Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1) CAPÍTULO 11 VOLVER SIN RECUPERAR
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CAPÍTULO 11 VOLVER SIN RECUPERAR

Durante casi una semana Mateo no supo quién estaba al frente. Y por primera vez no intentó averiguarlo. No pasó por la casa. No llamó a la cafetería. No escribió a Vera. A Clara le dejó un único mensaje:

“Cuando seas vos y quieras hablar, estoy acá.”

Después esperó. Esperar sin perseguir resultó mucho más difícil de lo que había imaginado.

En la clínica podía mantenerse ocupado. Había consultas, vacunas, una cirugía menor y un bulldog que había decidido que el estetoscopio era enemigo personal. En su departamento, en cambio, el silencio seguía esperando detrás de la puerta. La primera noche colocó el teléfono sobre el escritorio.

La segunda lo dejó en la cocina. La tercera salió a cenar con su padre.

No hablaban de emociones con facilidad, pero Mateo necesitaba no estar solo y decidió que pedir compañía no era lo mismo que exigirla.

Su padre eligió un comedor pequeño cerca de la plaza.

Pidieron carne, tortillas y una cerveza cada uno.

—Tenés peor cara que cuando rendiste anatomía —dijo su padre.

—Gracias.

—Eso significa que estoy preocupado.

—Podrías practicar decirlo así desde el principio.

Su padre lo miró por encima del vaso.

—A tu edad ya deberías traducirme.

Mateo sonrió. Después de unos minutos dijo:

—Clara me ocultó algo importante.

—¿Otro hombre?

—No.

—Entonces sobrevivimos.

—Papá.

—Perdón.

Mateo no podía contar la condición de Clara sin permiso. Eligió las palabras.

—Es algo de su vida que cambia mucho lo que significaría estar juntos.

Su padre asintió.

—¿La querés?

—Sí.

—Eso no responde si podés vivir con lo que sea.

Mateo bajó la mirada.

—No.

—Entonces no decidas solo porque tenés miedo de quedarte solo.

La frase lo sorprendió. Su padre cortó un trozo de comida.

—No soy tan ciego como pensás.

Mateo sonrió sin ganas.

—A veces bastante.

—Sí. Pero no siempre.

Caminaron después por calles todavía llenas de gente.

Las fachadas iluminadas parecían distintas de noche, y el aire frío bajaba desde los volcanes.

Mateo recordó cuántas veces había recorrido esas mismas cuadras con Clara hablando de una cafetería futura, de muebles que nunca comprarían y de nombres para perros que no tenían.

Quería esa vida. El problema era que quererla no bastaba para convertirla en posible.

El viernes por la tarde llegó finalmente un mensaje de Clara.

“Estoy yo. ¿Querés caminar?”

Mateo respondió:

“Sí.”

Se encontraron cerca del Arco de Santa Catalina. No se abrazaron al principio. Caminaron uno al lado del otro mientras el tránsito se mezclaba con voces de vendedores y turistas.

—Vera me contó en el cuaderno que hablaron —dijo Clara.

—Un poco.

—¿Fue horrible?

—Me dijo que soy aburrido.

Clara soltó una risa inesperada.

—Eso es casi afecto.

—Me preocupa tu escala.

La risa murió despacio, pero dejó algo más suave entre ellos.

—Mateo…

—No quiero volver a como estábamos.

Clara se detuvo. Él también.

—No porque no te quiera —añadió—. Porque ahora sé que esa relación estaba construida con una parte importante escondida.

Clara bajó la mirada.

—Lo sé.

—Si seguimos, tiene que ser otra cosa.

—¿Qué cosa?

Mateo tardó en responder.

—Una relación donde yo esté con vos cuando estés vos. Y donde, cuando esté Vera, no actúe como si estuviera esperando que termine.

Clara lo miró.

—Ella puede no querer verte.

—Entonces no me ve.

—Puedo desaparecer una semana.

La palabra desaparecer le produjo el reflejo habitual: preguntar cuánto, cuándo, por qué. Mateo dejó pasar el impulso.

—Entonces voy a extrañarte una semana.

Clara se quedó inmóvil.

—No sabés lo difícil que puede ser.

—Sí sé que no puedo pedirte que controles algo que no controlás.

—¿Y si ella se queda un mes?

Mateo tragó saliva.

—No me va a gustar.

—Eso no es una respuesta.

—Es la más honesta que tengo. No quiero prometer que voy a soportar todo perfectamente. Quiero intentar no convertir mi miedo en una obligación para ustedes.

Los ojos de Clara se llenaron de lágrimas.

—¿Querés volver conmigo?

Mateo la miró.

—Quiero intentarlo.

Ella dio un paso hacia él y se detuvo antes de abrazarlo. Mateo entendió la pregunta silenciosa. Abrió los brazos. Clara se acercó. El abrazo fue largo y contenido, sin la euforia de una reconciliación completa. Cuando se separaron, Mateo añadió:

—Hay algo más.

—¿Qué?

—No quiero que me cuentes cosas privadas de Vera para ayudarme a llevarme bien con ella.

Clara frunció el ceño.

—No pensaba hacerlo.

—Tal vez no ahora. Pero si ella y yo chocamos, va a ser tentador.

Clara tardó un momento en responder. Bajó la mirada, como si repasara algo para sí.

—Está bien.

—Y no voy a entrar a la casa si está ella y me pide que no lo haga.

Clara asintió.

—Eso puede complicar mucho las cosas.

—Ya son complicadas.

Mateo sonrió. Clara respondió con una sonrisa pequeña.

—Fifí te extraña.

—Por fin una mujer de esa casa que me recibe sin condiciones.

—No conocés a Fifí.

Siguieron caminando. En la esquina, Mateo se detuvo frente a un puesto de café y pidió dos sin consultarla. A Clara le entregó el suyo con poca azúcar y un toque de canela. Ella miró el vaso y después a él.

—Todavía te acordás.

—No tuve una lesión cerebral en una semana.

Clara soltó una risa pequeña y bebió. El gesto era mínimo, casi absurdo después de todo lo que acababan de hablar, pero por primera vez desde la ruptura algo entre ellos se pareció a la intimidad que habían tenido sin fingir que nada había cambiado.

Mateo no había recuperado su relación. Había aceptado construir otra.

Y por primera vez, la diferencia le pareció importante.