Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1) CAPÍTULO 12 CUANDO YO ESTÉ, NO TENÉS NOVIA
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CAPÍTULO 12 CUANDO YO ESTÉ, NO TENÉS NOVIA

Vera despertó el domingo con un dolor de cabeza leve y una nota nueva en el cuaderno. No necesitó leerla completa para saber que Clara y Mateo habían vuelto. La caligrafía de Clara era demasiado limpia cuando estaba nerviosa.

“Mateo y yo decidimos intentar seguir juntos. No va a venir a casa cuando estés vos si no querés. No voy a contarle cosas tuyas para ayudarlo a acercarse. Él entiende que nuestra relación no le da derechos sobre vos.”

Vera dejó de leer. Volvió al principio.

“Mateo y yo decidimos…”

Tomó el bolígrafo.

“Qué bien por ustedes.”

Lo escribió tan fuerte que atravesó la hoja. Debajo añadió:

“¿Y en qué parte de ‘nuestra vida también es mía’ entra que ustedes DECIDAN esto primero y me informen después?”

Cerró el cuaderno. Cinco minutos más tarde lo abrió y escribió una tercera línea:

“No es que necesiten mi permiso para ser novios. Pero no vuelvan a convertir mi existencia en una nota al pie.”

Eso era más exacto.

Se preparó café.

Sobre la heladera, Clara había pegado un papel con números y el título “Fondo cafetería”. Vera lo leyó mientras bebía. Había una cantidad mensual apartada, gastos proyectados y una fecha tentativa de dos años.

—Dos años —murmuró.

En el calendario de Vera, la nueva audición estaba marcada dentro de nueve días. Dos años contra nueve días. Dos formas completamente distintas de imaginar el futuro. El teléfono rojo vibró. Malena: “Ensayo 16:00. No faltes o vendo tus botas.” Vera respondió:

“Son más caras que tu moto.”

Malena: “Exacto. Buen negocio.” Vera sonrió.

Después miró la conversación con Mateo. Seguía sin mensajes nuevos. Podía dejarlo así. En lugar de hacerlo, abrió el perfil de la clínica veterinaria. El horario del domingo terminaba a la una. A las doce y cuarenta estaba frente a la puerta. Se insultó mentalmente durante todo el camino.

Mateo salió cinco minutos después con una mochila al hombro y se detuvo al verla.

—Hola.

—No te emociones.

—Voy a hacer lo posible.

—Necesitamos hablar.

—Eso suele terminar bien entre nosotros.

Vera empezó a caminar. Mateo la siguió sin acercarse demasiado.

—Clara me dejó una nota.

—Imagino.

—Dice que volvieron.

—Estamos intentando.

—Qué romántico.

—No especialmente.

Doblaron por una calle menos transitada.

Las campanas del mediodía se mezclaban con el sonido de carros y conversaciones abiertas desde restaurantes.

El sol caía directo sobre las fachadas y el volcán dominaba el fondo de la calle como si hubiera sido colocado allí para una postal. Vera se detuvo bajo una sombra.

—Quiero dejar algo claro.

Mateo esperó.

—Cuando Clara está, vos sos su novio.

—Sí.

—Cuando yo estoy, no tenés novia.

Mateo no respondió de inmediato. Vera levantó la barbilla.

—¿Problema?

—Estoy pensando.

—Pensá más rápido.

Mateo la miró.

—No. Ningún problema.

Vera había preparado varios argumentos. La aceptación inmediata le arruinó todos.

—No podés venir a la casa esperando que aparezca ella.

—De acuerdo.

—No me preguntás cuándo vuelve.

—De acuerdo.

—No me mandás veinte mensajes.

—Aprendí esa parte.

—No me das regalos que en realidad son para ella.

—Eso es sorprendentemente específico.

—Porque te conozco.

Mateo arqueó una ceja.

—Pensé que no sabías nada de mí.

Vera entrecerró los ojos.

—No te pongas inteligente.

—Soy veterinario. Tenemos formación limitada.

Vera tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reírse.

—Y otra cosa: no soy tu problema que hay que resolver para poder quedarte con Clara.

La expresión de Mateo cambió.

—Eso sí lo entendí.

—¿Seguro?

—No quiero que desaparezcas.

Vera quedó quieta. Mateo continuó:

—Tampoco quiero fingir que me da igual no ver a Clara durante días. Pero son dos cosas diferentes.

La respuesta no era perfecta. Precisamente por eso parecía verdadera.

—¿Y qué querés de mí?

—Ahora mismo, nada.

—Nadie quiere nada.

—Yo sí. Quiero seguir con Clara. Pero eso no significa que vos tengas que facilitarme la vida.

Vera lo observó.

—Podría hacerla bastante difícil.

—Ya noté.

Ella sonrió. Esta vez no lo ocultó tan rápido.

—Bien —dijo—. Entonces tenemos un acuerdo.

—¿Esto es un acuerdo?

—No abuses del momento.

Vera empezó a alejarse.

—¿Vera?

Se volvió. Mateo señaló hacia una pequeña cafetería en la esquina.

—¿Puedo invitarte un café o eso viola el tratado internacional?

Vera lo pensó. El impulso inicial fue decir que no. Después recordó que tenía ensayo en tres horas, que el sol era insoportable y que él acababa de aceptar todas sus condiciones sin convertirlas en una negociación romántica.

—Uno.

Mateo sonrió.

—Uno.

—Y no cuenta como cita.

—Claro.

—Ni como avance.

—Por supuesto.

—Ni le vas a contar a Clara que tomamos café.

Mateo se detuvo.

—Eso no puedo prometerlo si ella me pregunta directamente.

Vera lo miró con irritación. Después, contra su voluntad, con respeto.

—Bien. Pero no le des detalles.

—Eso sí.

Mateo no preguntó por Clara; se limitó a señalar una pequeña marca roja en su propia muñeca.

—Un paciente me mordió esta mañana.

Vera miró la marca.

—¿Y sobrevivió?

—El perro está perfectamente.

—Preguntaba por vos.

Mateo apoyó una mano sobre el pecho.

—Gracias por la preocupación.

—No confundas curiosidad estadística con afecto.

Él sonrió y probó el café. Hizo una mueca casi imperceptible. Vera la vio.

—Es horrible.

—No dije nada.

—Tu cara acaba de presentar una denuncia formal.

—Está un poco ácido.

—Un poco. Claro. Y Nico llega “un poco” tarde cuando aparece cuarenta minutos después.

Mateo dejó la taza.

—¿Nico es el guitarrista?

—Sí. Buen músico. Concepto experimental del horario.

—En la clínica tengo un bulldog así.

Vera entrecerró los ojos.

—No compares a mis amigos con tus pacientes.

—No lo hice. El bulldog es más puntual.

A Vera se le escapó una risa. Esta vez tardó un poco más en borrarla.

Después discutieron durante varios minutos sobre una banda que Vera consideraba sobrevalorada y Mateo conocía únicamente porque Julia la ponía en la clínica.

Vera intentó explicarle por qué el cantante arruinaba canciones perfectamente buenas.

Mateo sostuvo que un hombre capaz de rimar tres veces “corazón” en la misma estrofa merecía, como mínimo, respeto por la perseverancia.

—Sos musicalmente indefendible —dictaminó Vera.

—Soy veterinario. Mi prestigio depende de otras áreas.

—Por suerte.

No hablaron de Clara. Tampoco del diagnóstico, del anillo ni de las reglas que los habían llevado hasta esa mesa. Cuando Mateo se levantó para irse, Vera comprendió que había pasado veinte minutos con él sin sentirse observada como una anomalía ni utilizada como puente hacia Clara.

Eso no significaba nada.

Se aseguró de repetirlo mentalmente dos veces. En el camino al ensayo, recibió un mensaje. Mateo. Solo decía:

“Gracias por el café.”

Vera miró la pantalla. Había dicho que no quería mensajes cursis. Eso no era cursi. Tampoco era necesario. Escribió:

“No te acostumbres.”

Guardó el teléfono antes de arrepentirse. Caminó media cuadra antes de darse cuenta de que estaba sonriendo. Se le borró enseguida. El problema no era que Mateo empezara a caerle bien. El problema era que, por primera vez, había dejado de parecerle simplemente el novio de Clara.