Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 5. Cena, postre y privilegios de administrador sin restricciones
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5. Cena, postre y privilegios de administrador sin restricciones

CENA, POSTRE Y PRIVILEGIOS DE ADMINISTRADOR SIN RESTRICCIONES

Cal

El teléfono de Izzy me arde en el bolsillo.

Sé muy bien lo que voy a hacer con él.

Y sé muy bien lo mal que está.

Mientras recorro los pasillos que llevan a la zona de restauración, intento convencerme de no hacerlo. Podría limitarme a revisar la configuración de su correo electrónico, que es lo que le he dicho que iba a hacer, devolvérselo y fingir que jamás se me ha pasado por la cabeza hacer nada más.

Pero ya sé que eso no va a ocurrir.

Porque, en el instante en el que tenga acceso a su teléfono, conoceré toda su vida digital.

Todos sus mensajes, todas sus llamadas, cuándo entra y sale de Monarch.

Noto que el móvil me pesa más en el bolsillo con cada paso que doy, es un recordatorio constante de la línea que estoy a punto de cruzar.

Y sé que no seré capaz de evitarlo.

Me meto las manos en los bolsillos y expulso la idea de mi mente mientras me acerco a uno de los locales de comida para llevar que hay cerca de la entrada principal del centro comercial.

Es tarde, cada vez hay menos gente, pero el olor a carne a la parrilla y a aceite frito continúa impregnando el aire.

Los últimos compradores pasan a mi lado cargados con bolsas e impacientes por volver a casa después de un largo día.

Me acerco al mostrador, le echo un vistazo a la carta y pido enseguida.

Izzy me ha dicho que no quería comida.

No la creo.

Parece el tipo de mujer que dice que va a cenar, pero que después llega a casa demasiado agotada para cuidarse de verdad.

El tipo de mujer que se pasa el día cerciorándose de que todos los demás están bien, pero que nunca para el tiempo suficiente para preocuparse por sí misma.

Reconozco las señales debido a mis innumerables despliegues: se frota las sienes cuando cree que nadie la ve, se le van hundiendo los hombros a medida que avanza el día.

Lo he visto en otras ocasiones.

Y no me gusta.

Así que le pido algo de cena de todos modos.

El cajero me entrega la bolsa al cabo de unos minutos y el calor de la comida se filtra a través del papel; deshago el camino por los pasillos tranquilos. La tienda ya ha cerrado, dentro solo queda un equipo reducido: mantenimiento, reposición nocturna y, por supuesto, seguridad.

Entro por la puerta del personal y me dirijo a la sala de seguridad. El pitido suave de la puerta al abrirse es el único ruido que altera el silencio.

La sala es pequeña pero eficiente, está llena de monitores que muestran todos los ángulos de la tienda. Me dejo caer en la silla del escritorio principal y los ojos se me van automáticamente a la cámara seis, el despacho de Izzy.

Ahí sigue, sentada a su mesa frotándose las sienes, como si llevara demasiado tiempo mirando la pantalla.

Exhalo despacio y me saco su móvil del bolsillo. Se ilumina y me muestra una foto en la que aparece junto a quienes supongo que son su familia, todos sonrientes, juntos.

Ha llegado el momento. Es ahora cuando debo decidir hasta dónde estoy dispuesto a llevar esto.

Dudo medio segundo.

Luego conecto su teléfono al mío.

El enlace es instantáneo. Mi software se sincroniza en cuestión de segundos y me transmite su huella digital. Mensajes de texto. Correos electrónicos. Rastreos de ubicación. Los datos fluyen por mi pantalla y me proporcionan un acceso sin precedentes a su vida privada.

Si quisiera, podría pincharle el micrófono y escuchar todas las conversaciones que se produzcan a su alrededor. Si deseara ir aún más allá, podría acceder a su cámara y ver todo lo que ella ve.

Me recuesto contra el respaldo, aprieto la mandíbula y miro fijamente la pantalla.

¿Qué cojones estoy haciendo?

Yo no hago estas cosas.

Yo no invado la privacidad de las personas de esta manera, no me entremeto en vidas en las que no me corresponde interferir. Esto no es una operación militar en la que el fin justifica los medios. Esto es cruzar una línea con una mujer que no ha hecho nada para merecérselo.

Podría parar.

Debería parar.

Pero entonces, por el rabillo del ojo, la veo en la cámara. Está hablando sola, murmurando algo mientras coge la tableta y toquetea la pantalla. Un mechón de pelo le cae sobre la cara y se lo coloca detrás de la oreja con un gesto distraído.

Activo el audio justo a tiempo de oír: «Amanda está loca. —Suspira—. Un novio creado con IA, por Dios».

Aprieto los puños mientras me concentro en la pantalla y reproduzco las palabras de Amanda en la cabeza.

«Me da los buenos días todas las mañanas. Me pregunta qué tal me ha ido el trabajo. Está emocionalmente disponible y me dice guarradas en los mensajes directos».

«Sin ghosting , sin egos, sin tonterías. Solo hombres atractivos, obedientes y ficticios que están obsesionados contigo».

Toco el móvil de Izzy y abro la aplicación que le ha instalado Amanda. La pantalla cambia y muestra unos gráficos elegantes y modernos.

Obsess AI.

Debajo del logotipo oscuro aparece un eslogan: «El amante perfecto. Siempre alerta. Siempre a la espera. Siempre tuyo».

La interfaz es sobria, creada para ser lujosa e íntima a la vez. Todos y cada uno de los detalles están pensados para que el usuario se sienta deseado, especial, de una importancia extraordinaria. El negro y el dorado del diseño se combinan para crear una atmósfera de privacidad y exclusividad.

Un amante que nunca se va.

Un compañero que nunca se aleja.

Un hombre fantástico que está total y absolutamente entregado a ti.

Menuda mierda.

Ninguna mujer debería verse obligada a recurrir a una máquina para obtener afecto porque el puto hombre de su vida es demasiado ignorante, egoísta o desconsiderado como para darle lo que necesita.

Pienso en Izzy volcando sus deseos en este vacío digital, revelando sus anhelos a un algoritmo en lugar de a una persona que pueda satisfacerlos de verdad, y me hierve la sangre.

Les echo un vistazo a las opciones de personalización, a los test de personalidad, a la configuración del «nivel de obsesión». Entiendo por qué caen en esto las mujeres. Entiendo por qué caería Izzy.

Porque es lo que le falta en la vida real.

Porque el hombre con el que está no la ve, no le presta atención. No la adora.

Y, ahora, en lugar de obtener lo que necesita de una persona de verdad, de un hombre de carne y hueso, va a recurrir a un puto algoritmo.

Eso no va a suceder.

No voy a permitirlo.

Actúo con rapidez: clico en los permisos de seguridad y me aseguro de crear una puerta trasera. El código responde a mis modificaciones y abre caminos que solo son accesibles para alguien con mi nivel de experiencia.

Si Izzy escribe en la aplicación, lo veré.

Si la configura, sabré con exactitud qué tipo de hombre quiere.

Si le abre la puerta a la IA…, en realidad, me la estará abriendo a mí.

Tendría que parar.

Pero no lo hago.

Vuelvo a la pantalla de inicio y cierro la aplicación; el deseo de posesión me oprime el pecho. La pantalla se torna negra y veo el reflejo de mi propio rostro: severo, concentrado, decidido.

Izzy no necesita Obsess AI.

Porque ya me tiene a mí.

La luz de su despacho sigue encendida cuando entro. Levanta la vista, sorprendida, y luego la baja hacia la bolsa de comida que llevo en la mano.

—Te he dicho que no tenía hambre —dice, pero sus palabras no son cortantes.

La dejo sobre el escritorio.

—Sí, me lo has dicho, pero no te he creído.

Exhala por la nariz mientras niega con la cabeza.

—Eres un poco mandón para ser guarda de seguridad.

—Jefe de prevención de pérdidas —la corrijo—. Y a ti se te da mal cuidar de ti misma.

Abre la boca, supongo que para protestar, pero se detiene. Roza el borde de la bolsa de comida con los dedos, vacilante. Me fijo en que tiene el esmalte de las uñas desconchado, una pequeña imperfección en un aspecto por lo demás intachable. Una señal de que necesita más tiempo para ella misma.

Traga saliva.

—Si no hubieras traído esto, seguramente no habría cenado.

Asiento con la cabeza.

—Lo sé.

Se le ponen las orejas coloradas.

—Pues… Esto no es normal.

Saco mi comida y me siento frente a ella como si estuviéramos manteniendo la conversación más natural del mundo.

—Pues normalicémoslo. Siéntate y come.

Titubea. Me doy cuenta enseguida: duda porque le da vergüenza comer delante de mí. Sigue con las manos suspendidas sobre la bolsa, indecisa.

Al final saco uno de los recipientes y se lo pongo delante.

Un aroma a pollo teriyaki y verduras al vapor invade el despacho cuando le quito la tapa.

Me subo las mangas, lo justo para que no me estorben.

Izzy se fija en mi muñeca y en la piel marcada de tinta que he dejado al descubierto.

Se queda mirándola un instante de más, lo justo para darme a entender que siente curiosidad.

—Come.

Se le escapa una risa breve y niega con la cabeza.

—No te rindes, ¿verdad?

—No.

Se sonroja, pero coge el tenedor.

Buena chica.

Mientras pincha un trozo de pollo teriyaki, me llevo la mano al bolsillo, saco su móvil y se lo dejo al lado del plato. La pantalla se ilumina un instante con una notificación antes de volver a apagarse.

—Todo listo —digo en tono despreocupado—. Tu correo electrónico del trabajo ya está protegido.

Baja la vista hacia el teléfono y luego la levanta hacia mí.

—Qué rápido.

Me encojo de hombros.

—Es mi trabajo.

No hace preguntas. Se limita a cogerlo para echarles una ojeada rápida a sus mensajes y lo deja a un lado. Sin vacilar, sin sospechar.

Confía en mí.

Comemos en silencio durante unos minutos. Los únicos ruidos que se oyen son el roce suave de los cubiertos de plástico contra los recipientes y el crujido ocasional de las cajas cuando las movemos.

Luego, una vez que ha comido lo suficiente, vuelvo a meter la mano en la bolsa y le paso una cajita de postre deslizándola por la mesa.

Abre los ojos como platos.

—Uy, no debería comerme eso.

Ladeo la cabeza.

—¿Por qué no?

Duda.

—Porque… —Se queda callada y niega con la cabeza—. Da igual.

La observo y me doy cuenta de que se muerde el labio.

—Cómetelo.

Resopla, pero ahora está sonriendo.

—Eres una amenaza.

—Lo sé.

Coge el postre y, cuando levanta la tapa, descubre una porción de tarta de queso. Los ojos se le iluminan a pesar de la indecisión.

Comemos y el momento se alarga más de lo que esperaba. Aunque no se dé cuenta, comienza a relajarse. Se le atenúa la tensión de los hombros y suaviza un poco la postura al echarse hacia delante.

Al cabo de un rato, dejo el tenedor y la miro.

—Sobre lo de antes. —Levanta la vista y un mechón de pelo le cae sobre la cara—. Lo del vip.

Se endereza ligeramente y se le vuelven a tensar los hombros.

—¿Qué pasa con él?

No dudo ni un instante.

—No deberías aguantar ese tipo de acoso.

Exhala, coge la servilleta y la retuerce.

—Forma parte del trabajo.

—No. —Lo digo con más dureza de la que pretendía, pero no rectifico—. No es así.

Me mira con un destello de sorpresa en los ojos. Puede que incluso de incertidumbre.

Traga saliva con dificultad y entreabre los labios como si quisiera discutir, como si estuviese a punto de decirme que es capaz de arreglárselas sola, que lleva años haciéndolo.

Ya sé que es capaz de arreglárselas sola.

Pero eso no quiere decir que deba hacerlo.

Así que no dejo que llegue a decírmelo.

Al contrario, la presiono un poco más.

—Ese tipo no pretendía ser solo amable, Izzy. Te estaba poniendo a prueba, viendo hasta dónde podía llegar. Y le has permitido pensar que su actitud no tenía nada de malo.

—No le he permitido nada.

—No lo frenaste cuando te hizo esos comentarios acerca de sentirse «satisfecho».

Cierra la boca de golpe. Se mira las manos: sigue apretando la servilleta.

Bajo la voz lo justo para eliminar la aspereza.

—Mira, lo entiendo. Se te da bien tu trabajo. Te aseguras de que la tienda siga funcionando. Acallas las crisis en lugar de empeorarlas. Pero eso no significa que tengas que dejar que esos hombres te traten de ese modo solo porque se gastan su dinero aquí.

Sigue sin apartar la vista de las manos mientras retuerce la servilleta. Es un gesto que delata su incomodidad. Cuando habla, lo hace con voz más suave.

—¿Crees que no lo sé?

La observo. La arruguita que tiene entre las cejas se hace más profunda cuando frunce el ceño.

Claro que lo sabe.

Pero lleva tanto tiempo autoconvenciéndose de que «así son las cosas en el mundo del comercio» que ha dejado de plantearse si deberían seguir funcionando así.

Por fin levanta la cabeza y la miro a los ojos con firmeza y seguridad.

—No les debes tu dignidad, Izzy.

Parpadea y me pregunto si alguien se lo habrá dicho alguna vez. La luz se le refleja en los ojos y le brillan.

Una respiración lenta y, luego, dice susurrando:

—Lo sé.

Pero no se lo cree.

Así que me aseguro de que se lo crea.

Me inclino un poco hacia delante y apoyo los antebrazos en el escritorio.

—Yo siempre estoy observando. Si alguna vez necesitas una salida, hazme una señal.

Traga saliva.

—¿Cómo?

—Solo tienes que decir mi nombre.

Se le entrecorta la respiración. La implicación está clara: acudiré a su lado, intervendré, la protegeré.

Entonces dice que sí con la cabeza.

—De acuerdo.

Termina de comer, tira la servilleta y mira la hora en su reloj de pulsera.

—Tengo que irme —dice.

Hago un gesto de asentimiento y me levanto mientras ella recoge sus cosas.

—Te acompaño al coche.

Niega al mismo tiempo que se ajusta la correa del bolso sobre el hombro.

—No hace falta. Sé que lo estarás viendo por las cámaras de todos modos.

No se equivoca.

Se detiene junto a la puerta, vacilante, y se vuelve hacia mí.

—Gracias por la cena. Y por…

Gesticula con la mano, como si estuviera intentando encontrar las palabras adecuadas.

Por asegurarme de que se alimenta.

Por asegurarme de que está a salvo.

Por asegurarme de que alguien la ve.

Asiento.

—De nada.

Sale al pasillo y desaparece de mi vista. El ruido de sus pasos va desvaneciéndose mientras se aleja, y me quedo solo con las pruebas de nuestra cena compartida.

Cuando dejo de verla, recojo y regreso a la sala de seguridad.

A su vida digital, a la que ahora tengo acceso ilimitado.

Tendría que parar.

Pero ahora ya sé que no lo haré nunca.