Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1) CAPÍTULO 24 UNA NOCHE PARA NOSOTROS
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CAPÍTULO 24 UNA NOCHE PARA NOSOTROS

Dos semanas después de la tregua, Clara descubrió que había empezado a medir los días de otra manera.

Ya no pensaba solamente en cuánto tiempo había perdido cuando despertaba. También miraba lo que había quedado.

Una bolsa de harina cerrada con demasiada cinta significaba que Vera había practicado otra receta.

Una botella de agua junto al teléfono rojo significaba ensayo.

Una hoja con ejercicios de respiración pegada en la heladera era culpa de la profesora de canto que Clara había contratado y de la que todavía se arrepentía tres veces por semana.

La tregua no había vuelto sencilla ninguna de sus vidas.

Pero había empezado a volverlas reconocibles.

Ese viernes, sin embargo, Clara no quería pensar en ninguna de esas cosas.

Había terminado el pedido del hotel antes de las seis, Paula había dejado de preguntarle por qué sonreía sola y Ernesto le había confirmado que querían mantener dos viernes al mes durante el siguiente trimestre.

Y Mateo había escrito a las cinco y cuarto:

«A las ocho. Ropa cómoda. No preguntes.»

Clara había respondido:

«Eso suena a secuestro.»

«Uno con reserva.»

«Peor.»

A las ocho en punto, Mateo estaba esperando frente al edificio con una bolsa de papel en una mano y una expresión demasiado satisfecha.

Clara cerró la puerta detrás de ella.

—¿Qué hiciste?

—Buenas noches para vos también.

—Mateo.

—Hola, Clara.

Ella intentó sostener la seriedad.

No pudo.

—Hola.

Mateo levantó la bolsa.

—Traje soborno.

—¿Comida?

—Siempre pensás bien de mí.

Clara le quitó la bolsa.

Adentro había dos porciones de pastel de naranja del lugar donde habían ido en una de sus primeras citas.

—Eso es manipulación emocional.

—Funcionó.

—Todavía no.

—Me estás siguiendo.

—Porque tenés auto.

—Romántica.

Mateo no la llevó a un restaurante caro ni a un hotel ni a ningún sitio que pareciera construido para una declaración importante.

La llevó a su departamento.

Clara se detuvo en la entrada.

Había velas.

No muchas. Tres.

Una sobre la mesa, otra junto a la ventana y una tercera tan cerca de la planta medio muerta que Clara la apartó antes de quitarse la chaqueta.

—Eso era un incendio esperando fecha.

—Buenas noches, señora seguridad.

—Tu planta no sobrevivió tanto para morir por romanticismo.

Mateo cerró la puerta.

—Me conmueve cuánto te preocupa.

—Me preocupa tu depósito.

La mesa estaba puesta para dos. Había comida del pequeño restaurante al que habían ido la noche en que Mateo había decidido pedirle matrimonio y no lo hizo. No el mismo menú, pero sí el mismo vino y las mismas servilletas de tela que Clara recordaba haber criticado porque no absorbían nada.

Ella lo miró.

—¿Estamos recreando una cita?

—No.

—Se parece bastante.

Mateo se acercó.

—Esa noche yo tenía un plan.

Clara bajó la mirada un instante.

El anillo ya no dolía como antes. Tampoco era una anécdota.

Era parte de lo que habían sido.

Mateo continuó:

—Hoy no tengo ninguno.

Clara levantó la vista.

—Eso sí es nuevo.

—Estoy creciendo.

—Lentamente.

—Vera dice lo mismo.

La frase entró entre ellos sin aviso.

Clara sintió el pinchazo.

Pequeño.

Real.

Mateo lo vio.

No intentó retirarlo.

—Perdón —dijo.

Clara negó con la cabeza.

—No. No quiero que tengas que borrar su nombre cada vez que estás conmigo.

—Tampoco quiero traerla a cada conversación.

—Entonces estamos los dos aprendiendo.

Mateo extendió una mano.

—¿Podemos cenar antes de resolver otra estructura emocional?

Clara dejó la bolsa con el pastel.

—Depende. ¿Cocinaste?

—Pedí.

—Sí, podemos.

La cena fue deliberadamente poco importante.

Hablaron de la clínica. De una mujer que había llevado un conejo convencida de que estaba deprimido porque no le gustaba una canción.

De Paula intentando convencer a Ernesto de vender una bebida violeta porque «la gente compra colores».

De la profesora de canto de Clara, que la hacía sostener una vocal durante tanto tiempo que empezaba a cuestionar sus decisiones vitales.

—¿Cómo va eso? —preguntó Mateo.

—Mal.

—¿Tan mal?

—Ayer me hizo cantar una escala frente a un espejo.

—Eso parece bastante normal.

—Había otra persona en la sala.

—Una profesora.

—Una testigo.

Mateo se rio.

Clara lo señaló con el tenedor.

—No te burles. Estoy haciendo esto por Vera.

—Lo sé.

—Y también porque descubrí que respiro mal.

—¿Cómo se respira mal?

—Preguntale a alguien que cobra por explicarlo.

Después de comer, Mateo puso música baja y Clara reconoció una canción que escuchaban antes de que Vera tuviera nombre para él.

Eso le produjo una nostalgia inesperada.

No por volver atrás.

Por comprobar que algunas cosas habían sobrevivido.

Mateo se sentó junto a ella en el sofá.

—Te extraño incluso cuando estás acá —dijo Clara.

Él giró la cabeza.

—Eso sonó terrible.

—Ya sé.

—Explicá.

Clara recogió las piernas debajo de ella.

—A veces estoy con vos y siento que estoy esperando algo. Que cambie quién está al frente. Que aparezca una conversación difícil. Que piense en Vera. Que vos pienses en Vera. Que yo me ponga celosa de que pensaste en Vera.

Mateo la observó sin interrumpir.

—Y me cansé —continuó Clara—. Hoy no quiero estar pendiente de cuándo se termina mi turno.

Él tardó unos segundos.

—Entonces no lo hagamos.

—No podemos controlar mañana.

—No hablé de mañana.

Clara sintió que algo se aflojaba dentro de ella.

Mateo se acercó lo suficiente para que pudiera decidir el resto.

Ella lo besó primero.

Fue un beso conocido.

No idéntico a los de antes.

Conocido.

Eso era mejor.

Clara apoyó una mano en su cuello y dejó de pensar en la hora.

Mateo volvió a besarla, más despacio. No había urgencia en la forma en que su boca buscaba la de ella.

Cuando se apartó de sus labios, besó la comisura de su boca, la línea de la mandíbula y después su cuello.

Clara cerró los ojos y ladeó apenas la cabeza cuando él dejó otro beso debajo de su oreja.

Las manos de Mateo encontraron el borde de su blusa. Se detuvieron.

Clara abrió los ojos.

—Sí.

Eso bastó.

Él le quitó la prenda lentamente y volvió a besarla. Sus labios descendieron otra vez por su cuello y siguieron más abajo, sin prisa.

Clara apoyó las manos en sus hombros y dejó que él marcara el ritmo. Cada vez que Mateo se detenía, ella lo acercaba de nuevo.

La ropa fue quedando atrás poco a poco, entre besos y caricias que alargaban deliberadamente cada minuto.

No tenía que indicarle qué hacer. No tenía que anticipar el movimiento siguiente. Por una vez, podía limitarse a sentirlo.

Cuando llegaron al dormitorio, Mateo se golpeó la rodilla contra la esquina de la cama.

Clara se quedó inmóvil un segundo.

Después se rio tanto que tuvo que apoyarse en él.

—No te atrevas —dijo Mateo.

—Perdón.

—No parece.

—Estoy intentando.

—Mentira.

Clara todavía sonreía cuando él la tomó por la cintura y la acercó.

—¿Dónde estábamos?

—Creo que estabas lesionado.

Mateo la besó.

Esta vez Clara dejó de reír.

Él volvió a conducirla despacio hacia la cama y siguió besándola: la boca, el cuello, los hombros, la piel que iba quedando descubierta.

Clara sintió el impulso habitual de adelantarse, de pensar en mañana, en Vera, en qué ocurriría si despertaba otra persona.

Lo dejó pasar.

Mateo estaba ahí.

Ella también.

Y esa noche era de ellos.

Clara lo buscó con las manos, pero no intentó tomar el control. Dejó que Mateo decidiera la lentitud, las pausas, el modo de acercarse.

Por una vez, entregarse no se parecía a desaparecer.

Se parecía a confiar.

Más tarde quedaron juntos, todavía cerca, sin necesidad de convertir lo ocurrido en una declaración.

La intimidad entre ellos no había recuperado una relación antigua ni garantizado una futura.

Era Clara y Mateo.

Esa noche.

Elegidos de nuevo.

Mucho después, Clara estaba acostada de lado, con la cabeza sobre el pecho de Mateo, cuando él habló.

—Quiero preguntarte algo.

—No.

—Ni sabés qué es.

—Las buenas preguntas no empiezan así.

Mateo pasó los dedos por su brazo.

—Quiero contarle a mi papá.

Clara abrió los ojos.

No necesitó preguntar qué.

Se incorporó apenas.

—¿Todo?

—Lo necesario. Lo de vos y Vera. Que comparten el cuerpo. Que son personas distintas. Que lo que le conté sobre otra mujer era... más complicado de lo que él imaginó.

Clara guardó silencio.

Mateo añadió:

—No lo voy a hacer si ustedes no quieren.

Ustedes.

No vos.

Clara notó la diferencia.

—Yo estoy de acuerdo.

Mateo asintió.

—Pero eso no alcanza.

—No.

Clara estiró el brazo hacia la mesa de luz, tomó su teléfono y lo dejó otra vez.

—Mañana le voy a escribir a Vera.

—Bien.

—No voy a decidir por ella.

—Bien.

Clara lo miró.

—Podés dejar de decir bien.

—Estoy apoyando.

—Sos insoportable.

—Y sin embargo.

Clara volvió a apoyar la cabeza en su pecho.

A la mañana siguiente seguía siendo Clara.

Eso le permitió volver a casa sin ninguna escena extraña y escribir en el cuaderno con tiempo.

«Mateo quiere contarle a su papá la verdad. Yo estoy de acuerdo, pero esto también es tuyo. No le dije que sí por vos. Decidilo vos.»

Dejó el cuaderno abierto.

Clara tomó el teléfono y le escribió a Mateo:

«Listo, ya se lo dije. Si ella amanece mañana, te responderá.»

La respuesta llegó enseguida.

«Bien. Espero.»

Clara dejó el teléfono sobre la mesa.

…

A la mañana siguiente, Vera abrió los ojos.

Vio la ropa de Clara doblada sobre una silla y supo enseguida que el día anterior no había sido suyo.

Encontró la nota.

La leyó una vez.

Luego otra.

No necesitaba que Clara explicara por qué Mateo quería contarle a su padre. Vera había conocido suficientes personas que inventaban familiares, viajes y hermanas para saber cuánto cansaba una mentira cuando dejaba de proteger y empezaba a estorbar.

Tomó el teléfono rojo.

Buscó la conversación con Mateo.

Escribió:

«Sí a lo de tu papá.»

Lo pensó un segundo y agregó:

«Pero si hace preguntas estúpidas, las respondés vos.»

La respuesta llegó rápido.

«Trato hecho.»

Vera estuvo a punto de dejarlo ahí.

Agregó:

«Y no uses diapositivas.»

Mateo respondió:

«Ya había elegido tipografía.»

Vera sonrió.

«Cancelá la presentación, Solís.»

Dejó el teléfono boca abajo.

Había algo extraño en permitir que otra persona conociera la verdad sin estar presente para controlar cada reacción.

Pero ya no era exactamente miedo.

Era otra cosa.

Espacio.