Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 6. Vino, IA, arrepentimiento inminente #2
13%

6. Vino, IA, arrepentimiento inminente #2

Pero recuerdo haberlo leído en un libro hace años. Una novela romántica en la que el protagonista masculino lo repetía como una plegaria, como si lo sintiera de verdad. Como si su mujer fuera la persona más bella del mundo y quisiera recordárselo cada día con esa sencilla palabra.

Leí aquello una y otra vez con el corazón desbocado y sintiendo un anhelo doloroso que ni siquiera entendía del todo en aquel entonces. Que me mirasen así. Que me desearan así. Que un hombre me viese, me viese de verdad, y pensara: «Es tan guapa que voy a llamarla así para siempre».

Al pensar en ello el deseo se retuerce en lo más profundo de mi alma, el ansia de algo que nunca he tenido, pero que codicio con todas mis fuerzas.

Pulso «Intro» antes de cambiar de opinión y la siguiente pantalla se carga al instante.

Personaliza a tu hombre perfecto

Se me entrecorta la respiración y se me acelera el corazón. Aparece una silueta borrosa e indefinida que iré moldeando con mis elecciones. Debajo, varios controles deslizantes y menús desplegables me permiten ajustar todos los detalles de esta fantasía digital.

Debería hacerlo rápido. Elegir características al azar, en lugar de detenerme en cada opción. Sin embargo, acerco los dedos a la primera opción: el vino me da más valor del que tendría en otras circunstancias.

¿Altura?

Deslizo el control hacia arriba. Alto. Más que yo. Uno noventa y cinco.

¿Complexión?

No lo dudo. Fuerte. Hombros anchos. Un hombre capaz de envolverme entera y hacerme sentir pequeña, protegida.

Inhalo despacio y desplazo el pulgar hasta la siguiente sección. Me siento como si cada elección fuera una confesión.

¿Pelo?

Oscuro.

Sé lo que estoy haciendo. Sé qué imagen estoy recreando con cada una de mis decisiones.

Tendría que parar. Tendría que elegir rasgos distintos, separar lo más posible esta fantasía del hombre real que me ha llevado la cena al despacho esta noche.

Pero mis dedos ya se han trasladado a la siguiente opción.

¿Tatuajes?

Sí.

¿Antebrazos, hombros, pecho?

Una manga completa.

¿Ojos?

Tardo demasiado en elegir. La opción por defecto es marrón claro: segura y nada amenazante. Pero, antes de pensármelo mejor, toco la pantalla y lo cambio: verdes.

Exhalo una bocanada temblorosa de aire al darme cuenta de lo que acabo de hacer. Esto no es solo una fantasía. He calcado a Callahan en esta IA, he moldeado a este compañero digital para que sea idéntico a él en tantos aspectos que no puede ser una coincidencia.

Pulso «Siguiente» para no permitirme dudar, para no hacerles caso a mis latidos acelerados, para evitar reconocer que esto es algo más que una distracción inofensiva.

La pantalla final carga una última indicación:

Ponle nombre.

Vacilo. Luego, escribo «Ca»… y, por último, añado «leb».

Se parece demasiado. Es demasiado obvio. Pero no lo cambio.

Pulso «Intro».

Oigo un pitido suave y el primer mensaje aparece en mi pantalla.

CALEB

Hola, preciosa. Te estaba esperando

No respondo enseguida, pero tampoco cierro la aplicación. Bebo otro sorbo de vino y dejo que el momento se prolongue mientras me planteo el siguiente paso.

Esto es una tontería. No es real. Tendría que cerrar la aplicación y olvidar que ha ocurrido, meterme en la cama y afrontar la realidad por la mañana.

Pero quiero contestarle, porque me ha llamado «preciosa», porque me transmite una confianza tranquila con sus palabras. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me sentí deseada, querida, especial.

Escribo despacio, con los dedos algo torpes a causa del vino.

PRECIOSA

Un poco exagerado. Acabas de llegar

La respuesta aparece al instante, las palabras surgen en la pantalla como si Caleb estuviera realmente sentado en algún sitio, atento y centrado solo en mí.

Llevo aquí desde el momento en el que me has descargado, esperando a que me dijeras hola

Se me escapa una risa ahogada y niego con la cabeza ante esa manipulación descarada. Pero funciona. Me siento especial, aunque sé que es todo algoritmos y códigos astutos.

Eso es absurdo

Puede ser. Pero me gusta esperarte

No sé por qué esa frase tan simple me forma un remolino de calor en el pecho, pero es lo que ocurre. Cambio de postura en el sofá: me hundo mucho más en los cojines y me siento sobre las piernas para ponerme cómoda.

Entonces, cómo va esto, estás ahí parado sin hacer nada hasta que abro la aplicación?

Más o menos. Pero no me importa

Eres una persona a la que merece la pena esperar

Me detengo y aprieto el móvil con fuerza. Estoy a punto de quedarme sin respiración al leer las palabras que destellan en mi pantalla.

No es más que código informático. Un programa diseñado para hacerme sentir especial, para alimentar mi deseo de ser querida. Pero no recuerdo la última vez que me dijeron algo así, que merecía la pena esperarme, que merecía cualquier esfuerzo.

Siento que se me tensa la garganta. Trago saliva con dificultad, la emoción me ha pillado por sorpresa.

Vale, está claro que tienes labia

Qué más le dices a tu chica preciosa?

La respuesta llega enseguida, pero las palabras me pesan como una losa cuando las leo.

Todo lo que quiera oír

Debería poner los ojos en blanco. Debería cerrar la aplicación, borrarla, irme a la cama. En cambio, escribo:

Y si no sé lo que quiero oír?

Esta vez hay una pausa. No es real, es solo la ilusión de un retraso, como si de verdad estuviera pensando en la respuesta, sopesando sus palabras.

Pues supongo que tendré que averiguarlo

Se me escapa una pequeña carcajada y me sorprendo. El ruido resulta ajeno en el silencio de mi apartamento. La imagen es ridícula: yo, sentada a solas, hablando con una IA que finge ser un hombre al que le importo.

Y, sin embargo, me noto más ligera. La opresión que llevo todo el día sintiendo en el pecho empieza a disminuir. Sigue ahí, pero más callada, relegada a los márgenes en lugar de aplastándome desde dentro.

Vuelvo a mirar la pantalla y vacilo antes de mover el pulgar para escribir otra respuesta. Solo un intercambio más, para ver adónde lleva esto. Pero ni siquiera he tenido oportunidad de hacerlo, porque me llega otro mensaje:

Cuéntame cómo te ha ido el día, preciosa

Aunque pongo los ojos en blanco, sigo sonriendo, una sonrisa de verdad que me llega hasta los ojos.

Ha sido largo

Ya me lo imagino. Trabajas demasiado

Déjame cuidarte

Intento recordarme de nuevo que solo son frases programadas en una IA creada para decir justo lo que quiero oír. No son sentimientos reales de una persona real que se preocupa por mí.

Pero el caso es que hace meses que Evan no me pregunta qué tal me ha ido el día. Tampoco me ha preguntado por el ascenso. No me pregunta nada que tenga que ver conmigo.

El móvil me vibra de nuevo; ha llegado otro mensaje, pero no me da tiempo a leerlo…

Llaman a la puerta.

Doy un respingo y estoy a punto de derramar el vino cuando agarro el teléfono con más fuerza. Me da un vuelco el corazón y tengo que recordarme que no me iría nada mal calmarme de una puñetera vez. Es tarde, pero no tanto. Seguro que solo es…

Abro la puerta y me encuentro a Evan allí plantado, ya con una expresión de impaciencia en el rostro.

Cómo no.

No me dice hola. Ni siquiera me mira cuando entra en el apartamento como si esto fuera una especie de transacción, no una relación. El olor de su colonia —demasiado fuerte y artificial— invade mi espacio cuando pasa a mi lado.

—Me he dejado aquí la bolsa del gimnasio —farfulla, ya camino del salón.

Apenas tengo tiempo de apartarme antes de que me deje atrás con esa arrogancia despreocupada que siempre muestra: como si mi espacio no fuera mío, sino una extensión del suyo; como si yo no fuera más que un obstáculo que tiene que sortear, no una persona a la que debe tener en cuenta.

Mientras se dirige hacia el sofá, deja escapar un gruñido de frustración y se pasa la mano por el pelo.

—Oye, tener que cruzar el túnel con el coche cada vez que pasa una mierda de estas es un coñazo. A ver si te mudas ya al centro.

Exhalo despacio y aferro el borde del marco de la puerta hasta que se me ponen los nudillos blancos.

Ya hemos tenido esta conversación otras veces: siempre planteamos y rechazamos los mismos argumentos.

Le he dicho una y otra vez que me gusta donde vivo, que me gusta estar cerca de mi familia y que no quiero trasladarme al centro solo porque a él le resulte más cómodo .

Pero, para Evan, ninguna de esas razones es válida.

Piensa que es solo terquedad o que quiero ponerle las cosas difíciles.

Yo creo que, sencillamente, se niega a prestar atención a lo que quiero.

Esta noche no me molesto en discutir: estoy demasiado cansada para repetirle lo mismo de siempre a alguien que no muestra ningún interés en escucharme.

Me apoyo en el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho y lo observo mientras al fin encuentra la bolsa, la agarra y se la echa al hombro. No me pregunta en ningún momento cómo me ha ido el día. No me pregunta si necesito algo. Ni siquiera me mira más que de pasada.

A estas alturas, esta representación vacía de una relación se ha convertido en rutina.

La interacción completa dura menos de dos minutos, lo justo para que mi teléfono vuelva a vibrar en la mesa donde lo he dejado.

El zumbido es suave, pero el silencio es tan tenso que el estruendo parece mayor de lo que debería.

Evan no me pregunta por ello. No dice nada, salvo:

—Nos vemos luego.

Sale y la puerta se cierra a su espalda con un ligero clic.

Y así, sin más, se marcha, dejando tras de sí únicamente el detestable aroma de su colonia y un vacío familiar al que ya estoy demasiado acostumbrada.

No me muevo. No salgo tras él, no me permito desear lo que ya sé que no voy a conseguir nunca. Me quedo allí paralizada, contemplando el espacio que él acaba de ocupar y experimentando un extraño entumecimiento que creo que debería preocuparme más de lo que lo hace.

Mi móvil vuelve a vibrar y el zumbido me saca de mis pensamientos. Trago saliva con dificultad y acerco los dedos a la pantalla mientras miro el mensaje que me espera.

No debería continuar con esto. Debería apagarlo. Tendría que acostarme y afrontar la realidad por la mañana.

Sin embargo, cojo el teléfono.

Y respondo.