Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 1. Este hombre sirve trauma con ensalada de acompañamiento #2
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1. Este hombre sirve trauma con ensalada de acompañamiento #2

Bajo la mirada y me doy cuenta de que el vestido se me ciñe demasiado a la barriga, de que tengo los muslos demasiado anchos.

Siento que la costura se me clava en la cintura, un recordatorio constante del cuerpo que ahora habito.

Evan no me considera sexy, no con el aspecto que tengo ahora.

Ya lo sabía, lleva meses lanzándome indirectas: tan pronto menciona sin venir a cuento un artículo sobre el ayuno intermitente como me pasa un folleto de un gimnasio desde el otro lado de la encimera.

O, como ahora, me muestra a una mujer que sí le parece atractiva con la esperanza de que capte el mensaje.

Dejo el vaso de agua con demasiada fuerza sobre el mantel blanco almidonado. Evan no se da cuenta. Sigue mirando el móvil.

Me fijo en sus dedos de manicura perfecta mientras los desliza por la pantalla y capto el destello de su Rolex bajo la luz del restaurante.

Es la viva imagen de la elegancia de un finance bro : traje digno de la Met Gala; cabello rubio peinado hacia atrás sin un solo pelo fuera del sitio; una mandíbula afilada con la que quizá consiguiese un contrato como modelo si alguna vez decidiera jubilarse de descuidar emocionalmente a su novia.

Hace mucho mucho tiempo, este era justo el tipo de novio que quería.

Cuando era más joven, tenía una idea muy concreta de cómo era el hombre de mis sueños.

Y sí, puede que se parezca a cierta canción de TikTok, pero defiendo que yo tuve la visión antes: trabaja en el mundo financiero (tiene opiniones sobre el mercado de valores, pero eso no define toda su personalidad), es un niño de papá (pero de los humildes), mide más de metro ochenta (por supuesto) y tiene los ojos azules (porque entonces yo era una chica superficial).

De alguna manera, contra todo pronóstico, conseguí al neoyorquino del mundo de las finanzas con el que soñaba de adolescente y que no tardó en convertirse en una pesadilla.

Tendría que haberme dado cuenta. Mi madre intentó advertírmelo, pero no por los motivos adecuados.

Si me hubiera dicho que era un hombre inaccesible a nivel emocional, condescendiente e igual de cálido que una encimera de mármol, quizá le habría hecho caso.

Pero su problema con Evan no tenía nada que ver con quién era como persona, solo con que, después de tres años de noviazgo, todavía no me hubiese pedido que me casara con él.

Tres años esquivando la misma conversación en todas las reuniones familiares, con las mismas preguntas incisivas. Bueno, ¿cuándo te casas? ¿Crees que estará esperando a que tú digas algo? Se te va a pasar el arroz, Isabella.

Mi madre hace que estas pullas suenen inofensivas, pero yo capto el verdadero mensaje que esconden y me doy cuenta cuando me mira con preocupación, como si me estuviera quedando sin tiempo y yo también tuviese que estar preocupada.

Veo que no les quita ojo a mis curvas redondeadas, que frunce ligeramente el ceño cuando pido repetir en la cena del domingo.

Nunca lo ha dicho, pero se lo veo en los ojos: quizá si adelgazases, por fin te lo pediría.

Mis tres hermanos mayores —Matteo, Luca y Nico— tienen cada uno su propia opinión con respecto a Evan. Nico, el más joven y el menos prudente, no intenta ser sutil. «Puedo pegarle una paliza —dijo una vez, todo serio, mientras nos comíamos la lasaña de mi madre—. Solo tienes que decirme cuándo».

Matteo, el mayor, que finge estar por encima de todo, se limita a negar con la cabeza cada vez que sale el nombre de Evan, como si toda mi relación fuera una decisión vital tan desafortunada que él prefiere ignorarla en silencio.

Y Luca directamente no le dirige la palabra cuando están en la misma habitación, lo cual supongo que a él le molestaría si no estuviera demasiado ocupado presumiendo de que «intimida» a mis hermanos.

Finjo que no me importa lo que piensan, pero sé que están en lo cierto.

Esta relación no va a ninguna parte. Evan no me quiere como quiero que me quieran, pero sigo con él porque la alternativa significa reconocer que he desperdiciado tres años de mi vida y enfrentarme a la batalla que vendría después.

Romper con Evan no sería solo romper con él; significaría darle explicaciones a mi familia, lidiar con los suspiros de preocupación de mi madre, la silenciosa decepción de mi padre y las miradas arrogantes de «te lo dije» de mis hermanos. Significaría darles la razón.

Así que, en lugar de eso, me siento frente a un hombre que apenas me hace caso mientras aparento que esto es suficiente, que yo soy suficiente.

Sin embargo, debajo de todas las razones por las que me digo que no lo dejo, hay una que nunca permito que salga a la superficie, que me pesa en el alma y que nunca he expresado en voz alta.

El verdadero motivo por el que sigo con él no es mi familia.

Soy yo, es la voz que tengo dentro de la cabeza y que suena igual que Evan cuando nos peleamos, cuando la frustración hace saltar por los aires su fachada perfecta y sus palabras se vuelven crueles.

«¿Crees que vas a encontrar a alguien mejor que yo?

A los hombres no les gustan las mujeres como tú, Izzy.

No quieren a alguien que no se cuida. Mírate, ya no eres la chica con la que empecé a salir.

Podría estar con alguien que me respetara y se esforzara en tener un buen cuerpo, pero estoy contigo. Te elijo a ti».

Esa es la parte que más daño me hace. En algún momento empecé a creerle.

Empecé a creerme que, si me marchaba, no solo estaría soltera: estaría sola, porque ¿qué otra persona iba a quererme?

Trabajo demasiado, estoy demasiado ocupada, no tengo el cuerpo esbelto por el que los hombres pierden la cabeza ni la belleza natural que atrae las miradas de la gente. Ya no.

Evan me lo recuerda a menudo, siempre en un tono casi razonable, como si solo intentase ayudarme, como si quisiera hacerme mejorar. Y quizá debería querer mejorar. Tal vez tenga razón. Tal vez debería estar agradecida de que alguien como él siga con alguien como yo.

¿Y si es verdad? ¿Y si Evan es lo mejor a lo que puedo aspirar? ¿Y si lo dejo y no me quiere nadie más? ¿Y si esta es mi única oportunidad de no acabar sola?

Da igual, porque no voy a dejarlo. Ya he tomado mi decisión. Lo elijo a él, aunque en el fondo sé que él no me elige a mí. Noto un incipiente dolor de cabeza tensional y gimo para mis adentros. Se supone que esta cena es para celebrar mi ascenso, pero aquí estoy, sintiéndome más pequeña que nunca.

Nuestra comida llega envuelta en un aroma a carne y hierbas chamuscadas.

Evan suelta el móvil, pero no levanta la mirada, sino que la alterna entre el teléfono y el plato.

Pongo los ojos en blanco, aunque tampoco es que se dé cuenta, e intento probar un bocado del filete, que tiene la textura de un disco de hockey.

Observo con ira la patética ensalada que tengo en el plato: sin aderezo, sin picatostes, sin nada que ayude a disfrutar ni un poquito este castigo disfrazado de cena.

Las hojas amargas suponen un triste contraste con la guarnición de patatas perfectamente doradas y crujientes del plato de Evan.

Hace tres años compartíamos entrantes, pedíamos postre y nos bebíamos a medias una botella de vino que nos dejaba los labios manchados de púrpura y la risa floja.

Ahora me alimenta como a un animal de zoo testarudo.

Me aclaro la garganta y me siento más erguida; la tela del vestido se me ajusta al pecho, decidida a salvar la noche.

—Me he pasado medio día en una reunión operativa sobre el lanzamiento del inventario de temporada.

Prevén un aumento del veinte por ciento del tráfico peatonal durante las fiestas, así que tengo que acabar el plan de contratación antes de la semana que viene y asegurarme de que los nuevos empleados estén formados a tiempo.

—Ajá.

Vuelve a toquetear la pantalla.

—Es una pesadilla logística. El equipo de dirección tiene ideas para maximizar las ventas, pero ellos ni siquiera trabajan en la tienda, así que la mitad de ellas no son realistas.

Quieren que promocionemos los accesorios de alta gama junto a la caja, lo cual suena muy bien, si no fuera porque las únicas personas que se compran una bufanda de novecientos dólares por impulso son las mismas que no necesitan que les metan por los ojos los productos más caros.

—Ah, claro. —Es evidente que no me está escuchando; se mete un trozo de pan en la boca y pasa de mí por completo. Desde el otro lado de la mesa, me llega el tentador olor a mantequilla. Pasea la mirada por mi plato y se da cuenta de que apenas he tocado la ensalada—. ¿No tienes hambre?

Lo dice de una manera que me pone los pelos de punta, como si quisiera comprobar que estoy siguiendo a rajatabla una dieta de la que nunca hemos hablado ni sobre la que jamás nos hemos puesto de acuerdo.

No me molesto en responder. Echo un vistazo al restaurante y veo que la pareja de al lado está hablando, riendo, interactuando.

El tintineo de sus copas al brindar se mezcla con el murmullo suave de su conversación.

El hombre se inclina hacia su cita, le acaricia los brazos desnudos con las manos y le lanza una mirada llena de admiración.

¿Cuándo fue la última vez que Evan me miró así?

¿Cuándo fue la última vez que me sentí como algo más que un ruido de fondo en su vida?

Me doy cuenta, con el corazón encogido, de que fue más o menos en la misma época en la que mi cuerpo empezó a cambiar. Como si su afecto incluyera unas restricciones de peso de las que no me habían informado.

Exhalo despacio; noto el sabor amargo de la decepción en la lengua y lo dejo pasar. He aprendido a no replicar, porque entonces él actúa como si estuviera exagerando, como si fuese demasiado sensible y dependiente. Vuelvo a centrarme en mi plato.