CAPÍTULO 3 DOS HERMANAS
Durante los siguientes cuatro días, Mateo intentó no pensar en Vera. El resultado fue que pensó en ella cada vez que miró el teléfono.
Clara había vuelto a su rutina habitual. Respondía con puntualidad, llegaba a las citas a la hora exacta y se reía de sus chistes malos con la indulgencia de siempre. Cenaron el sábado en el restaurante que él había reservado, pero el anillo permaneció en el bolsillo.
No podía proponerse compartir una vida con alguien mientras sentía que acababa de descubrir una puerta cerrada dentro de esa misma vida.
—Estás callado —dijo Clara.
—Estoy comiendo.
—Eso nunca te impidió hablar.
Mateo dejó el tenedor.
El patio del restaurante estaba iluminado por guirnaldas. Al fondo, una fuente pequeña apagaba parte del ruido de la calle. Más allá de los muros se oían campanas y el murmullo constante de turistas que regresaban a sus hoteles.
—¿Vera vive con vos?
Clara se tensó apenas.
—A veces.
—¿Qué significa “a veces”?
—Que viaja mucho.
—¿A dónde?
—A distintos lugares.
Mateo sonrió sin humor.
—Eso suena como una respuesta inventada mientras sale de tu boca.
Clara bajó la vista.
—No quiero que Vera se convierta en el centro de nuestra relación.
—No lo es.
—Desde que la viste, solo preguntás por ella.
—Porque no sabía que existía.
La frase cayó entre ambos. Mateo se arrepintió al ver el rostro de Clara.
—No te estoy acusando —dijo—. Solo intento entender.
—Hay cosas de mi infancia que no me gusta contar.
—Lo sé.
—Vera forma parte de eso.
Mateo quiso preguntar si también había crecido en el hogar de menores, si las habían separado, si existían documentos o recuerdos compartidos. No lo hizo.
—Está bien —dijo—. Cuando quieras.
Clara levantó la vista y le sonrió con gratitud. La sonrisa le dolió más que la discusión. Después de cenar caminaron hacia la plaza. Clara se detuvo frente a una vidriera cerrada donde habían colocado tazas artesanales.
—Mirá esa —dijo.
Era una taza blanca con hojas verdes pintadas a mano.
—Combinaría con tu futura cafetería.
Clara sonrió de verdad.
—Mi futura cafetería todavía no existe.
—Por eso es futura.
—Necesitaría ahorrar durante diez años.
—Nueve si dejás de alimentar a la gata de la vecina.
—Fifí no acepta recortes presupuestarios.
Mateo la tomó de la mano. Durante algunos minutos volvieron a ser ellos. Al despedirse aquella noche, Clara se recogió el cabello para acomodarse la bufanda. Mateo vio una pequeña marca color café detrás de su oreja izquierda, cerca del nacimiento del cabello.
La conocía. La había besado más de una vez. En ese momento no le dio importancia. Tres días después, el martes por la tarde, Mateo pasó por la casa de Clara al salir de una consulta complicada. No iba a buscarla. Había prometido llevarle alimento a Fifí y un frasco de miel a Elvira.
La anciana lo recibió en el patio.
—Gracias, hijo. Esta garganta ya no tiene edad para heroicidades.
—La miel no hace milagros, pero cobra menos que yo.
Elvira rió.
Fifí se acercó al paquete.
—Ayer tu novia salió con esas botas otra vez —comentó la mujer—. Casi no la reconocí.
Mateo dejó de abrir la bolsa.
—¿Ayer?
—A media mañana. Llevaba el pelo suelto y una chaqueta negra. Ni me saludó.
Clara le había dicho que había pasado el lunes entero en casa, trabajando en unas cuentas.
—¿Está seguro de que era Clara?
Elvira lo miró como si la pregunta fuera absurda.
—¿Quién más iba a ser?
Mateo sonrió para no inquietarla.
—Nadie.
Esa misma tarde pasó por la cafetería. No buscaba a Clara; había quedado en comprarle a su padre un pastel de naranja. Vera estaba detrás del mostrador.
Llevaba pantalones negros, una camiseta de una banda que Mateo no conocía y el cabello recogido en una cola alta. Lo vio entrar y suspiró.
—Otra vez vos.
—Vine a comprar algo.
—Progreso.
—¿Clara está de viaje?
—Supongo.
—¿No sabés dónde está tu hermana?
Vera apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—No somos de avisarnos cada movimiento.
—Viven juntas.
—Eso no convierte la casa en una prisión con registro de entradas.
Mateo respiró hondo.
—No vine a discutir.
—Entonces sos mejor actor de lo que parecés.
Pidió el pastel. Vera se dio vuelta para buscarlo. La cola de caballo dejó libre la zona detrás de su oreja izquierda.
Mateo vio la marca.
La misma forma irregular.
El mismo color.
El mismo lugar exacto.
Su primera reacción fue avergonzarse. Las gemelas idénticas podían compartir lunares y marcas de nacimiento. No sabía cuánto. Vera cerró la caja y dobló una servilleta dos veces por la mitad antes de colocarla encima.
Exactamente como Clara.
—¿Qué? —preguntó.
Mateo se dio cuenta de que la estaba mirando.
—Nada.
Pagó. Mientras Vera salía detrás del mostrador para bajar una persiana lateral, sacó un llavero del bolso. Colgaba de él una pequeña figura de madera en forma de taza.
Mateo se la había regalado a Clara durante su primer mes de relación. Vera introdujo la llave en la cerradura del depósito.
El mismo llavero.
La misma llave.
Mateo tomó la caja.
—¿Tu hermana te presta todo?
Vera volvió la cabeza.
—¿Ahora vas a hacer inventario?
—Solo pregunto.
—Ese es tu problema.
Mateo salió.
A mitad de la cuadra se detuvo bajo un alero mientras la lluvia comenzaba a golpear el empedrado.
Miró el recibo.
El número de empleado era el mismo que figuraba cuando lo atendía Clara. No quería desconfiar de ella. Tampoco podía seguir aceptando respuestas que se deshacían apenas las tocaba.
Volvió caminando bajo la llovizna, con el pastel bajo el brazo y más preguntas que respuestas. Cuando abrió la puerta de su departamento, el silencio lo recibió antes que la luz.
Mateo dejó la caja del pastel sobre la cocina y encendió una lámpara aunque todavía entraba algo de claridad por la ventana. Hacía eso casi siempre: una lámpara en la sala, otra junto al escritorio. Nunca le había gustado llegar a una casa completamente oscura.
El lugar era sencillo. Un sofá gris, una mesa para cuatro en la que casi siempre comía uno, libros de veterinaria mezclados con novelas y una planta que Clara insistía en que seguía viva aunque él tenía serias dudas.
No había fotografías familiares a la vista.
Solo una, guardada dentro del cajón del escritorio: Mateo con nueve años, su padre detrás de él y su madre agachada a su lado, abrazándolo por los hombros.
Abrió el cajón para guardar unos documentos y la fotografía apareció debajo del estuche del anillo. No necesitaba mirarla para recordar aquella época.
Su madre se había ido a España prometiendo que sería por unos meses. Al principio llamaba todos los domingos. Después cada dos. Después una vez al mes. Durante años, Mateo había aprendido a no alejarse demasiado del teléfono los domingos, por si sonaba.
Hasta que un domingo no sonó.
Ni el siguiente.
Nadie desaparecía de golpe, pensó. A veces una persona se iba dejando pequeños silencios hasta que un día uno entendía que llevaba mucho tiempo esperando a alguien que ya no estaba regresando.
Cerró el cajón.
Tomó el teléfono. No había mensajes de Clara.
Lo dejó sobre la mesa.
Cinco minutos después volvió a mirarlo.
—Muy bien, Solís —murmuró—. Eso no es paciencia. Eso es un problema.
Se obligó a preparar café y dejó el teléfono boca abajo.