Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1) CAPÍTULO 18 SIN MENSAJES AL DÍA SIGUIENTE
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CAPÍTULO 18 SIN MENSAJES AL DÍA SIGUIENTE

El lunes a las ocho cincuenta y tres de la noche, Vera ya estaba frente al bar. Eso significaba que había llegado siete minutos antes. Lo cual era una información privada que nadie necesitaba conocer.

A las ocho cincuenta y cinco decidió que si Mateo llegaba después de las nueve se iba.

A las ocho cincuenta y siete decidió que quizá se iba igual.

A las nueve en punto, Mateo dobló la esquina.

Vera lo miró acercarse.

Camisa oscura. Jeans. Sin ropa de trabajo. Sin estetoscopio. Sin perro. Sin la expresión de novio paciente que había odiado al principio.

Molestamente atractivo.

—Llegás tarde —dijo cuando estuvo frente a ella.

Mateo miró el reloj.

—Son las nueve.

—Exacto.

—Estoy confundido.

—Acostumbrate.

Entraron.

El lugar era pequeño y tenía música en vivo los lunes. Vera lo había elegido por tres razones: no pertenecía al circuito habitual de Nico, nadie conocía a Clara y el cantante de esa noche era suficientemente malo para darle tema de conversación si las cosas salían mal.

No tuvo que esperar mucho.

En la segunda canción, el guitarrista entró adelantado.

Vera hizo una mueca.

Mateo la vio.

—¿Qué hizo?

—Todo.

—Yo pensé que estaba tocando con entusiasmo.

—Por eso sos veterinario.

—¿Eso es un insulto frecuente entre músicos?

—Desde hoy.

Pidieron comida y cerveza. Vera dejó claro antes del primer sorbo:

—Esto no es una cita.

—Ya lo escribiste.

—Quería verificar comprensión lectora.

—Aprobé.

—No te emociones.

Mateo sonrió.

—También estaba en el temario.

Vera lo miró.

—Usás demasiado mis frases.

—Estoy aprendiendo el idioma local.

Durante la siguiente hora hablaron de cosas que no importaban y, por eso mismo, empezaron a importar. Mateo contó que de adolescente había querido tocar batería hasta que su padre le compró una usada y descubrió que no tenía ritmo. Vera se rió durante casi un minuto.

—Esto explica muchísimo.

—¿Qué explica?

—Tu opinión sobre música.

—Era un instrumento defectuoso.

—Claro.

—Mi padre todavía lo sostiene.

—Tu padre te quiere demasiado.

—En algunas áreas, sí.

Vera le contó del primer bar donde había cantado con Nico, con once personas de público y una mujer que había pedido bajar la música durante una canción.

—¿Qué hiciste?

—Canté más fuerte.

—Por supuesto.

—No siempre fui madura.

Mateo levantó las cejas.

—¿Siempre?

—Cuidado.

El humor dejó de ser un duelo constante en algún momento que Vera no supo identificar.

Eso fue peor.

Porque entonces tuvo tiempo para notar otras cosas. Las manos de Mateo alrededor del vaso. La forma en que escuchaba sin prepararse para contestar. La línea de su boca cuando intentaba no reírse.

El hecho de que una mujer de otra mesa lo miró dos veces. Curiosidad demográfica, se recordó.

Nada más.

Cuando terminó una canción, Mateo preguntó:

—¿Cómo fue con tus amigos?

Vera dejó el vaso.

—Les conté.

—¿Todo?

—Lo suficiente.

—¿Y?

—Malena sigue viva.

—Eso no responde.

—Entonces salió bastante bien.

Mateo esperó.

Vera pasó un dedo por el borde del vaso.

—No se fueron.

—Bien.

—No digas «bien» como si supieras que iban a quedarse.

—No lo sabía.

—Todo el mundo actúa como si fuera obvio.

—No es obvio.

Vera levantó la vista.

Esperó una frase sobre amigos verdaderos, merecimientos o confianza.

No llegó.

—Gracias —dijo.

Mateo pareció genuinamente confundido.

—¿Por qué?

—Por no decir algo insoportable.

—Estoy creciendo.

—Lento.

—Pero medible.

Vera sonrió.

Hablaron del tatuaje.

Mateo lo había visto por primera vez esa noche, cuando ella se quitó la chaqueta.

—¿Te gusta? —preguntó.

Vera miró la línea negra.

—Sí.

—Entonces eso importa.

—A Clara no le gustó despertarse con él.

Mateo tardó un poco.

—Eso también importa.

Vera lo miró.

—Qué neutral.

—No soy neutral.

—¿No?

—No. Pero no me toca decidir cuál de las dos tiene más derecho.

—Cobarde.

—Prudente.

—Cobarde con vocabulario.

Mateo se rió.

Después salieron a caminar.

Antigua seguía despierta. Desde los restaurantes llegaban cubiertos, conversaciones y olor a carne asada.

Dos adolescentes se sacaban fotos bajo una pared amarilla.

Una moto pasó demasiado rápido sobre los adoquines.

Más lejos, las campanas marcaron las diez y media.

Vera caminaba con las manos en los bolsillos.

—Mañana no vengas a la audición.

—Bien.

—Ni afuera.

—Bien.

—Ni «casualmente» dos calles más abajo.

—Eso limita mis recorridos turísticos.

Vera lo miró de costado.

—Quiero ponerme nerviosa sola.

—Entendido.

Caminaron una cuadra más.

La atracción llevaba días allí. Vera la había tratado como una compra demasiado cara: mirar, cerrar la página, volver a abrirla, fingir que seguía pensando.

Esa noche estaba cansada de fingir.

Se detuvo.

Mateo avanzó dos pasos antes de darse cuenta.

—¿Qué pasó?

Vera lo miró.

—Me gustás.

Mateo quedó inmóvil.

—Eso sonó doloroso.

—Lo es.

—Puedo fingir que no escuché.

—No arruines el momento.

—Perdón.

Vera respiró.

—No quiero una relación con vos.

—Lo sé.

—No quiero flores.

—Bien.

—No quiero buenos días, cómo dormiste, tomaste agua, llegaste bien.

—Eso último parece razonable.

—Mateo.

—Perdón.

—No quiero que confundas sexo con promesas.

La sonrisa desapareció de la cara de Mateo.

—No lo voy a confundir.

Vera sostuvo su mirada.

—Y sí. Quiero acostarme con vos.

Mateo respiró, pero no se acercó.

—Bien.

—No dije hoy.

Él parpadeó.

—Ah.

Vera casi sonrió.

—Clara sigue siendo tu novia. Yo puedo decir que cuando estoy no tenés novia todo lo que quiera, pero no voy a enterarme después de que esto cuenta como engaño según una regla que nadie se molestó en decir en voz alta.

Mateo se quedó callado.

Vera esperó una defensa.

No llegó.

—Tenés razón —dijo él.

Vera hizo una mueca.

—Qué manera horrible de arruinar una discusión.

—Puedo intentar estar equivocado.

—No te sale.

—A veces sí.

—No hoy.

Mateo la miró.

—No quiero hacer algo con vos que Clara vaya a descubrir después y tenga que decidir cómo llamarlo.

Vera bajó la vista un segundo.

—Exacto.

La palabra le molestó porque sonaba demasiado responsable.

—Y si algún día pasa —continuó—, con preservativo. Siempre. No es solo una decisión mía si algo sale mal.

—Sí.

—No digas «sí» con esa cara.

—¿Qué cara?

—La de hombre razonable. Es irritante.

Mateo sonrió apenas.

—Voy a trabajar en otra.

Vera lo miró.

La atracción seguía allí. Más fuerte, si acaso. Nada en aquella conversación la había apagado. Eso era casi una provocación.

—Hay algo que sí puedo hacer sin organizar una cumbre diplomática —dijo.

Mateo no preguntó.

Vera dio el paso que faltaba.

—Esto.

Lo besó.

El primer beso no tuvo nada que ver con Clara. Esa fue la idea más incómoda que Vera tuvo en toda la noche. La segunda fue que Mateo besaba demasiado bien para alguien que ordenaba el escritorio por tamaños.

Se separó apenas.

—No te emociones.

Mateo apoyó la frente contra la de ella.

—Estaba preocupado de que no apareciera.

—Callate.

Volvió a besarlo.

Esta vez fue más lento.

Y, precisamente por eso, más peligroso.

Cuando se separaron, Vera se acomodó la chaqueta.

—Mañana no escribís.

—No escribo.

—Aunque yo escriba.

Mateo levantó una ceja.

—Eso cambia bastante la regla.

—Si yo escribo, podés responder.

—Bien.

—Pero no empezás vos.

—Entendido.

Vera empezó a caminar.

—Y no vengas a la audición.

—No voy.

—Ni afuera.

—Ya quedó bastante claro.

Vera se volvió.

—Mateo.

—No voy.

Ella lo estudió.

—Bien.

Mateo dudó apenas.

—Suerte mañana.

Era casi demasiado.

Vera decidió dejarlo pasar.

—Gracias.

Volvió a casa antes de medianoche. No escribió nada en el cuaderno sobre Mateo.

Todavía no.

Se acostó.

• • •

Cuando abrió los ojos a la mañana siguiente, el primer pensamiento fue la audición. El segundo fue comprobar quién era.

Vera.

Se quedó inmóvil durante unos segundos.

Después soltó el aire.

Martes.

Su día.

La audición era a las cuatro.

Miró el teléfono rojo.

No había mensajes de Mateo.

Ni uno.

—Perfecto.

Dejó el teléfono.

Fue al baño.

Volvió.

Seguía sin mensajes.

Vera lo miró.

—Qué hombre insoportable.

Fifí maulló desde el patio.

—No opines.

A las tres y media estaba frente al lugar de la audición con Nico, Malena y Abril. Abril no llevaba cámara porque Vera se lo había pedido.

Mateo no estaba.

Eso también era exactamente lo que había pedido. Vera odiaba la consistencia ajena.

—¿Nerviosa? —preguntó Nico.

—No.

Malena la miró.

—Mentira.

—Te puedo echar de mi audición.

—No es tuya.

—Todavía.

Nico le entregó una botella de agua.

—No hagas nada distinto.

—Ayer me hiciste cantar a capela.

—Eso fue ayer.

—Sos un desastre como entrenador.

—Y gratis.

Vera respiró.

Miró la puerta.

Durante años, su sueño había dependido de estar presente el día correcto.

Eso no había cambiado.

Lo que sí había cambiado era que ahora había gente que sabía exactamente por qué podía faltar y seguía esperándola cuando volvía.

Entró sola.

La sala era pequeña. Dos personas detrás de una mesa, un guitarrista de apoyo y un micrófono que parecía demasiado grande sin público alrededor.

Le pidieron dos canciones.

Vera cantó la primera con toda la seguridad que sabía fabricar.

La segunda era la difícil.

La que Nico había hecho cantar sin banda.

Cuando llegó al puente, la guitarra de apoyo bajó y su voz quedó adelante.

El miedo apareció.

Vera lo dejó estar.

No se escondió.

Terminó la canción.

Una de las personas de la mesa hizo una anotación.

—Gracias, Vera. Vamos a escuchar a tres personas más y llamamos esta semana.

No era sí.

No era no.

Era una puerta abierta.

Vera salió.

Nico se puso de pie.

—¿Y?

—No sé.

Malena la miró.

—¿Cantaste bien?

Vera se encogió de hombros.

Después dejó de esconderse también ahí.

—Sí.

Decirlo sin sarcasmo fue extrañamente difícil.

Nico sonrió.

—Entonces ya hiciste tu parte.

El teléfono rojo vibró en el bolsillo.

Vera lo sacó.

Por un segundo pensó en Mateo.

No era él.

Era un correo del lugar de la audición con un formulario de contacto y una frase automática de agradecimiento.

Vera soltó una risa.

—¿Qué? —preguntó Abril.

—Nada.

Miró a sus amigos.

Miró la puerta que acababa de atravesar. Pensó en Clara, que podía haber despertado esa mañana y no lo había hecho. Pensó en Mateo, que se había quedado exactamente donde ella le pidió.

Por primera vez, todos los problemas de su vida parecían pertenecerle de verdad.

No porque pudiera controlarlos.

Porque había empezado a elegir qué hacer con ellos.

Guardó el teléfono.

—Vamos a comer.

—¿Eso significa que salió bien? —preguntó Nico.

Vera empezó a caminar.

—Significa que tengo hambre.

Malena se puso a su lado.

—Eso sí te lo creo.

Vera sonrió.

Lo que ocurriera con la audición ya no estaba en sus manos.

Lo que pasara con Clara, sí.

Y esa conversación empezaba en cuanto volviera a casa.