Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1) CAPÍTULO 25 LO QUE MI PADRE NO SABÍA
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CAPÍTULO 25 LO QUE MI PADRE NO SABÍA

Mateo tardó tres días en encontrar un momento que no pareciera una emboscada.

Su padre propuso almorzar el domingo.

Mateo aceptó y pasó la mañana entera pensando que quizá una conversación imposible mejoraría si había comida.

No mejoró.

A los veinte minutos de sentarse, su padre ya había hablado de una gotera, del precio de los repuestos del auto y de una vecina que insistía en alimentar gatos que no eran suyos.

Mateo escuchó todo.

Esperó.

Pidieron café.

Su padre lo miró por encima de la taza.

—Tenés esa cara otra vez.

—¿Cuál?

—La de los problemas teóricos.

Mateo soltó aire.

—Necesito contarte algo sobre Clara.

Su padre dejó la taza.

—¿Está bien?

—Sí.

—¿Vos estás bien?

—Sí.

—¿La otra mujer está bien?

Mateo cerró los ojos un segundo.

—También.

Su padre apoyó ambos antebrazos sobre la mesa.

—Esto promete.

Mateo había ensayado explicaciones.

Ninguna sobrevivió al momento.

—No hay una hermana gemela.

Su padre parpadeó.

—No sabía que había una hermana gemela.

—Exacto.

—Mateo.

—Voy a empezar de nuevo.

—Por favor.

Mateo respiró.

—Clara tiene trastorno de identidad disociativo.

Su padre no dijo nada.

Mateo continuó antes de que la expresión pudiera convertirse en una pregunta equivocada.

—Clara y Vera comparten el mismo cuerpo. Son identidades distintas. Cuando está Clara, Vera no sabe lo que pasó. Cuando está Vera, Clara tampoco. No eligen cuándo cambia.

El silencio duró más de lo que Mateo esperaba.

Su padre miró la mesa.

Después a él.

—La otra mujer.

—Vera.

—La mujer que besaste.

—Sí.

—Es... Clara.

Mateo negó con la cabeza.

—No.

Su padre frunció el ceño.

—Pero acabás de decir...

—Comparten el cuerpo. No son la misma persona para mí. Tampoco para ellas.

Su padre se reclinó.

—Necesito un minuto.

—Tomate diez.

—No seas gracioso.

Mateo obedeció.

Su padre miró por la ventana.

—¿Clara sabe que me estás contando esto?

Mateo sintió alivio por la pregunta.

—Sí.

—¿Vera?

—También.

—¿Las dos te dijeron que sí?

—Por separado.

Su padre asintió despacio.

—Bien.

No era comprensión completa.

Era un punto de apoyo.

—Entonces cuando me dijiste que amabas a Clara y te gustaba otra mujer...

—Era eso.

—¿Y yo pensando que estabas teniendo una crisis de los treinta antes de tiempo?

—Tengo veintinueve.

—Por eso dije antes de tiempo.

Mateo casi sonrió.

Su padre no.

—¿Hace cuánto saben?

—Ellas, desde hace años. Clara conoce el diagnóstico. Vera también. Yo lo sé desde hace relativamente poco.

—¿Y vos cómo...?

Se detuvo.

—No sé cómo preguntar nada sin sonar idiota.

—Preguntá igual.

Su padre frotó el pulgar contra el borde de la taza.

—Cuando estoy con Clara... ¿cómo sé que es Clara?

Mateo pensó en las primeras semanas. En la ropa, la voz, el modo de mirar, los teléfonos, todo lo que había usado como prueba hasta que dejó de necesitarlo.

—Se nota.

—Eso no ayuda.

—Te vas a dar cuenta.

—¿Y si no?

—Preguntás su nombre.

Su padre abrió los ojos.

—¿Así nomás?

—Sí.

—¿No es ofensivo?

—Es más ofensivo fingir que sabés.

El hombre lo consideró.

—Bien.

Después frunció el ceño.

—¿Tengo que tratarlas distinto?

Mateo sonrió apenas.

—Las vas a tratar distinto aunque intentes no hacerlo.

—Eso sonó acusatorio.

—Vera probablemente te acuse de cosas peores.

—¿Es la del humor?

—Sí.

—Ah.

Mateo levantó una ceja.

—¿Qué significa ah?

—Nada.

—Papá.

—Estoy procesando.

Mateo bebió café.

Su padre se quedó callado unos segundos.

—¿Ella sabe que me dijiste que tiene humor?

—No.

—Entonces acabás de contarme algo sin permiso.

Mateo lo miró.

Su padre sonrió por primera vez.

—Estoy aprendiendo rápido.

—Demasiado.

El humor alivió algo, pero no todo.

Su padre volvió a ponerse serio.

—¿Y ellas están de acuerdo con... vos?

Mateo miró la taza.

—Estamos aprendiendo qué significa estar de acuerdo.

—Eso no responde.

—Clara sabe que quiero a Vera. Lo acepta. Con límites. Vera sabe que sigo amando a Clara. También tiene los suyos.

—¿Y vos?

—Yo tengo los míos.

Su padre lo estudió.

—¿Cuáles?

Mateo tardó.

—No quiero que Clara acepte algo por miedo a perderme. No quiero que Vera se conforme con ser secundaria. No quiero ser el centro de sus vidas solo porque estoy enamorado de las dos de maneras distintas.

Su padre soltó aire lentamente.

—Eso parece difícil.

—Es difícil.

—¿Estás feliz?

La pregunta sorprendió a Mateo.

No porque fuera compleja.

Porque nadie se la había hecho así.

Pensó en Clara riéndose cuando él se golpeó la rodilla.

Pensó en Vera diciéndole que cancelara una presentación inexistente.

Pensó en el miedo.

En los celos de Clara.

En la forma en que Vera todavía retrocedía cuando algo se parecía demasiado a una promesa.

—Sí —dijo—. También estoy asustado.

Su padre asintió.

—Eso sí lo conozco.

Mateo lo miró.

—¿Qué?

—Amar a alguien y descubrir que no alcanza con querer hacer las cosas bien.

Mateo no respondió.

Su padre apoyó una mano sobre la mesa.

—No voy a fingir que entendí todo.

—No espero eso.

—Probablemente haga preguntas estúpidas.

Mateo sonrió.

—Vera ya me avisó que son problema mío.

Su padre se rio.

—Me cae bien.

—Todavía no la conocés.

—Ya me está poniendo límites. Vamos bien.

Mateo negó con la cabeza.

Se quedaron otro rato.

Su padre preguntó por cosas concretas: si ambas trabajaban, si cada una tenía amigos, cómo hacían con el teléfono, qué pasaba si una despertaba en un sitio inesperado.

Mateo respondió solo lo que sabía que podía responder sin convertir la intimidad de ellas en una explicación clínica.

Cuando una pregunta cruzó esa línea, dijo:

—Eso tendrías que preguntárselo a ellas si quieren contártelo.

Su padre aceptó.

Antes de irse, mientras esperaban la cuenta, dijo:

—Entonces... si vienen a cenar, ¿invito a Clara o a Vera?

Mateo sonrió.

—Invitás a las dos.

—¿Y quién viene?

—La que despierte.

Su padre lo miró unos segundos.

—Esto va a necesitar más comida.

Mateo se rio.

—Probablemente.

Afuera, ya en la vereda, su padre lo llamó antes de que se alejara.

—Mateo.

—¿Sí?

—Gracias por contármelo.

Mateo asintió.

Su padre agregó:

—Y la próxima vez que me digas «hay otra mujer», empezá por el diagnóstico.

—No creo que haya próxima vez.

—Eso espero.

Mateo caminó hacia el auto sonriendo.

No todo estaba resuelto.

Pero una mentira menos también era una forma de hacer espacio.