CAPÍTULO 17 LAS PERSONAS QUE SE QUEDAN
Vera despertó el lunes con tres notas de Clara, cuatro mensajes de Malena y un tatuaje que picaba como una decisión reciente.
Leyó primero las mayúsculas.
«¿QUÉ HICISTE?»
—Buen día para vos también.
Después leyó:
«ESTO NO ES UNA CHAQUETA. NO PODÉS GUARDARLO EN TU PLACARD.»
Vera hizo una mueca.
Era una buena frase.
Eso la irritó.
La tercera nota estaba escrita con la letra más tranquila de Clara.
«No estoy diciendo que yo decida sola sobre el cuerpo. Estoy diciendo exactamente lo contrario.»
Vera dejó el cuaderno sobre la mesa. Pensó en responder que Clara había planeado un matrimonio sin consultar durante un año. Pensó en escribir que nadie iba a pedir autorización por cada centímetro de piel. Pensó muchas cosas excelentes.
Después miró el tatuaje.
Si Clara hubiera despertado un día y se hubiera rapado la cabeza, Vera habría incendiado el cuaderno.
—Qué asco tener principios cuando no te convienen.
Fifí maulló desde el patio.
—No opines.
La siguiente nota era peor.
«Malena vio el tatuaje. Sabe que la historia de las gemelas no cierra. No le conté nada. Te toca a vos.»
Vera cerró los ojos.
—Perfecto.
Abrió el teléfono rojo.
Malena: «Necesito verte.»
«No por mensaje.»
«Nico y Abril también.»
«No estamos enojados. Bueno, yo sí. Pero no por lo que pensás.»
Vera estuvo a punto de bloquearlos a los tres.
En lugar de eso escribió:
«Taller. Una hora.»
La audición era al día siguiente. Era el peor momento posible para abrir una verdad que llevaba años cerrada. Eso no la hacía menos inevitable.
• • •
Los tres estaban en el taller cuando llegó. Nico sentado junto a la mesa grande. Abril sin cámara. Malena de pie, con los brazos cruzados.
Nadie hizo un chiste.
Vera dejó el bolso.
—Bueno. ¿Quién empieza el interrogatorio?
—Sentate —dijo Malena.
—No.
—Vera.
—Hablen.
Nico se pasó una mano por la nuca.
—Malena vio a Clara ayer.
—Ya sé.
—Tenía el tatuaje —dijo Abril.
—También sé.
Malena dio un paso adelante.
—¿Clara es tu hermana?
Vera miró a los tres.
Había dicho esa mentira muchas veces.
Gemela.
Viaja.
Compartimos departamento por temporadas.
No nos llevamos bien.
No mezcla sus amigos con los míos. Cada versión había funcionado porque nadie tenía una razón mejor. Ahora la razón estaba en su brazo.
—No.
El silencio ocupó el taller.
Malena se sentó despacio.
—¿Son la misma persona?
Vera apretó los dientes.
—No.
—Pero...
—Compartimos el cuerpo.
Nico frunció el ceño.
Abril no apartó la vista.
Malena habló más bajo.
—Explicame lo que puedas.
Vera respiró.
—Cuando Clara está, yo no sé lo que pasa. Cuando estoy yo, ella tampoco. Nos enteramos después. Por notas, mensajes, recibos, ustedes, fotos, ropa, cualquier cosa que quede.
Nico apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—¿Por eso desaparecés?
—Sí.
—¿Y cuando faltaste a la audición anterior...?
—Estaba Clara.
—¿Ella sabía que tenías audición?
—Cuando despertó, sí.
—¿Y no podía...?
Vera lo miró.
Nico levantó las manos.
—No iba a decir que cantara por vos.
—Más te vale.
Abril tragó saliva.
—La mañana que nos despertamos en tu departamento... Clara realmente no sabía quiénes éramos.
—No.
—Y después vos no recordabas que habíamos estado ahí.
—No hasta que me lo contaron.
Malena miró el tatuaje.
La expresión le cambió.
Vera lo vio.
—¿Qué?
—Nada.
—No vuelvas a decirme nada hoy.
Malena se puso de pie.
—Nosotros sospechábamos.
Vera quedó quieta.
Nico murmuró algo.
Abril bajó la vista.
—¿Qué significa «sospechábamos»?
Malena sostuvo su mirada.
—Que la historia de la gemela no cerraba.
—Eso ya lo sé.
—Que cuando dijiste que querías tatuarte... pensamos que podía decirnos algo.
El taller se volvió demasiado pequeño. Vera sintió una descarga caliente subirle por el pecho.
—¿Me tatuaron para probar algo?
—No —dijo Malena de inmediato.
—Malena.
—No. Escuchame. Vos querías ese tatuaje. Elegiste el diseño, el lugar, el tamaño. Te pregunté varias veces si estabas segura. No te marqué para hacer un experimento.
—Pero querías ver qué pasaba cuando apareciera Clara.
Malena no respondió.
Vera soltó una risa seca.
—Qué hijos de puta.
—Vera —dijo Nico.
—No. ¿En serio?
Abril habló.
—Estábamos preocupados.
—Frase favorita de la gente antes de meterse donde no la llaman.
—Desaparecés días —dijo Nico—. Perdemos ensayos, trabajos, no contestás. Después aparece una mujer idéntica que no nos conoce. ¿Qué querías que pensáramos?
—Que me creyeran.
—Nos mentiste.
La frase cayó limpia.
Vera abrió la boca.
No tenía respuesta.
Eso la enfureció todavía más.
Malena bajó la voz.
—Yo te pregunté. Me dijiste que no era asunto mío.
Vera recordó la conversación.
«Mi amistad sí es asunto mío.»
Maldita memoria selectiva de los demás.
—No podía decirlo.
—¿Por qué?
—Porque la gente es estúpida.
Nico levantó una mano.
—Nosotros somos estúpidos. Eso ya lo sabías.
Abril le dio un golpe en el brazo.
Vera no sonrió.
Malena se acercó un paso.
—¿Pensaste que nos íbamos a ir?
La pregunta fue demasiado precisa.
Vera desvió la mirada.
—No pensé nada.
—Mentira.
—No te debo mi terapia.
—No. Pero podrías haber confiado en que éramos capaces de conocer algo difícil sin salir corriendo.
Vera volvió a mirarla.
Era casi exactamente lo que ella había exigido de Mateo. Qué día tan desagradable para recibir coherencia moral.
—No sabía si podían —dijo.
Nadie respondió de inmediato.
Abril fue la primera.
—Podrías habernos dado la oportunidad.
Vera sintió que algo se aflojaba y se tensaba al mismo tiempo.
—Bueno. Ahora la tienen.
Nico respiró.
—¿Hay algo que no debamos hacer?
Vera los miró.
—No me pregunten cuándo vuelve Clara.
—Bien.
—No le pregunten a ella cosas sobre mí si aparece.
Malena asintió.
—No hablen de esto con nadie.
—Obvio —dijo Abril.
—Y no usen «la otra».
Nico levantó las cejas.
—¿Cómo hablamos de ustedes?
—Por nuestros nombres. Concepto revolucionario.
—Entendido.
Vera cruzó los brazos.
—Y sigo enojada por el tatuaje.
Malena señaló el diseño.
—Te quedó increíble.
—No ayuda.
—No era para ayudar.
Vera estuvo a punto de sonreír. Esta vez no se molestó en impedirlo.
Nico se levantó.
—La audición es mañana.
—Sé contar.
—Lo digo porque tengo una propuesta.
Vera lo miró con sospecha.
—No me gusta cuando empezás así.
—Ensayamos una vez. Después te vas a dormir temprano. Nada de bar, nada de alcohol, nada de discutir conmigo hasta las dos.
—¿Y qué hago con mi noche?
—Descubrir un hobby sano.
—Podría empezar a odiarte de forma profesional.
—Ya tenés experiencia.
Malena abrió la puerta del pequeño depósito donde guardaban cables.
—Yo voto por una sola pasada.
Abril levantó la mano.
—Yo por comida después.
Vera miró a sus amigos.
Seguían ahí.
Enojados.
Incómodos.
Haciendo planes para el día siguiente. No sabía por qué había esperado una puerta cerrándose. Quizá porque algunas puertas habían hecho exactamente eso demasiadas veces.
—Una pasada —dijo.
Nico sonrió.
—Una.
• • •
El ensayo salió bien.
No perfecto.
Mejor.
Cuando terminó, Vera miró el teléfono rojo.
Había un mensaje de Mateo.
«Heavy quedó adoptado. El sofá sobrevivió las primeras veinticuatro horas.»
Vera sonrió.
Respondió:
«Todavía puede corregir ese error.»
Mateo:
«Confío en él.»
Vera guardó el teléfono.
Lo sacó otra vez.
Escribió:
«¿Estás ocupado esta noche?»
Se quedó mirando la frase.
No tenía relación con el perro.
No tenía relación con Clara.
No era necesaria.
La envió.
Mateo tardó menos de un minuto.
«Después de las ocho, no.»
Vera escribió:
«Bar de la sexta. 21:00. No es cita.»
La respuesta llegó:
«Naturalmente.»
Vera sostuvo el teléfono.
—Ridícula —murmuró para sí.
Pero no canceló.