Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 4. Un día más en el patriarcado #2
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4. Un día más en el patriarcado #2

Abre la boca. Conozco esa expresión. Estoy a punto de presenciar un nivel de indignación total, espectacular, de los de manos en alto, como un concursante de un programa de telerrealidad a punto de volcar una mesa, así que la interrumpo antes de que empiece.

—Y luego… —Hago un gesto vago con la mano, como si el hecho de restarles importancia a las palabras fuera a hacerlas más aceptables—. Me enseñó a una influencer fitness y no paró de hablarme de lo bien que está.

La mirada de Amanda adquiere un cariz asesino y aprieta los labios hasta convertirlos en una línea delgada.

—Perdona, ¿que hizo qué?

Bebo otro sorbo de refresco y miro a cualquier lugar menos a ella: a la ventana, a la pila de papeles que tengo en el escritorio, al diploma de gerente de tienda enmarcado en la pared.

—No fue tan grave.

—¿No fue tan grave? —A Amanda se le escapa un sonido entrecortado, como si fuera físicamente incapaz de asimilar mis palabras—. Has logrado un ascenso. Un ascenso importantísimo. Y, en lugar de homenajearte, ¿pasó de ti y te hizo sentir mal contigo misma?

—No he dicho que…

—Ay, por Dios, no empieces a defenderlo. —Levanta una mano para hacerme callar—. Porque conozco ese tono, Izzy. Es tu voz de «estoy a punto de justificar a un hombre que no se lo merece».

Me exaspero y suelto la lata con más fuerza de la debida.

—No lo hizo a propósito.

Amanda me mira sin dar crédito a lo que oye.

—¿Cómo es posible que un hombre adulto ignore sin querer a su novia y luego la compare con una publicación sugerente de Instagram?

Niego con la cabeza y me cruzo de brazos.

—No me comparó…

Suelta una carcajada estruendosa.

—Tienes razón. Para compararte con esa chica tendría que pensar que juegas en la misma liga que ella. Directamente te ha enseñado a una mujer que le parece más atractiva. ¿Te estás oyendo?

Una sensación de vacío se me extiende por el pecho. No quiero tener esta conversación. Ni con ella ni conmigo. Porque ya sé que tiene razón.

Me pellizco el puente de la nariz.

—No lo entiendo, Izzy —dice. Se aleja de mi escritorio y empieza a pasearse de un lado a otro por el despacho; sus tacones dejan huellas suaves en la moqueta a cada paso—. Antes tenías estándares, sabías lo que valías.

—Eso no es justo —murmuro, y mi voz suena más débil de lo que me gustaría.

Se detiene y se vuelve hacia mí con las manos en las caderas.

—¿No? Entonces contéstame con sinceridad: ¿cuándo fue la última vez que Evan te hizo sentir amada? No tolerada ni conveniente. Amada.

Se me forma un nudo en la garganta y noto una presión cada vez más fuerte detrás de los ojos. Clavo la mirada en el suelo, incapaz de levantarla hacia Amanda. Nos sumimos en un silencio cargado de verdades tácitas.

Mi amiga exhala y ahora su voz suena más suave.

—Solo quiero que seas feliz, cari. Y nunca te he visto feliz con él.

Ahí está otra vez: esa verdad que no puedo evitar tocar, como un moratón que te aprietas una y otra vez solo para recordar que sigue doliendo. Trago saliva y cambio de postura, incómoda.

—No es tan sencillo.

—Sí lo es —insiste Amanda—. Rompes con él y sigues adelante. Yo lo hice.

—Te divorciaste —señalo mientras paso un dedo por el metal frío de la lata de refresco.

—Eso es. Y es la mejor decisión que he tomado en mi vida. —Niega con la cabeza, irritada—. Te comportas como si dejar a Evan fuera un acontecimiento catastrófico, pero ¿qué perderías, exactamente?

No sé qué contestar, porque la respuesta es nada, así de sencillo. Perdería un espacio vacío en la cama a mi lado, cenas silenciosas y el escozor de la decepción constante. ¿A qué me estoy aferrando?

Amanda se me queda mirando un buen rato; luego suspira y niega con la cabeza.

—No sé, a lo mejor tu nuevo hombre ficticio te enseña cómo debe comportarse uno real.

Dejo escapar una risa por la nariz, agradecida por el cambio de tema.

—Amanda…

—No. Sin discusiones. —Ha vuelto a coger mi móvil y está tecleando; el sutil tamborileo de sus uñas sobre la pantalla llena el silencio—. Voy a regalarte un novio que te escuche de verdad.

Gimo.

—Esto es ridículo.

—No tanto como seguir con un hombre que hace que te sientas invisible.

No respondo, porque, una vez más, tiene razón y ambas lo sabemos. En ese momento, alguien llama a la puerta y el sonido resuena en mi despacho, así que no me da tiempo a darle más vueltas al tema.

Amanda me guiña un ojo y me sonríe con picardía.

—Uy, a lo mejor es mi futuro marido.

La fulmino con la mirada mientras me vuelvo hacia la puerta…

y me quedo paralizada al ver a Callahan allí plantado.

Tiene los hombros tan anchos que llena toda la entrada; su presencia cambia la energía de la habitación al instante.

Las luces fluorescentes le arrancan destellos a la sutil cadena de plata que lleva alrededor del cuello, las chapas de identificación en las que me fijé anoche, semiocultas bajo su camisa.

—Siento interrumpir —dice con una voz grave y tranquila, aunque desvía la mirada hacia Amanda con un atisbo de diversión—. No pretendía aguaros la fiesta.

—Qué va, solo estábamos hablando de los hombres que están obsesionados con Izzy —dice Amanda con dulzura—. Una simple charla de chicas. Nada de lo que debas preocuparte.

Quiero morirme. Tengo la sensación de que el calor que me sube por las mejillas podría incendiar el edificio.

Callahan arquea una ceja y mantiene una expresión esmeradamente neutra.

—Solo quería saber cómo estabas. He visto lo que ha pasado con ese cliente que se te ha insinuado en el probador. Quería asegurarme de que te encontrabas bien.

Carraspeo, de pronto muy consciente de lo cerca que lo tengo.

—Estoy bien.

Asiente con la cabeza y luego mira hacia mi escritorio.

—Pienso quedarme hasta tarde revisando las cámaras de seguridad, pero voy a salir a por la cena. ¿Necesitas que te traiga algo?

Me sorprende la oferta.

—¿Vas a quedarte hasta tarde?

—Tengo que hacer un repaso general de toda la seguridad —responde con naturalidad—. ¿Comida?

Niego con la cabeza y el cabello me roza los hombros al moverme.

—No, gracias.

—También tengo que configurarte la autenticación multifactorial en el correo electrónico del trabajo, si no te importa. Estamos mejorando los protocolos de seguridad en los dispositivos de la empresa.

Amanda le entrega mi móvil sin preguntarme y el teléfono desaparece en la enorme mano de Callahan. Bueno, tampoco es que tenga nada que ocultar. Excepto, quizá, esa nueva aplicación que acaba de instalarme.

Él lo coge y asiente con la cabeza.

—Vuelvo dentro de veinte minutos.

Cuando se marcha, Amanda me dedica una sonrisa lenta y cómplice que se le extiende por la cara como mantequilla sobre una tostada caliente.

Gimo y dejo caer la cabeza sobre el escritorio, cuya superficie fría me alivia ligeramente la piel enrojecida.

Estoy jodida.