Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 3. Si ella cae, yo soy el suelo #2
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3. Si ella cae, yo soy el suelo #2

Me siento en la sala de vigilancia para fijarme en el ciclo que siguen los monitores que muestran diferentes ángulos de la tienda mientras tamborileo distraídamente el escritorio con los dedos.

La mayor parte del día ha transcurrido sin incidentes.

Algunos intentos menores de hurto, nada organizado, sin técnicas profesionales.

Vuelvo a concentrarme en ella.

Está de pie en la sala de personal shopping , cerca de uno de esos sillones orejeros que parecen más apropiados para un salón de fumadores que para unos grandes almacenes.

Frente a ella, sentado cómodamente, hay un hombre de unos cuarenta y cinco años cuyo traje azul marino hecho a medida no consigue ocultar su naturaleza sórdida.

Se arrellana en el sillón y remueve con aire perezoso la bebida que sostiene en la mano.

Es la mismísima encarnación del divorciado que ha expoliado el fondo fiduciario en el acuerdo y que luce un Rolex que no se ha ganado.

No necesito que abra la boca para saberlo todo sobre él.

Es un cliente habitual. Alguien acostumbrado a conseguir lo que quiere.

Cambio a la cámara que tiene mejor audio y subo el volumen lo justo para oír la conversación.

—Sí, he pedido hablar con la gerente de la tienda —continúa el hombre con voz lenta y tranquila, como si tuviera todo el tiempo del mundo—. Esa eres tú, ¿no?

Isabella no duda, no frunce el ceño ni cambia de postura como si estuviera desconcertada. Se limita a asentir con la cabeza manteniendo una expresión neutra en la cara.

—Sí, pero mi compañero, Daniel, es el experto en esta colección. Colabora de forma estrecha con los diseñadores y…

—Preferiría trabajar con usted —la interrumpe él, y una sonrisa burlona le deforma los rasgos, como si se tratara de una broma privada entre ellos—. Si no te importa.

Sí le importa, se lo noto.

No lo demuestra de forma clara, pero percibo que aprieta un poco la tableta que tiene en las manos antes de dejar escapar una exhalación silenciosa y controlada.

—Estaré encantada de ayudarlo —dice sin alterarse. Luego, le lanza una breve mirada a Daniel antes de volver a centrar toda su atención en el cliente—. ¿Qué tipo de corte está buscando?

Sé lo que está haciendo. Encauzando la conversación. Intentando redirigirla. Pero también sé muy bien qué tipo de persona es él y sé que lo está disfrutando.

Daniel, el compañero al que ha intentado derivarle el cliente, está a apenas unos pasos de distancia, claramente indeciso. Mira a Isabella una vez, como si estuviera esperando a que le hiciera una señal para intervenir, pero ella no hace ningún gesto.

Porque sabe que no puede.

Al menos, no sin empeorar las cosas.

El cliente tararea y por fin mira los trajes como si de verdad le importaran algo.

—Un corte clásico, pero no aburrido. Tengo un evento y he de estar guapo. Aunque no es que no lo esté siempre.

Isabella sonríe lo justo para ser educada.

—Por supuesto.

Aprieto los dientes.

Está jugando con ella.

Ella lo sabe. Yo lo sé.

Y ninguno de los dos puede hacer una mierda al respecto.

—Esta colección es preciosa —dice Isabella con diplomacia al mismo tiempo que señala los trajes de diseño que cuelgan del reposabrazos—. La nueva temporada llegó la semana pasada. Será uno de los primeros en probarla.

—Ajá —farfulla el hombre, que vuelve a centrar toda su atención en ella. Demasiado.

Isabella no cambia de postura, no retrocede. Mantiene su posición: los hombros cuadrados, la expresión neutra. Ya ha pasado por esto.

—Debo decir —continúa el hombre en tono informal, como si fueran viejos amigos compartiendo una broma privada— que el servicio al cliente de esta tienda es excepcional.

—Me alegra que piense así —le contesta, manteniendo la profesionalidad; sin embargo, hace un gesto que delata su incomodidad: se ajusta las mangas de la chaqueta y baja la mirada.

—Lo digo en serio —insiste el cliente, que deja la copa sobre la mesita auxiliar de mármol—. Aquí siempre me siento… cuidado.

Ahí está. El cambio.

Lo noto en la alteración de la postura del hombre: en la sutil inclinación hacia delante, en cómo le recorre el rostro con la mirada y la baja un instante antes de volver a clavársela en los ojos. Está evaluando la reacción de Isabella, tanteando hasta dónde le va a permitir llegar.

Ella no cede ni un centímetro.

—La satisfacción del cliente es una de nuestras máximas prioridades —dice ella con la voz firme.

—Me alegra oír eso. Siempre agradezco sentirme satisfecho.

Es sutil. Un trato solo un pelín demasiado familiar, un pelín demasiado cómodo.

Y suficiente para que aferre con fuerza el reposabrazos de la silla.

Isabella se mueve un poco, abraza la tableta contra el pecho para crear una barrera entre ellos.

—¿Quiere que se los encargue? Creo que ya tenemos las medidas anotadas en su ficha.

El hombre la mira un instante de más.

—Un servicio al cliente excelente, como siempre. Por eso pido que me atiendas tú en concreto.

Se levanta, se lleva una mano al bolsillo para sacar una tarjeta negra y se la entrega con la misma indiferencia perezosa y confiada que todos los hombres que se consideran intocables.

Ella la coge y asiente con la cabeza.

—Haré la transacción ahora mismo.

Él aferra la tarjeta un segundo más de lo debido antes de soltarla al fin.

No me gusta.

No solo él, sino nada del intercambio tácito.

No me gusta que Isabella haya tenido que esquivarlo en lugar de rechazarlo. No me gusta que haya tenido que ser cautelosa porque él tenía la libertad de hacer lo que le saliera de las narices.

Y, desde luego, no me gusta saber que esta no es la primera vez que ella ha tenido que enfrentarse a ello.

La venta concluye enseguida. Ella le entrega el recibo, le agradece su compra y espera a que se marche antes de exhalar un suspiro lento y mesurado. No está frustrada. No está nerviosa. Solo cansada.

Reviso el resto de las cámaras para seguir al hombre hasta la salida. Una vez fuera, se ajusta los puños de la camisa y se introduce en el asiento trasero de un coche negro que lo espera en la acera.

Anoto la matrícula.

Por si acaso.

Me echo hacia atrás y flexiono los dedos para tratar de liberar la tensión de las manos. Esto no es asunto mío.

Pero no me gusta que sea asunto de ella. Y me gusta aún menos saber que seguro que mañana tiene que volver a lidiar con hombres como él.

Y también al día siguiente.

Y al siguiente.

Apago los monitores, me aparto del escritorio y voy a ver cómo está.