vuelve a dejar el teléfono sobre el escritorio con una sonrisa triunfante.
—Ya está. Te he echado una mano con la primera vez. Has perdido la virginidad, para que me entiendas.
Me horroriza lo que pueda haber escrito, me da miedo hasta mirarlo.
—Ay, no —susurro—. ¿Qué has dicho?
Amanda me dedica una sonrisa radiante; se nota que está más que satisfecha consigo misma.
—De nada.
—Esto es muy inapropiado.
Pone los ojos en blanco.
—¿Por qué? Es ficción. Puedes volverte tan loca como quieras. Para eso sirve tener un novio digital, para explorar sin consecuencias. Sin juicios.
Suelto un gruñido, agarro mi móvil y señalo la puerta.
—Vete. Ya. Antes de que te despida.
Se ríe y se echa la melena rubia hacia atrás por encima del hombro mientras se pavonea camino de la salida.
—Uy, de nada, cielo. Ya me darás las gracias más tarde, cuando estés teniendo el mejor orgasmo de tu vida.
La puerta se cierra a su espalda y me quedo sola con mi teléfono y con el desastre digital que mi amiga acaba de crear.
Miro la pantalla con intensidad, sin atreverme siquiera a leer lo que ha escrito.
Y entonces, en contra de toda lógica, de todo pensamiento racional, abro el chat.