CAPÍTULO 8 EL SILENCIO CORRECTO
El martes por la noche, el departamento de Mateo parecía más grande de lo normal.
No había cambiado nada. El sofá seguía frente a la misma mesa baja.
La planta seguía inclinándose hacia la ventana con una obstinación que Clara llamaba supervivencia y él llamaba fraude.
La taza que ella había dejado semanas atrás seguía en el estante superior de la cocina.
Lo que había cambiado era que Mateo no sabía cuándo volvería a verla.
El anillo tampoco estaba. Lo había dejado en la casa de Clara porque llevárselo le había parecido una declaración demasiado definitiva.
Ahora la ausencia del pequeño estuche sobre el escritorio le resultaba absurda.
Había pasado semanas escondiéndolo y, cuando finalmente dejó de tener sentido, ya ni siquiera estaba allí. Miró el teléfono.
Nada.
Lo puso boca abajo. Diez minutos después lo volvió a mirar.
—Muy bien —murmuró—. Excelente progreso.
Preparó algo de comer y dejó la televisión encendida sin prestarle atención. A mitad de la cena recibió una llamada de su padre. Mateo tardó un instante en contestar.
—¿Todo bien?
—Sí. ¿Por qué preguntás así?
—Porque llamás los martes cuando necesitás algo.
Su padre rió.
—Necesito que el sábado mires a Luna. Está cojeando otra vez.
—Eso no es “mirar”. Eso es una consulta gratis.
—Te pagué la universidad.
—Ah, la tarjeta vitalicia.
—Exactamente.
Hablaron unos minutos de la perra, del clima y de una gotera en la casa de su padre. Ninguno preguntó por cosas importantes. Nunca había sido su estilo. Antes de colgar, su padre dijo:
—¿Y Clara?
Mateo se quedó quieto.
—Complicado.
—Ah.
Ese “ah” contenía todo lo que su padre sabía hacer con una emoción ajena.
—Si necesitás algo… —empezó.
Mateo esperó.
—Bueno, ya sabés.
—Sí.
Colgaron. Mateo permaneció con el teléfono en la mano.
Su padre lo quería. Nunca había dudado de eso.
Pero había pasado años llegando tarde, trabajando hasta el agotamiento y resolviendo la vida con comida preparada y frases incompletas.
Su madre había llenado el otro espacio hasta que se fue a España.
Al principio llamaba los domingos. Después algunos domingos.
Después cuando podía. Después casi nunca.
Mateo había aprendido algo peligroso de esas ausencias: si uno llamaba una vez más, quizá la otra persona contestara.
Si esperaba junto al teléfono, quizá sonara.
Si era suficientemente paciente, suficientemente bueno, suficientemente fácil de querer, quizá nadie terminara de irse.
La lógica no había funcionado con su madre.
Y no iba a convertirla ahora en un método para retener a Clara. Abrió la conversación con Vera.
“No me escribas.”
Debajo, su única respuesta:
“Entendido.”
No escribió nada más.
El miércoles trabajó desde temprano. Una mujer llegó a la clínica con un mestizo anciano que había dejado de comer. Mateo pasó casi cuarenta minutos en el suelo, esperando que el perro dejara de esconder la cabeza detrás de las piernas de su dueña.
—No tenemos apuro —dijo.
—Tiene pacientes esperando.
—Él también es paciente.
El perro finalmente olfateó su mano. Mateo no lo tocó hasta que se acercó por voluntad propia. Mientras lo examinaba, se dio cuenta de la ironía y decidió no pensar demasiado en ella. A media tarde, Julia dejó un café sobre su escritorio.
—Tenés cara de divorciado sin haberte casado.
—Qué específica.
—Años de recepción veterinaria. La gente me cuenta cosas mientras espera vacunas.
Mateo tomó el café.
—Clara y yo estamos… no sé qué estamos.
Julia se sentó en el borde de la puerta.
—¿Querés opinión o café?
—El café ya llegó.
—Entonces te toca opinión.
Mateo negó con la cabeza.
—No puedo contarte lo que pasa.
—No hace falta. Solo no hagas eso que hacés.
—¿Qué cosa?
—Perseguir una respuesta hasta convertirla en obligación.
Mateo la miró.
—¿Yo hago eso?
—Mandaste nueve mensajes para confirmar una cena de fin de año.
—Había que reservar.
—Nueve.
Mateo bajó la vista al café.
—Estoy intentando no hacerlo.
—Entonces seguí intentando.
El jueves por la mañana recibió un mensaje de Clara. No decía “perdón”. No decía “te extraño”. Solo:
“Estoy yo. Si todavía querés escuchar la explicación completa, puedo verte esta tarde.”
Mateo leyó la frase. Una parte de él quiso contestar inmediatamente. Otra quiso esperar para no parecer desesperado. Se avergonzó de ambas. Escribió:
“Sí. Decime dónde te sentís cómoda.”
Clara respondió:
“En casa. A las seis.”
Mateo dejó el teléfono sobre la mesa. No envió ningún mensaje adicional. Por primera vez, el silencio entre dos respuestas no le pareció un hueco que tuviera que llenar.