Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1) CAPÍTULO 20 UN SÍ QUE NO SEA POR MIEDO
74%

CAPÍTULO 20 UN SÍ QUE NO SEA POR MIEDO

Mateo descubrió el jueves que había una forma nueva de equivocarse: responder demasiado rápido a una pregunta que no le correspondía.

Vera apareció en la clínica a las once y ocho de la mañana.

No avisó.

Julia levantó la vista desde recepción, miró a Vera y después a Mateo, que estaba terminando de pesar un gato naranja dentro de un transportador.

—Tu estadística demográfica volvió —dijo.

Vera la señaló.

—Me cae bien.

—Eso habla peor de vos que de mí.

Mateo entregó el transportador a su dueño.

—Dame cinco minutos.

—No vine a verte.

Julia apoyó un codo en el mostrador.

—Qué coincidencia porque él trabaja acá.

Vera la miró.

—¿Siempre te pagan por comentar?

—No. Eso lo hago gratis.

Mateo tuvo que mirar hacia otro lado.

Cinco minutos después, encontró a Vera en la vereda. Llevaba el teléfono rojo en una mano y una expresión que no prometía nada bueno.

—¿Qué pasó?

—Clara te vio ayer.

No era pregunta.

—Sí.

—¿Qué dijo?

Mateo respondió antes de pensarlo.

—Que está enojada.

Vera se quedó quieta.

El error apareció completo.

—No —dijo Mateo.

—¿No qué?

—No debería haberte dicho eso.

—Ya lo dijiste.

—Sí.

—Y ahora querés retirarlo como una declaración oficial.

—Quiero dejar de hacer de mensajero.

Vera entrecerró los ojos.

—Yo no te pedí que fueras mensajero.

—Me preguntaste qué dijo Clara.

—Curiosidad.

—Exactamente.

Vera cruzó los brazos.

—¿Y qué querés? ¿Que espere a que aparezca una nota en el cuaderno dentro de tres días?

—Sí.

—Qué eficiente.

—No dije que fuera eficiente.

—Entonces es una mierda.

—Puede ser.

Vera lo miró como si estuviera evaluando si esa admisión merecía salvarle la vida.

—Ferrer tiene sesión hoy —dijo—. Clara dejó la cita.

—¿Vas a ir?

—No te importa.

Mateo se mordió la respuesta.

Vera lo notó.

—Muy bien. Aprendiendo.

—Lentamente.

Ella miró hacia el interior de la clínica.

—¿Toby?

—En casa. La cirugía salió bien. Camila mandó un dibujo donde tengo brazos de cuatro metros.

—Realismo brutal.

—Heavy también está adoptado oficialmente.

Vera sonrió sin querer.

Mateo reconoció el cambio y decidió no mencionarlo.

—¿Algo más? —preguntó.

—Sí.

Ella dejó de mirar la clínica.

—Lo del otro día.

Mateo esperó.

—No me arrepiento —dijo Vera.

—Yo tampoco.

—Eso no significa que vaya a repetirse.

—Entendido.

—Tampoco significa que no.

—Vera.

—¿Qué?

—No necesito una cláusula por cada posibilidad.

—Yo sí.

—Ya lo noté.

Vera guardó el teléfono rojo en el bolsillo.

—Si Clara decide que besarme convierte todo esto en una traición, ¿qué vas a hacer?

La pregunta era directa. No había respuesta que no doliera en alguna dirección.

Mateo pensó en Clara sentada en la plaza. En Vera frente a él. En el impulso viejo de encontrar una frase que dejara a todos tranquilos.

No existía.

—No lo sé.

Vera lo estudió.

—Bien.

—¿Bien?

—Las respuestas perfectas me dan alergia.

—Qué alivio. Tengo pocas.

Mateo apoyó las manos en los bolsillos.

—Pero hay algo que sí sé.

—A ver.

—No voy a usar lo que Clara me diga para manejarte a vos. Y no voy a usar lo que vos me digas para manejarla a ella.

—No soy una perra que se maneja.

—Elegí mal el verbo.

—Mucho.

—No voy a traducirlas.

Vera quedó en silencio.

—Eso puede hacer todo más difícil —dijo finalmente.

—Sí.

—No te acostumbres a tener razón.

—Lo intento.

Se fue sin despedirse.

Mateo volvió a la clínica.

Julia estaba esperando detrás del mostrador con una carpeta en la mano.

—No voy a preguntar.

—Gracias.

—Pero solo porque tengo una consulta sobre un conejo y eso promete ser más entretenido.

—Tu profesionalismo me conmueve.

—Cobro por hora.

La mañana siguió.

Vacunas. Un gato con dermatitis. Un cachorro que había comido dos esponjas de cocina. Una mujer que quería saber si su loro podía estar deprimido porque su marido no le hablaba.

A las dos, Mateo descubrió que estar ocupado no impedía pensar.

Lo de ser mensajero entre Clara y Vera era un problema. Uno real. No quería traducirlas, suavizar lo que una decía para que la otra lo soportara mejor ni convertirse en una versión humana del cuaderno.

Pero no era lo que más le preocupaba.

Lo que de verdad no conseguía apartar era la forma en que Clara había dicho que necesitaba tiempo para pensar.

Clara sabía ceder.

No porque fuera débil. Precisamente porque llevaba toda la vida aprendiendo a conservar lo que conseguía.

Mateo conocía demasiado bien esa clase de miedo.

El de medir las palabras. Pedir menos. Aceptar condiciones que no terminaban de gustarte porque la alternativa podía ser que alguien se fuera.

Había pasado media infancia esperando llamadas de su madre. Primero cada domingo. Después algunos domingos. Después cuando podía. Durante años había aprendido a conformarse con la parte de alguien que todavía estaba disponible y a agradecer que al menos esa parte siguiera allí.

La idea de que Clara pudiera hacer lo mismo con él le revolvió el estómago.

Podía escucharla decir que entendía. Que Vera tenía derecho a una vida. Que él también. Podía verla intentar ser razonable incluso cuando algo la lastimaba.

¿Y cómo iba a saber si un sí de Clara significaba realmente sí?

¿Cómo iba a distinguir libertad de miedo?

Mateo dejó el bolígrafo junto a una ficha clínica.

Quería a Clara. Eso no había cambiado.

Pero Vera ya no era una curiosidad, ni una dificultad añadida a su relación, ni alguien a quien tolerar hasta que Clara volviera. Le gustaba. La deseaba. Pensaba en ella cuando no estaba. Y fingir lo contrario no iba a volver más sencilla ninguna de las dos cosas.

El problema era que no quería que Clara aceptara esa verdad solo porque temiera que, si decía que no, él terminara eligiendo a Vera.

Y tampoco quería que Vera aceptara quedarse en los márgenes porque Clara había llegado primero.

No quería elegir entre ellas.

Pero querer a las dos tampoco podía convertirse en una excusa para que ambas tuvieran que acomodarse alrededor de él.

Esa posibilidad lo inquietó más que cualquier regla.

Que Clara y Vera, después de años peleando por tiempo, espacio, dinero, ropa, decisiones y un cuerpo que ninguna podía abandonar, terminaran teniendo que repartirse también a una persona.

A él.

Julia apareció en la puerta con una carpeta.

—Tenés cara de estar resolviendo el sentido de la vida.

Mateo levantó la vista.

—Algo peor.

—¿Impuestos?

—Relaciones.

—Ah. Sí. Peor.

Dejó la carpeta y se fue.

Mateo volvió a trabajar.

Esa noche cenó con su padre.

No había planeado hablar del tema, pero su padre lo vio mirar el teléfono una vez y dejó el tenedor.

—¿Seguís con Clara?

—Sí.

—Eso sonó peligrosamente complicado.

Mateo bebió agua.

—Lo es.

Su padre esperó.

Mateo no podía contar el diagnóstico sin permiso. Malena, Nico y Abril sabían porque Vera había decidido contárselo. Eso no ampliaba automáticamente el círculo.

—Hay otra persona involucrada —dijo.

Su padre alzó las cejas.

—Ah.

—No pongas esa cara.

—No sé qué cara poner.

—Entonces dejala neutral.

Su padre lo intentó. Fracasó.

—¿Clara sabe?

—Sí.

—¿Y vos querés estar con las dos?

Mateo miró el plato.

—No sé qué significa «estar» con la otra persona todavía.

—¿Te gusta?

—Sí.

—¿Y Clara?

—La amo.

Su padre se reclinó en la silla.

—No tengo una frase sabia para esto.

—Gracias a Dios.

—Pero sí una pregunta.

Mateo esperó.

—¿Qué es lo que más miedo te da?

La respuesta apareció demasiado rápido.

—Que Clara diga que sí porque piensa que si dice que no me voy a ir.

Su padre no respondió de inmediato.

Mateo siguió mirando el plato.

—Ella ya pasó demasiado tiempo intentando que las cosas no se desarmen. No quiero descubrir dentro de seis meses que aceptó algo que la estaba lastimando solo para conservarme.

—¿Y la otra persona?

Mateo apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Tampoco quiero que ella crea que tiene que aceptar ser siempre la parte secundaria porque yo amo a Clara.

Su padre asintió lentamente.

—Entonces el problema no es tener que elegir.

—No.

—Es no saber cuándo alguien está eligiendo de verdad.

Mateo levantó la vista.

Eso era.

Su padre tomó el vaso.

—No sé cómo se resuelve.

—Yo tampoco.

—Por suerte no me preguntaste.

Mateo sonrió apenas.

Después volvió a ponerse serio.

—Y hay otra parte.

—Claro que la hay.

Mateo pasó el pulgar por el borde del vaso.

—Me gusta la otra persona.

Su padre no reaccionó de inmediato.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente para que ya no pueda fingir que es curiosidad.

—¿Y Clara?

—A Clara la amo.

Su padre apoyó los cubiertos.

—Entonces sí estás complicado.

—Gracias por el diagnóstico.

—No terminé. ¿Clara sabe que te gusta otra mujer?

Mateo bajó la vista.

—Sabe que hay algo entre nosotros.

—Eso no fue lo que pregunté.

Mateo sostuvo el silencio unos segundos.

—No sé cuánto entiende todavía.

Su padre lo observó.

—¿Pasó algo con la otra?

Mateo pensó en Vera deteniéndose frente a él. En la forma en que había dicho «me gustás» como si la frase le molestara.

—La besé.

Su padre dejó escapar el aire lentamente.

—Mateo.

—Ya sé.

—No, no creo que sepas, porque si supieras no tendrías esa cara de estar intentando convertirlo en un problema teórico.

Mateo levantó la vista.

—No estoy intentando justificarlo.

—Bien. Porque besar a otra mujer mientras seguís con Clara no deja de ser complicado solo porque todo alrededor sea complicado.

Mateo asintió.

—Lo sé.

—¿Te arrepentís?

La respuesta le molestó por lo rápido que apareció.

—No.

Su padre lo miró con atención.

—Entonces ese es tu verdadero problema.

Mateo frunció el ceño.

—¿Cuál?

—Que amás a Clara y no querés perderla, pero tampoco querés fingir que no te pasa nada con la otra mujer.

Mateo se quedó callado.

—Sí.

—Y ahora estás buscando una forma de que nadie salga lastimado.

—¿Eso está mal?

—No. Lo que estaría mal es creer que porque querés evitarlo vas a conseguirlo.

Mateo apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—No quiero que Clara acepte algo que la lastima solo porque tiene miedo de que yo me vaya.

—Eso sí lo entiendo.

—Y tampoco quiero decirle a Vera que lo que siento por ella no importa porque llegué primero a una relación con Clara.

Su padre se quedó pensativo.

—No puedo decirte qué hacer con eso.

—No esperaba que pudieras.

—Pero sí puedo decirte una cosa.

Mateo esperó.

—No conviertas a Clara en la persona que tiene que darte permiso para que vos no te sientas culpable. Y tampoco conviertas a la otra mujer en algo que existe solamente si Clara lo tolera.

Mateo bajó la mirada.

—Entonces, ¿qué hago?

—Decidí primero qué querés vos. Después escuchá qué quieren ellas. Y aceptá que puede que esas tres respuestas no encajen.

Mateo permaneció en silencio.

Su padre tomó el vaso.

—Ahora sí. Eso parece un problema.

Mateo soltó una risa breve.

—Gracias.

—Intento acompañar.

—Estás haciendo un trabajo mediocre.

—Es hereditario.

Esta vez Mateo sí se rió.

Se quedaron un rato más hablando de cosas pequeñas: la clínica, una gotera en la casa de su padre, un partido que ninguno había visto completo. La conversación difícil no desapareció, pero dejó de ocupar toda la mesa.

Mateo volvió a su departamento cerca de las diez.

No había mensajes nuevos.

Por primera vez, no abrió ninguna conversación para comprobarlo otra vez.

Dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó de pie junto a la ventana.

Si Clara le decía que sí, necesitaba saber que era un sí que ella podía sostener sin romperse.

Si le decía que no, tendría que escucharla aunque la respuesta le doliera.

Y si Vera quería algo que Clara no podía aceptar, Mateo ya no podía fingir que el deseo desaparecería solo porque resultara inconveniente.

No sabía todavía cómo amar a las dos.

Pero empezaba a entender qué no quería hacer para conseguirlo.

No quería que ninguna se lastimara para que él pudiera quedarse con ambas.