Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1) CAPÍTULO 26 LA VIDA DE LA OTRA
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CAPÍTULO 26 LA VIDA DE LA OTRA

La profesora de canto se llamaba Renata y tenía una crueldad particular con las consonantes.

—Otra vez.

Clara sostuvo la hoja frente a ella.

—Ya lo hice cuatro veces.

—Y las cuatro cerraste la garganta en la misma palabra.

—Quizá la palabra es el problema.

Renata no sonrió.

—Respirá.

Clara respiró.

—No así.

Clara cerró los ojos.

—Estoy respirando.

—Estás levantando los hombros.

—Mis hombros también necesitan aire.

Renata finalmente sonrió.

Era la tercera clase.

Clara seguía sin disfrutar cantar frente a otra persona, pero ya había aprendido dos cosas: Vera no exageraba cuando decía que la voz era trabajo, y el cuerpo podía cansarse de maneras que Clara nunca había asociado a una canción.

Renata le había enseñado calentamientos sencillos, respiración, cuidado de la voz y qué hacer si amanecía con tensión después de varias horas de uso.

Clara no iba a subir a un escenario.

No quería.

Pero ahora entendía por qué Vera evitaba ciertas bebidas antes de cantar, por qué cuidaba el sueño cuando podía y por qué un ensayo no era simplemente juntarse con amigos a hacer ruido.

—Otra vez —dijo Renata.

Clara suspiró.

—Vera me debe mucho.

—¿Quién es Vera?

Clara levantó la vista.

Había usado el nombre sin pensar.

—Una persona que canta bastante mejor que yo.

—Eso no es difícil.

Clara abrió la boca.

Renata levantó un dedo.

—La respiración.

Clara tuvo que reírse.

Esa tarde el hotel confirmó un pedido extraordinario para el martes siguiente: ochenta cajas individuales para un evento empresarial.

Clara aceptó.

Después miró el calendario.

Martes.

El mismo día en que Vera tenía ensayo extendido antes de una presentación de prueba.

Clara escribió una contingencia.

No una súplica.

Una contingencia.

Dejó cantidades, proveedores, tiempos, teléfonos, lo que ya estaba preparado y qué podía cancelarse si Vera despertaba.

Y una línea final:

«Si aparecés vos, no tenés que convertirte en mí. Pero si podés salvar parte del pedido, te debo una.»

Esa noche, ya en casa, Clara abrió el cuaderno compartido y añadió:

«Tercera clase. Sigo viva. Renata opina que respirar es una ciencia. Aprendí dos ejercicios para cuando tengas la garganta tensa. Están anotados atrás.»

Pensó un momento.

Agregó:

«No te acostumbres. No pienso aprender guitarra.»

Guardó el cuaderno.

…

Vera despertó el martes a las seis y diecisiete de la mañana con olor a naranja en el pelo.

Eso fue la primera señal.

La segunda fue la alarma del teléfono negro sonando desde la mesa de luz.

La tercera fue una nota pegada en la puerta:

PEDIDO HOTEL — LEER CUADERNO ANTES DE INSULTARME.

Vera se quedó sentada.

—Hija de puta.

Fifí maulló desde afuera.

—No es con vos.

Abrió el cuaderno.

Las instrucciones ocupaban dos páginas.

Dos.

Vera leyó la primera.

Volvió al principio.

—¿Qué significa «incorporar en forma envolvente»?

Nadie respondió.

Miró el reloj.

El pedido debía salir a las once.

Su ensayo empezaba a las tres.

Podía ignorarlo.

Clara había dejado escrito que podía cancelarse.

Podía llamar a Ernesto, explicar que Clara no estaba disponible y dejar que alguien más resolviera.

La tregua no la obligaba.

Eso era justamente lo que la hacía molesta.

A las seis y media ya estaba vestida y llamando a Paula.

—Necesito que vengas temprano.

—¿Vera?

Vera cerró los ojos.

Paula sabía distinguirlas más de lo que fingía.

—Sí.

Hubo un silencio.

—¿Clara está bien?

—Sí. Yo estoy mal. Hay ochenta cajas y una instrucción que usa la palabra envolvente.

Paula soltó una carcajada.

—Voy.

—No te rías.

—Estoy poniéndome los zapatos.

—Apurate.

—Eso estoy haciendo.

—Más rápido.

En la cafetería, Vera abrió el armario de la cocina.

Encontró los ingredientes etiquetados.

Harina.

Azúcar.

Chocolate.

Una caja que decía NO TOCAR HASTA LAS 8:00.

—Controladora.

Ernesto apareció a las siete y veinte.

Miró a Vera.

Miró las bandejas.

Volvió a mirarla.

—¿Clara?

—No puede venir.

—¿Y vos...?

—Sé leer.

Ernesto decidió que esa respuesta era suficiente para las siete y veinte de la mañana.

Paula se hizo cargo de organizar cajas y etiquetas. Vera siguió las recetas.

No improvisó.

Eso le costó más que cocinar.

En la segunda tanda mezcló demasiado rápido y Paula le quitó el bowl de las manos.

—Envolvente.

Vera la miró.

—Decime esa palabra otra vez y te lo pongo de sombrero.

—Suave. De abajo hacia arriba.

—Eso sí es español.

A las nueve, la cocina olía a chocolate y naranja.

Vera tenía harina en la camiseta, una quemadura mínima en un dedo y un respeto nuevo por cualquier persona que pudiera sacar doce bandejas iguales sin querer matar a alguien.

Cuando sacó la última tanda de galletas de café, Paula probó una.

—Están bien.

—¿Bien?

—Muy bien.

Vera frunció el ceño.

—No me mientas porque Clara te cae mejor.

—Clara no amenaza con bowls.

—Eso no responde.

Paula comió otro pedazo.

—Están muy bien.

Vera miró la bandeja.

Algo parecido al orgullo intentó aparecer.

Lo rechazó por principio.

A las diez y cuarenta y cinco, las ochenta cajas estaban cerradas.

Ernesto comprobó cantidades.

—Llegamos.

Vera se apoyó contra la mesada.

—Obviamente.

Paula la miró.

—Hace cuatro horas estabas preguntando qué era incorporar.

—El crecimiento personal es rápido.

Ernesto tomó una de las cajas.

—Decile a Clara que salió bien.

Vera agarró el teléfono rojo.

—Se va a enterar.

El pedido salió a las diez cincuenta y dos.

Vera se quedó sola en la cocina unos segundos.

Miró las superficies sucias.

Miró su camiseta.

Vera agarró el teléfono rojo.

Abrió la conversación con el teléfono de Clara. El mensaje quedaría ahí hasta que ella volviera a estar al frente.

Escribió:

«Salieron las 80. No incendié nada importante.»

Agregó:

«Paula sabe demasiado.»

Y debajo:

«Me debés una.»

Fue al ensayo con ocho minutos de retraso.

Nico la vio entrar.

—¿Qué te pasó?

—Cociné.

Nico dejó de afinar.

—¿Voluntariamente?

—Cuidado.

Abril levantó la cámara.

—Necesito documentar esto.

—Bajala.

Malena olfateó el aire.

—Tenés olor a galletita.

Vera señaló a los tres.

—El primero que haga un comentario muere.

Nico miró a Malena.

—¿Podemos comerla?

Vera le arrojó una botella de agua.

El ensayo empezó.

En el segundo tema, la garganta de Vera estaba más tensa de lo normal.

Se detuvo.

Nico levantó la vista.

—¿Qué pasa?

Vera pensó en las notas que Clara había dejado después de su clase.

Dos ejercicios.

Ridículos.

Respiración.

Relajación.

Renata.

—Nada.

Se apartó del micrófono.

Hizo el primero.

Después el segundo.

Malena la observó.

—¿Eso qué es?

—No preguntes.

Volvió al micrófono.

El siguiente intento salió mejor.

Mucho mejor.

Vera se quedó quieta después de la última nota.

Nico sonrió.

—Ahí está.

Vera no respondió.

Pensó en Clara sosteniendo vocales frente a una desconocida para aprender algo que ni siquiera quería hacer.

Pensó en las ochenta cajas.

En el cuerpo cansado que ambas heredarían al día siguiente.

En la tregua.

Por primera vez entendió que la vida de la otra no era solo el tiempo que le faltaba.

También podía ser algo que la sostuviera cuando aparecía.