CAPÍTULO 7 YA SABE
Vera despertó con la boca seca y una sensación desagradable en el estómago que no provenía de ninguna bebida. Abrió los ojos y supo que algo había cambiado antes de mirar el teléfono.
La habitación estaba demasiado ordenada.
Clara había doblado la manta al pie de la cama, había dejado los zapatos alineados y había cerrado las puertas de ambos placares.
Sobre la mesa de luz estaban los dos teléfonos cargados.
El rojo era el suyo y tenía diecisiete notificaciones.
El negro de Clara permanecía boca abajo. Vera tomó primero el suyo.
Martes.
Había perdido el lunes completo. No era raro. Lo raro era el silencio de la casa.
Se sentó, se pasó ambas manos por el cabello y vio el cuaderno abierto sobre la mesa. La última línea de Clara ocupaba el centro de una página casi vacía.
“Ya sabe que no sos mi hermana.”
Vera leyó la frase dos veces. Después una tercera.
—Genial.
Era exactamente lo que le faltaba para empezar el día: un secreto de años explotando antes del desayuno.
Cerró el cuaderno de golpe. Fue a la cocina y encontró el resto.
El volante de la audición perdida. La hoja con cálculos de Clara para una cafetería propia.
Dos tazas sin lavar. Y una pequeña caja de joyería sobre la mesa. Vera se quedó mirándola.
No la tocó de inmediato. La rodeó mientras preparaba café, como si el objeto pudiera detonar por proximidad. Volvió a mirarla. La abrió con un dedo. El anillo era discreto. Demasiado discreto para su gusto y, por lo tanto, absolutamente perfecto para Clara. Vera soltó una risa sin alegría.
—¿En serio?
Por supuesto que era en serio. Clara podía convertir una lista de compras en un proyecto de vida. Un año de novio debía de haberle alcanzado para organizar mentalmente la boda, los manteles y probablemente la cantidad exacta de hijos. Vera buscó el cuaderno y escribió debajo de la frase de Clara:
“¿IBAS A CASARTE SIN DECIRME?”
Dejó el bolígrafo sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
La rabia llegó primero por el anillo. Después por la palabra hermana.
Después por todo lo demás. Clara llevaba un año construyendo una relación seria con un hombre que Vera apenas conocía.
Había permitido que entrara en la casa, que dejara cosas, que conociera rutinas y seguramente que imaginara un futuro en un cuerpo que no pertenecía solamente a Clara.
Vera abrió el teléfono rojo. Malena: “¿Estás viva?” Nico: “No vuelvo a recomendarte si no hablamos.” Abril: tres fotografías de la presentación del domingo y un mensaje corto: “Cantaste increíble. Pero lo del sábado fue un desastre.”
Vera apretó la mandíbula. Había vuelto el domingo. Había cantado. Había discutido con Nico. Después había dormido. Y ahora era martes.
Un día fuera. En veinticuatro horas Clara había tenido tiempo de romper la mentira que sostenía hacía un año y dejar un anillo sobre la mesa como si fuera una bomba cuidadosamente envuelta.
Se vistió con jeans negros, camiseta y botas. Antes de salir, abrió el placard de Clara. No tocó nada. La irritó descubrir que ya no necesitaba una regla escrita para saber que esas cosas no eran suyas.
Bajó al patio. Elvira estaba sacudiendo un mantel cuando la vio.
—Buenos días, terremoto.
Vera se detuvo.
—¿Siempre me vas a decir así?
—Hasta que aprendas a cerrar la puerta sin hacer temblar las ventanas.
Fifí apareció entre las macetas y se frotó contra las botas de Vera.
—Traicionera —murmuró ella.
Elvira la observó durante unos segundos.
—Tenés cara de haber discutido con alguien antes de desayunar.
—Con alguien que ni siquiera está acá.
—Esas son las peores discusiones. El otro no se defiende y una termina ganando demasiado fácil.
Vera la miró.
—¿Vos siempre hablás así o hoy estás especialmente insoportable?
—Hija, a mi edad ya no vale la pena ahorrar opiniones.
Vera casi sonrió. Elvira levantó el mantel.
—¿Ya desayunaste?
—Sí.
—¿Qué comiste?
—Café.
Elvira frunció el ceño.
—Eso no es desayuno.
Vera estuvo a punto de responderle *qué te importa, vieja entrometida*, pero se limitó a sonreír.
—Para mí sí.
—Clara estaba triste ayer.
La sonrisa desapareció.
—¿Te contó algo?
—No. Esa muchacha no cuenta. Ordena.
Vera desvió la mirada. No necesitaba que Elvira, que no sabía nada, acertara tanto. Eso era directamente ofensivo. Fifí maulló desde sus botas.
—Y vos dejá de juzgarme.
—Fifí tiene criterio propio —dijo Elvira.
Vera entró de nuevo a la cocina, buscó un poco de alimento y volvió a dejarlo junto al muro.
—Esto no significa que me caigas bien.
Fifí empezó a comer.
—Y no le cuentes a Clara.
Elvira soltó una carcajada.
—Sí, claro. La gata es muy chismosa.
Vera salió a la calle antes de que la mujer pudiera hacerle otra pregunta.
Antigua estaba llena de luz después de varios días de lluvia.
Los adoquines aún guardaban humedad en las juntas.
Un grupo de turistas seguía a un guía frente a una fachada amarilla, mientras una vendedora acomodaba textiles de colores bajo un arco.
Más allá de los techos, el volcán aparecía limpio contra el cielo.
Cuando llegó a El Rincón del Laurel, Paula estaba detrás del mostrador revisando la caja. Levantó la vista hacia Vera, después hacia el reloj.
—Llegaste dos minutos tarde.
Vera pensó en preguntarle si había empezado a cobrar por minuto, pero dejó el bolso debajo del mostrador.
—Sobreviviremos.
—Eso dijiste la última vez.
—Y miranos. Vivas.
Lo primero que hizo fue mirar el reproductor. Una guitarra acústica demasiado suave flotaba por el local. Clara. Por supuesto. Vera cambió la lista de reproducción. Entraron guitarras eléctricas y una batería con suficiente energía para despertar hasta las servilletas. Paula levantó la cabeza.
—Otra vez no.
—¿Qué?
—La música.
—Eso que pone Clara no es música. Es anestesia con acordes.
—Ernesto va a matarnos.
Vera miró el reloj.
—Ernesto viene al cierre. Tenemos nueve horas y cuarenta y siete minutos de libertad.
Paula negó con la cabeza, pero no volvió a cambiarla.
El primer cliente pidió un capuchino sin espuma. Vera lo miró.
—Entonces quiere café con leche.
—No. Quiero un capuchino sin espuma.
Vera estuvo a punto de explicarle que las palabras tenían significado aunque uno las pronunciara con mucha seguridad. Se contuvo.
—Perfecto. Vamos a llamarlo capuchino y los dos podremos seguir con nuestras vidas.
El hombre soltó una carcajada.
—Y uno de esos pasteles de naranja.
—Excelente elección. La discusión le abrió el apetito.
Cuando se alejó, Paula la miró.
—Le discutiste el pedido y le vendiste un pastel.
—Estaba confundido y vulnerable.
—Sos insoportable.
—Y, sin embargo, facturo.
A media mañana, Vera ya había vendido dos bolsas de café, siete pasteles más que el promedio y una taza artesanal a una turista que había entrado solo para preguntar dónde quedaba el baño.
No tenía un método. O, si lo tenía, consistía básicamente en hablarle a la gente como si fuera capaz de sobrevivir a una opinión honesta.
Clara explicaba. Vera decidía. Y, por algún motivo absurdo, ambas cosas funcionaban.
Cerca del mediodía, un hombre de camisa blanca golpeó dos veces el mostrador con los dedos.
—Señorita, llevo diez minutos esperando.
Paula se acercó.
—Disculpe, tuvimos varios pedidos juntos. El suyo ya sale.
—No le pregunté cuánto trabajo tienen. Le pregunté por mi café.
Vera levantó la vista desde la máquina. Podía dejarlo pasar. De hecho, durante casi tres segundos intentó dejarlo pasar.
—Su café sale en un minuto —dijo Paula.
—Entonces apúrese. Para eso le pagan.
Listo. Había gente que no merecía filtro. Vera dejó la jarra de leche.
—Y a usted le cobran por el café, no por humillar a quien lo prepara.
El hombre giró hacia ella.
—No estaba hablando con usted.
—Ahora sí.
Paula cerró los ojos un segundo.
—Quiero hablar con el encargado.
—No está.
—Llámelo.
Vera sostuvo su mirada.
—No.
—¿Cómo que no?
—Como suena. Puede esperar un minuto, puede pedir la devolución o puede seguir hablando así y descubrir cuánto tarda en enfriarse un café que nadie le va a servir.
El hombre abrió la boca. Paula intervino antes de que Vera consiguiera convertir una venta en un incidente diplomático.
—Acá está su pedido, señor.
Él tomó el vaso, murmuró algo y se marchó. Paula esperó a que la puerta se cerrara.
—Un día me vas a hacer renunciar.
—No. Si renunciás voy a tener que trabajar más.
Paula intentó seguir seria y fracasó.
—Gracias.
Vera se encogió de hombros.
—No hice nada.
Pero sí lo había hecho. Y ambas lo sabían.
Durante un momento tranquilo, Vera limpió la máquina de espresso mientras tarareaba una canción de la lista que ensayaba con Nico. Sin darse cuenta, empezó a cantar. Solo unas líneas. Bajo, casi para ella. Cuando levantó la vista, Paula estaba apoyada contra el depósito.
—¿Qué?
—Nada.
—Tenés cara de nada con opinión.
—No entiendo por qué seguís sirviendo café.
Vera dejó el paño.
—Porque cantar todavía no paga el alquiler.
—Debería.
Vera sintió la respuesta agradable demasiado cerca y se defendió como sabía.
—Decís eso porque no me escuchaste desafinar.
—Te escucho trabajar todos los días. Ya sé que desafinás en otras cosas.
Vera le lanzó el paño. Paula se agachó riendo.
A las cuatro, Vera revisó el teléfono durante el descanso.
Había una publicidad de unas botas negras que habría comprado sin pensarlo dos semanas antes.
Abrió la tienda. Eligió el talle. Llegó hasta el botón de pago.
Después vio el saldo de la cuenta común.
Se quedó con el dedo suspendido. Qué fastidio.
Clara estaba consiguiendo contaminarla con responsabilidad financiera.
Cerró la aplicación. Cinco segundos después volvió a abrirla. Las botas seguían siendo excelentes. La cerró otra vez.
—Esto es opresión —murmuró.
Paula levantó la cabeza desde la otra punta.
—¿Qué?
—Nada.
Al terminar el turno, Vera contó la caja con Paula. El total superaba otra vez el promedio de un martes. Paula señaló la pantalla.
—Otra vez vendiste más.
—Naturalmente.
—Clara es mucho más amable que vos.
—Ese es su error.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Y, sin embargo, ahí están los números.
Guardó el dinero y alineó las tazas por tamaño. Se detuvo. Miró sus propias manos. Las desordenó. Esperó dos segundos. Volvió a ordenarlas.
—Maldita sea, Clara.
Paula asomó la cabeza.
—¿Qué hizo ahora?
—Nada. Ese es el problema.
Antes de ir a casa pasó por el taller de Malena. No avisó que iba. Nunca avisaba si podía evitarlo. Malena estaba inclinada sobre una mesa de dibujo cuando entró.
—Mirá quién decidió existir.
Vera cerró la puerta detrás de sí.
—Si vas a empezar como Nico, me voy.
—No. Nico ya gastó todo el dramatismo disponible.
—Bien.
Malena dejó el lápiz.
—¿Qué pasó el sábado?
—No pude ir.
—Eso ya lo sé.
—Entonces para qué preguntás.
—Porque desapareciste cinco días, volviste, cantaste, desapareciste otro día y ahora venís con cara de querer prender fuego algo.
Vera se apoyó contra la pared.
—Tengo problemas con Clara.
La palabra hermana le resultó amarga incluso antes de pensarla.
Después de aquella mañana en el departamento, Vera había resuelto las preguntas con una mentira mínima: Clara era su hermana gemela, compartían la casa por temporadas y no se llevaban lo bastante bien como para mezclarse las vidas.
Nico había aceptado la explicación con facilidad.
Abril había hecho un par de preguntas. Malena nunca pareció convencida.
Malena entrecerró los ojos.
—La misma Clara que nos echó de tu departamento aquella mañana.
—Esa.
—Entonces explicame algo. Clara nos miró como si no supiera quiénes éramos. Después vos volviste y no quisiste hablar del tema. Nunca están juntas y cada vez que una aparece, la otra parece enterarse tarde de lo que pasó.
—No empieces.
—No estoy empezando nada. Te estoy diciendo que algo no cierra.
Vera sostuvo su mirada. Por un instante imaginó decir la verdad.
No pudo.
—No es asunto tuyo.
Malena asintió despacio.
—Está bien. Pero mi amistad sí es asunto mío.
Eso dolió más de lo esperado.
—No puedo prometerte que no vuelva a desaparecer.
—Entonces no prometas. Avisá cuando puedas. Y cuando vuelvas, no hagas como si a los demás no nos hubiera pasado nada.
Vera bajó la vista. Nico tenía derecho a estar enojado. Malena también. Comprenderlo no lo hacía menos insoportable.
—La audición se perdió —dijo.
—Sí.
—¿Hay otra?
—Nico está intentando conseguirte una en dos semanas. Pero esta vez quiere que seas vos quien llame.
Vera soltó aire lentamente. Dos semanas podían ser una eternidad o una noche.
—Dame el número.
Malena sonrió apenas.
—Eso sí puedo hacer.
Cuando Vera salió del taller, encontró un mensaje nuevo de un número que reconoció. Mateo. No había escrito al teléfono de Clara. Había usado el número rojo porque ella se lo había dado sin querer al escribirle el domingo.
“Le dije a Clara que necesitaba distancia. No voy a ir a la casa. Si querés que tampoco te escriba a vos, decímelo y no lo hago.”
Vera leyó el mensaje varias veces.
No era romántico.
No preguntaba dónde estaba Clara.
No exigía una explicación.
Eso la irritó de una manera nueva. Escribió:
“No me escribas.”
Mateo respondió una sola vez.
“Entendido.”
Y no volvió a hacerlo. Vera guardó el teléfono. No estaba segura de por qué eso la molestaba más que los treinta y siete mensajes anteriores.