CAPÍTULO 5 LA CANCIÓN INTERRUMPIDA
Mateo pasó el sábado sin noticias de Clara. Decidió no escribirle más de una vez y se obligó a concentrarse en la clínica, aunque revisó el teléfono con demasiada frecuencia.
El domingo amaneció sin respuesta de Clara. El domingo, poco después del mediodía, recibió un mensaje de un número desconocido.
“Soy Vera. Dejá de llenar de mensajes el teléfono de Clara. Me compré otro para no soportar las notificaciones.”
Mateo miró la pantalla.
“¿Cómo conseguiste mi número?”
La respuesta llegó de inmediato.
“Estaba guardado en el teléfono que no dejabas de hacer sonar. Qué capacidad deductiva.”
“Necesito hablar con Clara.”
“Y yo necesito una banda que llegue a horario. Ninguno está teniendo un buen día.”
Mateo escribió y borró tres respuestas. Finalmente puso:
“No voy a insistir. Decile que estoy esperando que me llame.”
Tres puntos aparecieron y desaparecieron.
“Cursi.”
Después lo bloqueó.
Mateo dejó el teléfono sobre el escritorio.
Una hora más tarde, mientras revisaba distraídamente las historias de la cafetería, vio que Paula había compartido una publicación de Nico Duarte: una presentación el domingo por la noche en un bar cercano.
En la fotografía aparecían una guitarra, un micrófono y, al fondo, una chaqueta de cuero que Mateo reconoció.
No sabía si Vera cantaba, ayudaba a la banda o simplemente estaba allí. El domingo, después de terminar su turno en la clínica, caminó hacia el bar. Sabía que presentarse sin invitación podía sentirse como otra forma de insistencia. Todavía podía regresar a su departamento.
No lo hizo.
Se prometió escuchar una canción y marcharse sin acercarse. El lugar era pequeño, con paredes de ladrillo y un escenario apenas elevado. Había unas cuarenta personas. Nico afinaba la guitarra. Abril se movía entre las mesas con la cámara. Malena hablaba con el encargado junto a la barra.
Mateo se ubicó al fondo. Vera apareció con un micrófono en la mano. No llevaba cuero esa noche. Vestía una camiseta negra sencilla y pantalones oscuros. El cabello le caía sobre un lado del rostro.
—La vocalista oficial no vino —dijo Nico—, así que vamos a usar a la irresponsable que sí apareció.
Vera le mostró el dedo medio.
El público rió.
Luego comenzó a cantar. Mateo olvidó por qué estaba enojado. La voz de Vera no se parecía a la de Clara. No porque perteneciera a otra garganta, sino porque ocupaba el cuerpo de otra manera. Era profunda, áspera en los bordes y limpia cuando ascendía. No pedía permiso. No buscaba agradar.
Durante la segunda canción, Vera lo vio.
No dejó de cantar.
Pero algo cambió en su expresión. Al terminar, bajó del escenario. Antes de llegar a Mateo, Nico la interceptó.
—Esto no arregla lo de ayer.
Vera tomó una botella de agua.
—No dije que lo arreglara.
—Te conseguí una audición real. La gente esperó cuarenta minutos.
—Tuve un problema.
—Siempre tenés un problema que nadie puede conocer.
Malena se acercó.
—No podemos seguir recomendándote si desaparecés cada vez que alguien te da una oportunidad.
La expresión de Vera cambió apenas, pero Mateo la vio.
—No desaparecí porque quise.
—Entonces explicalo —dijo Nico.
Vera apretó la botella.
—No puedo.
—No puedo organizar mi vida alrededor de cuando decidís existir.
El silencio fue inmediato. Nico pareció arrepentirse. Vera dejó la botella sobre una mesa.
—No tenés que organizar nada alrededor mío.
Se apartó y caminó directamente hacia Mateo.
—¿Me seguiste?
—No exactamente.
—Qué tranquilizador.
—Vi la publicación.
—Eso se llama seguir con pasos adicionales.
Mateo sostuvo su mirada.
—No sabía que cantabas.
—No sabés nada de mí.
—Eso estoy empezando a entender.
—Entonces andate.
Mateo asintió.
Ella pareció desconcertada.
—¿Eso es todo?
—Me pediste que me fuera.
—Y por una vez hacés caso.
—Estoy practicando.
Mateo se volvió.
—Esperá.
Se detuvo.
Vera cruzó los brazos.
—¿Qué querés con Clara?
La pregunta lo sorprendió.
—Quiero que me diga la verdad.
—¿Y después?
—No sé.
—Mala respuesta.
—Es la única honesta.
Vera lo estudió.
—Ella te quiere.
Mateo sintió un golpe silencioso.
—¿Te lo dijo?
—No necesito que me diga todo.
—Pero no sabés dónde está.
La expresión de Vera se endureció.
—Andate, Mateo.
Él obedeció.
Al salir, las campanas de una iglesia marcaron las nueve. La humedad se levantaba del empedrado y el volcán era solo una sombra oscura detrás de los techos.
Mateo entendió dos cosas. Vera tenía una vida que no dependía de Clara. Y aquella vida también estaba pagando el precio de las desapariciones. A la mañana siguiente, Clara lo llamó.
—Tenemos que vernos.
Mateo miró el anillo guardado sobre el escritorio.
—Sí —dijo—. Tenemos.