Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1) CAPÍTULO 9 LA VERDAD COMPLETA
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CAPÍTULO 9 LA VERDAD COMPLETA

Clara despertó el jueves con una nota de Vera escrita en mayúsculas.

“¿IBAS A CASARTE SIN DECIRME?”

Debajo había otra frase, más pequeña:

“Malena consiguió otro contacto para una audición. No toques el teléfono rojo.”

Clara se quedó sentada en la cama durante varios minutos. Vera había estado al frente martes y miércoles.

Dos días.

No había usado dinero común. No había desordenado el placard de Clara. No había respondido por ella a nadie. Eso no significaba paz. Significaba que estaba furiosa con precisión. Clara tomó el cuaderno y escribió:

“No iba a casarme sin decírtelo. Él todavía no me lo había pedido. Yo tampoco sabía que había comprado un anillo. Pero sí estaba imaginando un futuro con él sin pensar lo suficiente en lo que habría significado para vos despertarte y encontrar decisiones ya tomadas.”

Se detuvo. Después añadió:

“Le voy a contar todo hoy.”

Dejó el cuaderno abierto. El resto del día se sintió como esperar una cirugía sin anestesia.

En la cafetería, Paula le preguntó tres veces si estaba bien. Clara respondió las tres que sí. A la cuarta, Paula dejó una taza frente a ella.

—No te pregunté.

Clara miró el café.

—Gracias.

—No me agradezcas. Si te desmayás, me toca cerrar sola.

Clara sonrió apenas.

Ernesto llegó al mediodía para revisar proveedores. Le mostró una factura y preguntó qué haría ella con el precio de la leche si tuviera el negocio. Clara respondió de manera automática: renegociar volumen, ajustar dos productos, no tocar el café básico. Ernesto asintió.

—Pensás como dueña.

Normalmente la frase le habría producido una alegría secreta. Ese día solo pensó en el anillo sobre su mesa.

A las cinco cerró antes su turno y caminó hacia casa. Antigua estaba cubierta por una luz dorada que hacía parecer más suaves hasta las paredes descascaradas. En la plaza, un grupo de niños perseguía palomas mientras dos músicos tocaban cerca de una fuente. Clara atravesó todo sin verlo realmente.

Mateo llegó a las seis exactas. No trajo flores.

No trajo comida. No intentó besarla. Clara agradeció cada ausencia.

Se sentaron en la cocina, igual que el lunes.

Clara había apartado la caja del anillo hacia una repisa.

No quería que ocupara el centro de la mesa ni de la conversación. Mateo esperó.

—Tengo un diagnóstico —dijo Clara.

Decirlo de esa manera le resultó más fácil que empezar por la infancia.

—Trastorno de identidad disociativo.

Mateo no respondió de inmediato. Clara continuó antes de perder el valor.

—Vera y yo compartimos el mismo cuerpo. No somos hermanas.

No somos dos personas físicamente distintas.

Cuando me duermo, a veces despierto yo y a veces despierta ella.

Puede quedarse un día o varios. Yo no recuerdo lo que vive Vera y ella no recuerda lo que vivo yo, salvo por lo que nos contamos o descubrimos después.

Mateo miró hacia los dos teléfonos.

—¿Por eso tiene otro?

—Sí.

—¿Y el cuaderno?

—Es una de las formas de comunicarnos. Pero solo cuando cada una está al frente. No podemos respondernos en tiempo real.

Mateo asintió lentamente.

—¿Desde cuándo?

Clara sintió que sus manos se enfriaban.

—Desde que era chica.

—¿En el hogar?

—Sí.

No quería entrar en detalles, pero tampoco podía dejar otra zona oscura que pareciera algo distinto.

—El hijo del rector tenía diecisiete años. Yo era mucho más chica. Me amenazaba, me empujaba, me encerraba, me quitaba comida y conseguía que otros chicos me humillaran o me golpearan.

Mateo cerró los ojos un instante.

—Clara…

—No quiero que me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si estuviera rota.

Mateo se inclinó hacia atrás.

—No estaba pensando eso.

—La gente piensa cosas.

—Yo también pienso cosas. Pero esa no.

Clara sostuvo su mirada.

—Vera apareció para defenderme. O eso entendí con los años. Ella hacía lo que yo no podía hacer. Contestaba. Peleaba. Se negaba. No tenía miedo de que la castigaran después porque, en cierto modo, el miedo me quedaba a mí.

Mateo respiró despacio.

—¿Ella sabe todo esto?

—Sabe lo suficiente. No siempre lo interpreta igual que yo.

—¿Hace terapia con vos?

—La Dra. Ferrer trabaja con las dos, aunque nunca estamos presentes a la vez. Leemos notas, dejamos respuestas, a veces grabamos cosas.

Mateo apoyó los antebrazos en la mesa.

—¿La terapia busca que… deje de aparecer?

La pregunta la hirió antes de que él terminara de entenderla. Mateo lo vio.

—Perdón. No quise decirlo así.

—Vera no es una enfermedad que tengo que extirpar.

—Entiendo.

—No, todavía no.

La sinceridad quedó entre ellos. Mateo asintió.

—Tenés razón.

Clara se sorprendió. Esperaba defensa. Explicación. Una frase destinada a convencerla de que había usado mal las palabras. Mateo simplemente aceptó el error.

—¿Ella sabe que estuvimos juntos un año? —preguntó.

—Ahora sí.

—¿Y antes?

Clara negó.

—¿Por qué no se lo dijiste?

Ahí estaba la pregunta que más temía.

—Porque sabía que no quería relaciones serias dentro de nuestra vida. Porque pensé que si te conocía podía arruinarlo. Porque… —Clara tragó saliva— porque por primera vez tenía algo que quería conservar solo para mí.

Mateo apartó la mirada.

—Eso sí lo entiendo.

La respuesta dolió más que un reproche.

—Pero no era solo tuyo —añadió él.

Clara sintió los ojos húmedos.

—Lo sé.

—¿Pensabas casarte conmigo si yo te lo pedía?

—Sí.

—¿Sin preguntarle?

Clara tardó demasiado.

—No sé.

Mateo se levantó y caminó hacia el patio. Fifí estaba sobre el muro. Lo miró como si esperara una decisión.

—Ella tiene amigos —dijo Mateo—. Canta. Tiene un teléfono. Tiene una vida.

—Sí.

—Y yo no sabía nada.

—No.

—Vos tampoco sabés todo lo que hace ella.

—No.

Mateo se volvió.

—Esto no es solo que me ocultaste un diagnóstico.

Clara bajó la mirada.

—Me ocultaste a alguien que iba a afectar cualquier decisión importante que tomáramos.

—Sí.

El silencio fue largo. Mateo volvió a sentarse.

—Te amo.

Clara levantó la cabeza. No había alivio en su cara.

—Pero no sé qué significa eso ahora.

Clara sintió que algo se quebraba sin hacer ruido.

—¿Querés terminar?

—Necesito entender si puedo volver sin fingir que Vera es un problema que desaparece cada vez que vos despertás.

—Ella te odia.

—Eso le corresponde a ella.

Clara dejó escapar una risa breve, casi un sollozo.

—No sabés en qué te estás metiendo.

—Por primera vez, no.

Mateo se puso de pie.

—No te voy a prometer nada hoy.

Clara asintió.

—Está bien.

Él se detuvo junto a la puerta.

—Y no voy a escribirle a Vera si me pidió que no lo haga.

Clara lo miró.

—¿Te escribió?

—Sí.

—¿Qué te dijo?

—Que no le escribiera.

—¿Y vos?

—No le escribí.

Mateo salió. Clara permaneció junto a la puerta después de que se cerró. No sabía si había perdido su relación. Pero por primera vez desde que todo había comenzado, la verdad estaba completa entre ellos. Eso no la hizo sentir mejor. Solo hizo imposible volver atrás.

Clara volvió a la cocina. La caja del anillo seguía en la repisa.

La tomó y la guardó en el cajón inferior de su mesa de luz. No era una devolución ni una promesa. Solo necesitaba saber dónde estaba.