Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 1. Este hombre sirve trauma con ensalada de acompañamiento #3
4%

1. Este hombre sirve trauma con ensalada de acompañamiento #3

Y es en ese momento cuando lo siento: una alteración, como si el aire que me rodea hubiera cambiado.

Cuando me doy cuenta, un hormigueo me recorre la espina dorsal de arriba abajo y se me eriza el vello de los brazos.

La noto incluso antes de volver la cabeza: esa inconfundible sensación de estar siendo observada.

Despacio, levanto la vista y miro al desconocido que no deja de mirarme desde el otro lado del restaurante.

Tiene unos rasgos espectaculares: la mandíbula afilada, el cabello oscuro, los hombros anchos embutidos en una camisa de traje negra.

Está sentado cerca de la barra, con una mano posada en el muslo y la otra rodeando un vaso lleno de un líquido de color ámbar con ademán relajado.

Cuando cambia de postura en la silla, algo metálico le brilla en el cuello: unas chapas de identificación que le asoman por debajo de la camisa. Atisbarlas me provoca un escalofrío inesperado. Es militar. El hombre rezuma una autoridad tranquila que de repente cobra todo el sentido del mundo.

Aunque parece sereno, luce una expresión concentrada. No me está mirando de pasada. No está distraído, como muchos de los hombres del local, que medio escuchan a sus respectivas citas mientras miran la hora o revisan sus carteras de acciones.

No. Me está observando de forma deliberada e intensa.

No vacila ni vuelve la cabeza cuando lo miro a los ojos. No se avergüenza de que lo haya pillado. Al contrario, tengo la inquietante sensación de que quiere que sepa que está estudiándome, memorizándome.

Un cosquilleo lento y cálido me sube por los brazos y me pone la piel de gallina a pesar de que en el restaurante no hace nada de frío.

Tendría que apartar la mirada, coger la copa de vino, volver a centrarme en Evan y dejar que este momento pase antes de que se convierta en una maraña que no sea capaz de desenredar.

Pero no lo hago, porque, por primera vez en toda la noche, siento que me ven.

No que reconocen mi presencia, como cuando el camarero ha venido a tomarnos nota, ni que me mira como si acabara de darse cuenta de que estoy aquí en los escasos momentos en los que levanta la vista del móvil. Sino que me ven de verdad.

Y no como Evan me ve ahora, como un cuerpo que le ha fallado, un proyecto que debe arreglarse, algo inferior.

Este desconocido me mira sin juzgarme, con una expresión que no denota nada salvo puro y sincero interés.

Hacía tanto tiempo que nadie me miraba así que casi había olvidado la sensación que genera.

El momento se prolonga más de lo que debería, así que tenso los dedos alrededor de la servilleta y noto la aspereza de la tela en la piel.

La cadena de plata que lleva alrededor del cuello vuelve a reflejar la luz y bajo la vista hacia el hueco que se le forma en la garganta.

Con aire distraído, me pregunto qué nombre llevará grabado en esas chapas, qué identidad representan.

El camarero llega con la cuenta y el golpe suave del cuero sobre la mesa rompe la tensión. Cuando vuelvo a mirar al hombre, sigue observándome, pero hay algo nuevo en su expresión. Una especie de comprensión. Una pregunta que no sé cómo responder.

Evan se aclara la garganta mientras lanza la tarjeta de crédito sobre la mesa como si le estuviera haciendo un favor al personal.

—¿Nos vamos?

Su voz me saca de lo que quiera que sea esta extraña neblina en la que me he sumido. Respiro hondo y aprieto los puños contra el mantel mientras dudo.

—Estaba pensando en pedir postre —digo en tono ligero.

No sé por qué; quizá quiera quedarme unos minutos más, echarle otro vistazo al desconocido.

Evan resopla.

—No te hace falta comer postre —dice en un tono que denota cierta diversión, como para que parezca una broma, pero no hasta el punto de disimular lo que quiere decir en realidad.

El camarero regresa con el recibo y Evan se guarda la tarjeta en la cartera mientras se dirige hacia la salida—. Vámonos.

Aprieto los labios y saboreo los restos de mi pintalabios rojo; me trago cualquier posible protesta y me fuerzo a asentir con la sonrisa educada y complaciente que sé que mantiene la paz.

Tres años dejando que Evan dicte lo que debo comer, cómo debo vestir, cuándo debo hablar.

Tres años encogiéndome en todos los sentidos posibles, excepto físicamente.

Dentro del ascensor, el aire parece distinto, estancado y silencioso en comparación con el tintineo suave de los cubiertos y con las conversaciones apagadas de la sala del restaurante.

Evan se sitúa un paso por delante de mí y continúa mirando el móvil, como si esto no fuera más que otra transacción que se ve obligado a completar.

No se da cuenta de que todavía no he pulsado el botón, de que sigo teniendo los dedos suspendidos sobre el panel, paralizados por razones que no sé explicar.

Y entonces, sin poder contenerme, levanto la vista y le lanzo una última mirada al hombre de la barra.

Las puertas comienzan a cerrarse solas, se sellan con un golpe suave y me dejan contemplando mi reflejo. Tengo el pulso más acelerado de lo que debería, me retumba en los oídos. Noto la piel más caliente que hace un segundo, ruborizada por un calor que no consigo explicar.

El desconocido seguía mirándome.

Y, en algún profundo recodo de una parte de mí cuya existencia no quiero reconocer, creo que quería que siguiera mirándome.