CAPÍTULO 23 SIN PEDIR QUE NO DUELA
Clara despertó el sábado con la sensación extraña de haber avanzado mucho y resuelto muy poco.
La tregua estaba escrita.
Vera iba a aprender a cocinar. Clara iba a buscar clases de canto. Habían empezado a pensar en pedidos, ensayos y contingencias sin intentar controlar quién despertaba.
Era más de lo que habían conseguido en años.
Pero había un tema que ninguna lista había resuelto.
Mateo.
Clara se quedó sentada en la cama unos segundos.
El beso seguía allí aunque ella no lo hubiera sentido.
No podía recordarlo. No podía reconstruirlo desde el cuerpo. Solo sabía que había ocurrido porque Mateo se lo había contado.
Y sabía algo más incómodo: no quería fingir que con ignorarlo bastaba.
Fue a la cocina, preparó café y sacó una hoja nueva.
En la parte superior escribió:
MATEO Y VERA.
Debajo trazó una línea vertical.
A FAVOR.
EN CONTRA.
Se quedó mirando la hoja.
—Qué adulta —murmuró.
Fifí apareció en el patio y se sentó a mirarla.
—No empieces.
Clara tomó el bolígrafo.
A FAVOR:
Vera también tiene derecho a elegir a quién quiere.
Mateo no me está dejando por ella.
Fingir que el beso no pasó no lo deshace.
Si Vera siente algo por él, prohibirlo no va a hacer que deje de sentirlo.
Prefiero una verdad incómoda a otra mentira.
Clara apoyó el bolígrafo.
Después escribió del otro lado.
EN CONTRA:
Me voy a poner celosa.
Puede dolerme imaginar cosas que no viví.
Puedo despertar después de algo que hizo Vera y no saber qué pasó.
No sé cómo se supone que funciona esto.
Tengo miedo de aceptar demasiado por no perderlo.
La última línea quedó sola.
Clara la leyó varias veces.
Ese era el verdadero problema.
No quería decir que sí solo porque temía que Mateo se cansara de una relación que ahora era mucho más complicada de lo que cualquiera había imaginado un año atrás.
Tampoco quería decir que no únicamente porque los celos dolieran.
Había cosas que dolían y aun así podían elegirse.
Clara tomó otra hoja.
Escribió:
¿SI MATEO NO SE FUERA DE TODAS FORMAS, QUÉ QUERRÍA YO?
La respuesta tardó más.
Quería seguir con él.
Quería que Vera pudiera vivir su propia vida.
Quería dejar de obligar a todo lo incómodo a desaparecer para sentirse segura.
Y, aunque todavía le costara admitirlo, prefería saber que Mateo quería a Vera de verdad a imaginar que solo la toleraba porque compartían un cuerpo.
Clara dobló la hoja por la mitad.
A las once le escribió a Mateo.
«¿Podés verme después de mi turno?»
La respuesta llegó pocos minutos después.
«Sí. Decime dónde.»
Clara eligió una mesa exterior de una cafetería pequeña lejos de El Rincón del Laurel. Neutral. Pública. Lo bastante tranquila para hablar sin tener que fingir normalidad frente a Paula.
Mateo llegó primero.
Cuando Clara se sentó frente a él, él no intentó adivinar por su expresión si traía una buena noticia.
Punto a favor.
—Pensé en lo de Vera —dijo Clara.
Mateo dejó la taza sobre el plato.
—Bien.
Clara entrelazó los dedos.
—No me gusta.
Él permaneció en silencio.
—No me gusta imaginarte besándola. No me gusta pensar que puede pasar algo entre ustedes cuando yo no estoy. Me voy a poner celosa.
Mateo bajó la voz.
—Entonces no tenés que aceptar nada.
—Dejame terminar.
Él asintió.
Clara respiró.
—No quiero aceptar esto por miedo a perderte. Pensé mucho en eso.
Mateo la miró con una atención que casi la hizo detenerse.
—Y tampoco quiero decirte que no solo porque me da miedo sentir celos.
—Clara...
—Todavía no.
Mateo cerró la boca.
Ella miró sus manos.
—Vera no es una mujer que apareció desde afuera y se metió en nuestra relación. Es parte de mi vida aunque yo no recuerde la suya. Comparte mi cuerpo, mis consecuencias y un futuro que ninguna de las dos puede vivir por separado.
Mateo no apartó la mirada.
—Si ella siente algo por vos, no quiero obligarla a vivir como si esa parte no existiera.
Clara sintió el peso de la siguiente frase antes de decirla.
—Acepto que estés con ella.
Mateo se quedó inmóvil.
Clara notó la punzada de celos incluso antes de que él respondiera.
Eso, por lo menos, era honesto.
—Pero tengo condiciones.
Una esquina de la boca de Mateo se movió.
—Eso sí suena a vos.
—No quiero detalles.
La sonrisa desapareció.
Clara continuó.
—Si están juntos y después aparezco yo, voy a asumir lo que tenga que asumir. No quiero saber qué hicieron, qué dijeron ni cómo fue.
—Bien.
—Si están en nuestra casa y despierto yo, va a ser incómodo.
—Sí.
—Muchísimo.
—Probablemente.
Clara lo señaló.
—No me ayudes.
Mateo cerró la boca.
Ella soltó aire.
—Me voy a poner celosa. Sin ninguna duda. No quiero fingir que voy a convertirme en una persona iluminada a la que no le importa.
—No espero eso.
—Bien.
Clara bajó la vista un instante y después volvió a mirarlo.
—Vera es parte de mi vida. Y quiero que vos también puedas amar esa parte de mi vida sin tener que fingir que no existe.
Mateo no respondió enseguida.
Clara vio algo cambiar en su expresión, pero no intentó ponerle nombre.
—La quiero a ella —dijo finalmente—. No solamente porque sea parte de tu vida.
Clara sintió los celos.
Ahí estaban.
Nítidos.
Desagradables.
Reales.
Y aun así no retiró lo que había dicho.
—Ya sé.
Mateo apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Necesito preguntarte algo.
—Preguntá.
—¿Estás segura de que no me estás diciendo que sí porque pensás que si decís que no me voy a ir?
Clara lo miró.
La pregunta le dolió por lo cerca que estaba de la última línea de su lista.
—Por eso tardé.
Mateo esperó.
—Me pregunté exactamente eso. Y si supiera que vas a quedarte conmigo aunque yo dijera que no, igual no quiero prohibirles esto.
Él bajó la mirada un segundo.
—No sé si sé hacer esto.
—Yo tampoco.
—Puede salir mal.
—Sí.
—Podés cambiar de opinión.
Clara asintió.
—Y Vera también.
Mateo respiró despacio.
—¿Y qué pasa si vos despertás en mi departamento?
Clara hizo una mueca.
—Voy a necesitar café.
Mateo soltó una risa breve.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Clara se acomodó en la silla.
—No quiero detalles. Si despierto ahí, vas a decirme solamente lo necesario para que yo entienda dónde estoy y pueda decidir qué quiero hacer. Nada más.
—De acuerdo.
—Y si algún día algo cambia, si esto empieza a lastimarme de una manera que no puedo manejar, te lo voy a decir.
—Eso necesito.
Clara lo miró.
—No prometas que nadie va a salir lastimado.
Mateo frunció apenas el ceño.
—No iba a hacerlo.
—Bien. Porque sería mentira.
Él asintió.
Clara tomó su taza.
Seguía sintiendo celos.
Seguía sin saber cómo se suponía que iba a funcionar.
Pero la decisión ya no se parecía a una rendición.
Era incómoda.
Era imperfecta.
Y era suya.