Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1) CAPÍTULO 4 LO QUE VERA DEJA
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CAPÍTULO 4 LO QUE VERA DEJA

Clara volvió un viernes por la mañana y encontró la cocina llena de personas que no conocía.

Tres dormían en el suelo del salón. Un hombre de cabello largo ocupaba el sofá con una guitarra abrazada al pecho. En la mesa había vasos, cajas de comida, hojas con letras de canciones y una cámara fotográfica. Una mujer de pelo violeta roncaba con la cabeza apoyada sobre dos chaquetas de cuero.

Clara se quedó en la puerta del dormitorio, inmóvil. El hombre abrió un ojo.

—Vera.

—No.

Tardó dos segundos en incorporarse.

—Ah.

La mujer del suelo también despertó.

—¿Ya?

Clara apretó la bata contra el cuerpo.

—¿Quiénes son ustedes?

El silencio fue tan incómodo que Fifí apareció en el muro del patio para observarlo. La mujer de pelo violeta se puso de pie.

—Soy Malena.

Señaló al hombre de la guitarra.

—Nico. Y ella es Abril.

La fotógrafa levantó una mano desde el suelo.

—Hola.

Clara miró el desastre.

—¿Qué pasó?

Nico se pasó una mano por la cara.

—Ensayamos.

—¿Acá?

—Terminamos acá.

Sobre una silla había una lista de canciones escrita con dos caligrafías. En una pared, Abril había apoyado varias fotografías recién impresas. Vera aparecía cantando en un bar pequeño, con los ojos cerrados y una expresión que Clara nunca había visto en su propio rostro.

No era una colección de excesos.

Era una vida.

Malena observó a Clara con una atención que la hizo sentir desnuda.

—Vera dijo que iba a dormir un rato.

Clara no supo qué responder. Habían pasado cinco días.

Cinco días en los que Vera había trabajado, salido, ensayado y llenado la casa con personas que conocían su voz, su música y sus horarios.

Ellos sabían dónde estaban los vasos y la contraseña del wifi.

Clara no sabía ni siquiera qué canciones cantaba.

—Necesito que se vayan —dijo.

Nico se levantó sin discutir. Abril recogió la cámara. Malena fue la última. Antes de salir, se detuvo frente a Clara.

—Decile a Vera que me llame.

—Se lo diré.

Malena dudó, como si no estuviera segura de que el mensaje fuera a llegar.

—Y decile que no puede desaparecer cinco días y volver como si nada.

Clara sostuvo su mirada.

—Se lo diré.

Malena se marchó.

En la mesa quedó un volante.

“AUDICIÓN ABIERTA — VOCALISTA FEMENINA — SÁBADO, 18:00.”

El nombre de Vera estaba escrito al dorso junto con una dirección. Clara revisó el cuaderno. La letra de Vera llenaba tres páginas: lista de canciones, horarios, un número de contacto y una frase subrayada:

“NO ARRUINES ESTO.”

La audición era al día siguiente. Clara cargó ambos teléfonos. Copió la dirección en una hoja. Colocó el volante sobre la mesa, junto a las botas negras y una camiseta que creyó adecuada. Programó una alarma en su propio teléfono y otra en el de Vera.

Luego se quedó mirando la ropa. Había preparado cada detalle como si pudiera ordenar quién despertaría. Escribió:

“Si despertás mañana, todo está listo. Si sigo yo, llamaré para explicar que hubo una emergencia.”

Debajo añadió:

“Tus amigos se fueron. No rompieron nada.”

Al mediodía fue a terapia. La consulta de la Dra. Lucía Ferrer tenía paredes claras, dos sillones y ninguna decoración que exigiera ser interpretada. Clara se sentó en el borde.

—Vera invitó gente a casa —dijo.

—¿Gente peligrosa?

—No lo sé.

—¿Rompieron algo?

—No.

—Entonces, ¿qué te preocupa?

Clara sacó el volante.

—Tiene una audición mañana.

Lucía lo leyó.

—¿Y qué querés hacer?

—Dejar todo preparado.

—Eso ya lo hiciste.

—No es suficiente.

—Porque no podés decidir quién va a despertar.

Clara bajó la mirada.

—Ella va a decir que yo lo arruiné.

—¿Lo arruinarías a propósito?

—No.

—Entonces la pérdida no sería una agresión tuya.

—Para Vera siempre lo es.

Lucía dejó el volante sobre la mesa.

—¿Qué perdería Vera si vos siempre fueras quien despierta?

Clara quiso responder que perdería dinero, noches y ropa innecesaria. La imagen de las fotografías se interpuso.

—Su música.

—¿Algo más?

Clara pensó en Malena, Nico y Abril.

—Su gente.

Lucía asintió.

—Y vos, ¿qué perderías si Vera estuviera siempre?

—Todo lo que construí.

—Ahí está el problema —dijo Lucía—. Las dos hablan de la vida compartida como si fuera una casa que la otra puede ocupar o destruir.

Clara apretó las manos.

—Ella no respeta nada mío.

—Eso debe cambiar.

—¿Y yo?

—Vos también.

Clara sintió irritación.

—Yo pago las cuentas.

—Eso no te vuelve propietaria del tiempo de Vera.

La frase la acompañó de regreso.

Esa tarde, Ernesto le mostró un listado de costos para la futura renovación del menú. Clara hizo cálculos en el reverso de una servilleta. Por primera vez se permitió imaginar no solo una cafetería propia, sino el nombre, la distribución de las mesas y el patio con sombra.

Guardó la hoja en el bolso. En casa la colocó, sin darse cuenta, junto al volante de la audición. Dos futuros sobre la misma mesa. Esa noche se acostó temprano.

A las seis de la mañana del sábado abrió los ojos.

Seguía siendo Clara.

La alarma de Vera sonó en la habitación vacía.

Clara la dejó sonar dos veces antes de apagarla. A las ocho llamó al número de la audición. Explicó que Vera había tenido una emergencia y preguntó si podían darle otro horario.

La respuesta fue amable y definitiva: no.

Habían reservado ese espacio para otras cantantes y el productor viajaba al día siguiente.

Clara agradeció, colgó y escribió en el cuaderno:

“Perdiste la audición. Intenté cambiarla. No aceptaron otra fecha. Lo siento.”

Dejó el volante junto al cuaderno, sin tocar la ropa que había preparado para Vera.

Esa noche se acostó sabiendo que, cuando Vera volviera, encontraría una pérdida que Clara no había causado y que, aun así, tendría que explicarle.