Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1) CAPÍTULO 16 LO QUE NO SE PUEDE GUARDAR
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CAPÍTULO 16 LO QUE NO SE PUEDE GUARDAR

Clara despertó el domingo con ardor en el antebrazo izquierdo.

Abrió los ojos.

Miró el techo.

Volvió a cerrar los ojos.

El ardor seguía allí.

—No.

Se incorporó y levantó el brazo. Una película transparente cubría un tatuaje negro. Clara tardó varios segundos en comprender lo que estaba mirando. Una línea de sonido irregular terminaba en un pequeño rayo, justo donde el brazo quedaba visible al remangarse.

Fue hasta el baño.

El tatuaje la acompañó.

—No, no, no.

Se miró en el espejo como si hubiera alguna posibilidad de que el diseño perteneciera al reflejo y no a ella.

No ocurrió.

—VERA.

Fifí maulló desde el patio.

—No te metas.

El cuaderno estaba sobre la mesa de la cocina.

Clara lo abrió.

No había una nota sobre el tatuaje. Eso la enfureció más que el tatuaje mismo.

Tomó el bolígrafo.

«¿QUÉ HICISTE?»

Debajo:

«ESTO NO ES UNA CHAQUETA. NO PODÉS GUARDARLO EN TU PLACARD.»

Clara respiró.

La segunda frase era buena.

La primera no alcanzaba.

Escribió una tercera línea más despacio.

«No estoy diciendo que yo decida sola sobre el cuerpo. Estoy diciendo exactamente lo contrario.»

Dejó el bolígrafo.

Seguía furiosa.

Pero ahora sabía por qué.

Vera tenía derecho a querer el tatuaje. Clara también tenía derecho a no despertarse con una decisión permanente ya tomada. Las dos verdades podían coexistir y ser insoportables. Se vistió con una blusa de manga larga pese al calor.

• • •

A media mañana, El Rincón del Laurel estaba casi lleno. Paula la vio acomodarse la manga por tercera vez.

—¿Te pica algo?

—No.

—Eso sonó culpable.

—No hice nada.

Paula levantó las cejas.

Clara comprendió la ironía demasiado tarde.

—No preguntes.

—Ahora quiero preguntar el doble.

—Trabajá.

—Qué autoritaria se vuelve la gente cuando consigue cuatro sábados de poder.

Clara estaba a punto de responder cuando la campanilla de la puerta sonó.

Malena entró.

Clara la reconoció de inmediato. La tatuadora había dormido en su casa junto con Nico y Abril semanas atrás; después, Clara había sostenido frente a ellos la mentira de la hermana gemela porque todavía no sabía hacer otra cosa.

Malena la vio.

Se detuvo.

—Hola, Clara.

La precisión del nombre fue demasiado consciente.

—Hola.

Malena se acercó al mostrador.

—¿Está Vera?

Clara sintió una presión ligera detrás de las costillas.

—No.

Malena asintió.

No parecía sorprendida.

—¿Sabés cuándo vuelve?

—No.

La respuesta hizo que Malena la mirara de otra manera.

Clara conocía esa mirada.

Era la misma que Mateo había tenido antes de saber.

—¿Querés dejarle algo? —preguntó.

—No. Yo... quería verla.

Clara bajó la vista hacia la caja registradora.

—Puedo decirle que viniste cuando pueda.

—Claro.

Malena no se movió.

Clara empezó a guardar unos recibos.

—¿Algo más?

—¿Te lastimaste el brazo?

La pregunta fue demasiado específica.

Clara levantó la vista.

—¿Por qué?

—Te acomodás mucho la manga.

—Me irrita la tela.

Malena sostuvo su mirada.

Paula salió del depósito cargando una caja de vasos.

—Clara, ¿me ayudás?

Clara se volvió por reflejo y se remangó para levantar la caja. El silencio detrás de ella cambió.

No fue un sonido.

Fue ausencia de todos los sonidos que Malena debería haber hecho. Clara dejó la caja sobre el mostrador y miró su brazo.

Después miró a Malena.

La tatuadora estaba pálida.

—¿Lo conocés? —preguntó Clara.

Malena tardó un segundo demasiado largo.

—Lo hice yo.

El ruido de la cafetería siguió alrededor: tazas, conversación, la máquina de espresso, una silla arrastrándose. Clara sintió que todo quedaba un poco más lejos.

—¿A Vera?

—Ayer.

Clara bajó la vista al tatuaje.

—Claro.

Malena dio un paso más cerca.

—Clara...

—No.

—Necesito preguntarte algo.

—No acá.

—¿Vera es realmente tu hermana?

Clara levantó la cabeza.

No podía contar la verdad de Vera. Tampoco podía reconstruir una mentira que ahora estaba escrita sobre la piel.

—Tenés que hablar con ella.

—¿Cuándo?

—No sé.

Malena tragó saliva.

—¿Vos no sabés cuándo aparece tu propia hermana?

Clara sostuvo su mirada.

—Hablá con Vera.

Malena entendió que no iba a obtener más.

—Ella no sabe que vine.

—Entonces decíselo cuando la veas.

—¿Y si no la veo?

La pregunta le dolió a Clara por razones que Malena no podía entender.

—La vas a ver.

No era una promesa sobre cuándo. Era lo único que podía ofrecer. Malena se marchó sin comprar nada. Paula esperó hasta que la puerta se cerró.

—¿Todo bien?

Clara bajó la manga.

—No.

Paula miró hacia la salida.

—¿Querés que pregunte?

—No.

—Perfecto.

Y volvió a trabajar.

Clara agradeció la falta de sabiduría accidental.

• • •

Mateo llegó a las seis, después del cierre de la línea dulce. Clara le había escrito una sola frase:

«Necesito verte.»

Él no preguntó por mensaje.

Eso ayudó.

Caminaron hasta una calle menos transitada. El aire de la tarde estaba pesado y olía a lluvia próxima. Clara se detuvo bajo un balcón y se remangó.

Mateo miró el tatuaje.

Su expresión cambió apenas.

—Es nuevo.

—Vera se lo hizo ayer.

—Ah.

—Eso es todo lo que vas a decir.

—Estoy intentando no decir algo inútil.

Clara soltó una risa sin humor.

—Estoy furiosa.

—Lo veo.

—No porque quiera un tatuaje.

Mateo esperó.

—Me dormí sin esto y desperté con algo permanente en el cuerpo.

—Sí.

—Y al mismo tiempo sé que si le digo «no podés tatuarte» estoy diciendo que el cuerpo es mío.

Mateo asintió.

—Sí.

Clara lo miró.

—Dejá de decir sí.

—Me pediste que no resolviera.

—No te pedí nada.

—Entonces intuitivamente estoy haciendo un trabajo excelente.

Clara casi sonrió.

El enojo seguía ahí, pero dejó espacio para respirar.

—Malena lo vio.

Mateo entendió de inmediato.

—Ella lo hizo.

—A Vera.

—Y ahora sabe que algo no cierra.

—Me preguntó si Vera era realmente mi hermana.

—¿Qué le dijiste?

—Que hablara con Vera.

Mateo la miró un segundo.

—Bien.

—No sé si fue bien.

—Era su verdad para contar.

Clara bajó la manga.

—Exacto.

Siguieron caminando.

—La audición es en dos días —dijo Clara—. Dejé instrucciones en el cuaderno.

—¿Qué querés que pase?

—Quiero que sea Vera.

Mateo no dijo que ojalá.

No dijo que seguro.

Solo caminó a su lado.

Clara pensó en el tatuaje.

En el anillo guardado.

En la prueba de repostería.

En todo lo que una decisión podía significar cuando otra persona despertaba después.

—Necesitamos reglas nuevas —dijo.

—¿Vos y Vera?

—Sí.

—¿Sobre el tatuaje?

—Sobre todo lo que no se puede guardar en un cajón cuando la otra vuelve.

Mateo la miró.

Clara siguió caminando.

No sabía cuáles serían esas reglas.

Por primera vez, tampoco pensaba escribirlas sola.