Amo las dos tú (Amores imperfectos nº 1)
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CAPÍTULO 1 UNA PREGUNTA SENCILLA
Mateo Solís había aprendido que los animales desconfiaban de las palabras largas.
Con un perro asustado funcionaban mejor una voz baja, una mano quieta y la paciencia suficiente para esperar que el otro decidiera acercarse.
Con Clara, en cambio, llevaba tres semanas ensayando un discurso de casi cuatro minutos.
—No vas a decir todo eso —afirmó Julia, la recepcionista de la clínica, mientras él cerraba el transportador de un gato persa que acababa de vacunarlo con las uñas—. Vas a arrodillarte, se te va a olvidar la mitad y vas a preguntar cualquier cosa.
Mateo se examinó el arañazo de la muñeca.
—Gracias por la confianza.
—Es experiencia. Todos los hombres románticos creen que van a pronunciar un discurso histórico. Después dicen: “Bueno, ya sabés”.
—Yo no pienso decir “ya sabés”.
—Perfecto. Anotalo como primer objetivo clínico.
El gato bufó desde el transportador. Mateo inclinó la cabeza hacia él.
—Al menos vos me entendés.
—El gato quiere matarte.
—Pero con honestidad.
Julia soltó una risa y volvió al mostrador. Mateo guardó el anillo en el bolsillo interior de la chaqueta. Lo había comprado dos días antes, después de visitar cuatro joyerías y convencer a tres vendedores de que no necesitaba algo más grande.
Clara habría considerado una piedra ostentosa un delito financiero. El anillo era sencillo: una banda fina y una piedra pequeña, limpia, sin adornos innecesarios. Exactamente como ella.
No pensaba proponérselo esa tarde. Solo quería verla, confirmar que terminaría su turno temprano y sugerirle una cena para el sábado. Había reservado una mesa en un restaurante con patio, lejos del ruido turístico. Después caminarían por las calles empedradas y él encontraría el momento.
Un plan razonable.
Los planes razonables le gustaban a Clara. A las cinco menos cuarto revisó el teléfono por cuarta vez. Su último mensaje seguía sin respuesta.
“Termino temprano. ¿Café?”
No era extraño. Clara podía pasar horas sin mirar la pantalla durante el turno. Aun así, Mateo sintió esa presión conocida detrás del esternón: la que aparecía cuando alguien tardaba demasiado en contestar y una parte irracional de él empezaba a prepararse para una ausencia definitiva.
Guardó el teléfono.
No iba a convertir un silencio de dos horas en una tragedia.
—¿Todo bien? —preguntó Julia desde el mostrador.
—Sí.
—Esa respuesta tuvo cara de no.
Mateo sonrió.
—Estoy practicando para el matrimonio.
—Entonces practicá decir la verdad.
Cerró la clínica a las cinco y cuarto. Antes de dirigirse a El Rincón del Laurel pasó por la calle de Clara. Llevaba en una bolsa un pequeño paquete de alimento para Fifí, la gata de la vecina, porque Clara le había contado que doña Elvira estaba resfriada y no había salido a comprar.
La casa de Clara tenía un patio interior separado del de Elvira por un muro bajo. La anciana estaba regando geranios con una bufanda alrededor del cuello.
—Buenas tardes, doña Elvira.
—Mateo, hijo. ¿Venís a ver a Clara?
—Después. Esto es para Fifí.
La gata apareció como si hubiera escuchado su nombre desde la otra punta de la ciudad. Elvira tomó la bolsa y sonrió.
—Esa sinvergüenza tiene más pretendientes que yo a los veinte.
—Yo solo soy proveedor.
—Eso dicen todos al principio.
Fifí se frotó contra el pantalón de Mateo. Él se agachó para acariciarla.
—Clara le cuenta más cosas que a mí.
—Fifí no interrumpe.
—Eso explica la preferencia.
Elvira lo miró con una ternura tranquila.
—Esa muchacha necesita gente que no se canse de esperar.
Mateo levantó la vista.
—¿Clara?
—¿Quién más?
La respuesta pareció simple, pero se quedó con él mientras se alejaba.
Antigua respiraba el final de la tarde. Las campanas de una iglesia marcaron la hora mientras los vendedores protegían sus puestos de una llovizna reciente.
El empedrado todavía brillaba. Los turistas se refugiaban bajo corredores coloniales, y detrás de los techos húmedos el volcán apenas se insinuaba entre nubes bajas.
El Rincón del Laurel estaba a siete cuadras. Desde la esquina, Mateo vio las luces cálidas del local y la silueta de una mujer detrás del ventanal. La reconoció antes de distinguirle la ropa.
El mismo cabello oscuro. La misma altura. La misma forma de inclinarse sobre la cafetera. Mateo sonrió y empujó la puerta. La campanilla sonó sobre su cabeza.
La mujer levantó la vista. La sonrisa de Mateo se detuvo.
Clara llevaba una chaqueta de cuero negro sobre una camiseta blanca, una falda corta y botas. El cabello, que normalmente recogía con una trenza o un broche discreto, le caía suelto y desordenado sobre los hombros. Tenía los labios pintados de un rojo oscuro que él nunca le había visto.
Durante un segundo pensó que le preparaba una sorpresa.
—Bueno —dijo—. Esto sí que no me lo esperaba.
Ella lo observó sin responder. Mateo se acercó al mostrador.
—¿Cambiaste el uniforme o Ernesto finalmente aceptó que cada uno viniera como quisiera?
La mujer dejó la taza que estaba secando.
—¿Qué vas a pedir?
La voz no era la de Clara.
No exactamente.
Era más grave, más áspera, como si las mismas cuerdas hubieran aprendido otra canción.
Mateo parpadeó.
—¿Clara?
Ella miró hacia el fondo del local y después volvió a él.
—Hoy no trabaja.
La respuesta produjo un vacío extraño. Mateo sonrió por reflejo.
—Perdón. Creí que eras…
Entonces lo entendió.
O creyó entenderlo.
La mujer era idéntica a Clara. No parecida. No una familiar con rasgos comunes. Idéntica.
—Sos su hermana —dijo.
Ella arqueó una ceja.
—Qué rápido.
—No sabía que tenía una gemela.
—Ese parece ser tu problema, no el mío.
Mateo soltó una pequeña risa, todavía desorientado.
—Soy Mateo.
—Felicitaciones.
—El novio de Clara.
La mujer tomó otra taza.
—Eso explica el nombre guardado.
—¿En dónde?
—Nada.
—¿Cómo te llamás?
—¿Vas a pedir café o un árbol genealógico?
Un cliente junto a la ventana ocultó una sonrisa detrás de su libro. Mateo bajó la voz.
—Solo quería saber si Clara está bien. No me respondió.
—Entonces debe de estar ocupada.
—¿Sabés cuándo vuelve?
—No.
—¿Podrías decirle que vine?
—Podría.
—¿Lo harías?
Ella lo miró por primera vez con verdadero interés. No era una mirada amable. Era una evaluación.
—No prometo cosas innecesarias.
Mateo apoyó una mano en el mostrador.
—¿Siempre sos así con los clientes?
—Solo con los que no compran nada.
—Un café negro.
—Eso fue casi una decisión.
Mientras ella preparaba el café, Mateo intentó ordenar lo que veía. Clara nunca le había hablado de una hermana, mucho menos de una gemela. Tampoco tenía fotografías familiares en su casa, pero eso no era extraño: había crecido en un hogar de menores y evitaba hablar de sus padres.
Una hermana podía pertenecer a la parte de su vida que no quería recordar. La mujer puso el vaso frente a él.
—Son veintidós quetzales.
Mateo pagó.
—¿Y tu nombre?
—Está en el recibo.
Miró el papel.
La impresión decía: VERA. Cuando levantó la vista, ella ya atendía a otra persona. Mateo salió bajo la llovizna con el café intacto y el anillo en el bolsillo.
Por primera vez desde que lo había comprado, el sábado dejó de parecerle una fecha segura.