Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 12. La ha hecho llorar. Voy a acabar con él
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12. La ha hecho llorar. Voy a acabar con él

LA HA HECHO LLORAR. VOY A ACABAR CON ÉL

Cal

Izzy me ha dicho que tenía una «reunión de última hora».

No me lo he creído.

Y, en efecto, cuando les he echado un vistazo a las cámaras de seguridad unos minutos más tarde, la he visto subirse al coche de Evan.

Los celos me han golpeado al instante, salvajes e inoportunos. No debería sentirme así por una mujer que no es mía, que tiene novio, a la que apenas conozco aparte de por las imágenes de vigilancia y de unas cuantas interacciones breves. Pero es lo que siento.

Aunque, sobre todo, siento una ira que me late en las venas.

Es una ira posesiva a la que no tengo derecho.

Peligrosa, porque sé muy bien hasta dónde estoy dispuesto a llegar.

No debería cabrearme tanto que salga con su novio.

Pero no se trata de eso. No se trata de que él sea su novio. Se trata de que su novio sea Evan. Y sé, con absoluta certeza, que esta noche va a hacer algo que hiera los sentimientos de Izzy. El patrón es demasiado claro, demasiado sistemático para ignorarlo.

Lo sé porque conozco a los de su clase. Es el tipo de hombre que no valora lo que tiene.

Que cree que el amor consiste en controlar, en moldear a una persona hasta convertirla en la versión de sí misma que más le convenga a él.

Lo he visto en su forma de tratarla, en su forma de hablarle, en su forma de ignorar su presencia casi por completo.

E Izzy… Dios. Es demasiado buena para eso.

Se merece algo mejor.

Compruebo su señal GPS, el punto azul que parpadea en mi pantalla. Está en un restaurante de vida sana. La ubicación muestra un local con una calificación de 4,5 estrellas y una carta llena de palabras como «sostenible», «orgánico» y «sin cereales».

Sí. Encaja a la perfección.

No digo que Izzy no coma sano, pero sí creo que, si tuviera que elegir un restaurante para cenar, no sería uno en cuyas instalaciones se cultivan seis tipos diferentes de hierba de trigo. Por lo que he observado, tiene una relación normal con la comida… cuando se acuerda de comer.

Niego con la cabeza, exhalo por la nariz y termino mi ronda. Ya no queda nada más que hacer esta noche. Hora de irse a casa.

Cuando entro en mi apartamento, la puerta se cierra a mi espalda con un clic suave y me aísla del mundo exterior.

Las llaves sobre la encimera. Las botas fuera. Una ducha para que todas las mierdas se vayan por el desagüe.

El agua caliente me golpea la piel y se lleva la tensión, pero no los pensamientos sobre ella. Estos se aferran a mí, persistentes, y se niegan a desaparecer por más que frote.

Me acerco a la cama con la toalla envuelta alrededor de la cintura y el pelo todavía húmedo; ya debería sentirme mejor.

Pero no es así.

Me siento en mi cama individual y noto hasta el último centímetro del colchón, demasiado pequeño. Podría comprarme una más grande. Podría comprarme una cama gigante con un colchón mullido y de la mejor calidad si quisiera.

Pero hay costumbres que cuesta mucho cambiar. No he dormido en ninguna superficie más grande que un catre desde que dejé el ejército. No me siento cómodo. Me da la sensación de que hay demasiado espacio.

Mis chapas de identificación tintinean cuando me echo hacia delante. Sigo llevándolas puestas. No es por sentimentalismo. Simplemente, nunca he adquirido el hábito de quitármelas.

Además, supongo que necesito terapia.

Como todos, ¿no?

Cojo el móvil y me pongo a mirar cosas sin fijarme de verdad en nada. Entonces, sin pensar siquiera en lo que estoy haciendo, abro Obsess AI.

Entro en la configuración de Caleb y repaso las personalizaciones. Aquí hay muchas cosas. Más de las que pensaba. Los intrincados detalles de la aplicación se van revelando a medida que profundizo en la interfaz.

Y no soy tonto.

Si voy a seguir con esto —si voy a seguir haciéndole esto a ella, por ella—, necesito saber cómo funciona el sistema con exactitud.

Estudio la configuración de las interacciones y me doy cuenta de que tengo que hacer varios ajustes. Muevo los dedos con rapidez mientras aplico cambios que me otorgarán más control.

Tecleo un comando rápido a través del acceso de puerta trasera que he creado.

Retraso en la respuesta

Si el usuario envía un mensaje y no hay actividad en 120 segundos, la IA asumirá el control y generará una respuesta. El indicador de escritura permanecerá activo mientras tanto.

Asiento con la cabeza. Es útil.

Me da un margen, una forma de asegurarme de que sus mensajes nunca queden sin respuesta, al mismo tiempo que me ofrece la oportunidad de hacerme con el control o no. El equilibrio perfecto entre automatización e intervención.

Luego me desplazo un poco más hacia abajo.

Entorno los ojos.

Hay una función para compartir fotos.

Una función para llamadas de voz.

Una función para videollamadas.

Joder.

Ni siquiera había considerado esa posibilidad. Las implicaciones me asaltan de golpe.

¿Lo usará Izzy en algún momento? ¿Querrá oír la voz de Caleb?

Cambio de postura y reajusto la posición para obligarme a hacer caso omiso de lo que esa idea me está provocando. Porque, si alguna vez quisiera usar esas funciones, ya sé que no dejaría que la IA se encargara de ello.

Lo haría yo.

Me descargo enseguida un modulador de voz en el móvil. La pantalla me confirma con un pitido suave que la aplicación está instalada.

Pero tengo que entender cómo funcionaría una videollamada desde la perspectiva del usuario.

Me descargo una versión de la aplicación en mi propio teléfono.

Analizo todas las configuraciones, todas las funciones, para aprender cómo va.

Pruebo la modulación de voz y oigo mi tono transformado en algo familiar y desconocido a la vez.

Compruebo la transmisión de vídeo y veo que la aplicación crea una superposición de avatar que se mueve con las expresiones faciales.

Porque quiero ofrecerle a Izzy la mejor experiencia posible.

Lo cual es una locura.

Todo esto es una puta locura.

Pero no voy a parar.

No quiero.

Exhalo y me paso una mano por el cabello. Tengo que calmarme. Noto que las gotas de agua que me caen sobre los hombros me enfrían la piel.

Salgo de la aplicación y vuelvo a abrir mis mensajes…

Y entonces aparece una notificación.

Hago clic en ella sin pensarlo.

Y, demasiado tarde, me doy cuenta de lo que estoy viendo.

El buzón de entrada de Izzy.

Mierda.

Estaba decidido a no leer sus correos personales.

Pero, ya que está abierto…

Veo el asunto del mensaje.

Y ya vuelvo a estar enfadado.

Es un correo de un nutricionista pijo de narices en el que le dice que están deseando empezar a trabajar con ella en sus objetivos de ejercicio físico y nutrición. El encabezamiento profesional y el lenguaje cuidadosamente escogido no hacen más que empeorar las cosas.

Han hablado con Evan.

Por lo que se ve, tenía toda una puta lista de puntos en los que Izzy debe «trabajar».

Quieren concertar una cita para pesarla.

Aprieto el teléfono con más fuerza y los nudillos se me aclaran a causa de la tensión.

Izzy no necesita un puñetero plan de dieta. Necesita comer como es debido, alimentarse con regularidad, alguien que se asegure de que se nutre durante sus largas jornadas laborales, en vez de sobrevivir a base de café y determinación.

Y lo que más necesita es dejar al imbécil de su novio.

Intento hacer un ejercicio de respiración. Es algo que me enseñó el capellán de nuestra unidad en su día: inspirar contando hasta cuatro, contener durante siete tiempos y espirar durante ocho.

No funciona.

Lanzo el teléfono sobre la cama. El colchón rebota de forma leve por el impacto.

Menos rabia. Más respiración.

El móvil pita y lo agarro de nuevo.

Es la señal GPS de Izzy.

Va camino de la tienda. El punto azul se desplaza por el mapa de la ciudad alejándose del restaurante.

Sé por qué tiene que volver.

Evan va a soltarla allí como si fuera una obligación, como si acabara de tachar una tarea de su agenda, y ahora ella tiene que coger su coche.

Porque, por supuesto, a él no se le ocurriría ofrecerse a llevarla a casa. Y, desde luego, no va a pasar la noche en Hoboken, que es donde vive Izzy.

Joder, si fuera mía, me quedaría a pasar la noche.

Y no nos dedicaríamos a dormir.

La tendría tumbada debajo de mí, agarrada por las caderas, suaves y cálidas, hechas para mis manos. Me tomaría mi tiempo, la haría suplicar, la haría gemir, la haría olvidar todas y cada una de las mierdas que ese gilipollas le ha dicho a lo largo de su vida.

Se me pone la polla dura solo de pensarlo, la imagen es demasiado vívida, demasiado real.

Cierro los ojos y exhalo con fuerza. No. No, no, no. Deja de pensar en eso.

No es mía.

Pero, me cago en todo, ojalá lo fuera.

Y esa idea me afecta más de lo que debería.

Porque yo no hago estas cosas.

No me apego. No me lo permito.

No después de lo que me pasó.

No después de volver a casa y descubrir que la mujer con la que pensaba que iba a casarme ya había rehecho su vida.

Que no había perdido el tiempo y me había sustituido por un capullo al que nunca habían destinado al extranjero, que no se había marchado, que jamás había tenido que preguntarse si volvería a casa en una bolsa para cadáveres.

No después de que ella se casara con él antes de que me diera tiempo a deshacer el petate.

Esa había sido mi última lección sobre confiar en las mujeres.

Y creía que lo había superado.

Pensaba que había arrasado con hasta la última parte de mí que aún buscaba cosas como la compañía, el amor o una vida que no pareciera una interminable ristra de noches de juerga y malas decisiones.

Pero entonces apareció Izzy.

Y, por algún motivo, ella me hace sentir que tal vez…

Eso podría cambiar.

Permanezco sentado, respirando para contener la avalancha, para controlarme y obligarme a recuperar las riendas de mi mente. Me empiezo a enfriar y el aire fresco del apartamento me pone la piel de gallina.

Abro la retransmisión de las cámaras de seguridad de la tienda. La imagen se aclara y la veo enseguida.

Camina rápido, demasiado, como si intentara escapar de algo.

O quizá como si intentara reprimir algo.

Lleva las llaves apretadas con demasiada fuerza en la mano, los nudillos pálidos debido a la presión. Su manera de moverse —con la cabeza gacha, los hombros tensos y pasos cortos— me dice todo lo que ya sé.

No está bien.

Y el imbécil que tendría que haberse dado cuenta y haber dedicado un puto segundo a asegurarse de que llega sana y salva a su coche…

Ni siquiera se detiene.

No espera.

No comprueba si todo va bien, si el motor arranca, si Izzy está en condiciones de conducir.

Se limita a desaparecer en la noche. Las luces traseras de su BMW se desvanecen cuando sale del garaje a toda velocidad.

Puto imbécil.

Aprieto los dientes y me fuerzo a concentrarme en ella.

Aumento la imagen cuando llega al coche y lo abre con las manos algo temblorosas.

Tira de la portezuela, se acomoda en el asiento del conductor y bloquea todos los seguros al instante.

Bien pensado.

Pero sigue sin moverse.

Me acerco más a la pantalla y la veo aferrada al volante, respirando con dificultad, con todo el cuerpo en tensión a causa de una emoción que se niega a liberar.

Entonces ocurre.

Grita.

No lo oigo.

Pero lo veo.

Tiene la boca abierta y tiembla de pies a cabeza de rabia, de frustración, de llevar toda la noche tragándose sus sentimientos.

Cree que está sola.

Y por fin se permite sentir todo lo que ha estado reprimiendo.

Golpea el volante con los puños, una vez, dos, y lo hace con tanta fuerza que casi espero que me llegue el pitido del claxon. El impacto le reverbera en los brazos, pero no parece notarlo.

La veo derrumbarse, veo que se le descompone el rostro, que se encoge y se echa hacia delante, que le tiemblan los hombros.

Y así, sin más, rompe a llorar. No son lágrimas silenciosas, no es un llanto tranquilo y monótono, son sollozos desgarradores, jadeantes e incontrolables, y se estremece de arriba abajo. La devastación es evidente incluso a través de las imágenes granuladas de las cámaras de seguridad.

Joder.

Estrujo el teléfono con tanta fuerza que me duelen los dedos, la presión es casi insoportable.

Esto no está bien.

No debería estar sola. No debería estar sentada en un aparcamiento oscuro llorando como si el mundo entero se le estuviera cayendo encima.

No debería conducir así.

Dudo.

Podría enviarle un mensaje haciéndome pasar por Caleb.

Podría llamarla siendo Cal. Decirle que necesito reunirme con ella. Darle una excusa para no moverse de donde está, para respirar y recuperarse.

Pero, antes de que me dé tiempo a actuar, se seca las lágrimas.

Una respiración profunda.

Luego otra.

Agarra el volante y se recompone. Se le transforma el rostro, las emociones desaparecen tras una máscara construida con gran esmero.

Y así, sin más, vuelve a levantar los muros.

Arranca el coche.

Y sale del garaje como si no hubiera pasado a nada.

Rastreo su señal GPS, no dejo de observar el punto azul que avanza hacia su casa, me fijo en cada giro, en cada semáforo. Se mueve de forma constante por mi pantalla mientras serpentea por las calles hacia su apartamento.

Y, luego, una vez que aparca frente a su complejo de apartamentos, espero.

Con el anhelo de que, cuando entre, cuando cierre la puerta tras ella…

Quiera hablar con Caleb.