3. Si ella cae, yo soy el suelo
SI ELLA CAE, YO SOY EL SUELO
Cal
Monarch es más grande de lo que esperaba.
Sabía que era un establecimiento de lujo, que los clientes serían de los que no miran la etiqueta del precio antes de pagar con una tarjeta negra, pero, aun así, me sorprende que el lugar sea una fortaleza oculta bajo un envoltorio de diseño.
Hay vitrinas de cristal llenas de joyas que valen más que mi coche, bolsos expuestos como si fueran piezas de museo, percheros con ropa organizados como una exposición en una galería.
Demasiado dinero, demasiadas piezas móviles y muy poca seguridad.
Por eso estoy aquí.
Llego temprano, vestido con unos pantalones tácticos negros y una camisa ajustada: profesional pero funcional.
Dedico un buen rato a recorrer toda la tienda antes de que abra, observo a los empleados mientras montan los expositores, me fijo en las cámaras, trazando en mi cabeza el mapa de los puntos de entrada y salida.
El flujo de aire constante de los conductos de ventilación circula por el espacio y se mezcla con el leve repiquetear de las perchas y el suave golpeteo de los zapatos sobre los suelos pulidos.
La gente se percata de mi presencia. Algunos me saludan con la cabeza; otros me miran y siguen adelante.
Me da igual. No he venido aquí a hacer amigos.
Establezco el primer contacto con el equipo de seguridad: repaso sus protocolos actuales, evalúo los puntos débiles.
Algunos llevan aquí años; otros, solo unos meses.
La mayoría están acostumbrados a manejar los casos habituales: hurtos, algún que otro vip borracho, la desaparición ocasional de un bolso durante una venta privada.
Para lo que no están preparados es para el crimen organizado en comercios: robos a nivel profesional y personas que saben cómo manipular a la perfección los puntos ciegos de su sistema.
Y, por lo que he visto en los informes iniciales, eso es justo lo que está ocurriendo.
Estoy revisando una lista de incidentes cuando oigo que me llaman.
—Callahan. —Tom Reyes, mi contacto de anoche, me da una palmada en el hombro—. Ven a conocer a la gerente de la tienda.
Ya sé quién es.
Lo sabía antes de poner un solo pie en esta tienda, incluso antes de que mi nombre figurara en la lista de empleados.
Aun así, cuando me doy la vuelta y por fin la veo de cerca a la luz del día, siento que me afecta.
Esta mañana está distinta. Más serena. Luce una chaqueta entallada que le realza las curvas sin que parezca que presume de ellas.
Sus elegantes tacones resuenan contra el mármol a cada paso que da; las ondas sueltas que se ha hecho en el pelo parecen intencionadas, no accidentales.
Lleva una tableta apoyada en un brazo y, con la mano libre, revisa los turnos de los diferentes empleados con una desenvoltura experta.
Ahora, irradia confianza, no tiene nada que ver con la mujer que vi anoche, pequeña y callada bajo la mirada escrutadora de su novio.
Aquí, en su mundo, no se encoge. Es la dueña del lugar.
No tengo claro si me reconocerá.
No reacciona, al menos no de forma evidente. Pero, cuando levanta la vista y nos miramos a los ojos, obtengo mi respuesta. Un silencio antes de recomponerse, antes de que esa profesionalidad experimentada vuelva a ocupar su lugar.
—Callahan, esta es Isabella Russo, la gerente de nuestra tienda —dice Reyes.
Me dedica una sonrisa cortés y formal.
—Encantada de conocerte.
Le estrecho la mano. La noto cálida. Firme.
—Lo mismo digo.
Aprieta los labios hasta formar una línea fina que no es una sonrisa, pero tampoco una mueca de desdén. Profesional. Distante. Señala a Reyes con la cabeza.
—Tom ya me había dicho que te incorporarías hoy. ¿Te ha dado tiempo a revisar el sistema de seguridad?
Niego con la cabeza.
—Todavía no. Antes quería echarle un vistazo a la tienda.
Hace un gesto de asentimiento y se mete la tableta bajo el brazo.
—Bien. Sé que ya te han puesto al corriente desde dirección, pero seré franca.
Nos falta personal en el área de prevención de pérdidas.
Trabajamos con clientes de alto nivel, con productos de alto riesgo y con expectativas empresariales que no siempre se ajustan a la realidad. Necesito saber si puedo confiar en ti.
No parpadeo.
—Puedes confiar en mí.
Me estudia.
Reyes carraspea y rompe el silencio.
—Callahan tiene mucha experiencia. Estuvo en el ejército y después trabajó en empresas de vigilancia privada de alto nivel. Acabará con los problemas de seguridad.
Isabella vuelve a mirarme.
—¿En el ejército?
Asiento.
—Diez años.
No contesta, acepta la respuesta sin entremeterse. Pero luego, al cabo de unos segundos, ladea ligeramente la cabeza.
—Tengo entendido que también tienes experiencia en ciberseguridad.
Me quedo mirándola mientras me debato respecto a cuánto decir.
—Así es.
—¿Hasta dónde llegan tus conocimientos? —pregunta con la voz teñida de curiosidad al mismo tiempo que se cruza de brazos—.
No lidiamos solo con los típicos robos de cojo algo y salgo corriendo.
Fraudes de alto nivel, hurtos internos, incluso estafas digitales: clientes que intentan cancelar el pago de productos que han comprado con tarjeta.
Necesito saber si, como trabajador de seguridad, eres de los que solo saben manejar amenazas físicas o si también ves las que ocurren entre bastidores.
Es lista. Más de lo que Reyes se imagina.
—Veo todas las amenazas —me limito a decir.
Se le crispan los labios, como si no supiera si creerme.
—¿Todas las amenazas?
Asiento.
—Si hay una forma de entrar, la encuentro. Si hay un punto ciego, lo cubro. Y, si alguien se cree capaz de burlar el sistema, no llegará muy lejos.
Me examina como si estuviera tratando de decidir si solo estoy diciendo lo que quiere oír.
—Todas las tiendas en las que he trabajado han registrado un cambio significativo en sus cifras al cabo de los primeros tres meses —añado—. Tienes ladrones entrando por la puerta que ni siquiera son conscientes de que yo ya sé quiénes son.
Golpetea la tableta suavemente con los dedos.
—No existe nadie tan bueno.
Los labios se me curvan en una sonrisa discreta y divertida.
—Ni uno solo de los ladrones a los que he perseguido ha conseguido escapar. Si hubieran sido más listos, ni siquiera me habría dado cuenta de que estaban robando.
Deja escapar un resoplido breve, puede que una mezcla de diversión y respeto reticente, y luego asiente.
—Ya veremos.
No es un desafío, pero se parece.
Me gusta.
—Tu horario será igual al mío las primeras semanas —continúa—. Eso significa que trabajarás a primera hora de la mañana, a última hora de la tarde y los fines de semana. ¿Estás de acuerdo?
—Estoy acostumbrado a cosas peores.
—Bien —dice de nuevo, y lo hace en un tono directo y eficiente que me gusta.
No malgasta las palabras. No hace preguntas cuyas respuestas no necesita saber.
Repasamos el resto de los detalles logísticos.
Los protocolos de seguridad existentes, cómo gestiona los incidentes el área de prevención de pérdidas, dónde se han producido los mayores problemas.
Habla sin rodeos y va al grano, y enseguida noto que está acostumbrada a gestionar a personas que no la escuchan.
Yo sí la escucho.
Respondo a sus preguntas, soy conciso en las respuestas, me fijo en cómo absorbe cada detalle, en que no tarda ni un segundo en empezar a pensar en soluciones.
No hace ninguna referencia a lo de anoche.
No menciona cómo nos miramos en el restaurante ni que dudó antes de entrar en el ascensor.
Quizá no lo recuerde.
Pero entonces, justo antes de que Reyes dé por terminada la conversación, me mira de nuevo.
Solo un segundo de más.
Lo justo para que vea cómo le cambia la respiración.
Sí lo recuerda.
Solo está fingiendo lo contrario.
No sé si eso me gusta o no.
El día pasa rápido, un torbellino de reuniones, comprobaciones del sistema y presentaciones de las que apenas recuerdo nada más que lo que necesito saber.
Estrecho manos; saludo a personas de las que lo más probable es que me haya olvidado al final del turno; me ponen al tanto de unas políticas de seguridad que, en el mejor de los casos, están incompletas y, en el peor, son totalmente inútiles.
Me paso la mayor parte de la mañana haciendo lo que mejor sé hacer: observar.
Observo al personal, descubro sus patrones, sus fortalezas, sus debilidades. Hay empleados veteranos que conocen a la clientela, que ponen voz suave y persuasiva cuando cierran una venta. Hay trabajadores más nuevos, entusiastas pero un poco abrumados. Y luego está ella.
Isabella está en todas partes.
La veo mil veces a lo largo del día saltando de un departamento a otro, alternando entre la firmeza y la calidez dependiendo de lo que requiera la situación.
Tan pronto está explicándole a uno de los nuevos empleados cómo cerrar una venta de lujo —asegurándose de que ofrece los productos más caros sin presionar demasiado— como se pone a atender por teléfono a un proveedor molesto para explicarle un retraso de última hora.
Se mueve como si fuera la única persona que impide que este lugar se derrumbe. Y tal vez lo sea.
Lo que más me sorprende no es su eficiencia: eso ya me lo esperaba.
Es el respeto que le muestra la gente. El hecho de que los empleados bajen la voz cuando habla, la atención con la que la escuchan.
He trabajado en muchos sitios donde los jefes de tienda o bien actúan como dictadores, o bien se dejan pisotear por completo.
Isabella no hace ni una cosa ni la otra.
Controla hasta el último elemento de esta tienda y lo sabe muy bien.
Lo que no sé es si alguien más se da cuenta de todo lo que hace.
Si alguien la ve de verdad.
Si ese imbécil que tiene por novio la ve.
La idea me irrita más de lo que debería, pero la aparto a un lado y me concentro en el trabajo.