CAPÍTULO 13 FUERA DE SERVICIO
El lunes, a las diez y cuarto de la mañana, Vera tenía sangre ajena en una bota, un perro escondido debajo de un auto estacionado y ganas de estrangular a Malena.
—Te dije que no lo tocaras.
—Estaba en medio de la calle.
—Y ahora se escondió debajo de un auto.
—Progreso.
Malena se llevó una mano a la frente.
—Eso no es progreso.
Vera miró al perro. Era mediano, color miel sucio, con una oreja caída y la pata trasera derecha recogida.
Había aparecido detrás del taller de Malena media hora antes, intentando cruzar entre motos y autos como si la supervivencia fuera una teoría discutible.
Cuando Vera quiso sacarlo del medio, él había respondido con un gruñido, un amague de mordida y la decisión final de esconderse debajo del primer vehículo estacionado.
Habían tardado veinte minutos en meterlo en una caja. Malena había sugerido una veterinaria cualquiera. Vera había dicho que conocía una. Ese era el error que todavía no estaba dispuesta a analizar.
La clínica olía a desinfectante, alimento para animales y algo dulce que venía de recepción. Julia había recibido la caja con una eficiencia sospechosa y, al escuchar el nombre de Mateo, había mirado a Vera un segundo más de lo necesario.
—Está en consulta —había dicho—. Si pueden esperar...
El perro había resuelto el problema saliendo de la caja, arrastrando una pata y refugiándose debajo de una camilla libre. Ahora Vera estaba agachada a dos metros de él.
—Vení —dijo.
El animal le mostró los dientes.
—Perfecto. Seguimos construyendo confianza.
—No le hables —dijo Malena.
Vera giró la cabeza.
—¿Querés hacerte cargo vos?
—No.
—Entonces cerrá el orto.
La puerta del consultorio del fondo se abrió.
Mateo salió con una mujer mayor y un caniche blanco envuelto en una manta.
Estaba sin saco, con las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos y el estetoscopio colgando del cuello.
Le explicó a la mujer una medicación, la acompañó hasta recepción y recién entonces levantó la vista.
La vio.
Su expresión cambió apenas.
No sonrió como un idiota.
Punto a favor.
Después miró la sangre en su bota.
—¿Estás lastimada?
Vera estuvo a punto de responder qué manera tan eficiente de arruinar un punto a favor, pero señaló debajo de la camilla.
—No es mía.
Mateo se acercó sin apuro.
—¿Qué pasó?
Malena empezó a explicar. Vera la dejó. Así podía mirar cómo Mateo se agachaba sin entrar en el espacio del perro.
No estiró la mano.
No hizo ruidos ridículos.
No dijo «vení, campeón» con una voz que habría justificado otra mordida. Simplemente se sentó en el suelo.
Vera cruzó los brazos.
—¿Ese es tu gran plan?
—Por ahora.
—Impresionante.
—Gracias.
El perro gruñó desde abajo.
Mateo sacó un pequeño recipiente con alimento húmedo, dejó una porción cerca del borde de la camilla y retiró la mano.
—Soborno —dijo Vera.
—Medicina basada en evidencia.
—Corrupción con título.
—También.
Malena miró a Vera.
—Me voy a abrir el taller.
—Traé café cuando vuelvas.
—No vuelvo.
—Mala amiga.
—Buena comerciante.
Malena se acercó a la recepción para dejar sus datos y salió.
Vera se quedó.
No tenía por qué.
El perro estaba en una clínica. Mateo era veterinario. Había gente pagada para encargarse de esas cosas. Sin embargo, permaneció junto a la pared mientras el animal sacaba primero el hocico, después la cabeza y finalmente una pata.
Mateo no se movió.
Vera miró el reloj.
—Lleva seis minutos.
—Sí.
—Tengo cosas que hacer.
—Podés irte.
La respuesta fue inmediata. Sin reproche. Sin «quedate un poco». Sin convertir su presencia en un favor que después pudiera cobrarse.
Vera miró al perro.
—Estoy esperando que salga.
—Claro.
—No por vos.
—No se me habría ocurrido.
Mentiroso educado.
El perro avanzó hasta el alimento. Comió rápido y volvió a retroceder. Mateo dejó otra porción un poco más cerca de sí.
—¿Siempre hacés esto? —preguntó Vera.
—Cuando puedo.
—¿Sentarte en el piso hasta que alguien decida confiar en vos?
Mateo la miró de costado.
—Con animales, sí.
—Buena aclaración.
—Aprendo de mis errores.
Antes de que Vera pudiera responder, la puerta de la clínica se abrió de golpe. Un hombre entró cargando un perro grande entre los brazos. Detrás venía una nena de unos ocho años llorando tan fuerte que apenas podía hablar.
—Lo atropellaron —dijo el hombre—. Fue una moto. No sé... no sé si...
Mateo se puso de pie.
El cambio fue instantáneo.
No hubo pánico. Tampoco dulzura tranquilizadora. Su voz se volvió firme.
—Julia, sala dos. Llamá a Martín. Señor, apóyelo acá. No lo mueva más de lo necesario.
La nena intentó seguirlos.
—¡Toby!
El hombre se volvió hacia ella con el rostro desencajado.
—Quedate acá, Camila. Por favor.
La nena negó frenéticamente con la cabeza. Mateo ya estaba junto al perro.
—Necesito espacio —dijo, sin levantar la voz—. Julia va a quedarse con ella.
Julia salió de recepción, pero el teléfono empezó a sonar en el mismo momento y otra mujer se acercó al mostrador con un transportador de gatos. La nena volvió a intentar entrar. Vera se interpuso por reflejo.
—No podés pasar.
Camila la miró como si acabara de convertirse en su enemiga.
—¡Es mi perro!
—Ya sé.
—¡Quiero verlo!
Vera pensó en decirle que gritar no iba a cambiar nada. Miró la cara de la nena y se tragó la frase.
—Yo también querría entrar —dijo—. Pero ahora necesitan trabajar.
—Se va a morir.
La certeza infantil le cayó en el pecho de una forma desagradable. Vera no sabía prometer cosas que no podía controlar. Odiaba que se las prometieran a ella.
—No sé qué va a pasar —dijo—. Pero el tipo que está ahí adentro sabe lo que hace.
Camila miró hacia la puerta cerrada.
—¿Es bueno?
Vera abrió la boca.
No exageremos.
—Sí.
La palabra le salió antes de poder adornarla con sarcasmo. Camila respiró con dificultad.
Vera señaló una silla.
—Sentate.
—No quiero.
—Yo tampoco quería estar acá y mirá cómo terminó mi mañana.
La nena la observó.
—¿Qué te pasó?
Vera mostró la bota manchada.
—Otro perro con pésimo criterio.
Camila soltó un sonido que estuvo cerca de una risa.
Eso alcanzó.
Durante los siguientes veinte minutos, Vera se quedó con ella. No porque fuera buena con niños. No lo era. No porque Mateo se lo hubiera pedido. Ni siquiera la había visto hacerlo. Se quedó porque Camila necesitaba que alguien no le mintiera y no saliera corriendo.
Cuando la puerta de la sala dos finalmente se abrió, Mateo salió con una pequeña mancha de sangre en la manga. El padre de Camila se puso de pie.
—Tiene una fractura y golpes fuertes —dijo Mateo—. Está estable. Necesitamos hacer estudios y probablemente cirugía en la pata, pero ahora mismo está respirando bien y no vemos signos de hemorragia interna.
Camila empezó a llorar otra vez, esta vez contra el cuerpo de su padre. Mateo se agachó frente a ella.
—¿Puedo contarte algo?
La nena asintió.
—Toby fue bastante insoportable mientras lo revisábamos.
Camila sorbió por la nariz.
—¿Mordió?
—Lo intentó.
—Hace eso cuando tiene miedo.
—Me pareció.
Vera miró a Mateo.
Él no prometió que el perro estaría perfecto. No dijo que todo iba a salir bien. Le dio a la nena exactamente lo que sabía. Eso le gustó más de lo que debería.
Cuando la familia pasó a otra sala para completar papeles, Mateo volvió hacia ella.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por quedarte con Camila.
—No fue por vos.
—Ya sé.
—Ni siquiera me gustan los niños.
—Eso no se notó.
Vera estuvo a punto de decirle qué te importa, por costumbre más que por convicción.
—No te acostumbres.
Mateo sonrió.
—Eso sí lo conozco.
Regresaron al primer consultorio. El perro callejero había salido de debajo de la camilla y ahora estaba echado junto a la pared. Mateo se lavó las manos y se cambió la camisa manchada por una camiseta oscura que sacó de un armario.
Vera miró hacia otro lado.
Después volvió a mirar.
Una vez.
Dos, como máximo.
Qué estupidez.
El perro la observaba.
—No empieces —murmuró.
—¿Qué? —preguntó Mateo.
—Al perro.
—Claro.
Ahora también el veterinario se hacía el inteligente.
La revisión confirmó que el mestizo no tenía fracturas. Había una herida profunda en el muslo, deshidratación y bastante hambre.
—Va a necesitar curaciones unos días —dijo Mateo—. Julia está llamando a una asociación para conseguir tránsito.
—No me mires.
—No te estoy mirando.
—Lo estás pensando.
—¿Qué estoy pensando?
—Que yo me lo lleve.
—Estaba pensando que no podés llevarte un perro a un departamento donde vive una gata que ni siquiera es tuya.
Vera cerró la boca.
Eso era irritantemente razonable.
—Fifí no vive conmigo.
—Fifí cree que sí.
—Fifí tiene delirios de propiedad.
—Se parecen.
Vera lo miró.
Mateo sostuvo la expresión seria durante tres segundos antes de reírse.
—Eso estuvo cerca de costarte una mordida —dijo ella.
—Tengo vacunas al día.
Julia asomó la cabeza.
—Conseguí tránsito hasta el viernes. Pero necesitamos nombre para la ficha.
Vera miró al perro.
—Heavy.
Mateo escribió.
—¿Por pesado?
—Por música pesada.
—Ah.
—No todo gira alrededor tuyo.
—Llevo una semana aprendiendo eso.
A Vera se le escapó una sonrisa. La borró menos rápido de lo habitual.
• • •
Salió de la clínica casi a la una. Tenía hambre y un mensaje de Nico preguntando si pensaba aparecer al ensayo o si prefería mandar un holograma. Mateo salió detrás de ella con una bolsa de basura clínica en una mano.
—¿Te vas?
—No. Voy a instalarme en recepción y abrir una sucursal de la cafetería.
—Pregunté por educación.
—Error tuyo.
Él tiró la bolsa en un contenedor exterior.
—Hay un puesto de pupusas a dos cuadras.
—¿Eso es una invitación?
—Es información geográfica.
Vera lo estudió.
—Voy a comer.
—Yo también.
—No juntos.
—Perfecto.
Caminaron en la misma dirección. Vera señaló la distancia entre ambos.
—Esto no cuenta como juntos.
—Nunca habría osado sugerirlo.
El puesto estaba lleno. Solo quedaba libre una mesa pequeña de plástico con dos sillas.
Vera la miró.
Mateo la miró a ella.
—Problema urbano —dijo él.
Vera se sentó.
—No te emociones.
Comieron entre olor a maíz, queso caliente y humo. La conversación empezó con Heavy, pasó al cliente del café que había pedido «capuchino sin espuma» y terminó en Julia.
—Tu recepcionista me miró raro.
—Julia mira raro a todo el mundo.
—Mentira.
—¿Qué interpretación preferís?
—Ninguna.
Mateo bebió horchata.
—Entonces estamos bien.
Vera lo observó.
—¿Siempre tenés tantas mujeres dando vueltas en la clínica?
La pregunta salió antes de pasar por control de calidad.
Mateo levantó una ceja.
—¿Eso era una pregunta veterinaria?
—Era estadística.
—Julia está casada. Martín también, aunque no es mujer. La señora del caniche tiene setenta y ocho. Camila ocho. Creo que puedo conseguirte una planilla más completa.
Vera apretó los labios.
—Sos insoportable.
—Estoy contestando.
—Demasiado.
Mateo sonrió contra el vaso.
Vera se concentró en la comida. Celos no. Curiosidad demográfica.
Muchísimo más digno.
—¿Siempre sos así trabajando? —preguntó.
—¿Así cómo?
—Mandón.
Mateo pensó.
—Cuando hace falta.
—No parecías muy preocupado con el perro de la nena.
—Sí estaba preocupado.
—No se notaba.
—No era útil que se notara.
Vera apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Yo no podría.
—¿Qué cosa?
—Tener miedo y hacer como si no.
Mateo la miró con una expresión que Vera conocía demasiado bien: la de alguien a punto de decir algo comprensivo.
Vera lo señaló antes de que pudiera abrir la boca.
—Cuidado.
Mateo cerró la boca.
—Gracias.
—Estoy mejorando.
—Lentamente.
Caminaron de regreso. Frente a la clínica, Mateo se detuvo.
—La asociación va a mandar fotos de Heavy cuando llegue al tránsito. Si querés, te aviso.
—Solo por el perro.
—Solo por el perro.
Vera dio dos pasos.
—Y si Camila llama por Toby...
Mateo esperó.
—¿Me avisás?
—Sí.
—Eso también es por el perro.
—Técnicamente.
Vera lo señaló.
—No abuses.
—Jamás.
Se fue al ensayo.
A las seis y trece, Mateo envió una foto de Heavy dormido sobre una manta azul.
«El tránsito informa que comió dos veces y ya intentó robar una zapatilla.»
Vera respondió:
«Buen comienzo.»
Un minuto después llegó otro mensaje.
«Toby está estable. Cirugía mañana.»
Vera miró la pantalla.
No necesitaba contestar.
Escribió:
«Decile a Camila que el tipo que está ahí adentro sigue sabiendo lo que hace.»
Borró el tipo.
Volvió a escribirlo.
Envió.
Mateo respondió solo:
«Se lo digo.»
Nada más.
Vera dejó el teléfono sobre el amplificador.
Nico la miró.
—¿Quién era?
—Nadie.
—Tenés cara de nadie con nombre.
Vera tomó el micrófono.
—Tocá, Duarte.
Nico sonrió.
—Sí, jefa.
Vera esperó la entrada de la guitarra.
Por primera vez desde que Mateo había dejado de parecerle únicamente el novio de Clara, el problema no era que él estuviera intentando entrar en su vida.
El problema era que ella acababa de abrirle una puerta.