CAPÍTULO 14 LA TARDE QUE PODÍA SALIR MAL
Clara despertó el jueves con una sensación de tiempo perdido, una nota de Vera en el cuaderno y cinco días exactos para la audición.
La nota decía:
«Resumen para cuando despiertes: Heavy es un perro que encontré herido y llevé a la clínica.
Ya está yendo a un hogar temporal. Toby es otro perro que llegó de emergencia mientras yo estaba ahí; salió de cirugía.
No, no pienso traer ninguno a casa. Y no preguntes por Mateo.
No pasó nada. Eso incluye cualquier cosa que estés imaginando. »
Clara leyó la última línea dos veces.
—No estaba imaginando nada.
Fifí maulló desde el patio.
Clara cerró el cuaderno.
—Vos tampoco.
Tenía suficiente con el viernes. Ernesto le había dado una oportunidad pequeña dos semanas antes: una prueba de repostería propia durante una tarde.
Tres productos. Producción limitada. Costos controlados.
Si vendían bien, hablarían de repetirlo y de darle más responsabilidad sobre compras y menú.
Era exactamente el tipo de oportunidad que Clara había esperado durante años.
También era el tipo de oportunidad que Vera podía despertar y convertir, sin querer, en una hoja con signos de pregunta.
Clara revisó el calendario.
Viernes: prueba de repostería.
Martes: audición de Vera.
Dos sueños en la misma semana, compartiendo un cuerpo que no sabía de calendarios.
No podía resolverlo.
Podía prepararse.
En la cafetería, Paula estaba dibujando una corona sobre una taza en la pizarra.
—No.
—Ni siquiera viste el título.
—Veo una corona.
—Representa liderazgo.
—Representa que vas a borrar eso.
Paula se apartó para mostrar el cartel completo.
LA TARDE DE CLARA
PRUEBE HOY. CUANDO SEA FAMOSA, DIGA QUE USTED ESTUVO DESDE EL PRINCIPIO.
Clara cerró los ojos.
—No soy cantante.
—Eso explica por qué el cartel habla de comida.
—Borrá «famosa».
—¿«Rica»?
—Paula.
—«Propietaria con excelente historial crediticio».
Clara tomó el borrador.
—Gracias.
Paula se lo quitó antes de que llegara a la pizarra.
—Esperá. Ernesto lo vio y se rió.
—Ernesto se ríe cuando algo le parece ridículo.
—También cuando gana dinero.
—No sé cuál de las dos cosas me tranquiliza menos.
Ernesto apareció desde el depósito con una carpeta.
—Necesito hablar con vos.
Clara miró la hora.
—¿Ahora?
—Ahora.
El tono no era malo. Eso no significaba nada. Entraron al pequeño escritorio detrás de la cocina. Ernesto cerró la puerta y le mostró una hoja impresa.
—Nos entró un pedido.
—¿Para cuándo?
—Mañana.
Clara leyó.
Cuarenta y ocho personas. Café, té, dos piezas dulces por persona. Un pequeño encuentro de una editorial local en un hotel a cinco cuadras.
—No llegamos con la producción normal.
—Lo sé.
—¿Querés rechazarlo?
—Quiero saber si vos lo tomarías.
Clara levantó la vista.
—¿Yo?
—Paula dice que podés organizar cualquier cosa mientras tengas una calculadora y alguien a quien mandar.
—Paula exagera.
—Los números de la prueba están bien.
Ernesto apoyó otro papel sobre la mesa. Era el cálculo que Clara había preparado para sus tres productos.
—Si hacemos este pedido con parte de tu propuesta y sale bien, te doy margen para manejar una línea propia los sábados durante un mes. Compras, producción y precio bajo mi supervisión.
Clara sintió una descarga limpia de entusiasmo. Después volvió a mirar la fecha.
Mañana.
—Necesito saber qué tenemos, qué falta y quién puede venir temprano.
Ernesto sonrió apenas.
—Eso es un sí.
—Eso es un «dejame contar».
—En mi experiencia, es lo mismo.
Durante la siguiente hora, Clara convirtió el pedido en columnas. Harina. Huevos. Naranja. Chocolate. Café. Leche. Alternativas vegetales. Cajas. Servilletas. Personal. Horno. Tiempo. Paula se sentó frente a ella con un lápiz.
—Yo puedo venir a las seis.
—Entrás a las ocho.
—Mañana entro a las seis.
—Te pago las dos horas.
—Ernesto me paga.
—Entonces me aseguro de que lo haga.
Paula la miró.
—Ya das miedo de dueña.
Clara sonrió.
—Bien.
A las cuatro, el proveedor llamó. No tenía naranjas suficientes.
Clara respiró.
—¿Cuántas?
—Diez kilos menos de lo pedido.
—Necesito cuatro.
Silencio.
—Ah.
Clara miró el teléfono.
—¿Entonces cuál es el problema?
—Pensé que eran catorce.
Paula, frente a ella, se tapó la boca para no reírse.
Clara cerró los ojos.
—No. Cuatro.
—Perfecto. Entonces sí.
—Perfecto.
Colgó.
Paula empezó a reírse.
—No digas nada.
—Tu cara.
—Paula.
—Estabas a punto de declarar emergencia nacional por cuatro kilos de naranja.
Clara apoyó las manos en el mostrador.
—Mañana puede salir mal de cuarenta maneras.
—Cuarenta y ocho. Una por invitado.
—No ayudás.
—Estoy manteniendo el ambiente ligero.
El problema real llegó a las cinco y veinte. El horno pequeño dejó de calentar. Clara lo comprobó dos veces. Cambió la temperatura. Revisó el enchufe. Nada.
Ernesto llamó a un técnico.
—Puede venir mañana a las diez.
—El pedido sale a las nueve y media —dijo Clara.
—Entonces usamos el grande.
—El grande ya está ocupado con la producción normal.
Ernesto la miró.
No con dureza.
Esperando.
Era su oportunidad. También su problema.
Clara miró la cocina, las bandejas y el cronograma.
Podía cancelar la prueba de repostería del local y usar todo para el pedido.
Cumpliría con el hotel, pero perdería el día que debía demostrar que su línea funcionaba.
Podía intentar producir todo y arriesgar ambos.
O podía cambiar el menú.
—Las galletas de café no necesitan el mismo tiempo —dijo.
Paula dejó de bromear.
Clara empezó a mover papeles.
—Hacemos el pedido del hotel con galletas y bizcochos de chocolate. El pastel de naranja queda para la prueba de la tarde. Adelantamos bizcochos esta noche en el horno grande después del cierre. Mañana a las seis hacemos galletas mientras la producción normal todavía no empezó.
Ernesto frunció el ceño.
—Eso te deja muy poco margen.
—Sí.
—¿Y si algo falla?
—Entonces lo arreglo antes de las nueve y media.
Paula levantó una mano.
—Esa frase necesita música dramática.
Clara la miró.
—Necesita que laves las bandejas.
—También.
Trabajaron hasta casi las nueve. Clara no pensó en Mateo durante tres horas.
No pensó en Vera.
No pensó en el anillo guardado. Pesó harina, calculó tiempos, corrigió una masa demasiado húmeda y discutió con Ernesto por el tamaño de las cajas hasta convencerlo de usar dos bandejas separadas en lugar de una grande que aplastaría los bizcochos.
Cuando terminó, tenía harina en el cabello y una felicidad pequeña, agotadora, completamente propia.
Al salir por la puerta de servicio, encontró a Mateo sentado en el borde de una jardinera de la vereda.
Clara se detuvo.
—¿Qué hacés acá?
Él levantó una bolsa de papel.
—Traje comida.
—¿Cómo sabías que seguía trabajando?
—Me escribiste a las seis diciendo «creo que voy a matar un horno».
Clara recordó el mensaje.
—Ah.
—Decidí interpretar que era una metáfora.
—Por poco.
Mateo se puso de pie.
—Si querés irte a dormir, te doy esto y desaparezco.
Clara miró la bolsa.
—¿Qué es?
—Cena.
—Eso no responde.
—Comida que no hiciste vos.
Clara soltó una risa cansada.
—Eso sí es una categoría.
Se sentaron en la jardinera. Mateo había comprado dobladas y dos botellas de agua. Clara comió la primera casi sin hablar.
—¿Querés contarme? —preguntó él.
—Mañana tenemos un pedido para cuarenta y ocho personas, un horno roto, una prueba de repostería y Paula decidió que esto es el comienzo de mi imperio.
—Suena razonable.
—Estoy aterrada.
Mateo la miró.
—También suena razonable.
Clara apoyó la espalda contra la pared.
—Si sale bien, Ernesto me deja manejar una línea propia los sábados un mes.
—Eso es importante.
—Sí.
Mateo sonrió.
—Entonces estoy orgulloso de vos.
Clara sintió el impulso de restarle peso.
No lo hizo.
—Gracias.
Comieron un poco más.
—Vera dejó una nota sobre Heavy —dijo Clara finalmente.
Mateo no cambió de postura.
—Está bien. Ya consiguió tránsito.
—También dijo que no preguntara por vos.
Mateo miró su botella.
—Eso suena a Vera.
—Y ahora quiero preguntar.
Él levantó la vista.
Clara sostuvo su mirada.
—No porque piense que hiciste algo. Porque hay días de tu vida que pasan mientras yo no estoy y... me cuesta.
La frase quedó desnuda entre ellos.
Mateo no intentó arreglarla.
—A mí también me cuesta —dijo.
—No quiero que me cuentes cosas privadas de ella.
—No lo haría.
—Pero tampoco quiero que te conviertas en una persona extraña cada vez que vuelva.
—No quiero eso.
Clara asintió.
—Entonces contame solo lo que también sea tuyo.
Mateo pensó unos segundos.
—Trajo a Heavy a la clínica. Hubo una emergencia con otro perro y se quedó con una nena mientras trabajábamos. Comimos después. Hablamos. Nada que necesites saber para entenderla.
Clara sintió algo parecido a celos.
No porque Mateo hubiera comido con Vera.
Porque había una versión de él que Vera había visto y ella no. Eso era absurdo. Habían estado juntos un año. Clara conocía cientos de versiones de Mateo. La emoción no pidió permiso para ser lógica.
—¿Te gusta? —preguntó.
Mateo tardó en responder.
Clara se arrepintió de inmediato.
—No tenés que contestar.
—Me cae bien.
No era una evasión.
Tampoco era una respuesta completa.
Clara lo aceptó.
—Bien.
Mateo la observó.
—¿Bien de verdad?
—No sé.
Él asintió.
—También sirve.
Clara terminó la comida.
—Mañana no vengas a ayudar.
—No pensaba hacerlo.
—Mentira.
—Pensaba ofrecerme para cargar cajas.
—Eso cuenta como ayudar.
—Entonces no voy.
Clara sonrió.
—Podés venir a comprar.
—¿Tengo descuento de novio?
—No.
—Duro negocio.
—Quiero una cafetería, no una beneficencia.
Mateo se puso de pie.
—Ahí está la dueña.
Clara lo miró irse con una sensación extraña.
Durante mucho tiempo, «futuro» había significado una casa, Mateo, hijos, una cafetería pequeña quizá después. Ahora la cafetería estaba dejando de ser decoración dentro del futuro. Empezaba a ser una parte del futuro por sí misma.
• • •
El viernes a las seis y cinco, Clara estaba en la cocina con Paula y Ernesto.
A las siete y cuarenta, una tanda de galletas salió demasiado tostada.
A las siete y cincuenta, Clara la descartó completa.
Ernesto no protestó.
A las ocho y treinta, el pedido estaba empaquetado.
A las nueve y diecisiete, salieron las cajas hacia el hotel.
A las nueve y veintinueve, Paula recibió un mensaje del coordinador.
«Llegó todo. Se ve excelente.»
Clara no celebró.
—Todavía falta la tarde.
Paula la señaló con una espátula.
—Sos insoportable cuando tenés objetivos.
—Gracias.
La prueba empezó a las tres.
A las cinco y cuarto quedaban dos porciones de pastel de naranja, cuatro galletas y ningún bizcocho. Mateo apareció a las cinco y veinte.
Esperó en la fila.
Clara lo vio desde la caja.
No hizo señas.
No pidió atención especial.
Cuando llegó su turno, miró la bandeja casi vacía.
—Quería uno de chocolate.
—Se terminaron.
—Esto es una pésima experiencia de cliente.
—Podés dejar una reseña.
—¿Qué me recomendás?
Clara señaló el pastel de naranja.
—Ese.
—Confío en la dueña.
Clara levantó una ceja.
—Todavía no.
Ernesto, que pasaba detrás, dijo:
—Dale un mes.
Clara se volvió.
—¿Qué?
Ernesto miró las bandejas vacías, después la caja.
—Cuatro sábados. Vos manejás la línea dulce. Presupuesto acordado. Si mantenés margen y no incendiás el local, seguimos hablando.
Paula dio un grito desde la máquina de espresso.
—¡IMPERIO SANTOS!
Todos los clientes miraron.
Clara se cubrió la cara con una mano.
Mateo se estaba riendo.
—No digas una palabra.
—No me atrevería.
Clara bajó la mano.
Estaba agotada.
Tenía harina seca en la manga.
Había dormido cuatro horas.
Y era feliz.
Por primera vez en mucho tiempo, no necesitó saber quién despertaría al día siguiente para reconocer que algo importante ya había ocurrido.
Ese viernes, la cafetería que todavía no existía había dado su primer paso real.