CAPÍTULO 15 UNA MARCA QUE NO SE GUARDA
Vera despertó el sábado con dolor en los hombros, olor a naranja en el cabello y una nota de Clara que ocupaba dos páginas. La primera hablaba de la cafetería. La segunda hablaba de la audición.
«Quedan tres días. Si sigo yo el martes, no voy a fingir ser vos ni voy a intentar presentarme. Decime qué querés que haga con Nico, el lugar de la audición o cualquier persona que necesite saber que no estás.»
Vera leyó esa parte dos veces. Clara no prometía despertarla.
No decía «voy a arreglarlo».
Preguntaba.
Era una mejora insoportable.
Vera tomó el bolígrafo.
«Si estás vos: llamá a Nico. Solo a Nico. Decile “Vera no puede presentarse hoy”. Nada de explicaciones. No llames al productor. Nico decide qué hacer.»
Pensó un segundo y añadió:
«Y felicitaciones por tu miniimperio. Paula me mandó una foto del cartel. Consideré denunciarla.»
Cerró el cuaderno.
El teléfono rojo tenía mensajes de Nico y Malena. Nico: «Ensayo 15:00. No llegues con café porque después decís que te tiembla la mano por mi guitarra.»
Vera frunció el ceño.
Malena: «Hoy te tatuás o vas a seguir hablando de eso hasta los cuarenta.»
Vera sonrió.
Ese tema llevaba meses vivo.
Había querido un tatuaje mucho antes de Mateo, mucho antes del teléfono rojo y mucho antes de aceptar que Clara también tenía derecho a construir cosas que ella no entendía.
Había guardado diseños. Había descartado frases, flores y pájaros porque todos parecían decir demasiado.
El único dibujo que seguía gustándole era simple: una línea de sonido irregular que terminaba en un pequeño rayo.
Nada profundo.
Nada que necesitara explicación. Música que se negaba a apagarse.
A las tres, llegó al ensayo.
Nico estaba de mal humor.
—Otra vez desde el puente —dijo después de la primera canción.
—Salió bien.
—Salió cómoda.
—Qué tragedia.
—La audición no es un bar con veinte personas que ya te quieren.
Vera dejó el micrófono.
—No necesito que me asustes a tres días.
—No te estoy asustando. Te estoy diciendo que en la segunda canción escondés la voz cuando llegás a la parte difícil.
—No la escondo.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Qué argumento brillante.
Nico se acercó al micrófono.
—Cantala sin nosotros.
Vera lo miró.
—¿Perdón?
—Una vez. Sin guitarra. Sin batería. Solo vos.
—La canción no está hecha así.
—Vos sí.
El silencio duró un segundo más de lo necesario. Vera sintió la irritación subirle por la espalda.
No porque Nico estuviera equivocado.
Porque probablemente no lo estaba.
—No me psicoanalices con una guitarra —dijo.
—Cantá.
Malena y Abril estaban al fondo. Ninguna intervino.
Traidoras.
Vera tomó el micrófono.
Cantó.
Los primeros versos salieron bien. En el puente, donde siempre entraba la guitarra de Nico, quedó sola. La voz se le hizo demasiado visible.
Pensó en cortar.
No lo hizo.
Terminó la canción sin música.
Cuando bajó el micrófono, Nico no sonrió.
—Esa.
—No voy a cantar a capela en la audición.
—No. Pero ahora sabés que no necesitás esconderte atrás de nosotros.
Vera quiso insultarlo.
No encontró nada suficientemente bueno.
—Odio cuando tenés razón.
—Mi único placer.
Abril levantó una mano.
—¿Puedo decir algo?
—No.
—Perfecto. Sonó increíble.
Vera le mostró el dedo medio.
Abril sonrió.
Malena esperó hasta que terminaron el ensayo.
—Taller.
Vera bebió agua.
—Qué autoritaria.
—Llevás seis meses diciendo que querés el tatuaje.
—También llevo años diciendo que quiero una moto.
—Por eso solo te ofrezco tinta.
Nico guardó la guitarra.
—Hacételo. Te va a quedar bien.
Vera miró a Abril.
Abril miró a Malena.
Fue una mirada breve.
Demasiado breve.
—¿Qué fue eso?
Malena abrió la boca.
—Nada.
Vera señaló a las dos.
—Las personas que dicen «nada» después de mirarse así deberían ser arrestadas.
—Estábamos viendo si te arrepentías —dijo Abril.
—Pésima mentira.
Malena agarró su bolso.
—¿Venís o no?
Vera pensó en Clara.
Lo hizo de verdad.
Pensó en despertarse con el cabello teñido de un color que odiara. Pensó en una perforación nueva. Pensó en cualquier decisión que no pudiera meter en el placard de la otra y cerrar la puerta. El tatuaje seguía gustándole.
La frase apareció sola:
También es mi cuerpo.
Y detrás llegó la palabra que complicaba todo.
También.
Vera apretó los labios.
No quería pedir permiso para existir. Tampoco quería convertirse en la persona que criticaba en Clara: la que tomaba una decisión grande y dejaba a la otra despertar dentro de ella.
—Chico —dijo.
Malena esperó.
—Cara interna del antebrazo izquierdo. El diseño que te mandé.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Querés pensarlo una semana más?
Vera la miró.
—¿Ahora intentás convencerme de que no?
—Estoy haciendo mi trabajo.
—Hacelo antes de que desarrolle madurez.
En el taller, Malena imprimió el diseño y lo ajustó varias veces hasta que Vera aprobó el tamaño. Abril se quedó sentada junto a la ventana. Nico se fue a comprar comida.
—Última oportunidad —dijo Malena mientras preparaba la máquina.
—Dejá de decir eso sosteniendo una aguja.
—¿Nerviosa?
—No.
Sí.
Malena la conocía demasiado para creerle.
No comentó.
El dolor fue fino y persistente. Vera lo soportó bien durante los primeros diez minutos y empezó a cuestionar las decisiones de la humanidad en el once.
—¿Cuánto falta?
—Cinco minutos.
—Dijiste eso hace cinco minutos.
—Ahora es cierto.
—Te odio.
—Eso no invalida el consentimiento.
Vera soltó una risa.
Cuando terminó, Malena limpió la tinta y cubrió el tatuaje con una película protectora.
Vera giró el brazo.
La línea negra recorría unos pocos centímetros y terminaba en un rayo mínimo.
Le encantó.
Eso no borró la otra verdad.
Clara iba a despertar con él.
—Te pusiste seria —dijo Malena.
—Estoy admirando tu trabajo.
—Mentira.
Vera bajó el brazo.
—Clara me va a matar.
El silencio fue breve.
Pero existió.
Abril dejó de mirar el teléfono. Malena empezó a guardar material demasiado rápido.
Vera las observó.
—¿Qué?
—Nada —dijo Abril.
—Otra vez esa palabra y empiezo a cobrar.
Malena se apoyó en la mesa.
—¿Clara se enojaría por un tatuaje?
—Clara se enoja si cambio las cucharas de cajón.
—No parece tan controladora.
—Porque no compartís placard con ella.
Malena la miró un segundo más.
—Bueno. Cuidalo como te dije.
Vera recogió la chaqueta.
La incomodidad quedó flotando detrás.
No la siguió.
Aún.
• • •
Esa noche, Mateo envió una foto de Heavy. El perro estaba sentado dentro de un auto junto a una mujer de unos cincuenta años.
«Adopción de prueba. Si no se come el sofá, mañana queda oficial.»
Vera respondió:
«El sofá tuvo una vida larga.»
Mateo:
«Tu empatía me conmueve.»
Vera miró el teclado.
Escribió:
«Ensayé la canción difícil sin banda.»
Se quedó mirando la frase.
No tenía nada que ver con Heavy. No era una respuesta necesaria.
Podía borrarla.
La envió.
Mateo tardó menos de un minuto.
«¿Y?»
Vera:
«No morí.»
Mateo:
«Estándar alto.»
Vera sonrió.
Después llegó otro mensaje.
«¿Te gustó cómo salió?»
Vera tardó.
«Sí.»
Mateo no escribió «sabía que podías». No escribió «vas a estar increíble».
No llenó el silencio.
Solo respondió:
«Entonces guardá esa versión.»
Vera apoyó el teléfono sobre la cama.
El tatuaje ardía un poco.
La audición estaba a tres días. Y por primera vez, la idea de que Mateo quisiera conocer algo de ella no se sentía exactamente como una invasión. Eso era mucho más peligroso que cualquier aguja.