CAPÍTULO 2 TRES DÍAS DESPUÉS
Clara despertó con una bota sobre la almohada. La sostuvo frente a su cara durante varios segundos, como si la explicación pudiera aparecer debajo de la suela. Era negra, alta, con una hebilla plateada y un precio que seguramente le provocaría dolor de cabeza.
La otra bota estaba junto a la puerta.
El dormitorio parecía haber soportado una tormenta selectiva.
Su lado del placard permanecía casi en orden, aunque dos vestidos habían quedado aplastados contra la pared.
El lado de Vera desbordaba bolsas, cuero y prendas nuevas.
Había un perfume desconocido sobre la cómoda y una entrada de concierto pegada al espejo.
Clara tomó el teléfono de la mesa de luz.
Estaba apagado.
Lo conectó y miró la fecha.
Jueves.
Se había acostado el lunes. El aire se le quedó detenido en el pecho.
Tres días.
No era el período más largo, pero bastaba para que la vida adquiriera bordes ajenos. Abrió el cuaderno de tapas verdes que guardaban en el cajón central. La letra de Vera ocupaba media página con trazos grandes e inclinados.
“Trabajé. La caja cerró bien. Ernesto vino el martes. Vendimos mucho porque cambié esa música de funeral que ponés.”
Debajo había una lista:
“Botas. Campera. Dos faldas. Un celular.”
Clara dejó de leer.
Revisó la cuenta bancaria. El saldo era peor de lo que temía, aunque no catastrófico. Vera había usado todo su presupuesto personal y una pequeña parte del dinero común.
Clara abrió el placard de Vera y empezó a ordenar. Doblar una falda. Colgar la chaqueta. Guardar las botas en la parte baja. La rutina calmó sus manos durante unos minutos.
Luego se detuvo con un perfume en la mano.
No era suyo.
El espacio tampoco lo era. Habían comprado el segundo placard porque Vera exigía un lugar propio, y Clara acababa de entrar en él como si el orden le diera permiso.
Volvió a dejar el perfume donde estaba. Escribió en el cuaderno:
“Necesitamos hablar de los gastos. Usaste parte del fondo común.”
Debajo añadió:
“Ordené algunas cosas para que no se arruinen.”
Lo leyó dos veces. La segunda frase sonaba menos inocente de lo que había querido. El teléfono terminó de encenderse. Aparecieron treinta y siete mensajes de Mateo, seis llamadas perdidas y una fotografía enviada el martes: una mesa de madera bajo un patio iluminado.
“Encontré el lugar para el sábado. No te rías de mí hasta verlo.”
Clara tragó saliva.
Siguió leyendo la nota de Vera.
“El pesado ese no dejaba de escribir, así que me compré otro celular. El tuyo está en el cajón. Sin batería. De nada.”
—Vera…
La palabra salió como una súplica dirigida a una habitación vacía. Respondió a Mateo:
“Perdón. Estuve enferma y dormí muchísimo. Hoy trabajo. Te llamo después.”
El mensaje fue leído casi de inmediato.
“¿Estás bien? Fui a la cafetería. Conocí a Vera.”
Clara dejó caer el teléfono sobre la cama. Habían pasado años desde la última vez que alguien confundía las piezas de su vida. Con la mayoría bastaba una explicación vaga: viajes, días libres, cambios de humor. Mateo no era la mayoría.
Llevaban un año juntos.
Él conocía el lunar bajo su clavícula, su manera de doblar las servilletas, la forma en que revisaba dos veces la puerta antes de dormir. Sabía que guardaba monedas en un frasco de vidrio, que no compraba algo sin comparar precios y que hablaba con Fifí cuando estaba nerviosa.
No sabía lo esencial.
Clara se vistió con jeans y una blusa celeste. Antes de salir, encontró a Fifí sobre el muro divisorio.
—No me mires así.
La gata se sentó.
—Él la vio.
Fifí parpadeó lentamente.
—Y yo no sé qué decirle.
La gata acercó la cabeza a su mano.
—Podría decir la verdad.
Fifí maulló.
—Sí. Ya sé que debería.
Del otro lado del patio apareció Elvira con una taza entre las manos.
—Buenos días, hija. ¿Ya volviste?
Clara se quedó quieta.
—¿Volví de dónde?
Elvira frunció el ceño.
—De donde hayas ido. La otra mañana saliste con tanta prisa que ni saludaste.
—Ah.
—Llevabas unas botas que casi me hacen caer de espaldas.
Clara miró la bota que todavía parecía pesarle en la memoria.
—Perdón.
—No me debés disculpas por vestirte como una cantante.
Fifí saltó al alféizar de Elvira.
—Aunque a esta no le gustó el perfume.
La anciana sonrió y entró en su casa. Clara permaneció unos segundos en el patio.
Elvira no sabía.
Pero veía.
En El Rincón del Laurel, Paula la recibió con una sonrisa cansada.
—¿Volviste de tu viaje relámpago?
Clara se quitó la chaqueta.
—¿Qué viaje?
Paula soltó una carcajada.
—El que inventaste para no responder mensajes. Tranquila, no necesito detalles.
Ernesto apareció cerca del cierre. Revisó la caja y la felicitó por una promoción de cafés dobles que ella no recordaba haber creado.
—Lo del martes funcionó muy bien —dijo—. Vendimos casi un treinta por ciento más.
—Me alegra.
—Mantené esa energía. Los turistas compran más cuando parecés dispuesta a discutirles.
Paula se rió desde la máquina de espresso. Ernesto desplegó unos papeles.
—También estoy pensando en renovar el menú y sumar una mesa más en el patio.
Clara observó el plano. Vio enseguida dónde cabría la mesa, cuánto costaría cambiar la distribución y qué productos podrían venderse con mejor margen.
—La mesa junto al muro recibiría demasiado sol después del mediodía —dijo—. Pero si se coloca una pérgola pequeña…
Ernesto la miró con interés.
—¿Nunca pensaste en administrar un lugar propio?
Clara sostuvo el papel con más fuerza.
—Algún día.
—Los “algún día” son caros.
—Por eso ahorro.
Ernesto sonrió y guardó los papeles.
—Entonces seguí observando. Un negocio se aprende antes de comprarse.
La frase permaneció con ella cuando Mateo llegó cinco minutos después. Traía el cabello todavía húmedo por la lluvia y una preocupación que intentaba disfrazar con humor.
—Entonces —dijo, apoyándose en el mostrador—, ¿cuántos familiares idénticos pensabas ocultarme?
Clara sintió que el suelo se inclinaba.
—Solo una.
La mentira salió demasiado rápido.
Mateo esperó.
—Vera —añadió Clara—. Mi hermana gemela.
Decirlo produjo una calma inmediata y venenosa. La explicación existía. No era cierta, pero podía sostenerse durante unos días.
—¿Por qué nunca me hablaste de ella?
Clara tomó una taza que no necesitaba mover.
—No nos llevamos bien.
—Eso lo deduje.
—Vivimos vidas separadas.
—Trabajan en el mismo lugar.
—A veces cubre mis turnos.
—Usa tu teléfono.
—Lo tomó prestado.
Mateo inclinó la cabeza. Era la misma expresión que utilizaba cuando un dueño aseguraba que su perro no podía haberse comido algo mientras el envoltorio seguía entre sus dientes.
—No quiero hablar de Vera —dijo Clara.
Él guardó silencio.
Y entonces hizo algo peor que insistir.
Aceptó.
—Está bien.
Clara sintió alivio y culpa al mismo tiempo. Mateo extendió la mano sobre el mostrador. Ella la tomó.
—Solo decime una cosa —pidió él—. ¿Estás bien?
La respuesta verdadera era demasiado grande.
—Sí.
Él sonrió, pero no pareció creerle. Esa noche, al volver a casa, Clara abrió el cuaderno. Su nota seguía siendo la última.
Vera todavía no había vuelto. Clara pasó el pulgar por el borde de la página y releyó lo que había escrito sobre los gastos y el placard. No habría respuesta hasta el próximo cambio: quizá al día siguiente, quizá varios días después.
Cerró el cuaderno y lo dejó sobre la mesa. La espera también formaba parte de la conversación entre ellas.