Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1) CAPÍTULO 21 REGLAS PARA GENTE QUE ODIA LAS REGLAS
78%

CAPÍTULO 21 REGLAS PARA GENTE QUE ODIA LAS REGLAS

La doctora Lucía Ferrer tenía una mesa baja, dos sillones cómodos y una capacidad irritante para dejar silencios donde Vera prefería encontrar una pelea.

—Clara me escribió ayer para pedir el turno —dijo Ferrer—. Dijo que necesitaban reglas.

—Clara necesita reglas para respirar.

—¿Y vos?

—Yo necesito que Clara deje de necesitar reglas.

Ferrer anotó algo.

Vera señaló el cuaderno de la terapeuta.

—Si escribiste «resistencia», me voy.

—Escribí la hora.

—Peor. Burocracia.

Ferrer dejó el bolígrafo.

—El tatuaje.

Vera miró su antebrazo.

—Me gusta.

—No pregunté eso.

—Ya sé. Me adelanté.

—¿Te arrepentís?

—No.

—¿Entendés por qué Clara está enojada?

Vera apoyó la cabeza contra el respaldo.

—Sí.

La palabra le molestó.

—Decilo de otra manera si querés.

—No quiero.

Ferrer esperó.

—Si ella se rapara la cabeza sin avisar, yo me volvería loca —dijo Vera—. Si se hiciera algo permanente... peor.

—Entonces no estamos discutiendo si el tatuaje es lindo.

—Obviamente no. Es excelente.

Ferrer sonrió apenas.

—Estamos discutiendo qué decisiones puede tomar cada una sin consultar a la otra.

—Eso suena a reglamento de consorcio.

—Puede ser un reglamento de consorcio si te ayuda.

Vera se acomodó en el sillón.

—Odio los consorcios.

—Perfecto. Diseñá uno que odies menos.

Vera la miró.

—Sos molesta.

—Me pagan por hora.

—Julia dice lo mismo.

—No sé quién es Julia.

—Una mujer sabia por accidente.

Ferrer empujó hacia ella una hoja en blanco.

—No hagamos una lista de prohibiciones. Hagamos categorías.

Vera no tocó la hoja.

—Eso es una lista con maquillaje.

—Entonces inventá otra cosa.

La terapeuta volvió a quedarse callada.

Vera tomó el bolígrafo porque odiaba perder por cansancio.

Escribió:

COSAS QUE NO NECESITAN UNA REUNIÓN DE LA ONU.

Ferrer leyó desde su sillón.

—Buen comienzo.

—Ropa. Maquillaje. Música. Qué comer.

—¿Cabello?

Vera pensó.

—Corte normal, sí. Raparse o teñirse verde radioactivo, aviso.

—¿Por qué?

—Porque la otra se despierta con eso.

—Bien.

Vera escribió otra categoría.

COSAS QUE AFECTAN A LAS DOS AUNQUE UNA LAS QUIERA.

Debajo puso:

Tatuajes. Piercings importantes. Medicación nueva. Procedimientos médicos. Sexo sin protección. Embarazo.

Se quedó mirando la última palabra.

Ferrer no intervino.

—No quiero hijos —dijo Vera.

—Lo sé.

—Clara sí.

—También lo sé.

—Entonces esa nunca va a ser una decisión simple.

—No.

Vera apoyó el bolígrafo.

—Si ella quiere tener un hijo algún día y yo digo que no, ¿qué pasa?

Ferrer no respondió enseguida.

—Pasa que existe un conflicto real que ninguna regla puede resolver por adelantado.

—Excelente sistema.

—La tregua no elimina conflictos. Evita que una decida sola por las dos.

Vera miró la hoja.

—Qué poco comercial.

—No estoy vendiéndote paz.

Eso le gustó más de lo que pensaba admitir.

Escribió una tercera categoría.

COSAS QUE NO SON DEL CUERPO PERO IGUAL PUEDEN ARRUINARLE EL DÍA A LA OTRA.

—Dinero —dijo.

—Sí.

—Trabajo.

—Sí.

—Invitar gente a casa.

—Sí.

Vera hizo una mueca.

—Mateo.

Ferrer levantó la vista.

—¿Qué pasó con Mateo?

—Lo besé.

La terapeuta no reaccionó.

—Odio tu cara profesional.

—¿Qué querías que hiciera?

—No sé. Algo humano.

—Estoy escuchando.

Vera giró el bolígrafo entre los dedos.

—Íbamos a acostarnos. Frené.

—¿Por qué?

—Porque Clara sigue siendo su novia.

—¿Y el beso?

—No frené.

—¿Querías?

—Sí.

—¿Mateo?

—También.

Ferrer asintió.

—Entonces hay dos conversaciones diferentes. Una es consentimiento entre vos y Mateo. La otra es el acuerdo de pareja entre Clara y Mateo.

Vera dejó el bolígrafo.

—No quiero pedirle permiso a Clara para besar a alguien.

—No te dije eso.

—Suena parecido.

—Clara tampoco puede decidir a quién besás. Pero sí puede decidir si quiere seguir en una relación con Mateo bajo esas condiciones.

Vera quedó quieta.

Eso era mucho más molesto.

Porque era justo.

—Qué asco —murmuró.

—¿Qué cosa?

—La libertad de los demás.

Ferrer sonrió.

—Suele complicar la propia.

Vera volvió a tomar el bolígrafo.

RELACIONES.

Debajo escribió:

No usar a Mateo como mensajero.

No preguntar por la otra a través de él.

No prometer cosas en nombre de la otra.

No ocultar decisiones que cambien el acuerdo de pareja.

Se detuvo.

—No sé qué poner sobre sexo.

—No tenés que decidirlo hoy.

—Gracias. Pensé que había examen al final.

—Hay uno.

Vera la miró.

—Mentira.

—Sí.

—Te odio un poco menos.

La sesión terminó con una hoja llena de tachaduras y ninguna firma.

Vera la dobló y la metió en el cuaderno compartido cuando volvió a casa.

Debajo escribió para Clara:

«Ferrer convirtió nuestra vida en categorías. Culpa tuya. Hablamos de lo que cada una puede decidir sola y de lo que afecta a las dos.»

Después añadió:

«No voy a pedir perdón por el tatuaje porque lo sigo queriendo. Sí te debo no volver a hacer algo permanente sin hablarlo.»

Miró la frase.

La dejó.

El teléfono rojo sonó.

Nico.

—¿Qué rompiste? —preguntó Vera al atender.

—Nada. Sentate.

—No.

—Vera.

—Habla.

—Llamaron de la audición.

El cuerpo se le quedó inmóvil antes de que pudiera fingir que no.

—¿A vos?

—A mí porque sos incapaz de revisar correo cuando estás nerviosa.

Vera abrió el teléfono con la otra mano.

Había un correo sin leer.

—¿Qué dice?

—Leelo.

—Duarte.

—Te quieren para seis semanas de prueba. Tres ensayos por semana y una presentación los sábados. Si funciona, hablan de algo fijo.

Vera se sentó.

No porque Nico se lo hubiera ordenado.

Porque las piernas dejaron de participar.

—¿Seis semanas?

—Sí.

—¿Qué sábados?

—Todos.

La emoción llegó primero.

Después llegó Clara.

Antes de salir para la sesión, Vera había encontrado una nota de Clara en el cuaderno: «El hotel quiere repetir el pedido el viernes que viene.

Si funciona, serían dos viernes al mes.» Ahora, con los sábados de la prueba musical frente a ella, la nota volvió a su cabeza.

No podían controlar quién despertaba, y el cuerpo no podía cumplir dos compromisos distintos si aparecía la persona equivocada.

—¿Cuándo tengo que responder?

—Mañana a las seis.

—Claro. Por supuesto. ¿Por qué permitir felicidad simple?

Nico se rió.

—¿Qué pasa?

Vera miró la hoja de Ferrer.

TRABAJO.

—Nada que puedas resolver.

—¿Querés que vaya?

Vera estuvo a punto de decir que no.

—Traé comida.

—Eso suena a sí.

—No abuses.

Media hora después, Nico llegó con empanadas. Malena apareció sin invitación porque, según ella, «Nico tiene la discreción de una alarma de incendio». Abril mandó un audio celebrando y avisó que estaba trabajando.

Vera leyó el correo tres veces.

No era un contrato de estrella.

No era una gira.

Era una prueba de seis semanas en un escenario real, con fechas reales y gente esperando que ella apareciera.

Eso era exactamente lo que siempre había querido.

Y exactamente lo que nunca podía prometer.

—No puedo garantizar los ensayos —dijo.

Nico dejó de comer.

—Podemos hablar con ellos.

—¿Y decir qué?

Nadie respondió.

Malena apoyó la espalda contra la silla.

—Podés decir que tenés una condición de salud que a veces te impide estar. No tenés que explicar cuál.

Vera la miró.

—Eso suena adulto. No me gusta.

—Sobrevivirás.

Nico señaló el correo.

—Lo importante es que no prometas algo imposible.

Vera pensó en Clara.

En la primera audición perdida.

En el enojo que había sentido hacia una mujer que ni siquiera sabía que tenía que estar en un escenario.

—No voy a culparla otra vez —dijo.

Malena no preguntó de quién hablaba.

No hacía falta.

Vera abrió el cuaderno compartido.

Debajo de la hoja de Ferrer escribió:

«Me llamaron. Seis semanas de prueba. Ensayos fijos + sábados. Tengo que responder mañana. No voy a aceptar sin dejarte esto primero.»

Se quedó mirando la página.

La nota de Clara sobre los viernes seguía unas hojas atrás. Sus sábados ahora estaban escritos delante.

Reglas.

Horarios.

Contingencias.

Todo servía y, al mismo tiempo, le parecía insuficiente.

Vera volvió a apoyar el bolígrafo.

«Más que reglas necesitamos una tregua.»

Esperó un momento antes de seguir.

«Estoy dispuesta a aprender a cocinar. No porque me guste, sino porque si despierto yo un viernes con un pedido tuyo, necesito saber cómo ayudarte en vez de arruinarlo.»

La siguiente línea le costó un poco más.

«Y me gustaría que estudies canto. No porque te guste, sino porque si despertás vos cuando yo tengo un ensayo o algo importante, quiero que entiendas mejor qué necesito y qué no podés improvisar.»

Vera miró lo que había escrito.

Después añadió:

«No es lo que nos gusta. Es lo que necesitamos.»

«También les conté lo del tatuaje. Sí, tenían una segunda intención. Querían confirmar que algo no cerraba con la historia de las gemelas. Estoy enojada. Después hablamos.»

Nico leyó por encima de su hombro.

—Eso fue casi responsable.

Vera cerró el cuaderno de golpe.

—Andate de mi casa.

Nico levantó las manos.

—Ya me iba. Qué carácter.

—Y todavía estás acá.

—Estoy procesando el crecimiento personal.

Vera le señaló la puerta.

—Procesalo en la vereda.

Nico se rio, recogió sus cosas y salió antes de que ella encontrara algo para tirarle.

Cuando la puerta se cerró, Vera volvió a mirar el cuaderno.

El pedido de Clara. Sus ensayos. Dos vidas que no podían seguir dependiendo de que despertara la persona correcta.

Seguía odiando las reglas.

Pero una tregua era otra cosa.

Una tregua significaba que ninguna tenía que convertirse en la otra para proteger lo que a la otra le importaba.