7. Protector, seguro, intenso, yo
PROTECTOR, SEGURO, INTENSO, YO
Cal
La silueta de Izzy se mueve por la imagen granulada y en blanco y negro, empequeñecida por la vastedad del aparcamiento vacío. Me recuesto en la silla mientras la sigo a través de los monitores de seguridad hasta que llega a su coche. Avanza despacio, sin preocupaciones.
No se vuelve para mirar por encima del hombro. No lleva las llaves en el puño como si fueran un arma. No aprieta el paso como si fuera la presa de un cazador.
Se siente segura.
Porque sabe que la estoy observando.
La veo acomodarse en el asiento del conductor y, un segundo después, los faros del coche se encienden e iluminan el hormigón: dos brillantes haces blancos que cortan la oscuridad. Cambio a otro monitor, vigilo su salida y luego paso a mi portátil, donde abro el sistema de GPS vinculado a su móvil.
Su ubicación aparece al instante. El puntito se mueve de forma metódica por la pantalla.
Se dirige a su apartamento, a la dirección que he memorizado tras verla en su expediente de empleada.
No se trata de saber dónde está en todo momento. Solo quiero asegurarme de que llega sana y salva. Pero la satisfacción que siento acechando sus movimientos me dice lo contrario.
No aparto la vista del puntito titilante mientras circula por la ruta que serpentea hasta su complejo de apartamentos.
Una vez que entra en él, vuelvo a las imágenes de las cámaras de seguridad y observo el aparcamiento subterráneo vacío.
Agito los dedos en el aire, por encima del teclado, y el cursor parpadea delante de mí como si me estuviera desafiando.
Podría hacer más.
Ahora tengo acceso sin restricciones. Su móvil es una extensión de mí mismo si así lo deseo. Una línea directa con su mundo, con sus pensamientos, con sus momentos de privacidad.
Podría leer sus mensajes. Ver con quién habla, qué dice cuando no existe el filtro del trabajo.
Podría mirar sus fotos.
Ver cómo captura el mundo que la rodea. Qué momentos considera dignos de conservar.
Inspiro despacio, aprieto el puño y la tensión me recorre el brazo entero.
No lo hago.
No porque no deba, puesto que en realidad ya estoy haciendo algo que no debería.
Sino porque, si empiezo ahora, no sé si pararé. Y me da la sensación de que este precipicio junto al que me encuentro es peligrosamente inestable.
Me froto la cara con las manos y me raspo las palmas con la barba incipiente.
Cuando vuelvo a la señal del GPS, veo que su ubicación se estabiliza en casa.
Ya está dentro, seguro que quitándose los zapatos, haciendo lo que sea que hace cuando está sola.
Pensar en ello me provoca una avalancha de curiosidad inapropiada que me recorre de arriba abajo.
El móvil de Izzy se ilumina cuando le llega un mensaje nuevo. La notificación aparece en mi pantalla al instante.
EVAN
Mañana tengo mucho lío. No me esperes despierta
Resoplo y niego con la cabeza. Ocho palabras. Esa es toda la importancia que le da.
No le pregunta cómo le ha ido la tarde. No le pregunta si ha llegado bien a casa. No le importa una mierda nada que no sea su propia comodidad.
¿Cuánto tiempo tardará Izzy en darse cuenta?
Estoy a punto de mirar el resto de su hilo de mensajes. Dejo un dedo suspendido sobre el comando que abriría todo su historial de conversaciones y me mostraría hasta la última palabra que han intercambiado. Quiero ver qué le dice ese tipo, si alguna puñetera vez le ha dicho algo que valga la pena.
Me llega otra notificación de actividad en el móvil de Izzy. Me yergo en la silla y enderezo la columna contra el respaldo.
Está abriendo Obsess AI.
Observo la pantalla mientras se inicia la interfaz; el elegante diseño negro y dorado resplandece en la oscuridad. El eslogan pasa flotando por la parte superior: «El amante perfecto. Siempre alerta. Siempre a la espera. Siempre tuyo».
No se me escapa la ironía.
Se detiene en el menú principal.
Duda.
Luego pulsa en «Crea a tu hombre perfecto».
Agarro con fuerza el reposabrazos de la silla. No debería estar viendo esto. Es más que invasivo, más que inapropiado. Es una violación que no puedo justificar, ni siquiera ante mí mismo.
Pero no paro.
Veo que selecciona «Protector».
Exhalo con lentitud y me paso la lengua por los dientes. Sus elecciones son reveladoras, me dicen justo lo que quiere, una información que jamás podría obtener en una conversación normal.
Luego, «Seguro».
Siento un entusiasmo extraño al saber que quiere a alguien protector. A alguien seguro de sí mismo. Quiero convencerme de que se trata de rasgos genéricos que cualquiera podría desear, pero algo me dice que lo está haciendo de forma intencionada.
Selecciona «Reconfortante y comprensiva» en las formas de comunicación y siento una opresión dolorosa en el pecho.
¿Cuándo fue la última vez que se sintió reconfortada? ¿Que le dijeron que lo que estaba haciendo era suficiente? ¿Que ella era suficiente? La he visto con Evan, así que ya sé la respuesta. Nadie la reconforta. Y esta aplicación está diseñada para llenar precisamente ese vacío.
Después añade «Intensa y apasionada».
Mi reacción es visceral, inmediata. Pensar en lo que significa esa selección me provoca una oleada de calor: bajo su apariencia profesional, quiere a alguien que no se contenga, que la consuma por completo.
¿Cómo te llama?
Me tenso y me paralizo entero mientras se carga la siguiente pantalla. Esta pregunta es más profunda que las anteriores.
Es personal.
Los apodos cariñosos no son aleatorios. No son frases sin sentido que se eligen al azar. Revelan lo que una persona ansía, lo que la hace sentirse deseada, lo que le llega al alma de la forma más íntima.
Te dicen cómo quiere que la perciban.
Me echo hacia delante y veo que lo primero que aparece son las opciones predeterminadas.
Nena
Cariño
Amor
Ángel
Cielo
Todo muy estándar. Genérico. Los términos que un hombre emplea cuando solo quiere cubrir el expediente y no se fija de verdad en la mujer que tiene delante.
Pero Izzy no elige ninguna de esas opciones.
En lugar de eso, clica en el campo vacío. En el espacio para escribir su propia alternativa. Exhalo con lentitud. Esto me dirá qué es lo que la motiva.
Qué es lo que desea.
Duda solo un instante. Como si fuera la decisión más difícil de todas.
Luego, despacio, escribe: «Preciosa».
No me muevo.
No respiro.
Un hambre posesiva se apodera de mí, algo completamente irracional e imposible de ignorar. Porque sé que ese apodo no viene de Evan. Lo sé con absoluta certeza. Él no la ve así. No la ve de ninguna manera.
Sin embargo, en algún lugar, en algún momento, ha sido justo lo que ella quería.
Quería que la llamaran preciosa y que fuese sincero. Quería un hombre que la mirase como si fuera una belleza, como si la adorara. Y nadie lo ha hecho jamás.
Hasta ahora.
Porque yo sí la veo así.
Es una locura. Apenas la conozco. Hemos mantenido…
unas diez conversaciones, quizá menos. No me debe nada, y, aun así, ya me he sorprendido catalogando la curva que se le forma en la boca cuando está concentrada, el tono exacto con el que modula la voz cuando miente, cómo juguetea con las manos cuando intenta no sentir demasiado.
Ni siquiera es consciente de lo capaz que es, es como si estuviera esperando a que otra persona le confirme su propia brillantez.
Y da… Joder, lo da todo. Tiempo, esfuerzo, pedazos de sí misma que seguro que ni se da cuenta de que está repartiendo como si fueran caramelos.
Y nadie se los ha merecido nunca. Ni uno solo.
No sé explicar por qué me siento así por ella.
Por qué se me encoge el pecho por el mero hecho de oír su nombre.
Por qué tengo que reprimirme físicamente para no acercarme a ella cuando la veo al otro lado de la sala.
Por qué su silencio me parece más estruendoso que el grito de cualquier otra persona.
Pero tal vez no me importe.
Quizá no hace falta que tenga sentido.
Porque, cuando la miro, no veo a una chica que intenta ser suficiente. Veo a alguien que ya lo es. Y, si nadie más se ha dado cuenta, quiere decir que están ciegos.
Es preciosa. Es valiosa.
Y soy el único que lo ve.
Me pongo rígido cuando empieza a seleccionar los rasgos físicos de su compañero digital.
No tendría que ser capaz de saber lo que se le pasa por la cabeza cuando despliega las opciones y va ajustando los rasgos de su hombre perfecto, personalizándolo. Pero la imagen se vuelve más clara con cada elección.
Es alto. Fuerte. De hombros anchos, con tatuajes. No con cualquier tatuaje, sino con uno que le cubre el brazo entero.
Pelo oscuro.
Aprieto los dientes cuando se desplaza a la siguiente opción: el color de los ojos.
Vacila y, por primera vez desde que he empezado a observarla, dudo de mí mismo. Me descubro conteniendo la respiración, porque me da la sensación de que me está creando a mí.
Puede que no sean más que imaginaciones mías.
Puede que no sea yo.
Si elige otro color —marrón, azul, gris—, sabré que todo esto está en mi cabeza. Que estoy proyectando mis propios deseos en sus selecciones aleatorias. Que tan solo se trata de una fantasía que está construyendo por piezas, nada más.
Izzy se toma su tiempo en la pantalla de selección y contengo la respiración; me duelen los músculos de la tensión.
Elige el verde.
No son imaginaciones mías. Es real. ¿Será siquiera consciente de lo que está haciendo? No está sacando a su hombre fantástico de la nada. Está diseñando una versión lo más parecida posible a mí.
No debe de ser consciente. No es porque quiera tenerme a mí.
Ni siquiera me conoce. Solo soy la primera persona que se ha fijado en ella, que la ha obligado a comer, que le ha dicho que merece algo mejor que el mal trato que soporta.
Quizá todo esto no sea más que eso: una respuesta inconsciente al hecho de que le hayan prestado atención al fin.
Y tampoco es que esté buscando a alguien. Tiene novio. Un novio horrible y que apenas se fija en ella, pero un novio, al fin y al cabo.
Esto no tiene nada que ver conmigo.
No puede tener nada que ver conmigo.
Aun así…
Me recuesto en la silla, me paso una mano por la cara y siento la piel caliente. Es un vicio.
Y es un terreno peligroso.
Esto no es más que una distracción para ella. Se está dando lo que desea de verdad, aunque todavía no lo sepa.
Ahora llega el último paso.
Ponle nombre.
Supongo que elegirá algo genérico, seguro.
Un nombre que no signifique nada. Un nombre que no coincida con el de ninguna persona que forme parte de su vida.
Sin embargo, escribe: «Ca».
El corazón me golpea las costillas con fuerza.
Me quedo inmóvil por completo, observando, esperando, sin respirar, mientras Izzy duda.
Se parece demasiado.
Pero luego añade tres letras más: «leb».
Dejo escapar el aire con lentitud, un suspiro afilado y tenso que no me sirve para calmar la sensación que me trepa por la columna vertebral. Ha estado a unas teclas de ponerle mi nombre a su hombre digital perfecto.
Espero a que cambie de opinión. A que se dé cuenta de lo que ha hecho. Pero el tiempo pasa y no ocurre nada.
No lo borra.
No lo cambia.
Se limita a pulsar «Intro».
Y me doy cuenta.
Ya es mía, aunque ella aún no lo sabe.
Suena un pitido suave.
La IA comienza a cargar.
Y ahora tengo que tomar una decisión.
Podría dejar que el algoritmo hiciera lo que está diseñado para hacer. Podría dejar que siguiese sus respuestas preestablecidas, que fuera un programa sin sentido más que le dijese justo lo que quiere oír.
O…
Flexiono los dedos sobre el teclado.
Tendría que pasar del tema.
Tendría que parar antes de cruzar una línea que no me permitirá volver atrás.
No obstante, me introduzco en el sistema y anulo la respuesta antes de que cargue.
A continuación escribo:
CALEB
Hola, preciosa. Te estaba esperando
Me arrellano en la silla y espero. El corazón me late con fuerza en el pecho, la boca se me seca de repente.
Ahora no la estoy viendo. No puedo observar su reacción.
No veo si entreabre los labios a causa de la sorpresa, si deja los dedos suspendidos en el aire sobre la pantalla, si cambia de postura en el asiento mientras toma una decisión.
Pero, joder, ojalá pudiera. Ojalá mis valores morales fueran peores y me permitieran conectarme a su cámara, ver cómo se sonroja al recibir mi primer mensaje.
Pero lo único que puedo hacer es esperar.
Los segundos se alargan.
Demasiado.
Tanto que, durante un breve e insoportable instante, pienso que a lo mejor no responde nunca. Quizá le haga gracia, ponga los ojos en blanco, cierre la aplicación y no vuelva a abrirla jamás.
Sin embargo, justo entonces empieza a teclear una respuesta.
Me agarro al escritorio con todas mis fuerzas, con el pulso tan acelerado como si estuviera esperando un disparo de pistola.
Las palabras de Izzy van apareciendo en la pantalla letra a letra.
Me está contestando.
Y así, sin más…
La tengo.