Capítulo 27 #2
—¡Oh, por favor, claro que lo sabía! Por supuesto que lo sabía , Maddie. ¡Solo tuve que echarle un vistazo para que me quedara más claro que el agua!
Ella lo miró, perpleja.
—¿De qué estás hablando?
—¡De que el bueno de Clemens no tiene nada de inocente!
Sabe que tú pensabas que estabas en una relación en aquel entonces.
No. Él estaba en una relación contigo. ¡Joder, si un hombre te conoce, aunque sea un poco, sabe que no está teniendo una aventura pasajera, sino que está en una relación seria!
Te manipuló, en nombre de hacérselo más fácil a sí mismo.
¡Te convenció de que estabas equivocada para quedar mejor delante de sus amigos!
Para que todas las mujeres con las que probablemente se acostaba además de contigo no se enfadaran. Para no tener que sentirse culpable.
Maddie parpadeó.
—No. Nunca hablamos de eso y…
—¡A veces no hace falta hablar de ello porque se sabe!
Ella se rio con sorna.
—¿Y eso me lo dices tú, el señor «¿no podemos hablarlo?» y «no puedo leerte la mente»?
—¡Eso es diferente!
—No lo es. En realidad, Clemens era un buen chico, Matt. Fue… mi primer gran amor. No me habría hecho daño a propósito. Simplemente no lo entendí en aquel momento.
—Maddie —dijo Matt con seriedad—, eres una de las personas más inteligentes que conozco.
Eres intuitiva y lees la mente de la gente por sus expresiones.
¿En qué mundo no entenderías que eres solo un revolcón?
Clemens sabía que odias las discusiones y que te cuesta defenderte.
Se aprovechó de eso echándote la culpa a ti.
—¡Eso no es verdad! —replicó enfadada.
—Sí lo es. ¡Válgame Dios! ¿Es que todavía sientes algo por ese payaso? ¿Por qué lo defiendes?
Maddie gimió.
—Dios, Matt…
—Eso no es una respuesta.
—¡Te estás alterando sin ninguna necesidad!
—No es así. Quiero hablar de lo que acaba de pasar.
—¡Pero yo no quiero! Para mí, se acabó.
—Pero no debería ser así.
—¡Tú no decides lo que debería ser o no ser! —gritó furiosa—. No en mi vida.
—No quiero decidir nada, solo quiero ayudarte…
—Pues no quiero tu ayuda ahora mismo, Matt.
—Ella entrecerró los ojos y negó con la cabeza.
Y cuando volvió a abrirlos, brillaban sospechosamente, con las pupilas más grandes de lo habitual—.
Mierda. ¿Va a ser siempre así? ¿Que quieras discutirlo todo, ganar cada debate, buscar la confrontación —ya sea la mía o la tuya— y que yo… tenga que defenderme?
Y entonces lo vio. La incertidumbre en sus ojos que él llevaba temiendo una semana. La duda de si esto era lo correcto.
Se le detuvo el corazón.
—Odio discutir, Matt —susurró—. Pero, sobre todo, odio discutir con tigo . Así que… ¿puedes dejarlo ya?, ¿darme algo de paz?
Él la miró fijamente, con el corazón hecho un bloque de hielo.
No sabía si podría hacer eso. No sabía si podría darle paz. No de la manera que ella, tal vez, quería o necesitaba.
No quería dejar pasar lo de Clemens. Era demasiado importante.
Maddie tenía que saber que ella era inocente, que Clemens era un imbécil y que ella había valorado la situación correctamente, igual que siempre lo valoraba todo de forma correcta.
Matt nunca abandonaría una discusión solo porque Maddie anhelara la paz.
Él no era así. Quería hablar de lo que había que hablar.
Si ignoras la insatisfacción, crece de forma descontrolada hasta que explota.
Eso significaba que discutirían, que incluso esta discusión no había terminado, aunque ella quisiera que así fuera. En una relación, no siempre podías darle al otro lo que quería.
De repente, sintió un nudo increíble en la garganta.
Podría ser demasiado para ella.
Podría no funcionar por eso. Maddie podría cambiar de opinión en un año, echarlo de su vida porque no soportaba seguir siendo amiga de un hombre con el que había imaginado su futuro.
Le escocieron los ojos sin remedio mientras pronunciaba las siguientes palabras. No podía perderla por completo; y si eso significaba que solo podía tener el cincuenta por ciento de ella y no el cien por ciento, entonces estaba bien.
—Maddie —murmuró—, ¿crees que nos iría mejor como amigos?
Ella dio un paso atrás, perpleja. Como si él la hubiera empujado. Abrió mucho los ojos y sus labios se entreabrieron apenas.
—¿De qué estás hablando?
—Bueno… —Tomó aire con un estremecimiento y se pasó la mano por el cabello—. Quieres paz y nosotros… éramos más armoniosos cuando solo éramos amigos. ¿Verdad?
Ella parpadeó. Una vez. Dos veces.
—Sí, supongo que sí. Pero ¿por qué me preguntas eso?
—Porque no quiero hacerte daño. — Y tú podrías destrozarme —. Así que, tal vez sea mejor si paramos.
—¿Qué? —Su voz sonó tan tenue que apenas pudo oírla, pero le golpeó como si mil agujas le atravesaran el corazón.
Él desvió la mirada, clavándola por encima del hombro de ella. No se atrevía a decir lo que quería decir si la miraba a la cara. No sería capaz de seguir adelante si veía cómo le brillaban los ojos.
—De acostarnos. Dejemos de acostarnos. Seamos solo amigos.
Eso será… más armonioso. —Tragó saliva—.
Así no tendremos que discutir. Al menos no por exnovios estúpidos.
No tendremos que andar con pies de plomo.
Quiero decir… las relaciones vienen y van.
Pero las amistades se quedan. Quiero que te quedes.
— No. Lo necesito . Te necesito —. No quieres discutir conmigo, Maddie.
Quiero conservarte. Quizá… quizá volver a ser amigos sea la solución.