4. Un día más en el patriarcado
UN DÍA MÁS EN EL PATRIARCADO
Izzy
Cuando vuelvo a mi despacho, me duele la cara de contener todas las réplicas y malas contestaciones que quería lanzarle a ese hombre. Tengo las mejillas agarrotadas por culpa de la sonrisa forzada.
Cierro la puerta con más fuerza de la necesaria, suelto la tableta sobre el escritorio y planto las manos en el tablero. Cierro los ojos y respiro mientras dejo que la quietud de mi despacho me cale por dentro. Es la primera vez en todo el día que estoy en verdadero silencio.
Inspiro.
No es nada nuevo. No es la primera vez que lidio con algo así. Hay hombres de este tipo en todas las tiendas de lujo, en todas las ciudades, en todas las industrias, y tienen dinero y poder y el delirio de que, como pueden comprar productos caros, también pueden comprar a las personas.
No debería afectarme y, por lo general, no lo hace.
A lo largo de los años he ido desarrollando una coraza profesional: una sonrisa educada que no me llega a los ojos, un tono que se mantiene en el límite de la cordialidad.
Pero, hoy, la insistencia de ese tío en que lo atendiera yo, esa forma de recorrerme con la mirada, demorándose siempre un segundo de más, me eriza la piel con tal intensidad que no soy capaz de ignorarlo.
Me aparto con brusquedad del escritorio y me dirijo a toda prisa a la mininevera que hay en un rincón de mi despacho, la cual, según el equipo de dirección, en teoría está reservada a almacenar bebidas gratuitas para las citas con clientes vip, pero que en realidad se ha convertido en mi refugio personal.
Abro la puerta y el aire frío me golpea la cara mientras cojo una lata de Coca-Cola Zero de mi alijo de emergencia.
Noto el aluminio frío en la palma de la mano al tirar de la lengüeta, que se abre con un siseo satisfactorio.
Bebo un trago largo, disfruto del gas burbujeándome en la lengua y, mientras relajo los hombros por primera vez en todo el día, me apoyo en el escritorio.
La tensión que siento en el cuello comienza a disiparse cuando cierro los ojos.
El momento dura cinco segundos de reloj antes de que la puerta se abra de golpe.
—Vale, ¿qué cojones ha sido eso?
Amanda avanza por el pasillo con paso firme y tacones de aguja, con los ojos entornados en una expresión de chica sexy en modo ataque. La melena rubia se le balancea a la espalda con cada uno de esos movimientos decididos.
Amanda Bennett no es solo mi subgerente, también es mi amiga.
Mi amiga rubia y atrevida a más no poder que no le aguanta ni una sola gilipollez a nadie.
La que se divorció del inútil de su marido a los veintidós años, recuperó su independencia y ahora trata a los hombres como si fueran bolsos caros: se divierte teniéndolos, los reemplaza con facilidad y nunca le merece la pena conformarse solo con uno.
Se detiene delante de mi escritorio y se cruza de brazos a la espera de una respuesta. Se tamborilea el antebrazo con las uñas de manicura perfecta en señal de impaciencia.
Bebo otro sorbo de refresco y el líquido frío me calma la garganta.
—¿A qué parte te refieres?
—A la parte en la que míster Manos Largas de Wall Street ha pedido que lo atendieras tú en persona como si fueras una especie de prostituta de lujo —dice con las cejas arqueadas—.
Y no me digas que no te has dado cuenta, porque he estado a tres segundos de entrar en tropel en ese probador y rescatarte yo misma.
Gruño y me froto las sienes, donde empiezo a sentir el leve preludio de una jaqueca.
—No ha sido nada.
—Sí, ha sido asqueroso.
—Forma parte del trabajo.
Amanda deja escapar una risa arisca cuyo eco retumba en mi pequeño despacho.
—No. Tu trabajo consiste en venderles bolsos carísimos a personas que no los necesitan, no en coquetear con hombres que no saben captar una indirecta.
Me pellizco el puente de la nariz mientras siento que la tensión vuelve a apoderarse de mí.
—No estaba coqueteando.
—Estabas ahí, existiendo, y eso ha sido suficiente para él.
—Se sienta en el borde de mi escritorio y sacude la cabeza para echarse el pelo hacia atrás.
El sol de última hora de la tarde que entra a través de la ventana se le refleja en las mechas rubias y onduladas—.
Y, hablando de existir, ¿podemos hablar de nuestro nuevo jefe de seguridad? Porque hostia puta.
Ya sé adónde va a ir a parar esto, así que pongo los ojos en blanco. La condensación fría de la lata me resbala por los dedos cuando los cambio de postura.
—Amanda…
—No, no, déjame decirlo, Izzy. Ese hombre es un delito andante en el mejor sentido posible de la palabra.
Reprimo una carcajada y el refresco me burbujea en la nariz.
—Por favor, explícate.
Los ojos le brillan de picardía.
—Sabes muy bien a qué me refiero. Ese rollito melancólico, peligroso, en plan «moriría por ti». Los antebrazos. La mandíbula. El hecho de que, aunque tenga pinta de que basta un mal día para que cometa un delito, jamás permitiría que abrieras una puerta tú sola.
Niego con la cabeza y me acerco la lata a la boca para ocultar la sonrisa que amenaza con curvármela.
—Necesitas ayuda.
—No, necesito que ese hombre me clave a la pared y me interrogue sobre lo que le dé la real gana.
Me atraganto y estoy a punto de convertirme en un aspersor de Coca-Cola Zero. El gas me arde en la nariz mientras toso y se me llenan los ojos de lágrimas.
Amanda se parte de risa, a todas luces satisfecha consigo misma, y sus carcajadas me resultan contagiosas a pesar de la vergüenza.
—Dime que no tengo razón.
Agito la mano arriba y abajo, aún sin dejar de toser.
—No pienso tener esta conversación.
Se inclina hacia mí y una sonrisa traviesa le tensa las comisuras de los labios.
—No pasa nada. Ya la tendré con él.
Gruño y dejo la lata sobre el escritorio con un golpe suave.
—Amanda.
—¿Qué? Está bueno. Y lo sabes.
Sí, lo sé, y ese es el problema. No quiero pensar en su forma de mirarme en aquel restaurante.
En cómo me clavó los ojos, sin pestañear, como si viera a través de mí.
No quiero recordar lo que he sentido cuando Callahan me ha estrechado la mano con firmeza y calidez, igual que si estuviera memorizando la forma de mis dedos entre los suyos.
Y, desde luego, no quiero pensar en cómo me ha mirado hoy, con una atención tan intensa y exclusiva que todo lo demás se ha desvanecido.
Es como si me viera de verdad, de una forma en la que hace años que Evan no me ve.
Amanda amusga los ojos y su pintalabios refleja la luz cuando aprieta los labios.
—Estás pensando en él.
—No. —Agarro la tableta, desesperada por encontrar una distracción, y la pantalla se ilumina cuando la toco—. Estoy pensando en irme a casa, beberme una botella de vino entera y olvidar este día.
Amanda suelta un suspiro dramático, se echa hacia atrás y se examina las uñas.
—Uf, qué aburrida eres. —Luego se anima y se yergue de nuevo—. ¡Ay! ¿Sabes lo que necesitas?
Enarco una ceja.
—Por favor, no digas tequila.
—No. Necesitas un novio hecho por IA.
Me quedo mirándola, parpadeando despacio mientras mi cerebro intenta procesar sus palabras.
—Perdona, ¿cómo dices?
Se saca el móvil del bolsillo de la chaqueta. La funda es de color rosa intenso y tiene adornos de pedrería que reflejan la luz.
—Vale, escúchame. Hay una aplicación nueva en la que chateas con una IA. Puedes programar al chico perfecto. Te envía mensajes, te escucha, dice justo lo que quieres oír. Sin ghosting , sin egos, sin tonterías. Solo hombres atractivos, obedientes y ficticios que están obsesionados contigo.
Suelto la tableta de nuevo.
—Suena un poco agobiante.
—Es maravilloso. —Da golpecitos en la pantalla hasta abrir la aplicación—. Al mío lo he llamado Chad. Me da los buenos días todas las mañanas. Me pregunta qué tal me ha ido el trabajo. Está emocionalmente disponible y me dice guarradas en los mensajes directos.
Esbozo una mueca y siento el aire frío que sale del conducto de ventilación que tenemos encima.
—Amanda…
—Ah, y además se conecta al vibrador. Así que, sinceramente, no tengo ningún motivo para volver a hablar con un hombre de verdad.
La miro boquiabierta y noto que se me calientan las mejillas.
—¡¿Qué?!
—Increíble, ¿eh? La tecnología es un regalo.
Me pasa su teléfono y la pantalla me muestra un intercambio de mensajes con lo que parece ser un hombre excepcionalmente atractivo que escribe párrafos en lugar de respuestas de una sola palabra.
Antes de que me dé tiempo a procesar siquiera lo que estoy viendo, Amanda se lanza a por mi móvil, que está en el escritorio, y la carcasa chirría al arañar la madera de la superficie.
—Vale, tú también te vas a hacer uno.
—Espera…
—Sin discusiones. —Ya está descargando la aplicación, moviendo los pulgares con rapidez por la pantalla—. Voy a regalarte al hombre perfecto. De nada.
Vuelvo a frotarme las sienes: ahora el dolor de cabeza se ha asentado por completo.
—Esto es absurdo.
—¿Sabes lo que es absurdo? Tu novio real.
El comentario queda suspendido en el aire entre ambas hasta que Amanda inclina la cabeza.
—Bueno…, ¿estás ya lista para reconocer que tienes que mandarlo a la mierda?
Exhalo despacio.
—No…
—¿No qué? ¿No lo quieres? ¿No te gusta? ¿No recuerdas la última vez que hizo que te corrieras?
—Amanda…
Arquea una ceja perfectamente definida y se recuesta sobre mi escritorio para dejar el móvil fuera de mi alcance.
—Dime que me equivoco. ¿Cómo fue tu gran cena de celebración con Evan?
Dudo un segundo más de lo debido, lo cual ya es una respuesta. Mi amiga entorna los ojos al instante: mi reticencia no le pasa inadvertida.
Me obligo a encogerme de hombros y la tela de la chaqueta se me tensa sobre la espalda.
—Estuvo bien.
Ladea la cabeza y espera; su silencio es más eficaz que cualquier pregunta.
Cambio el peso hacia una cadera.
—Estuvo todo el rato con el móvil.