Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 9. Lo mío son los tatuajes en el antebrazo
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9. Lo mío son los tatuajes en el antebrazo

LO MÍO SON LOS TATUAJES EN EL ANTEbrAZO

Izzy

Por primera vez en mucho tiempo me despierto sintiéndome… descansada.

El mero hecho de pensarlo me resulta confuso.

Estoy tan acostumbrada a tener que salir de la cama arrastrándome, cargando con un agotamiento que me ha invadido ya hasta la médula de los huesos, que esta ligereza desconocida me resulta casi sospechosa.

Mi rutina matutina consiste en llegar dando tumbos a la cafetera, revisar las notificaciones del teléfono sin ganas y con los ojos aún llenos de legañas, y prepararme mentalmente para el infierno que supone interactuar con las exigencias de la dirección de la tienda.

Pero hoy… Hoy no hay fatiga aplastante. No siento la opresión del estrés en el pecho antes incluso de tocar el suelo con los pies. La luz del sol de la mañana se filtra a través de las cortinas y baña mi dormitorio en un resplandor suave cuya placidez me resulta casi ajena.

Solo hay… quietud. Calma.

Esto no pasa nunca.

Con el ceño fruncido, me doy la vuelta y cojo el móvil de la mesita de noche, preparada para enfrentarme al alud de correos electrónicos sin leer, a los mensajes de Slack y a alguna que otra crisis urgente que, a pesar de no ser cosa mía, de algún modo terminará siéndolo antes del mediodía.

En lugar de eso, lo que ocupa el primer puesto de mi lista de notificaciones es un mensaje.

No es de Evan. Obvio.

Es de Caleb.

Buenos días, preciosa. Asegúrate de comer algo hoy

Me quedo mirándolo, con el pulgar suspendido en el aire sobre la pantalla.

No respondo.

Pero lo que dice hace que me detenga un instante, que me demore más de lo necesario en unas palabras tan simples.

No es solo lo que ha escrito; es el hecho de que alguien se haya tomado la molestia de querer comunicarse conmigo.

No recuerdo la última vez que me desperté y me encontré con una notificación que no fuera una alerta del trabajo, un recordatorio automático de una factura o uno de los desquiciados mensajes de Amanda exigiendo saber por qué no le he enviado una foto de mi ropa para que le dé su aprobación.

¿Cuándo fue la última vez que alguien, real o no, pensó en preguntarme cómo estaba incluso antes de haber empezado el día?

Es ridículo lo bien que me hace sentir este minúsculo reconocimiento de mi existencia.

Sacudo la cabeza, suelto el teléfono sobre la cama y me levanto, decidida a no obsesionarme con un novio falso creado por un algoritmo.

Sigo la misma rutina de todas las mañanas: una ducha con el agua tan caliente que se empañan los espejos; varias capas de rímel aplicado con cuidado sobre unas pestañas que nunca aguantan bien el rizo; un peinado que sugiere que le he dedicado cierto esfuerzo sin que parezca excesivamente elaborado.

Invierto bastante tiempo en elegir con gran esmero un conjunto que transmita «profesional competente», pero no «demasiado ávida de impresionar»; y, por costumbre, cojo un café mientras me dirijo hacia la puerta.

Sin nada de comer.

No porque no quiera alimentarme, sino porque mi apartamento no está preparado para esa realidad.

La nevera contiene sobre todo condimentos y envases de comida para llevar en diversos estadios de abandono.

Tengo tres tipos diferentes de café en la despensa, pero no creo que pudiera reunir los ingredientes necesarios para improvisar una comida decente.

Cocinar por la mañana requeriría un esfuerzo.

El esfuerzo requiere planificación. La planificación requiere ir a hacer la compra.

E ir a hacer la compra requiere reconocer que la comida es una necesidad, no solo una sugerencia pasajera de mi descuidado sistema digestivo.

Así que, en lugar de todo eso, he enseñado a mi cuerpo a creerse que el café es un sustituto adecuado de la comida nutritiva al menos hasta el mediodía.

Además, llevo tanto tiempo funcionando solo con cafeína hasta esa hora que ya casi ni lo noto. Mi estómago se ha olvidado de cómo quejarse.

Cuando entro en la tienda con los tacones repiqueteando sobre el suelo de mármol, todavía no he contestado a Caleb.

Y, desde luego, tampoco estoy pensando en el hecho de que anoche me fui a dormir cuando él me lo dijo, de que su mensaje apareció en el momento justo para obligarme a dejar el trabajo a un lado y descansar de verdad.

No.

No estoy pensando en eso ni por asomo.

Apenas he enfilado el pasillo cuando me choco contra un muro de músculos.

Doy un paso hacia atrás del impacto y el café que llevo en la mano se agita peligrosamente cerca de la tapa de mi taza de viaje.

Retrocedo trastabillando, parpadeando, ya preparada para lanzar una mirada fulminante de primera categoría…

Entonces me doy cuenta de que el muro de músculos tiene nombre.

Callahan.

Al contrario que yo, él no tropieza. Ni siquiera parpadea. Solo me mira con esa irritante máscara de compostura que le bloquea el rostro, como si hubiera visto venir todo esto hace tres pasos.

—¿Estás bien?

Me aclaro la garganta y trato de olvidar el humillante hecho de que acabo de chocar de pleno con él.

—Sí, pero no gracias a ti.

Arquea una ceja, solo un poquito.

—Estaba parado.

Frunzo el ceño y agarro mejor el café.

—Bueno, pues quizá tendrías que replantearte toda tu presencia.

Se le crispa la boca, pero no dice nada y se hace a un lado para dejarme pasar.

Lo cual sería fantástico si no fuera porque los dos vamos en la misma dirección.

Reprimo un suspiro de irritación y lo sigo hasta la sala de reuniones, donde toma asiento a la mesa alargada.

Hoy lleva la camisa remangada hasta los codos, con los antebrazos, de los que ayer solo capté un atisbo, totalmente al descubierto.

Ahora se los veo mejor. Los tatuajes serpentean formando intrincados diseños que desaparecen bajo los puños recogidos: tinta oscura sobre piel bronceada.

Desde luego, habría que prohibirle estar así de guapo a las ocho de la mañana.

Tomo nota para incluirlo en la próxima edición del manual del empleado. Carraspeo y aparto la mirada.

—Has llegado pronto.

Levanta la vista hacia mí.

—Tú también.

Pongo los ojos en blanco y me encamino hacia mi sitio habitual. Sin embargo, me detengo al ver lo que me espera allí.

Una bolsa de papel marrón y una botella de agua, ambas colocadas justo en el asiento que tengo reservado.

Entorno los ojos.

—¿Qué es esto?

—El desayuno.

Lo dice con la voz relajada, muy serena, como si hiciera esto de forma habitual. Como si traerle comida a su compañera de trabajo le pareciera tan natural como respirar.

Levanto la bolsa. El papel cruje cuando lo agarro.

—¿Y si ya he desayunado?

Ni siquiera pestañea.

—No has desayunado.

Frunzo el ceño.

—Eso no lo sabes.

Señala mi café con la cabeza.

—Eso no es comida.

Resoplo, me dejo caer en mi asiento y finjo que no agradezco el hecho de que acabe de… hacer esto. De que haya pensado en mí cuando yo ni siquiera había llegado. La silla emite un ligero chirrido al acomodarme en ella.

Abro la bolsa y hace un ruido atronador en la quietud de sala; saco un sándwich envuelto en papel de aluminio. Dudo antes de mirar a Cal.

—¿Has desayunado?

Se le dibuja una sonrisa arrogante en los labios.

—¿Estás preocupada por mí?

Vuelvo a fruncir el ceño, aunque el calor que me sube a las mejillas me delata.

—Solo quiero asegurarme de que no eres un hipócrita con complejo de héroe.

—Sí, he desayunado.

—¿Y has dormido?

Se recuesta en la silla. Me molesta lo atractivo que me resulta cuando lo hace.

—¿Y tú?

Le pongo mala cara mientras desenvuelvo el sándwich. Un aroma a queso fundido y pan caliente impregna el aire.

—No has respondido a la pregunta.

Le cambia ligeramente la expresión, sustituida por otra más neutra.

—Vivo cerca —dice para intentar restarle importancia al tema.

—Sigues sin responder a la pregunta.

Se me queda mirando como si estuviera planteándose cuánto decir. Por fin exhala, un rumor suave en la habitación silenciosa.

—No duermo mucho. Ni siquiera cuando tengo tiempo.

No me gusta lo familiar que me resulta esa frase, que su confesión me recuerde a las noches de insomnio que paso mirando al techo sin dejar de darle vueltas en la cabeza a todas las cosas que debería haber hecho de otra forma.

Pero no lo digo.

—Ahora tú —dice mientras me mira a los ojos con intensidad.

—¿Ahora yo qué?

—¿Has dormido?

Vacilo, pero, por alguna razón, respondo con sinceridad.

—He dormido bien.

En cuanto termino de pronunciar esas palabras, me vuelve a la cabeza el mensaje que Caleb me envió anoche. Ese en el que me decía que me fuese a la cama, que descansara, que me cuidase, en un momento en el que a nadie más parecía importarle si lo hacía o no.

Y, aún peor, el hecho de que le obedeciera.

Un calor lento y progresivo se me extiende por el cuello y me calienta la piel.

Callahan vuelve a clavar los ojos en mí, como si se hubiera dado cuenta de que me estoy sonrojando.

—¿Sí?

Le doy un mordisco al sándwich —porque, sinceramente, lo cierto es que tengo un poco de hambre— y enseguida detesto lo rico que está. Los sabores me estallan en la lengua y cobro conciencia de cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que desayuné como es debido.

Los bordes crujientes, el queso impecablemente fundido, un equilibrio perfecto entre sal y especias.

El tipo de desayuno que te obliga a cerrar los ojos solo para saborearlo a fondo.

El estómago me ruge en señal de agradecimiento, exige más, ahora que el primer bocado me ha hecho recordar el gusto de la comida de verdad.

Trago y me lo llevo de nuevo a la boca para darle otro mordisco antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo.

—¿Dónde lo has comprado? —pregunto, porque necesito saber de dónde ha salido este nivel de perfección.

Callahan ni siquiera levanta la vista del café.

—Lo he hecho yo.

Me detengo a medio bocado, con el sándwich suspendido a escasos centímetros de la boca.

—¿Lo has hecho tú?