Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1)
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1. Este hombre sirve trauma con ensalada de acompañamiento
ESTE HOMbrE SIRVE TRAUMA CON ENSALADA DE ACOMPAÑAMIENTO
Isabella Russo
Hay tres formas concretas por las que, incluso antes de que nos sentemos, sé si una cita con Evan va a ser un desastre.
Una: atiende una llamada de trabajo durante el camino.
No es una cosa rápida y educada del palo: «Oye, te llamo dentro de un rato».
No, es Evan en modo tiburón corporativo absoluto, ladrándole al Bluetooth como un gestor de fondos de cobertura que acaba de perder un acuerdo millonario.
Para cuando llegamos, está tan metido en el modo empresario que podría afeitarme la cabeza sentada a la mesa y ni se daría cuenta.
Dos: insiste en elegir dónde vamos. En teoría, esto no supondría ningún problema si tuviera un gusto aceptable.
Pero, para Evan, la definición de «un buen sitio» admite solo dos categorías: asadores, donde las guarniciones son extragrandes y el 95por ciento de la clientela son hombres mayores con Rolex; o restaurantes de moda que practican la cocina fusión, donde las raciones son ridículamente pequeñas y se sirven con un acompañamiento de arrogancia.
Una vez me llevó a un sitio donde el «plato principal» era una sola vieira en un cuenco decorado con espuma comestible.
Me fui con más hambre de la que tenía al llegar.
Y, por último, tres: hace eso .
Me refiero a cuando apenas me mira en toda la noche, todo concentrado en su móvil, como si allí fuera a encontrar el secreto de la inmortalidad, y después, justo cuando creo que por fin va a entablar una conversación humana, suelta un comentario tan estúpido que tengo que recordarme que no merece la pena ir a la cárcel por él.
Esta noche ya hemos cumplido las tres.
Observo mi reflejo en las pulidas puertas cromadas del ascensor mientras subimos al restaurante y me preparo mentalmente para la decepción.
La verdad es que esta noche me he esforzado en arreglarme: un vestido negro ajustado, pero no tanto como para sentirme cohibida al sentarme; unos tacones que me aprietan los dedos de los pies y que dentro de una hora me tendrán cojeando; y, en el pelo, unas ondas sueltas que se suponía que debían parecer naturales, pero que ya están perdiendo la batalla contra el gélido viento de Nueva York que nos ha azotado durante el trayecto desde el taxi hasta aquí.
Incluso me he pintado los labios de rojo, una elección atrevida, teniendo en cuenta que Evan me dijo una vez que no le gusta que use colores «llamativos». Supongo que me sentía rebelde.
Vuelvo a contemplar mi reflejo e intento no fijarme en cuánto ha cambiado mi apariencia desde que empezamos a salir.
Hace tres años, con unos quince kilos menos, era la chica que no se lo pensaba dos veces a la hora de ponerse vestidos ajustados.
Ahora soy de las que siguen la estrategia de comprar ropa que oculta las curvas y las redondeces que Evan considera «problemáticas».
Las puertas del ascensor se abren con un pitido flojo y dan paso a una oleada de conversaciones, al tintineo de las copas y al intenso aroma de la carne a la parrilla y la mantequilla.
La elegancia suave del restaurante se despliega ante nosotros.
Una recepcionista con una coleta lisa nos dedica una sonrisa ensayada cuando entramos en la sala.
Antes de que me dé tiempo a decir nada, a Evan le vibra el móvil a la altura de la cadera y contesta al instante.
«¿Sí?». Habla en un tono seco y distraído mientras, con la mano, me indica que siga adelante. Ya está absorto en cualquiera que sea la crisis urgente con la que el mundo financiero lo haya golpeado esta vez.
Tendría que haberme quedado en casa, acurrucada en mi sofá con un plato de pasta que no costara la mitad de mi sueldo.
El restaurante es uno de esos asadores carísimos que creen que el objetivo de la iluminación ambiental es que los clientes apenas sean capaces de ver lo que comen.
Parpadeo una y otra vez para adaptarme a la escasez de luz mientras los tacones se me hunden en la moqueta mullida a cada paso y seguimos a la recepcionista hasta nuestra mesa.
Estamos rodeados de suntuosos paneles de madera de caoba, de mesas con bancos de cuero rojo oscuro desgastado tras años de rozarse con trajes caros, y de paredes revestidas de botellas de licor retroiluminadas que proyectan sombras ambarinas en un ambiente típico de ricos de toda la vida.
El aire huele a whisky añejo y a colonia cara.
Si entornas los ojos, casi atisbas a los fantasmas de Gordon Gekko y sus compinches de Wall Street fumando puros en un rincón.
Me deslizo sobre el cuero frío del reservado. Evan se sienta frente a mí. Deja el móvil sobre la mesa, con la pantalla brillando en la oscuridad que nos separa.
No pasa nada. No pasa nada de nada. Me encanta salir con un hombre cuya relación más estable es con las notificaciones de su teléfono.
—Bueno —empiezo para tratar de salvar la noche antes de perder las ganas de vivir—. Hoy he tenido la primera reunión con los de dirección. Han revisado el presupuesto de contratación para la nueva…
—¿Eh?
Evan ni siquiera levanta la vista. Está buscando algo en el móvil, moviendo el pulgar con una efectividad experta.
Respiro hondo y lo intento de nuevo.
—El presupuesto de contratación para mi nuevo puesto.
—Ah. Es verdad. —Por fin levanta la mirada, el tiempo justo para dedicarme la sonrisa más desganada y condescendiente que he visto en mi vida—. Qué cuqui, cariño. Gerente de tienda, ¿eh? ¿Qué será lo siguiente, directora general?
«¿Qué cuqui, cariño?». Tengo veintiocho años, acabo de conseguir un ascenso importantísimo por el que me he matado a trabajar y lo mejor que se le ocurre decir es «¿Qué cuqui, cariño?
». Como si no dedicara cincuenta horas semanales a gestionar una tienda con ventas multimillonarias, lo cual incluye tomar decisiones de contratación, tratar con proveedores, supervisar estrategias de prevención de pérdidas y equilibrar las absurdas expectativas de la dirección con la realidad del establecimiento.
Aprieto el vaso con fuerza y la condensación me moja los dedos. Un comentario condescendiente más y me ahogo yo misma en esta agua con gas carísima.
Nuestro camarero se acerca; es un tipo alto con el rostro perfectamente simétrico y una sonrisa que sugiere que le pagan un bonus por coquetear.
—¿Qué les apetece esta noche? —pregunta dirigiéndose a mí, porque, a diferencia de Evan, él sí es consciente de mi presencia.
Justo cuando abro la boca, me llega el olor de un chuletón que pasa por allí y me rugen las tripas.
—Ella tomará el filete a la plancha —contesta Evan al mismo tiempo que le devuelve la carta—. Al punto más. —Desvía la mirada hacia mí, hacia la ligera redondez de los brazos que el vestido deja al descubierto. Luego añade—: Y de acompañamiento solo la ensalada. Sin patatas.
El mensaje es tan claro como las copas de cristal de nuestra mesa. No se me escapa que ahora pide por mí, que mis elecciones alimentarias se han convertido en muestras que él supervisa como mi nutricionista-guardián.
Al punto más, sin patatas. Evan acaba de sentenciar a un perfecto corte de carne a una muerte lenta y trágica, y yo me veo obligada a presenciarla…
y a pasar hambre. Me quedo mirando al camarero, rogándole en silencio que plaque a mi novio y me deje soltera.
El hombre duda, deja el bolígrafo suspendido en el aire sobre la libreta —supongo que esperando a que proteste—, pero me limito a esbozar una sonrisa forzada y a asentir con la cabeza. Porque ¿de qué coño iba a valer?
El camarero desaparece y Evan y yo nos quedamos a solas, aunque, teniendo en cuenta la atención que me presta, bien podría estar cenando sin compañía.
Tiene el teléfono prácticamente soldado a la mano y la pantalla le proyecta un brillo azul apagado sobre los rasgos cuando vuelve a centrarse en ella.
Bebo un sorbo de agua —a ver si así reúno la energía necesaria para que todo esto me importe— y el hielo tintinea contra el vaso. Así son ahora nuestras cenas: nos sentamos juntos sin estar juntos de verdad. Él siempre está medio distraído, medio ocupado, medio en cualquier sitio menos aquí.
No ha sido siempre así. Hubo una época en la que Evan me miraba como si me viera de verdad, en la que se reía de mis chistes en lugar de limitarse a resoplar por la nariz y en la que me sentaba en su regazo en vez de apartarse cuando intentaba tocarlo en público.
Una época en la que estaba más delgada, en la que el estrés no me había llevado a atiborrarme de helado en plena noche y a comer pasta para calmar la ansiedad.
Antes de que sus expectativas y la implacable presión de mi trabajo comenzaran a marcárseme en el cuerpo, a ablandarme el vientre una vez plano y a redondearme las mejillas.
Me digo que no es más que una mala racha, que todavía me quiere, que solo está estresado. Pero en el fondo sé que esta es la persona en la que se ha convertido.
Lo veo curiosear por Instagram, detenerse un momento en una publicación antes de inclinar la pantalla hacia mí.
—Joder, mírala —dice, y me enseña una foto de una influencer posando frente al espejo de un gimnasio. Tiene los abdominales marcados, una fina película de sudor sobre el vientre increíblemente tonificado—. Lleva un tiempo a tope, dándolo todo.
Lo dice con la voz teñida de un tono de admiración que hace tiempo que no emplea conmigo. Aparto la vista del móvil y el apetito se me reduce a un nudo en el estómago. No dice: «Así deberías estar tú». No le hace falta. El subtexto está claro.