Capítulo 29
Capítulo Veintinueve
— H m, eso no ha salido como me imaginaba —murmuró Dax pensativo—. Pensé que ella lo entendería.
Matt no respondió. Se sujetaba la cabeza con las manos, concentrado en su respiración e intentando luchar contra el pánico que le estaba nublado el cerebro desde hacía dos horas. No lo estaba logrando. La sensación era tan penetrante como la voz de Dax.
¿Por qué lo había…? ¿Por qué…?
—Quiero decir —continuó Dax impasible, dándole una suave palmada en la espalda—. Maddie siempre es tan sensata. Di por hecho que le parecería bien si cambiabas de opinión. Que no le importaría que volvieran a ser solo amigos, si se lo sugerías…
—¿ Tú le aconsejaste que hiciera eso? —exclamó Lucy, horrorizada.
Matt no tenía ni idea de por qué estaba ella en su apartamento.
Su voz era incluso más insoportable que la de Dax, quizá porque estaba diciendo la verdad—.
¿Estás loco? Cielo santo, la única vez que te dejan sin vigilancia.
¡Dax, que estemos juntos no significa que seas experto en relaciones!
—¿Y tú sí lo eres, o qué? ¡Yo también soy tu primer novio a largo plazo!
—No soy experta en relaciones, ¡pero sí en todo lo relacionado con Maddie, idiota! Dios mío, esto es lo que pasa cuando se deja a dos hombres solos demasiado tiempo. Y no puedo creer que se lo sugirieras en serio, Matt.
Sí, él tampoco se lo podía creer.
Sin embargo, había tenido miedo… y miró dudas en los ojos de ella. Sus dudas, que lo asustaban mucho más de lo que las suyas propias podrían jamás. ¡Después de todo, él nunca tendría ninguna duda!
—Quiero decir, ¿qué se te pasó por la cabeza? —continuó Lucy enfadada—. No vas a encontrar a nadie mejor que Maddie.
—Lo sé —dijo con la mandíbula apretada.
—¿Entonces cuál fue el problema? ¿Qué le hiciste para que apagara el teléfono, huyera y, por lo visto, no quiera hablar con nadie?
Entrecerró los ojos y apretó las manos.
—Yo… la necesito en mi vida.
—¡Y lo mejor que pudiste hacer fue echarla de ella!
—Yo no he…
—¡Sí, claro que lo hiciste !
—Sí, yo… ¡Maldita sea, basta ya, Lucy! —Retiró las manos y la fulminó con la mirada—.
¿Crees que necesito tu ayuda para sentirme como una mierda?
¡No! Tenía miedo, ¿bien? Tenía miedo de que cambiara de opinión.
De que, en algún momento, se cansara de que yo la presionara para discutir y para decirles la verdad a las personas de su vida.
De que… se rindiera conmigo. ¡Si solo somos amigos, ese día nunca llegará!
Porque no le afecta. Pero, si estamos juntos y yo soy demasiado para ella…
—Sacudió la cabeza—. Así que, sí, me asusté y le dije que deberíamos volver a ser amigos y…
—Bueno, eso fue increíblemente estúpido por tu parte —dijo una voz femenina.
Matt levantó la cabeza de golpe… y se le detuvo el corazón.
Maddie estaba en el umbral de la puerta con una llave en la mano y los brazos cruzados sobre el pecho.
Se le secó la boca y el pecho se le oprimió al instante, tanto que le costaba respirar. Quería decir algo. Lo que fuera. Pero para eso necesitaría sus pulmones y…
—¡No podía encontrarte! —señaló Maddie en tono de reproche, entrando en el apartamento y dando un portazo tras de sí—. En el aparcamiento subterráneo. Te fuiste.
—Yo… —comentó él con voz ronca y parpadeó—. Yo, bueno, una horda de fans me persiguió como después de cada partido y… ¿Qué?
Vio cómo tragaba saliva, cómo inspiraba y espiraba con fuerza. Al parecer, se estaba preparando para sus siguientes palabras.
—Bueno —dijo por fin, con voz temblorosa—, volví para discutir contigo sobre tu estupidez, pero no te encontré por ninguna parte.
Fue demasiado frustrante. Quería mantener mi enfado para que mis palabras fueran más afiladas, pero no sé si eso va a funcionar.
—Se rascó la mejilla sonrojada—. Así que, ¿podrías enojarme de nuevo?
Matt se levantó del sofá, boquiabierto.
—Yo… pensé que habías huido.
—¿Que yo huí? —exclamó con incredulidad antes de apretar los labios—.
¡Gracias! Eso ayuda a mi enojo —añadió en voz baja, y luego dio un paso amenazador hacia él y entornó los ojos—.
¡Ahora escúchame con atención, Matthew Payne, yo hoy no he huido en absoluto!
Claro, mis pies se movieron, pero fuiste tú quien salió disparado con sus palabras, tan rápido que me mareé.
—Le presionó el pecho con un dedo índice, furiosa—.
He decidido hace un rato no volver a huir más.
En lugar de eso, voy a… luchar por mí misma.
—Se aclaró la garganta y bajó la mano con brusquedad—.
En este caso, quizá por nosotros. Porque eres un completo idiota , Matt.
—Por fin alguien lo dice —murmuró Dax.
—¡Oh, cállate, Dax! —Maddie se volvió hacia él, molesta—. Tú no tienes permiso para decir eso. ¡Solo yo! ¿Qué haces aquí, de todos modos?
—Nada —se apresuró a decir Lucy, tapándole la boca a Dax con una mano—. Sigue hablando antes de que se te pase el enojo.
—Ah, claro. —La castaña asintió con firmeza y volvió a clavar sus ojos chispeantes en él—.
¡¿A qué vino todo eso, Matt?! ¡Lo que dijiste antes fue una mierda!
¿Por qué quieres ser solo mi amigo? Esa estúpida charla sobre cómo no es demasiado tarde para volver atrás.
—Sacudió la cabeza, con las lágrimas brillando en sus ojos—. ¡Claro que es demasiado tarde!
—Lo sé —susurró él, apresurándose a asentir con la cabeza, queriendo volver a hacerla feliz antes de que cayera la primera lágrima—.
Lo siento. De verdad. Pero… tú tenías miedo.
—Tragó saliva y buscó su mano cálida y delgada—.
Lo vi en tus ojos. Tenías miedo de que nos peleáramos si seguíamos juntos.
—¿Así que tú entraste en pánico? ¿Porque yo podría decidir que no vale la pena? —preguntó, perpleja.
Él se encogió de hombros con impotencia.
—Quizá. Estabas dudando y…
—Pero esa soy yo, Matt. Yo soy la que duda y luego vuelve a levantarse.
Deberías saberlo. Pero que tenga dudas sobre si quiero pelear cada discusión que me lances no significa que dude de que te amo .
—Sorbió por la nariz y le dio un puñetazo en el brazo—.
Llevo un año amándote. ¡He tenido práctica!
Una calidez inundó su cuerpo, llenando cada una de sus células.
—¡Sabes, yo también estoy confundida, y asustada!
—continuó impertérrita—. Porque el hombre de mis sueños no es para nada como imaginaba.
Porque… a veces simplemente no me entiendes.
Casi nunca me lees los deseos en los ojos.
Nunca me ayudas con la casa, ya que prefieres pagarle a alguien.
Y quieres discutir. Pero también quieres reconciliarte.
E intentas entenderme cuando te explico las cosas. Y quizá hasta lavarías la ropa si…
—Ni hablar —la interrumpió él con voz ronca, apretando sus dedos—. En algún sitio tengo que poner el límite.
Maddie se rio entre dientes y soltó un medio hipo mientras asentía.
—Ya llegaremos a eso. Lo que tienes que hacer…
es dejar de entrar en pánico así, Matt. No soy uno de tus amigos del hockey que te fallaron en el pasado.
¡Quiero decir, llevamos un año en una relación exitosa!
No romántica, claro, pero una relación, al fin y al cabo.
Y lo único que cambia es que no solo hablamos y cosas así, sino que también tenemos sexo.
—Sí, de lo único que tienes que tener miedo es de que la espantes con tus habilidades en la cama —terció Lucy—. Si no te esfuerzas lo suficiente, entonces sí deberías temer. Por lo demás, no parece que la hayas ahuyentado todavía.
Matt le dedicó un gesto obsceno con el dedo, pero continuó observando a Maddie, cuya boca amagaba una sonrisa mientras una sola lágrima rodaba por su mejilla.
Él alargó la mano y pasó el pulgar con la ligereza de una pluma sobre la gota…
, sobre su piel cálida… y, Dios, era un idiota.
¿Cómo pudo haber imaginado alguna vez que algo menos que esto fuera suficiente?
—No tienes que preocuparte por eso —dijo Maddie con voz solemne, acurrucándose ante su contacto—.
Pero, Matt, cuando me veas dudar, solo tienes que respirar hondo y hablar conmigo sobre ello.
Te gusta tanto hacer eso. ¡Está bien dudar!
Es bueno dudar. Porque solo cuando estamos inseguros podemos decidir conscientemente decir que sí y…
—Sí.
Ella parpadeó, confundida.
—¿Qué?
—Sí. Quiero decir que sí —susurró él—. Lo siento.
Entré en pánico. Fui un idiota. No quiero volver atrás.
Quiero seguir adelante. Contigo. Así que…
Sí. Estamos juntos. Sí, no soy el hombre de tus sueños, pero me parecería perfectamente bien ser tu hombre real.
Y, sí… puedo subir esa mesa destartalada que hay allá abajo en la basura.
Y sí, puedes ponerla donde quieras siempre que dejes mi cama en paz.
Porque la necesitaremos pronto. —Apoyó su frente contra la de ella, mientras el alivio y la felicidad se arremolinaban por su cuerpo como un torbellino de confeti al viento—.
Lo siento de corazón. No quería hacerte daño.
Solo quiero que seas feliz. Dios, Maddie, haría casi cualquier cosa para hacerte feliz, y…
Ella sorbió por la nariz y le puso las manos tras el cuello.
—Eso no es nada bueno, Matt. Sabes, un jugador de hockey muy sabio me dijo una vez que uno debe luchar por sí mismo tanto como por los demás.
—¿Ah, sí? —dijo Dax—. No recuerdo haber dicho eso.
—Bien, nos vamos —anunció Lucy, pero Matt no les prestó ninguna atención. No oyó sus pasos ni que se abriera y se cerrara la puerta.
Solo oía la respiración de Maddie. Y el latido de su corazón.
—Yo también te amo —susurró, besándole primero la mejilla izquierda y luego la derecha.
Ella sonrió y cerró los ojos.
—Lo sé.
—Y lo que dije antes fue algo parecido a una proposición.
—No, no lo ha sido.
—¿Por qué no?
—Porque soy una romántica y has levantado el dedo mientras lo decías.
Él soltó una risita suave y le colocó un mechón de cabello tras la oreja.
—Bien, pero…
—Deja de hablar, Matt —murmuró ella contra sus labios y deslizó los dedos por el cuello de él—. Tenemos el resto de nuestras vidas para discutir. Hoy, solo quiero que nos reconciliemos.
Él sonrió.
—Eso se puede arreglar —murmuró y por fin la besó.