Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1) CAPÍTULO 19 LA NOTA QUE FALTABA
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CAPÍTULO 19 LA NOTA QUE FALTABA

Clara despertó el miércoles con el brazo izquierdo picando bajo la manga y una palabra escrita en mayúsculas sobre el cuaderno.

AUDICIÓN.

Se incorporó demasiado rápido.

El teléfono negro estaba cargado. El rojo no estaba sobre la mesa de luz. En la silla había una camiseta de Vera, dos entradas de un bar y una bolsa pequeña de farmacia con crema para el tatuaje.

Clara abrió el cuaderno.

La primera nota de Vera estaba escrita con una letra menos inclinada de lo habitual, como si hubiera intentado no apurarse.

«Fui. Canté las dos canciones. No sé si quedé. No hice el ridículo. Nico sigue vivo, así que técnicamente fue un buen día.»

Clara soltó el aire.

La había hecho.

Por un momento solo sintió alivio. No por ella. Por Vera. Por la oportunidad que la primera audición había convertido en una herida compartida y que esta vez había llegado hasta el final sin que ninguna pudiera hacer nada para garantizar quién despertaría.

Debajo había otra línea.

«Malena, Nico y Abril ya saben. No salieron corriendo. Malena sigue siendo una metida de mierda, pero ahora con contexto.»

Clara sonrió antes de poder impedirlo.

La tercera nota era más corta.

«Besé a Mateo.»

La sonrisa desapareció.

Clara leyó otra vez.

No había signo de exclamación. No había explicación. Ni una defensa preparada.

Debajo, Vera había agregado:

«No tuvimos sexo. Iba a pasar. Frené porque seguís siendo su novia y nadie definió qué demonios significa eso cuando estoy yo. El beso sí pasó. Yo quise. Él también.»

Clara cerró el cuaderno.

Lo abrió de nuevo.

La información no había cambiado.

Se levantó y fue a la cocina. Puso agua a calentar. La apagó antes de que hirviera. La volvió a encender. Sacó una taza. La guardó. Sacó otra.

Fifí apareció en el patio y se sentó detrás del vidrio.

—Hoy no.

La gata parpadeó.

Clara apoyó ambas manos sobre la mesada.

No podía decir que no lo había visto venir. Vera había hablado de Mateo. Había preguntado por él. Había aceptado café, mensajes y encuentros. Clara había sentido celos antes de tener una palabra honesta para ellos.

Pero una posibilidad era una cosa.

Un beso era otra.

El teléfono negro vibró.

Mateo.

«Buen día. No sé quién está, así que no voy a adivinar. Espero que estén bien.»

Clara miró el mensaje durante varios segundos.

No respondió.

Todavía no.

Fue a trabajar.

El Rincón del Laurel olía a café tostado, naranja y azúcar quemada. Paula estaba colocando las galletas de café de la línea dulce en una bandeja cuando Clara entró.

—Llegaste con cara de auditoría fiscal.

—Buen día para vos también.

—¿Problemas?

—No quiero hablar.

—Perfecto. Tengo nueve cosas para contarte.

Clara dejó el bolso.

—Eso es exactamente lo contrario.

—Las nueve son sobre clientes, así que cuenta como trabajo.

Ernesto apareció desde el depósito con una hoja impresa.

—El hotel repite pedido el viernes.

Clara tardó un segundo en conectar la frase.

—¿Las cuarenta y ocho cajas?

—Sesenta esta vez.

El problema con una buena noticia era que no siempre llegaba en un día que tuviera espacio para recibirla.

—¿Sesenta?

—Pidieron agregar los bizcochos sin lácteos. Si sale bien, quieren dos viernes al mes.

Paula levantó ambas manos.

—Imperio Santos.

—No.

—Ya está creciendo.

Clara tomó la hoja.

Sesenta cajas.

Dos viernes al mes.

Una línea real.

Algo que una semana antes habría ocupado toda su cabeza.

Ahora tenía que compartirla con un beso que no había sentido, una audición que no recordaba y un tatuaje que veía cada vez que se remangaba.

—¿Podés hacerlo? —preguntó Ernesto.

Clara miró los números.

—Sí.

No sabía si iba a estar al frente el viernes.

La palabra sí salió de todos modos.

Eso también tendría que cambiar.

A media mañana abrió el cuaderno pequeño donde llevaba costos y anotó el pedido. Después, en una hoja aparte, escribió una palabra que todavía le resultaba absurda:

CONTINGENCIA.

Paula se inclinó por encima de su hombro.

—¿Qué es eso?

Clara cubrió la hoja.

—No espíes.

—No estaba espiando. Estaba supervisando.

—Volvé a la caja.

—Autoritaria.

Clara esperó a que se alejara.

Si el viernes despertaba Vera, no podía pretender que preparara sesenta cajas de repostería como si el cuerpo compartiera habilidades completas. Vera sabía vender. Sabía atender. Sabía organizar un caos cuando le convenía. Pero hornear para un hotel no era lo mismo que improvisar una promoción.

Clara anotó lo que sí podía dejar preparado: recetas pesadas por porción, proveedores confirmados, horarios, teléfono de Paula, autorización de Ernesto para pedir ayuda externa si ella no aparecía.

No era elegante.

Era real.

A las cinco y media, respondió por fin el mensaje de Mateo.

«Soy Clara. Necesito verte.»

La respuesta llegó un minuto después.

«Decime cuándo.»

No preguntó por qué.

Clara eligió una plaza pequeña a cuatro cuadras de la cafetería. No quería la casa. Tampoco quería el departamento de Mateo. Necesitaba un lugar donde cualquiera de los dos pudiera levantarse y caminar si la conversación se volvía insoportable.

Mateo llegó primero.

No intentó besarla.

Eso le dolió y la alivió al mismo tiempo.

—Hola —dijo él.

—Hola.

Se sentaron en un banco bajo un árbol. Cerca, una mujer vendía bolsas de mango con limón. Dos niños perseguían una pelota entre las palomas.

Clara miró sus manos.

—Vera me contó.

Mateo no preguntó qué.

Su cara fue suficiente.

—Del beso —aclaró Clara.

—Sí.

—¿Ibas a decírmelo?

—Sí.

—¿Cuándo?

Mateo tardó un instante.

—Cuando fueras vos y pudiéramos hablar en persona.

Clara lo miró.

—Eso puede tardar días.

—Lo sé.

—Y mientras tanto vos sabés algo sobre mi relación que yo no.

—Sí.

La segunda respuesta le irritó más que la primera.

—No digas sí como si estuviéramos completando un formulario.

—Estoy intentando no defenderme antes de escucharte.

Clara cerró la boca.

Era una respuesta buena.

Qué fastidio.

—¿Querías besarla?

Mateo sostuvo su mirada.

—Sí.

Esta vez la honestidad dolió con precisión.

Clara apartó la vista hacia la plaza.

—¿La querés?

—No sé.

—¿Te gusta?

—Sí.

Clara respiró hondo.

—¿Y yo?

Mateo giró el cuerpo hacia ella.

—Te amo.

—Eso no arregla lo otro.

—No lo dije para arreglarlo.

Clara tragó saliva.

Durante un año, la respuesta habría sido suficiente. Mateo la amaba. Ella lo amaba. El resto podía organizarse alrededor de eso.

Ya no.

—No sé si esto es engaño —dijo.

Mateo no respondió.

—Y me da rabia no saberlo. Porque cuando Vera está al frente yo no estoy. Pero sigo existiendo. Y vos seguís siendo mi novio. Y al mismo tiempo no puedo decir que Vera no tiene derecho a besar a alguien que quiere besar solo porque yo estoy de novia con esa persona.

Mateo pasó una mano por la nuca.

—Yo también pensé eso.

—¿Antes o después?

—Después.

Clara lo miró.

—Al menos no sos el único impulsivo.

—No quiero culparla a ella. Yo le devolví el beso.

—Bien.

—¿Bien?

—No. Pero prefiero estar enojada con la información completa.

Mateo asintió.

Clara apoyó las manos sobre las rodillas.

—No te voy a pedir que dejes de sentir algo por Vera.

Él quedó quieto.

—No sé si puedo vivir con que tengas algo con ella —continuó—. Es distinto.

—Entiendo.

—No, todavía no entendés porque yo tampoco.

Mateo bajó la vista.

—Está bien.

—Y no quiero que seas vos el que me explique a Vera.

—No lo voy a hacer.

—Ni que le expliques a ella lo que yo siento.

—Tampoco.

Clara sintió que la conversación se volvía extraña de una manera nueva. No estaban discutiendo por una tercera persona que podía entrar por la esquina. No había una mujer a la que enfrentar, llamar o evitar.

Había una mujer que podía despertar mañana usando sus manos.

—Necesitamos hablar nosotras —dijo.

Mateo dejó salir el aire.

—Sí.

Clara lo señaló.

—Una vez más y te empujo del banco.

Mateo levantó ambas manos.

—Mensaje recibido.

A ella se le escapó una sonrisa pequeña.

Duró poco.

—Tengo sesión con Ferrer mañana —dijo—. Si despierta Vera, irá ella. Dejé la cita anotada.

—¿Querés que haga algo?

Clara pensó.

—No.

Mateo asintió.

—Eso sí podés decirlo.

Él sonrió apenas.

Al despedirse, Clara no sabía si quería besarlo.

Mateo no decidió por ella.

Se quedó a un paso.

Clara fue quien cerró la distancia y lo abrazó.

Solo eso.

De regreso a casa abrió el cuaderno y escribió debajo de la confesión de Vera:

«Gracias por decírmelo vos.»

Esperó un momento.

Después añadió:

«Estoy enojada. No sé todavía con quién ni cuánto.»

La tercera línea le costó más.

«Mañana hay sesión con Ferrer. Si estás vos, andá. Si estoy yo, voy. No quiero escribir reglas sola.»

Clara cerró el cuaderno.

Por primera vez, el problema no era descubrir lo que Vera había hecho.

Era aprender qué hacer después de saberlo.