Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1) CAPÍTULO 10 NO SOY TU PROBLEMA
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CAPÍTULO 10 NO SOY TU PROBLEMA

Vera despertó el sábado y encontró tres páginas nuevas en el cuaderno. La primera respuesta era sobre el anillo.

“No iba a casarme sin decírtelo. Él todavía no me lo había pedido. Yo tampoco sabía que había comprado un anillo.”

La segunda era más corta.

“Le conté todo.”

La tercera estaba escrita horas después, con la letra de Clara más apretada de lo habitual.

“No sé si vamos a seguir juntos. No te culpó. Me culpó a mí por haberte ocultado.”

Vera se quedó mirando esa última frase. No te culpó.

—Qué noble.

La ironía sonó hueca en la habitación. Dejó el cuaderno y revisó el teléfono rojo.

Mateo no había escrito. Ni una vez. Vera había pedido silencio y lo había recibido.

El hecho debería haberle resultado satisfactorio.

En cambio, abrió la conversación para comprobar que realmente no había mensajes nuevos.

Nada.

—Perfecto.

Cerró la aplicación. Cinco minutos después volvió a abrirla.

—Ridícula —murmuró para sí.

Se vistió y salió hacia un ensayo con Nico. En el patio, Elvira estaba sentada con Fifí sobre las piernas.

—Buenos días, terremoto.

—Si hoy me llamás así una vez más, te cobro alquiler por el apodo.

—Clara nunca negocia tan temprano.

Vera se detuvo. Elvira acarició a la gata.

—No pongas esa cara. Una vieja puede notar cuándo alguien está de peor humor.

—Somos muy distintas.

—Todos somos distintos según el día.

La respuesta fue tan normal que Vera no supo qué hacer con ella.

—¿Clara te contó algo?

—No. Clara le cuenta a Fifí.

Vera miró a la gata.

—Peor. Esa no sabe guardar secretos.

Elvira sonrió.

—Ayer estuvo llorando.

Vera dejó de bromear.

—¿Mucho?

—Lo suficiente.

No preguntó más.

Durante el ensayo, Nico le entregó un papel con un número y una fecha.

—Audición privada. Dentro de diecisiete días.

Vera leyó el nombre del productor.

—¿Vos la conseguiste?

—Malena llamó primero. Yo conseguí que no nos mandaran al demonio.

—Qué equipo tan conmovedor.

—Esta vez llamás vos hoy.

Vera sacó su teléfono.

—Mirá cómo obedezco.

—No confundas responsabilidad con obediencia. Te hace mal.

Vera le mostró el dedo medio y marcó el número. La llamada duró seis minutos. Cuando colgó, tenía hora, dirección y dos canciones preparadas.

Diecisiete días.

No podía saber si estaría presente. Pero podía hacer todo lo que dependiera de ella mientras sí estaba.

—Listo —dijo.

Nico asintió.

—Bien.

No la felicitó. Vera se lo agradeció en silencio. Al terminar, caminó hasta El Rincón del Laurel para cubrir el turno de la tarde. Paula levantó la vista cuando la vio entrar.

—Hoy estamos de cuero.

—Hoy estamos de mal humor.

—Eso no reduce opciones.

Vera dejó el bolso bajo el mostrador.

A las seis y media, cuando quedaban pocos clientes, Vera levantó la vista hacia la calle y vio a Mateo aparecer por la esquina. Venía desde la dirección de la clínica con una bolsa de farmacia bajo el brazo.

Por un instante creyó que iba a entrar.

Mateo miró hacia el local. Sus ojos se encontraron a través del vidrio.

No entró.

Acomodó la bolsa bajo el brazo y siguió caminando. Vera lo vio alejarse.

Había sido casualidad.

Que se fuera sin acercarse, no.

Esperó treinta segundos. Después salió.

—¡Mateo!

Él se detuvo y volvió la cabeza. Vera cruzó la calle.

—¿Ahora hacés recorridos turísticos por mi trabajo?

—Clara también trabaja acá.

—No está.

—Ya lo vi.

—¿Y por eso te ibas?

—Sí.

La respuesta la desarmó un poco.

—¿Te contó todo?

—Lo que quiso contarme.

—No soy un síntoma de Clara.

Mateo sostuvo su mirada.

—No dije que lo fueras.

—Lo pensaste.

—Pensé muchas cosas equivocadas.

—¿Como qué?

—Que podía recuperar mi relación con Clara esperando a que vos te fueras.

Vera cruzó los brazos.

—Al menos sos honesto.

—Estoy intentando.

—Yo no necesito que me entiendas.

—Bien.

—Ni que me cuides.

—Bien.

—Ni que aparezcas cada vez que estoy yo para preguntar cuándo vuelve ella.

Mateo asintió.

—No lo voy a hacer.

Vera lo observó con sospecha.

—¿Nada más?

—No.

—Qué conversación aburrida.

Mateo sonrió apenas.

—Puedo discutir si te hace sentir mejor.

A Vera se le escapó una sonrisa antes de poder impedirlo. La borró enseguida.

—No te emociones.

—Ni se me ocurriría.

Ella retrocedió un paso.

—No soy tu problema, Mateo.

—Lo sé.

—Y no voy a convertirme en tu segunda novia porque quieras seguir con Clara.

—No te lo pedí.

—Todavía.

Mateo guardó silencio. Vera arqueó una ceja.

—Eso pensé.

Él soltó aire por la nariz, divertido.

—¿Puedo irme ahora o hay más reglas?

—Andate.

Mateo se fue. Vera regresó a la cafetería. Paula la esperaba con dos cafés preparados.

—¿Problemas de novio?

—No es mi novio.

—Entonces el problema es gratis. Peor negocio.

Vera tomó una taza.

—No sabés cuánto.

Cuando cerró el local esa noche, no escribió a Mateo. Tampoco revisó si él había escrito. Hasta que llegó a casa. Una vez. Solo para confirmar.

Nada.

Vera dejó el teléfono sobre la mesa con más cuidado del necesario. Antes de acostarse, abrió el cuaderno.

“Hablé con Mateo. No hizo nada insoportable. No te emociones.”

Cerró el cuaderno antes de sentir la tentación de explicar algo más.