Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 2. Si no es asunto mío, lo hago mío
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2. Si no es asunto mío, lo hago mío

SI NO ES ASUNTO MÍO, LO HAGO MÍO

Callahan Knight

La mujer del vestido negro no encaja en este sitio.

No del mismo modo que el resto de la gente.

No como su novio —si es que el hombre narcisista y distraído que tiene sentado enfrente merece ese nombre—, que se desenvuelve en este carísimo asador con la misma naturalidad que si hubiera nacido con un traje a medida en una sala de juntas.

Ella no, ella es una contradicción con respecto a todo lo que la rodea.

Una presencia genuina, auténtica y poco común que no se ajusta al brillo pulido y sin alma de este entorno.

Me percato de su incomodidad en cuanto la veo.

Me fijo en cómo aprieta los labios cada vez que el hombre que tiene enfrente abre la boca, como si estuviera mordiéndose la lengua para no discutir.

No entiendo por qué me quedo mirándola. Quizá por hacer algo mientras espero.

Quizá porque siempre he tenido un don para ver lo que se oculta debajo de la superficie.

O quizá porque, por primera vez en mucho tiempo, he encontrado a una mujer de la que no quiero apartar la mirada.

Posee una belleza que no resulta obvia a primera vista.

No es de esas que te dejan sin aliento en cuanto las ves, sino de las que, cuanto más las miras, más se ven, de las que se te meten bajo la piel y echan raíces.

Lleva el cabello oscuro y espeso algo despeinado, como si se hubiera pasado los dedos por él demasiadas veces camino del restaurante.

Tiene unos enormes ojos marrones, expresivos a pesar de que intenta controlarlos, y los labios carnosos.

Mantiene la boca fruncida, pero algo me dice que, cuando sonríe, la cara se le transforma por completo.

Es una mujer con curvas, redondeada y suave en los lugares más convenientes, pero me doy cuenta de que ella no opina lo mismo.

Se lo noto en la forma en la que se tira de la tela del vestido donde le abraza las caderas.

Se encoge sin darse cuenta. Pero no debería, porque, desde donde estoy sentado, es imposible ignorarla.

Bebo un sorbo lento de whisky y el calor me recorre la lengua al mismo tiempo que ella levanta su copa y se la acerca a la boca lo justo para que el rojo de su carmín se refleje en el borde.

El hielo tintinea con suavidad contra el cristal.

Duda antes de beber, solo un segundo. Como si su mente estuviera en otro sitio. En un lugar muy lejos de aquí.

No es asunto mío. No existe ni una sola razón por la que deba importarme lo que sea que esté ocurriendo en esa mesa.

Pero una ira helada me invade las entrañas cuando el tío que tiene enfrente le enseña algo en el móvil y veo que ella vuelve la cara, que se le tensan los hombros, que agarra la servilleta como si estuviera luchando contra el impulso de tirarla.

Conozco esa mirada.

La he visto antes.

No en un restaurante como este, con su madera pulida y su iluminación tenue, sino en lugares en los que se supone que la gente no debe mostrar emociones; donde te enseñan a mantener el rostro impasible por muy mal que se pongan las cosas.

Reconozco lo que está haciendo, lo que sucede detrás de sus ojos.

Se lo está tragando. Está encajando el golpe.

Me pregunto cuántos habrá encajado antes de este.

Se levanta cuando él lo hace, aunque moviéndose un poco más despacio, como si se estuviera preparando para lo que sea que venga a continuación.

Él no la espera, deja de prestarle atención en cuanto paga la cuenta.

Ella lo sigue hacia el ascensor caminando con los brazos cruzados sobre el estómago, como si intentara esconderse.

Los observo mientras entran y las elegantes puertas metálicas se cierran tras ellos. Él continúa mirando el teléfono, como si apenas supiera que la chica está allí. Ella lo mira una vez y entreabre los labios, como si fuera a decirle algo, pero no lo hace.

Al contrario, vuelve la vista atrás.

Y, justo antes de que las puertas terminen de cerrarse, me mira a los ojos a través de la estrecha rendija.

Vacila.

Luego desaparece.

Exhalo despacio mientras aprieto el peso frío del vaso. El hielo se mueve, se derrite bajo el calor de mi mano.

Una vez que se cierran las puertas del ascensor, pasa un tiempo hasta que al fin aparece la razón por la que estoy aquí.

Un hombre de unos cincuenta y cinco años se acerca a la barra y centro la atención en él.

Lleva un traje azul marino, de esos que cuestan tanto como mi última instalación de seguridad, y el pelo perfectamente peinado hacia atrás a lo «ejecutivo accesible», ese estilo que tanto les gusta a los tíos del mundo empresarial.

Una colonia cara anuncia su llegada antes que él.

—Callahan.

Me levanto y le estrecho la mano.

—Señor Reyes.

—Llámame Tom —dice mientras se acomoda en el asiento que tengo enfrente—. Me alegro de que hayamos podido invitarte a tomar algo antes de tu inicio oficial de mañana. Bienvenido a bordo.

Asiento con la cabeza y espero mientras él llama al camarero; pide un whisky y se recuesta contra el respaldo con la comodidad y la soltura de quien se cree la persona más importante de la sala.

—Vas a incorporarte a la empresa en un momento complicado —dice mientras niega con la cabeza—. Los robos han aumentado, el personal no da abasto y la dirección espera milagros con un presupuesto reducido. Espero que te gusten los retos.

—No me asustan los retos.

Se le curva la boca en una sonrisa de aprobación.

—Esa es nuestra esperanza —dice—. El último tipo no fue capaz de manejar la situación.

La tienda es demasiado notoria: muchos clientes vip, mucha gente buscando una forma rápida de ganar dinero.

No se trata de adolescentes que roban brillos de labios.

Están organizados y necesitamos a alguien que sepa cómo afrontarlo.

He lidiado con cosas peores. No lo digo, pero es la verdad.

Le da un sorbo a su bebida antes de señalar hacia el comedor.

—Me he cruzado con tu nueva gerente de tienda al subir. Isabella Russo. Es joven, pero inteligente. La empresa tiene grandes esperanzas puestas en ella.

Isabella.

Repito el nombre mentalmente, lo examino a la luz de lo que ya sé sobre ella, que no es mucho.

Solo que no le gusta la comida de este sitio.

Que se ha pasado toda la noche toqueteando la servilleta.

Que se ha pasado toda la cena sin apenas abrir la boca mientras el chico con el que estaba la ignoraba por completo.

Apuro el whisky que me queda y el licor me traza un camino de fuego en la garganta.

—La conoceré mañana.

Tom asiente.

—Bien. Tendréis que trabajar codo a codo. Asegúrate de que no te complica la vida. Estas gerentes de tienda pueden ponerse un poco… tiquismiquis.

No respondo, porque ya sé cómo funcionan estas cosas. Los tipos como Tom creen que siempre lo saben todo respecto a cualquier situación. No es cierto.

Paso el resto de la cena escuchando su descripción del trabajo, sus preocupaciones en cuanto a la seguridad, la verdadera razón por la que querían contratar a alguien con mi experiencia. Le digo lo que quiere oír, le estrecho la mano cuando nos despedimos y me voy a casa.

Mi apartamento no tiene nada de especial. Un dormitorio, las paredes vacías, un sitio para dormir y nada más. Nunca le he encontrado lógica a intentar sentirme como en casa en un lugar en el que ni siquiera sé si seguiré viviendo dentro de un año.

Es una costumbre de la que no he conseguido librarme desde que salí.

El ejército sabe cómo grabarte a fuego para siempre la naturaleza efímera de las cosas: traslados constantes, despliegues temporales, nunca te quedas en un lugar el tiempo necesario para que empiece a formar parte de ti.

Me pasé casi una década viviendo con lo que cabe en un macuto, durmiendo en barracones, en tiendas de campaña y, a veces, en el primer puñetero sitio en el que encontrara refugio.

Aprendes a vivir sin apegos.

O, al menos, eso es lo que te dices.

Me quito las botas empujándolas con los pies; suelto las llaves sobre la encimera, las cuales emiten un ruido metálico, y me siento ante el portátil. El rumor lejano del tráfico de la ciudad se cuela por las ventanas, una nana urbana y constante a la que he aprendido a no prestar atención.

Me digo que solo lo hago para ir adelantando. Que es normal investigar a las personas con las que voy a trabajar. Que es un gesto inteligente.

Pero, mientras tecleo su nombre en la barra de búsqueda, ya sé que todo eso es mentira.

Lo primero que me aparece es su perfil de LinkedIn: la típica foto profesional, un resumen limpio de su vida laboral. Gerente de tienda en unos grandes almacenes exclusivos, un ascenso rápido, una trayectoria profesional sólida.

Lo siguiente es su Instagram. Al principio es bastante inofensivo, relacionado sobre todo con el trabajo.

Moda, lanzamientos de productos, eventos para empleados.

Pero, cuanto más retrocedo, más personal se vuelve.

Una foto de ella en un bar de una azotea, riéndose con la cabeza echada hacia atrás.

Una publicación de hace tres años en la que aparece con su familia: tres hermanos y unos padres que parecen recién sacados de una película italiana antigua.

No sé qué se siente al tener una familia así.

De la mía solo queda mi padre, y últimamente hasta eso parece una formalidad más que cualquier otra cosa.

Sigue en Pensilvania, todavía en la misma casa en la que me crie.

Hablamos, pero no tan a menudo como deberíamos.

Hace casi un año que no lo veo. Pensé en visitarlo hace unos meses, pero fui posponiéndolo.

Me convencí de que el trabajo me lo impedía, pero la verdad es que no se me da bien estar a su lado. Nunca se me ha dado bien.

Debería llamarlo.

La idea se repliega hacia algún rincón de mi mente mientras sigo estudiando sus publicaciones.

Al final encuentro lo que en realidad estoy buscando. Una única foto de Izzy con el chico del restaurante. Es de hace tres años. No está etiquetado, pero no me cuesta encontrar su nombre: Evan.

No tengo que indagar mucho. Es uno de esos tipos que hacen que encontrarlos sea fácil: perfil público, fotos cuidadas, todo confianza superficial.

Al parecer, trabaja en el mundo de las finanzas, es el tipo de hombre al que esperarías ver en ese restaurante: todo líneas puras y costumbres ostentosas.

Todas las fotos son iguales: él con trajes caros, selfis en las que muestra sus logros en el gimnasio, cenas de lujo en las que etiqueta al restaurante como si formara parte de su marca personal.

Echo un vistazo a los pies de foto, a los comentarios. Sus amigos lo alaban y las mujeres le dejan el tipo de emojis que me dicen todo lo que necesito saber sobre él.

Luego vuelvo al perfil de la chica.

Reviso las publicaciones del último año. No hay fotos de Evan. No hay cenas en las que lo etiquete, no hay felicitaciones de aniversario. Si no acabara de verlos marcharse juntos, daría por hecho que está soltera.

Eso me revela algo.

Como el hecho de que esté aquí sentado, haciendo esto.

Cierro el portátil, me froto la barba incipiente y me recuesto en la silla; oigo de fondo el zumbido del frigorífico y las voces apagadas de la televisión de mi vecino a través de la pared.

Esto no es propio de mí. Yo no me meto en este tipo de líos.

No me importa la vida personal de la gente: ni lo que hacen cuando salen de trabajar ni la forma en la que una mujer que ni siquiera conozco mira a un hombre, como si esperase que él la viera, aunque sepa que no va a pasar.

Al menos me digo que no me importa.

Pero es mentira, ¿no? Porque sé muy bien cómo te hace sentir esa mirada.

La vi en el espejo una vez.

Se suponía que entonces tampoco me importaba. El objetivo de un soldado era cargar solo con lo necesario, y eso excluía las emociones. Viajas ligero. No haces promesas que no puedes cumplir, no te permites acomodarte demasiado, no esperas que nada te dé la bienvenida cuando llegas a casa.

Yo rompí esa regla.

Estaba de misión cuando recibí el correo electrónico. Era breve, aséptico. No ofrecía explicaciones, tampoco una disculpa sincera. Solo constataba un hecho. Ella había pasado página. Iba a casarse.

Y lo más inesperado… Cuando volví a plantar las botas en suelo estadounidense, no estaba solo casada. Estaba embarazada.

De trillizos.

Y eso significaba que no habían empezado a ser pareja después de nuestra ruptura, sino que ya estaban juntos mientras ella seguía diciéndome que me quería. Cuando aún estábamos comprometidos.

Debería haberlo visto venir. Se frustraba por lo mucho que debía ausentarme, por lo poco que podía darle, más allá de las llamadas telefónicas y las cartas.

Ella quería estabilidad, alguien que estuviera a su lado de una manera en la que yo no podía.

Me acostumbré a decirme que era justo. Que no podía culparla por elegir a otra persona.

Pero eso no impidió que la traición se me quedara alojada en el pecho como una bala que nunca han llegado a extraerme.

Después de eso aprendí la lección.

No hay que confiar en algo que pueden arrebatarte cuando estás en la otra punta del mundo. No hay que confiar en las personas.

Por esa razón, esto —esta obsesión por una mujer desconocida que se está gestando en mi cabeza— no está bien.

No conozco a Isabella Russo.

No tiene nada que ver conmigo.

Entonces ¿por qué cojones soy incapaz de dejar de pensar en ella?

Exhalo con brusquedad y me froto la cara. Tengo que dormir. Tengo que llamar a mi padre. Tengo que dejar de pensar en una mujer en la que ni siquiera tengo derecho a pensar.

Pero, en lugar de eso, permanezco sentado en la quietud de mi apartamento, con el tictac del reloj de pared marcando el paso del tiempo, y me pregunto si ella estará mirando al techo, como yo ahora.

Me pregunto si, en este preciso instante, estará despierta pensando en mí del mismo modo en el que yo estoy pensando en ella.