CAPÍTULO 27 BUENOS DÍAS
Vera tardó casi un mes en acostarse con Mateo.
No porque Clara hubiera cambiado de opinión.
No porque Mateo la presionara.
Precisamente porque no lo hizo.
Durante esas semanas hubo cenas, mensajes, caminatas y besos que terminaban cuando Vera decidía que terminaban.
Hubo una tarde en la clínica donde Julia le preguntó si era la novia de Mateo y Vera respondió:
—No.
Mateo, desde una puerta, dijo:
—Qué alivio que estemos todos informados.
Vera le mostró el dedo medio.
Julia decidió volver a recepción.
Hubo una noche en que Mateo intentó llevarle flores y Vera lo obligó a dejarlas en el pasillo.
—Son flores.
—Exacto.
—No tienen intención matrimonial.
—Eso dicen todas.
Cinco minutos después Vera abrió la puerta y las recogió.
No se lo contó.
Mateo probablemente lo supo.
Hubo también cosas menos fáciles.
Una mañana Clara había despertado después de una cita de Vera y encontrado la camisa de Mateo en una silla.
No preguntó.
Pero Vera encontró más tarde una nota:
«La próxima vez, la camisa no se queda en casa.»
Vera respondió:
«Justo. Horrible prenda.»
La tregua no eliminaba los celos.
Los volvía decibles.
Esa noche de sábado, Vera no había planeado nada.
Eso fue lo primero que se dijo cuando eligió una falda negra, cambió tres veces de camiseta y terminó usando la primera.
Mateo la esperaba frente a un bar donde tocaba una banda que Nico odiaba por razones que nadie más entendía.
—Estás linda —dijo Mateo.
Vera se detuvo.
—No arruines la noche tan temprano.
—Buenas noches.
—Mejor.
Entraron.
No hablaron de Clara.
No porque fuera prohibido.
Porque no hacía falta.
Mateo contó una historia de un perro que había aprendido a abrir la heladera. Vera criticó al baterista. Discutieron sobre si una canción podía salvarse con un buen puente. Mateo no sabía qué era un buen puente y fingió saberlo durante cuatro minutos.
—Estás inventando.
—Estoy participando.
—Estás usando palabras musicales al azar.
—Modulación.
—Andate.
Mateo se rio.
Cuando salieron, Antigua estaba fresca y las calles todavía tenían gente.
Caminaron sin apuro.
Vera metió las manos en los bolsillos.
—Tu papá me escribió. Veo que finalmente le pasaste mi número.
—Después de que me dijiste que podía.
Mateo se detuvo.
—¿Qué?
—Me invitó a cenar.
—No sabía.
—Se nota.
—¿Qué le respondiste?
—Que depende de quién despierte.
Mateo cerró los ojos.
—Por supuesto.
—Fue tu explicación.
—No pensé que la fuera a usar como sistema de reservas.
Vera sonrió.
Mateo volvió a caminar.
—¿Te molesta?
—No.
—¿Seguro?
—Mateo.
—Bien.
Vera le dio un pequeño golpe con el hombro.
—Está intentando.
—Sí.
—Hace preguntas raras.
—Te advertí.
—Le dije que eran problema tuyo.
—También me advertiste.
Caminaron una cuadra más.
Mateo señaló hacia su edificio.
—¿Querés subir?
La pregunta no era nueva.
Vera lo miró.
Esta vez la respuesta sí.
—Sí.
Mateo no cambió la expresión.
Eso le gustó.
Subieron.
En el departamento, la planta seguía viva contra toda lógica.
Vera dejó el bolso.
—Esa cosa es inmortal.
—Clara la cuida.
Vera miró la planta.
—Traición.
Mateo se acercó despacio.
—¿Querés tomar algo?
—No.
—¿Comer?
—No.
—¿Que deje de preguntar?
—Muchísimo.
Mateo cerró la boca.
Vera lo besó.
No fue como el primer beso.
Aquel había sido una decisión antes de convertirse en pensamiento.
Este llevaba semanas esperando.
Mateo alcanzó a apoyar una mano en su cintura.
Vera no le dio tiempo para hacer mucho más.
Lo empujó suavemente hacia atrás hasta dejarlo contra la pared y volvió a besarlo, esta vez con más intensidad.
Mateo soltó una respiración corta contra su boca.
Vera sonrió apenas, se inclinó hacia su oído y le mordió suavemente el lóbulo.
—Vera...
—No empieces.
Lo besó de nuevo.
Sin separarse de su boca, avanzó.
Mateo tuvo que retroceder.
Un paso.
Después otro.
Vera siguió conduciéndolo hacia el dormitorio entre besos.
—¿Sabés que puedo caminar solo? —alcanzó a decir él.
—No arruines esto.
La parte posterior de las piernas de Mateo encontró la cama. Perdió el equilibrio y cayó sentado sobre el colchón.
Vera se quedó frente a él.
Mateo levantó la vista.
—Ni se te ocurra reírte.
—No iba a...
Vera subió a la cama y volvió a besarlo.
El resto de la frase desapareció.
Esta vez fue ella quien marcó la velocidad. Sus manos encontraron la camiseta de Mateo y se la quitó sin paciencia.
Cuando él intentó recuperar algo de iniciativa, Vera apoyó una mano en su pecho.
—Quieto.
Mateo levantó las manos.
—Entendido.
—Aprendés rápido.
—Tengo motivación.
Vera lo besó para callarlo.
La ropa empezó a quedar en el suelo sin ningún orden. Vera sabía lo que quería y, por primera vez, no sintió necesidad de disfrazarlo de impulso.
Habían hablado de protección. De embarazo. De qué ocurría si a la mañana siguiente despertaba Clara. De qué información necesitaba Clara y qué detalles no quería. De la posibilidad de detenerse en cualquier momento.
No necesitaban repetirlo como contrato.
Solo cumplirlo.
Mateo dejó que Vera dirigiera, pero no dejó de prestarle atención.
Cuando ella se tensó, él se detuvo.
Vera apoyó la frente contra la suya.
—Estoy bien.
Mateo no se movió.
—Solo... dame un segundo.
Él esperó.
Sin preguntar.
Sin intentar arreglar nada.
Vera respiró.
El miedo no era a Mateo.
Era al significado.
A dormir.
A perder horas.
A que la mañana perteneciera a alguien más.
A querer algo que no podía garantizar volver a encontrar en el mismo estado.
Abrió los ojos.
Mateo seguía ahí.
Esperando.
Vera le pasó una mano por la nuca.
—Qué molesto sos cuando hacés las cosas bien.
—Puedo empeorar.
—Después.
Lo besó otra vez.
Y esta vez no se detuvo por miedo.
La noche siguió con Vera marcando el ritmo y Mateo aprendiendo cuándo seguirla y cuándo simplemente dejarse llevar.
Hubo risas.
Hubo nervios.
Hubo pausas que ninguno necesitó justificar.
Y hubo un momento, mucho después, en que Vera quedó acostada junto a Mateo mirando el techo y comprendió que no sentía ganas de salir corriendo.
Esa fue probablemente la parte más aterradora.
Mateo estaba de lado, observándola.
—No.
—No dije nada.
—Tu cara sí.
—Mi cara está descansando.
—Tu cara está a punto de preguntar cómo estoy.
Mateo apretó los labios.
Vera lo señaló.
—Exacto.
Él se rio.
—Buenas noches, Vera.
La simplicidad de la frase la desarmó más de lo que habría admitido.
—Buenas noches.
Se durmió.
…
A la mañana siguiente, Clara abrió los ojos.
No se movió.
Mateo dormía de lado, de espaldas a ella.
El techo no era el suyo.
Clara parpadeó.
Después miró la sábana que le cubría el cuerpo.
Con muchísimo cuidado, levantó apenas el borde.
Mateo llevaba bóxer.
Ella no llevaba nada.
Clara bajó la sábana de golpe.
—Dios.
No necesitó ninguna explicación.
Vera.
Mateo.
La noche.
Su estómago se cerró.
Los celos llegaron como había prometido que llegarían.
Sin elegancia.
Sin madurez.
Sin pedir permiso.
Mateo se movió.
Él abrió los ojos, todavía medio dormido, se giró y empezó a incorporarse.
—Buenos días.
Clara salió de la cama con tanta rapidez como pudo sin abandonar la sábana. Se la enrolló alrededor del cuerpo y dio dos pasos hacia la ropa desparramada por el suelo.
Entonces la vio.
Una tanga roja de encaje.
Clara se agachó y la levantó entre dos dedos.
La sostuvo frente a ella.
Roja.
De encaje.
Definitivamente no suya.
Mateo terminó de despertarse.
Miró la tanga.
Miró la sábana.
Miró a Clara.
Y entendió.
Su expresión cambió.
—Clara, yo... lo sien...
—¡Buenos días! —lo interrumpió ella.
Mateo cerró la boca.
Clara seguía sosteniendo la tanga frente a ella.
Seguía celosa.
Seguía incómoda.
Y seguía ahí.
Dejó caer la mano, respiró una vez y señaló vagamente hacia la cocina.
—¿Café?