CAPÍTULO 22 LA TREGUA
Clara despertó el viernes con una hoja doblada sobre la almohada y tres personas que sabían algo de ella que la mayoría del mundo no sabía.
No estaban en la casa.
Eso habría sido peor.
Estaban en su cabeza antes de que siquiera se levantara.
Malena.
Nico.
Abril.
Los amigos de Vera.
Clara leyó primero la hoja de Ferrer.
COSAS QUE NO NECESITAN UNA REUNIÓN DE LA ONU.
Tuvo que sonreír.
—Claro.
Siguió leyendo.
Ropa. Maquillaje. Música. Comida.
Corte normal de pelo.
Avisar antes de cambios grandes.
Después venían las categorías más serias. Tatuajes. Medicación. Procedimientos. Sexo sin protección. Embarazo.
Clara se sentó en la cama.
No era una lista que ella habría escrito.
Por eso era mejor.
Después encontró las notas de Vera.
Primero, la prueba musical.
Seis semanas.
Tres ensayos.
Sábados.
Respuesta antes de las seis.
Y debajo, otra frase:
«Más que reglas necesitamos una tregua.»
Clara volvió a leerla.
Encontró después la propuesta de Vera de aprender a cocinar.
Y la invitación, todavía más inesperada, a que ella estudiara canto.
Clara apoyó una mano sobre la página.
Hasta entonces habían pasado años intentando que la vida de una molestara lo menos posible a la otra.
Eso era diferente.
Vera no estaba pidiéndole que cantara por ella.
Estaba ofreciéndose a aprender algo que no le gustaba para proteger el trabajo de Clara y pidiéndole a Clara el mismo esfuerzo por su música.
No convertirse una en la otra.
Entender lo suficiente para no destruir por accidente lo que la otra estaba construyendo.
Clara abrió el cuaderno y escribió:
«Aceptá la prueba.»
Se detuvo.
Después añadió:
«Y acepto la tregua.»
Miró la frase antes de seguir.
«Voy a buscar clases de canto. Pero si alguna vez me hacés cantar delante de Nico, la tregua termina.»
Sonrió sola.
«Buscá dos recetas para empezar. Dos. No existe una receta y media.»
La broma no alcanzaba para decir lo que realmente quería.
Clara bajó el bolígrafo y escribió más despacio:
«No quiero seguir despertando pensando qué parte de tu vida arruiné. Tampoco quiero que vos despiertes pensando qué parte de la mía tenés que reparar.»
Respiró.
«No puedo prometer que siempre vas a estar al frente en tus ensayos. Si despierto yo, no voy a fingir que sos vos. Puedo avisar que no podés ir si me dejás el contacto y una frase acordada.»
Pensó en sus propios pedidos.
«Yo también voy a dejar contingencias para la cafetería. Aprender a cocinar no significa que tengas que convertirte en mí.»
Clara apoyó el bolígrafo.
La tregua no resolvía quién iba a despertar.
Pero por primera vez intentaba que ninguna de las dos necesitara que la otra desapareciera para que su propia vida pudiera avanzar.
En El Rincón del Laurel, Paula estaba preparando bolsas para las sesenta cajas del hotel.
—Llegaste cinco minutos tarde.
Clara miró el reloj.
—Tres.
—Yo cuento emocionalmente.
—Eso no existe.
—Existe si te genera culpa.
Clara se puso el delantal.
—No funciona.
—Mal día para mi liderazgo.
A las diez, Malena entró.
Clara la vio desde la máquina de espresso.
Malena también la vio.
Las dos hicieron una pausa demasiado perceptible.
Paula miró de una a otra.
—¿Problemas?
—No —dijeron ambas.
Paula sonrió.
—Excelente. Voy a fingir que les creo.
Malena se acercó al mostrador.
—Hola, Clara.
—Hola.
Era la primera vez que pronunciaba su nombre después de conocer la verdad.
Clara no esperaba que eso importara.
Importó.
—Vine por café —dijo Malena.
—Trabajamos con eso.
—Sí. Vera me explicó el modelo de negocio con menos paciencia.
Clara casi sonrió.
—¿Qué querés?
—Negro. Sin azúcar.
—Eso explica algunas cosas.
Malena levantó las cejas.
—Mirá quién tiene humor.
Clara preparó el café.
Ninguna mencionó a Vera.
Eso duró exactamente cuarenta segundos.
—No sé cómo hacer esto —dijo Malena.
Clara dejó la taza frente a ella.
—¿Tomar café?
—Hablar con vos sin sentir que estoy hablando de Vera a escondidas.
Clara apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—Entonces no hables de Vera.
—Es mi mejor amiga.
—Ya sé.
—Y vos...
Malena se detuvo.
Clara esperó.
—Vos no sos ella.
—Bien.
—Eso fue más difícil de decir en voz alta de lo que debería.
Clara entendió.
—Para Mateo también.
El nombre apareció solo.
Malena la miró con cautela.
—No voy a meterme ahí.
—Qué decepción para una mujer que participó en un tatuaje experimental.
Malena abrió la boca.
Clara levantó una mano.
—Todavía estoy enojada.
—Lo sé.
—Pero Vera quería el tatuaje.
—Sí.
—Y ustedes querían confirmar algo.
—Sí.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Malena sostuvo la taza.
—Eso dijo ella. Con más insultos.
Clara sonrió.
La puerta se abrió otra vez.
Nico y Abril entraron juntos.
Clara cerró los ojos.
—¿Es una delegación?
—Malena dijo café —respondió Nico.
—Yo dije que venía a tomar café.
—Interpretación abierta.
Abril levantó una mano.
—Prometo no sacar fotos.
—Gracias.
Paula apareció junto a Clara.
—¿Son amigos tuyos?
Clara miró a los tres.
La respuesta correcta era no.
La respuesta anterior habría sido «amigos de mi hermana».
Ya no existía.
—Conocidos —dijo.
Nico se llevó una mano al pecho.
—Duele.
—Sobrevivís.
Paula los miró con interés.
—¿Del ambiente musical?
—Algo así —dijo Abril.
—Vera... —empezó Nico.
Malena le clavó el codo en las costillas.
Nico cambió de dirección con una habilidad inexistente.
—Verá si quiere azúcar, digo. El café.
Clara lo miró.
Paula lo miró.
Abril se tapó la boca.
—Sos pésimo mintiendo —dijo Clara.
—Gracias.
Paula se alejó murmurando algo sobre gente extraña.
Clara preparó tres cafés.
La situación era absurda.
También extrañamente normal.
Nico pagó y guardó el recibo.
—No voy a preguntarte si sabés lo de la prueba —dijo.
Clara levantó la vista.
—Bien.
—Tampoco voy a decirte nada que Vera no quiera que sepas.
—Bien.
—¿Puedo felicitarte por las cajas?
Clara miró la mesa donde Paula organizaba el pedido del hotel.
—¿Cómo sabés?
—Malena vio el cartel.
—Eso sí es información pública —aclaró Malena.
Clara sonrió.
—Sí. Podés.
Nico levantó el vaso.
—Felicitaciones.
La palabra fue pequeña.
Le gustó.
Durante la siguiente hora, los tres ocuparon una mesa del fondo. No interrumpieron. Abril editó fotos. Nico escribió algo en una libreta. Malena respondió mensajes del taller.
Clara los observó una vez.
Después otra.
Vera tenía personas que podían existir en una habitación sin exigir nada de ella.
Clara no sabía si envidiaba eso o le daba tranquilidad.
Quizá ambas.
A las doce, Ernesto llamó a Clara al depósito.
—El hotel quiere reservar también dos sábados al mes para un brunch.
Clara sintió que el cuerpo se tensaba.
Sábados.
La prueba musical de Vera también.
—¿Qué horario?
—Preparación desde las seis. Entrega a las diez.
Clara pensó en la hoja de Ferrer.
TRABAJO.
No podía aceptar por las dos.
Tampoco quería perder una oportunidad que había trabajado para crear.
—Necesito veinticuatro horas —dijo.
Ernesto frunció el ceño.
—El hotel quiere respuesta hoy.
—Entonces necesito hasta las cinco.
—¿Por qué?
Clara sostuvo su mirada.
No podía explicar.
—Porque no puedo garantizar todos los sábados personalmente. Puedo garantizar un sistema.
Ernesto cruzó los brazos.
—Explicame.
Clara respiró.
—Paula puede encargarse de empaques. Podemos contratar apoyo por horas en los dos sábados. Yo dejo producción pesada el viernes. Si yo no puedo venir, la cocina no puede depender de una sola persona.
Ernesto la observó.
—Eso cuesta más.
—También permite aceptar más pedidos sin que todo dependa de mí.
—Pensás como dueña.
La frase ya no le produjo una alegría secreta.
Le produjo algo mejor.
Una responsabilidad concreta.
—Estoy intentando.
Ernesto revisó los números.
—Hacé presupuesto antes de las cuatro.
Clara salió del depósito.
Nico y los demás ya se habían ido.
En la mesa quedaban tres vasos vacíos y una servilleta doblada.
Debajo había una nota de Malena.
«No sé si esto cuenta como invadir territorio. Si sí, rompelo: tu pastel de naranja está muy bueno.»
Clara se rió.
Paula levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
Guardó la servilleta en el bolsillo del delantal.
A las cuatro menos diez entregó el presupuesto a Ernesto.
A las cuatro y veinte, el hotel aceptó.
Dos viernes.
Dos sábados.
Un sistema que ya no dependía completamente de que Clara despertara.
Esa noche, antes de dormir, escribió en el cuaderno:
«El hotel quiere sábados también. Acepté solo después de armar contingencia para que no dependa de que esté yo. No voy a pedirte que abandones la prueba musical por mi trabajo.»
Miró la hoja de Ferrer.
Añadió:
«Creo que eso entra en TRABAJO.»
Después pensó en Mateo.
No escribió nada sobre el beso.
Todavía no.