Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1) CAPÍTULO 6 NO TENGO UNA HERMANA
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CAPÍTULO 6 NO TENGO UNA HERMANA

Clara eligió la casa porque allí podía cerrar la puerta. No quería hablar en la cafetería, ni en el apartamento de Mateo, ni en un lugar público donde tuviera que medir el volumen de su vergüenza.

Preparó café aunque ninguno lo bebió. Mateo se sentó frente a ella en la mesa de la cocina. Tenía ojeras y una serenidad que resultaba más difícil de enfrentar que el enojo.

Sobre la mesa estaban los dos teléfonos, el cuaderno cerrado, el volante de la audición y la hoja donde Clara había calculado cuánto necesitaría para abrir una cafetería propia.

Mateo miró los objetos.

—El negro es mío —dijo Clara—. El rojo lo compró Vera.

—Me escribió.

—Lo sé. Vi el mensaje cuando desperté.

Mateo levantó la vista.

—¿Cuando despertaste?

Clara sintió que había llegado al borde.

—Mateo…

—Elvira te vio un día que vos dijiste haber pasado en casa. Vera usa tu llave, tu número de empleado y cosas que yo te regalé. Tiene la misma marca detrás de la oreja. Nunca están juntas. Y cada vez que pregunto, aparece una explicación distinta.

Clara apretó las manos sobre el regazo.

—No revisaste el cuaderno.

—No.

—Podrías haberlo hecho.

—No es mío.

Ese gesto casi la quebró. Mateo se inclinó hacia delante.

—Necesito que me digas qué está pasando.

Clara miró la ventana. Fifí estaba sobre el muro, inmóvil como una pequeña guardiana gris.

—No sé cómo explicarlo sin que suene imposible.

—Probá.

Clara tomó aire.

Había imaginado esa conversación durante un año. En todas las versiones, encontraba una forma de contar la verdad sin perderlo. Ninguna había incluido el rostro que él tenía ahora.

—Vera forma parte de mi vida desde hace mucho tiempo.

—Eso no explica nada.

—Lo sé.

—¿Es tu hermana?

La pregunta fue simple. Clara podía mentir otra vez. Podía decir que habían sido separadas, que compartían documentos, que Vera usaba sus cosas porque no tenía otras. Podía ganar unas horas.

Miró la hoja de la cafetería. Después el volante de la audición que Vera había perdido. Dos vidas enteras sostenidas por una mentira demasiado pequeña.

—No —dijo.

Mateo permaneció inmóvil. Clara obligó a su voz a salir.

—No tengo una hermana.

El silencio cambió de forma. Mateo se levantó despacio y caminó hacia la ventana.

—Entonces ¿quién es Vera?

Clara sintió que el corazón le golpeaba en la garganta.

—No es mi hermana.

—Eso ya lo dijiste.

—Pero existe.

Mateo se volvió.

—¿Qué significa eso?

Clara bajó la vista.

—No puedo explicártelo en cinco minutos.

—Tenemos todo el tiempo que necesites.

—No. —La palabra salió más firme de lo esperado—. No puedo hacerlo así. No hoy.

—Clara, llevo un año con vos.

—Lo sé.

—Pensaba pedirte matrimonio.

La frase la atravesó.

Mateo sacó el estuche del bolsillo y lo dejó sobre la mesa sin abrirlo. Clara miró la pequeña caja. Durante un segundo vio todo lo que había deseado: una casa, una familia, una cafetería propia, alguien que regresara por la noche.

—¿Cuándo pensabas contármelo? —preguntó él.

—Antes de que fuera demasiado tarde.

Mateo soltó una risa breve y sin humor.

—Ya era tarde cuando decidiste inventar una hermana.

—Tenía miedo.

—Yo también tengo miedo. Y no por eso te invento una vida.

Clara se estremeció.

Mateo cerró los ojos y respiró.

—Necesito distancia.

El abandono llegó con una claridad conocida: una puerta, una espalda alejándose, la certeza de que la verdad siempre terminaba igual.

—¿Vas a dejarme?

—No sé.

Clara bajó la mirada. Después asintió despacio, porque cualquier otra cosa habría sido una súplica.

A Clara le pareció que aquel «no sé» también le había costado. Mateo apartó la mirada y tensó la mandíbula. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

Mateo recogió la chaqueta. Dejó el estuche sobre la mesa.

—Llevátelo —dijo Clara.

—No.

—Mateo…

—No puedo pedirte nada ahora. Tampoco puedo fingir que no lo compré.

Antes de salir, se detuvo frente al cuaderno.

—No lo voy a leer.

—Gracias.

—Pero tampoco puedo seguir siendo tu novio mientras una parte de tu vida tiene que esconderse para que yo me quede.

La puerta se cerró con suavidad.

Eso fue peor.

Clara permaneció en la cocina hasta que el café se enfrió. Fifí saltó del muro al alféizar.

—Se fue —susurró.

La gata maulló.

Clara abrió el cuaderno y escribió:

“Ya sabe que no sos mi hermana.”

Dejó el bolígrafo sobre la mesa. A un lado estaba el presupuesto de la cafetería. Al otro, la dirección de la audición que Vera había perdido. Cuando cerró los ojos aquella noche, no sabía cuál de las dos despertaría.

Solo sabía que la mentira ya no estaría allí para protegerlas.