6. Vino, IA, arrepentimiento inminente
VINO, IA, ARREPENTIMIENTO INMINENTE
Izzy
En el aparcamiento subterráneo, el aire está espeso y estancado.
En circunstancias normales, estaría muy atenta a lo que me rodea, miraría por encima del hombro a cada paso y llevaría las llaves entre los dedos a modo de arma defensiva un tanto endeble.
Atravesaría este laberinto de hormigón a toda prisa, con los tacones repiqueteando con demasiada fuerza sobre el asfalto, llamando la atención de forma indeseada.
Pero esta noche no siento la inquietud que suele provocarme caminar sola por este espacio.
No tengo los hombros levantados hasta las orejas ni el pulso acelerado, como me ocurre siempre que estoy sola en lugares mal iluminados.
Al contrario, camino con una calma poco habitual y el bolso se balancea con suavidad a mi lado.
Porque sé que él me está observando.
Debería ponerme nerviosa saber que hay alguien espiando todos y cada uno de mis movimientos, observándome mientras cruzo el garaje, siguiéndome a través de las cámaras de seguridad instaladas en el techo.
Pero no es así. Más bien calma un miedo que ni siquiera sabía que estaba latente en lo más profundo de mi ser.
Sentirme observada nunca me había resultado tranquilizador, pero ahora sí, y no tengo muy claro qué pensar al respecto.
Me siento en el coche y cierro la puerta con un suspiro. El leve aroma de mi ambientador de vainilla me reconforta. Me duelen los músculos; me hundo en el asiento, como si al fin tuviera permiso para parar. Echo la cabeza hacia atrás y respiro, dejo que el silencio me envuelva.
Repaso mentalmente los acontecimientos de la tarde: un turno largo con demasiados clientes y poco personal; el incidente con el vip, que me ha dejado mal sabor de boca; la dureza de la voz de Callahan al decirme que no aguante ese tipo de acoso.
Luego, durante la cena, me ha plantado la comida delante como si no fuera una sugerencia y me ha ordenado que comiera.
Y yo le he hecho caso.
No sé qué me inquieta más, si haberle obedecido con tanta facilidad o que me haya gustado hacerlo. Cuando me doy cuenta de ello, una oleada de calor me recorre la piel. Cambio de postura en el asiento, niego con la cabeza mientras arranco el coche y salgo del aparcamiento camino de casa.
La carretera vibra bajo los neumáticos de mi coche, un ritmo familiar al que me he acostumbrado tras años de volver conduciendo de noche.
Es la misma ruta que he tomado infinidad de veces, pero hoy me parece distinta.
Quizá se deba a que, por primera vez desde hace mucho tiempo, alguien se ha fijado en lo tarde que salía y se ha molestado en asegurarse de que cenara antes de marcharme.
Entro en mi complejo de apartamentos, apago el motor y salgo al aire fresco de la noche. Al introducir la llave en la cerradura, oigo el habitual chirrido metálico y abro la puerta de mi piso de un empujón.
Vino. Necesito vino.
Cojo una botella del estante y noto el cristal frío en la palma de la mano cuando extraigo el corcho con un pop satisfactorio.
Me sirvo una copa generosa y el líquido de color rojo intenso se balancea cuando me recuesto contra la encimera de la cocina y me quito los tacones con un suspiro de alivio.
Flexiono los dedos de los pies y las baldosas frescas me alivian las plantas doloridas; sin embargo, no calman el zumbido persistente que tengo en la cabeza, los pensamientos que no consigo silenciar.
Mi móvil vibra sobre la encimera y, en el silencio del apartamento, el ruido resulta atronador. Echo un vistazo a la pantalla esperando… ¿Esperando qué, exactamente? ¿Un mensaje que me indique que hay alguien pensando en mí? ¿Unas palabras que me hagan sentir vista de verdad?
Pero solo es Evan.
Mañana tengo mucho lío. No me esperes despierta
Y nada más. Ni un «¿Cómo te ha ido el día?», ni un «Te echo de menos»: ni una sola palabra que me dé a entender que se acuerda de que existo más allá de nuestra agenda compartida. No menciona mi ascenso ni la cena que se cargó, nada que importe.
Bebo un sorbo lento de vino y dejo que el amargor se me extienda por la lengua.
Cuando trago, el alcohol me calienta la garganta, pero no atenúa el vacío que siento en el pecho.
No reacciono al mensaje, no respondo, ya ni siquiera me siento decepcionada.
Esto es lo que somos ahora, o quizá hemos sido así siempre, aunque yo no me haya permitido verlo antes.
Me acerco al sofá, desbloqueo el teléfono y les echo un vistazo distraído a mis notificaciones. Muevo el pulgar sin pensar demasiado, leo por encima varios correos electrónicos, alertas de noticias, actualizaciones de redes sociales.
De pronto dejo el pulgar suspendido en el aire.
La aplicación Obsess AI sigue ahí, intacta, con un elegante icono oscuro que destaca entre los de las aplicaciones más conocidas.
En la quietud de mi apartamento, sin nadie que me juzgue, las palabras de Amanda me vuelven a la cabeza, provocadoras e insistentes: «Sin ghosting , sin egos, sin tonterías.
Solo hombres atractivos, obedientes y ficticios que están obsesionados contigo».
Me quedo mirando la pantalla mientras bebo otro sorbo de vino y considero mis opciones. Debería borrarla. Es una ridiculez, una fantasía digital que no puede llenar de ningún modo el vacío de una conexión genuina.
Entonces, antes de que me dé tiempo a pensarlo demasiado, muevo el pulgar…
Y lo detengo sobre el botón «Eliminar».
Pero, en lugar de deslizar para desinstalarla, toco el icono y la abro.
La pantalla se pone negra y, luego, aparece una interfaz refinada. El diseño es minimalista y moderno, todo líneas puras y tipografía elegante. Me transmite una sensación de exclusividad, como si me hubieran concedido acceso a un club privado donde mis deseos importan de verdad.
Un eslogan escrito con una elegante fuente blanca se desplaza por la pantalla: «El amante perfecto. Siempre alerta. Siempre a la espera. Siempre tuyo».
Un escalofrío lento me recorre la espina dorsal y, a pesar del calor que el vino me ha generado por dentro, se me pone la piel de gallina en los brazos.
No es más que una aplicación tonta. Una distracción. Una forma de pasar el rato una noche solitaria.
Aun así dudo, mantengo el dedo suspendido sobre la pantalla.
Me digo que es algo inofensivo, una forma de divertirme, una distracción con la que entretener a Amanda la próxima vez que quiera fisgar en mi patética y trágicamente decepcionante vida amorosa.
Pero, cuando exhalo y hago clic en la pantalla de personalización para seguir adelante, las preguntas que aparecen despiertan una vulnerabilidad inesperada que me oprime el pecho.
¿Qué tipo de personalidad prefieres?
Las opciones aparecen en una lista ordenada, a la espera de que le dé forma a este compañero digital hecho a medida y entregado a mí por completo. El proceso me resulta extraño, demasiado íntimo, como si estuviera revelando partes de mí que por lo general mantengo ocultas.
Cautivador
Romántico
Seguro
Protector
Entregado
Posesivo
Dudo con la última y dejo el dedo paralizado a unos milímetros de la pantalla mientras la palabra se me graba a fuego en la retina.
Posesivo
Pienso una vez más en la cena. En Callahan sentado frente a mí, imperturbable, mirándome comer como si fuese responsabilidad suya asegurarse de que lo hiciera.
En el tono con el que me ha dicho: «Si alguna vez necesitas una salida, hazme una señal».
En el sentimiento de seguridad al saber que me estaba observando mientras cruzaba el aparcamiento.
La palabra «Protector» atrae mi mirada y la selecciono con un toque rápido.
Luego marco «Seguro», porque lo último que necesito es un hombre que no tenga claro lo que quiere.
Tengo la sensación de que con estas elecciones no solo estoy creando un compañero digital, sino que también estoy sacando a la luz los vacíos de mi verdadera relación.
La siguiente pregunta aparece en la pantalla:
¿Cómo debería comunicarse?
De forma dulce y cariñosa
Coqueta y juguetona
Intensa y apasionada
Reconfortante y comprensiva
Me quedo pensando, apretando el teléfono, con la copa de vino olvidada en la mesa de al lado. ¿Cuándo fue la última vez que me hablaron en tono reconfortante? La pregunta me aplasta bajo su peso y la respuesta no me sale con facilidad.
Evan no lo hace jamás. Si estoy pasándolo mal, da por hecho que estoy exagerando. Si estoy cansada, me dice que deje de quejarme. Si expreso cualquier necesidad, me hace sentir como si fuera una carga.
Pero Callahan…
Niego con la cabeza para obligarme a dejar de pensar en ello. Esto es una IA. No es real. No es una forma de sustituir las relaciones humanas de verdad.
Selecciono «Reconfortante y comprensiva». Y, luego, gracias a que el vino me ha desinhibido y a que estoy cansada de negar lo que quiero, añado: «Intensa y apasionada».
La pantalla vuelve a cambiar y muestra otra pregunta:
¿Cómo te llama?
Estoy a punto de echarme atrás. Me parece demasiado personal, demasiado revelador, como si cada opción que marco expusiera un deseo que llevo tiempo intentando ignorar.
Aparece una lista de opciones predefinidas, seguras y genéricas:
Nena
Cariño
Amor
Ángel
Cielo
Apenas las miro. Clavo los ojos en el campo de texto vacío que hay más abajo, en el hueco en el que puedo escribir mi preferencia personal. Un espacio para hacer que esta fantasía sea mía, ya que mi realidad no lo es.
Trago saliva con dificultad.
Debería elegir algo sencillo. Sin importancia. Que no revele demasiado lo que echo de menos.
Pero, antes de que pueda contenerme, deslizo los dedos por el teclado:
Preciosa
Se me forma un nudo en la garganta al ver la palabra fijada en la pantalla. No es un apelativo con el que Evan se haya referido a mí nunca. Ni una sola vez en tres años.