Amistad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

Capítulo Veintisiete

M att diría de sí mismo que era una buena persona. Donaba mucho dinero a varias organizaciones benéficas, llamaba a la protectora de animales cuando veía a algún imbécil encerrar a su perro en el coche a pleno sol del día y rara vez se metía en peleas, con la excepción anual sobre el hielo.

Tenía sus principios. Creía en la honestidad. Estaba en contra de la violencia con armas de fuego. Y creía firmemente que no se debía juzgar a nadie por las primeras impresiones.

Sin embargo, ¡el tipo que tenía las manos en la espalda de Maddie y la barbilla en su hombro, con la nariz casi rozando el punto sensible justo encima de su pulso, era un maldito sinvergüenza que estaba a punto de perder un par de extremidades si no la soltaba!

No era del tipo celoso; al menos eso es lo que siempre había creído. Si hubiera sido cualquier otro hombre, incluso el puto de León, no le habría molestado que Maddie lo abrazara.

Pero la mano de esa comadreja estaba cerca del culo de su chica, la otra casi en su cuello… Maddie no le devolvía el abrazo. Sus brazos colgaban rígidos a los lados. ¡Ese idiota debería haberse dado cuenta!

Antes de que pudiera perder la cabeza y empezara a romper miembros, un sonido ronco se escapó de su garganta, lo que hizo que Maddie se sobresaltara y que el tipo aflojara el agarre.

—Matt —dijo ella sin aliento, sonriendo de oreja a oreja, aunque la sonrisa no llegaba del todo a sus ojos—. Te estaba esperando.

—Ya lo veo —respondió despacio sin quitar los ojos del hombre, que tenía una cara afilada, ideal para recibir el impacto de un puñetazo—. ¿Y tú eres? —preguntó con frialdad.

El tipo frunció el ceño y miró de Maddie a él durante unos instantes, confundido, como si tratara de explicarse la conexión.

—Clemens Hardy. Somos viejos amigos.

Clemens .

Sí, por supuesto.

—Ah —respondió lentamente—. El famoso Clemens. Así que, ¿son amigos?

Casi esperaba que Maddie le lanzara una mirada de odio por aquello, pero ella no reaccionó en absoluto.

Se quedó mirando a su ex con la boca abierta, como si no pudiera creer que estuviera allí.

Matt no estaba seguro de si aquello era algo bueno o malo.

Su rostro era demasiado inexpresivo para juzgarlo.

—Sí. Nos conocemos de la universidad —continuó Clemens de lo más contento—. Maddie prácticamente me invitó a reunirme con ella aquí hoy. Para hablar de los viejos tiempos.

Matt apretó los labios. Mentira. Esperó a que Maddie le dijera justo eso al payaso, pero ella se mantuvo en silencio.

—¿Maddie? —murmuró Matt, dando un paso adelante y poniendo una mano tranquilizadora en su cuello. Ella se hundió en su contacto y entonces volvió a la vida. Lo miró vacilante, casi con aire de disculpa, como si aquella situación tan desagradable fuera culpa suya y no de Clemens.

—¿Sobre los viejos tiempos…? ¿Qué? Clemens, ¿qué haces aquí? —preguntó al fin, tomándose el tiempo de articular cada palabra—. Sigo sin entenderlo muy bien.

Este se rio.

—Bueno, verte. ¿No te alegras?

Maddie parpadeó, miró a Matt y luego volvió a mirar a Clemens antes de sonreír con cautela; no con los ojos, pero sí lo suficiente como para engañar a cualquiera menos a Matt.

—Sí, claro. Me alegra volver a verte. Es que… no esperaba que vinieras aquí. Eso es todo.

—¡Bueno, tengo que convencerte para que vengas a mi boda! Maddie, nunca antes me has dicho que no, ¿por qué empezar ahora? —le guiñó un ojo y sonrió—. Puedes saltarte el hockey. De verdad, Maddie, no puedo hacerlo sin ti.

La castaña se estremeció ante la última frase y Matt no fue el único que se dio cuenta. La mirada de Clemens escudriñaba el rostro de su chica, como si quisiera memorizar cada una de sus reacciones. Era como si buscara… una confirmación.

La pregunta era: ¿por qué? ¿Acaso no podía soportar su indiferencia?

Mierda. En realidad, estaba allí porque ella se había negado a quedar con él por primera vez en cinco años.

—No creo que vaya, Clemens —respondió ella al fin, con la voz todavía gélidamente educada—. Lo siento, pero como ya te he dicho, espero que tengas una boda estupenda.

—¿Qué? ¿Pero por qué? Eres mi amiga más antigua —soltó él, pareciendo casi herido. Pero solo casi. Había un brillo en sus ojos.

Oh, a Matt no le gustaba aquello, ni nada de esta situación.

Sin embargo, no era su lucha. Era la de Maddie. Él no tenía derecho a interferir, así que se centró en controlar sus puños. Solo de pensar en lo mucho que ese cabrón había herido a Maddie…

—No creo que sea apropiado, Clemens —dijo esta con calma, dándole un rápido apretón en el brazo. Mierda, no se estaba creyendo de verdad su actuación de lástima, ¿verdad?—. Por nuestro pasado, ¿sabes?

—¿Nuestro pasado? —Clemens enarcó las cejas con sorpresa. Pero allí estaba ese brillo de nuevo.

—Su ruptura —aportó Matt con frialdad para que Maddie no tuviera que hacerlo, para no tener que asumir la degradante tarea de recordarle al hombre que una vez amó sus noches juntos.

Mierda, cuánto lo odiaba .

—¿Ruptura? —repitió el idiota, parpadeando con una confusión casi convincente—. No, Maddie y yo no estuvimos juntos. —Adoptó un tono empresarial que a Matt le habría encantado hacerle tragar—. ¿Le dijiste eso? De verdad, solo tuvimos un lío pasajero, eso es todo.

Maddie abrió la boca, pero siguió sin decir nada.

Él hizo un gesto para restarle importancia.

—Eso es agua pasada. Éramos amigos y terminamos en buenos términos. Me haría feliz que vinieras a la boda, Maddie.

Esta parpadeó, respiró hondo… y Matt esperó a que estallara. A que por fin le cantara sus verdades a ese tipo como se merecía. Sin embargo, la castaña se limitó a sonreír con tensión y asintió.

—Probablemente fue un malentendido en aquel entonces.

Clemens levantó una comisura de la boca.

—Exacto.

Matt se metió los puños en los bolsillos debido a esa expresión de su rostro: engreído y tan seguro de sí mismo. Tan jovial.

Oh, ese bastardo. Lo sabía, tal como Matt sospechaba. Sabía que Maddie creía que eran almas gemelas, que estaba enamorada de él y que se había imaginado un futuro juntos.

¡Matt estaba tan seguro de eso como de que Maddie volvió a lavar la ropa sin preguntar!

Ella nunca se había equivocado: ella y Clemens habían estado juntos.

En una relación. Según todas las definiciones de la palabra.

¡Cuando Maddie lo atrapó con otra, él prefirió convencerla de que ella había malinterpretado su relación en lugar de ser lo bastante hombre como para romper y pedirle perdón!

Clemens sabía lo que hizo. También sabía que había ganado una pelea que Maddie ni siquiera sabía que estaban librando.

Una rabia tan ardiente y destructiva hirvió dentro de Matt que sintió como si sus órganos fueran a derretirse. Este tipo había herido a Maddie, y ahora Matt iba a herirlo a él…

Maddie le agarró la mano y le apretó cada uno de sus dedos.

¿Qué estaba haciendo? Necesitaba esos dedos para golpear.

—Clemens, fue un placer verte —respondió ella con calma—. Pero no asistiré a tu boda. Lo siento. Buena suerte y adiós.

Este suspiró mientras su mirada se deslizaba sobre la mano que Maddie entrelazaba con la de Matt, pero luego asintió.

—Bueno. Pero llámame alguna vez, ¿sí? Así podemos ir a tomar un café.

—Claro —dijo con ligereza—. Ya nos veremos.

Ella levantó la mano; él le correspondió… y luego se fue.

Matt se quedó mirando cómo se marchaba. Sus labios eran una línea recta de tensión y la sangre le zumbaba con tanta fuerza en los oídos que casi no pudo entender a Maddie cuando le habló.

—Estuviste a punto de explotar, ¿verdad? —preguntó, riendo y mirándolo—. Dios mío, oí cómo te crujió la espalda de lo mucho que te tensaste.

Él entrecerró los ojos de golpe. ¿Por qué se estaba riendo? ¿Acaso no veía ella lo que él veía?

—¿Por qué demonios no mandaste al tipo a la mierda? —estalló—. ¿Por qué coño no le diste una patada en los huevos o al menos un puñetazo en la cara?

Ella abrió mucho los ojos, sorprendida.

—Porque era innecesario.

Matt se rio sin gracia.

—Maddie. Solo ha venido para ver si seguías colgada de él. Para averiguar si todavía podía hacerte daño casándose. Para alimentar su ego.

—¿Ah, sí? —preguntó irritada—. A mí no me lo ha parecido así.

¡Faltaría más!

—¡No, porque tú crees en la bondad de la gente! —exclamó él.

Ella resopló.

—Y eso es algo malo de repente, ¿no?

—Maddie, estaba aquí porque le encanta saber que hay una mujer hermosa por ahí que suspira por él —susurró con brusquedad.

Poniendo los ojos en blanco, ella le apretó la mano.

—Tonterías. Cree que somos viejos amigos. Vamos, Matt. Deja de estar celoso.

—No tiene nada que ver con los celos —replicó con dureza—. Se trata de que Clemens es un imbécil despreciable.

Maddie apretó los labios, obviamente sin estar de acuerdo con él.

—No importa por qué estuvo aquí, ya se fue.

—Sí, sin que le dijeras lo enfadada que estás con él —masculló. Sin cerrar ese capítulo, la situación se le quedaría pegada como una lacra hasta que finalmente lograra dejarla atrás.

Maddie suspiró con frustración y retiró la mano.

—Matt, no todas las discusiones tienen que ser una batalla.

—Ya, ¡pero es que tú no haces nada !

—¡Eso no es verdad! He tenido dos discusiones en la última semana.

—Con tu familia.

—¿Y qué? ¿Cuál es tu problema?

—Mi problema es que Clemens se aprovechó de ti y te hizo daño, ¡y no se merece salir de este aparcamiento sin que tú le grites o yo le parta la cara! —Mejor si era ambas cosas.

—Matt —su voz era suave pero firme—, te lo estás tomando por donde no es. No necesito discutir con él porque hace mucho que lo olvidé. ¡Porque ganar no es importante para mí!

—Discutir no va de ganar. Una discusión no es un partido de hockey. Discutir va de expresar tu opinión y tus sentimientos, ¡y ese es tu maldito derecho!

—Ya lo sé —espetó, molesta—. Por eso he estado intentando hacerlo más últimamente. Pero ahora mismo, siento que te estás alterando sin necesidad. Matt, él no se da cuenta de cuánto me dolió. No sabía que estábamos juntos de verdad.

El chico soltó un bufido sonoro.