Capítulo 26
Capítulo Veintiséis
D ebería haber obligado a su padre a asistir a un partido de hockey con ella y Lucy mucho antes, porque fue casi como en los viejos tiempos.
Maddie había tenido miedo de que el partido le recordara demasiado a su madre, pero se había equivocado. Incluso había sonreído varias veces. Vitoreado cuando se marcaban los goles como si por un momento se hubiera olvidado de que estaba triste.
Tenía que salir más. A veces no servía de nada centrarse solo en el dolor en nombre de la superación. A veces había que distraerse. Se dio cuenta de que Rachel, la psicóloga, probablemente no habría estado de acuerdo… pero por hoy, a Maddie no le importó.
Podría haberse relajado por completo y seguir estando tan feliz como en los últimos días si Lucy no le hubiera estado lanzando miradas pensativas e incluso, de vez en cuando, molestas.
Sin embargo, cada vez que Maddie levantaba las cejas en señal de pregunta, su hermana se limitaba a negar con la cabeza en silencio.
La morena no tenía ganas de preguntarle cuál era su problema, sobre todo cuando su padre estaba tan feliz por primera vez en lo que le parecían años.
Después del segundo periodo, se ofreció a ir por otra ronda de bebidas.
Dax y Matt estaban jugando bien juntos hoy y los Hawks iban a la cabeza por dos a uno.
Quizá se habían reconciliado. Se daban palmaditas en la espalda a menudo, incluso para los estándares deportivos, y también se sonreían el uno al otro de forma cómplice.
Maddie se abrió paso por las estrechas filas de asientos hasta el pasillo pavimentado que llevaba a los puestos de comida.
Matt le había ofrecido el palco VIP, pero no habría sido la misma experiencia familiar que habían tenido de niñas, así que la declinó.
Dobló en una esquina y se sorprendió al ver que Lucy la seguía.
—¿Cambiaste de opinión y ahora quieres beber algo? —preguntó confundida, abriendo la puerta del pasillo principal. En cuanto se cerró tras ellas, el ruido de la multitud se amortiguó.
Lucy no respondió a su pregunta, sino que, en su lugar, curioseó:
—¿Cómo lo convenciste? Me refiero a papá. Para que viniera contigo. ¿Cómo lo conseguiste?
Torció un lado de la boca.
—Tuve… una confrontación con él.
Lucy arqueó las cejas, impresionada.
—¿De verdad? Pero bueno, siempre se te ha dado bien tratar con él.
Tenía razón en eso. Aun así, alguien tenía que hacerlo, y Rachel y Lucy siempre habían evadido la situación.
—Parece bastante feliz, ¿verdad? —preguntó vacilante.
Lucy asintió.
—Quizá podríamos convertir esto en una costumbre. Una reunión mensual en el estadio. Pero sé que tú prácticamente vives aquí, así que quizá podríamos hacer otra cosa…
—¿Por qué no me dijiste que estabas saliendo con Matt, Maddie? —la interrumpió su hermana de golpe.
Perpleja, la mayor se detuvo.
—¿Cómo lo supiste?
—¡Desde luego, no por ti! ¿Y bien? ¿Por qué no me lo dijiste?
Nerviosa, se retorció las manos.
—No lo sé. Porque todavía es… nuevo. —Y había sido tan maravilloso que tenía miedo de que se le deshiciera entre los dedos si daba un paso en falso.
—Se lo dijiste a Rachel —dijo Lucy en tono de reproche.
Ah, de ahí lo había sabido. Maddie tragó saliva.
—Quería contarle algo personal, para que se abriera a compartir cosas privadas.
—Pero ¿por qué no quisiste compartirlo conmigo? Perdona, no quiero parecer una quejica, pero… no lo entiendo.
Suspiró. Sí, ahora que lo pensaba, era una pregunta legítima.
—Le habrías dado demasiada importancia —murmuró finalmente. —Rachel no conoce a Matt. Así que solo se puso contenta.
—¡Es que es importante! —gritó Lucy, lanzando los brazos al aire como si Dax acabara de marcar otro gol.
Maddie sonrió con cautela.
—Tal vez.
—¡Nada de «tal vez»!
—No. —Se mordió el labio inferior—. Tienes razón. Es importante.
—Exacto. ¿Y por qué no confiaste en mí? ¡Yo también me habría alegrado por ti! Maddie, de verdad que me gustaría estar a tu lado en las buenas y en las malas. Pero tienes que hablar conmigo.
Maddie se encogió de hombros. Sí, sabía que Lucy quería eso. No sabía por qué se había vuelto tan difícil. ¡Antes siempre lo compartían todo!
Aunque quizá fuera precisamente por eso. Cuando su madre murió, Maddie se hizo responsable de todo. A partir de ese momento, se hizo más fácil hablar menos, no compartir ni lo malo ni lo bueno.
—Lucy —respondió con suavidad, esforzándose para que no le temblara la voz. Estaba a punto de decir algo que lo alteraría todo. Lo que iba a decir podría hacer que todo fuera terrible o maravilloso. Había tenido muchísimos momentos como este en las últimas semanas.
Tragó saliva y respiró profundo, obligándose a seguir adelante.
—Lucy, lo siento. A veces tengo miedo de que, si empiezo a hablarte de cómo me va, de qué me hace feliz y de qué no… estalle.
La pelirroja abrió la boca con sorpresa.
—¿Qué?
Forzó una sonrisa; habría deseado que Matt estuviera allí mismo, de pie detrás de ella, poniéndole una mano tranquilizadora en la espalda para hacerle saber que estaba allí.
Para hacerle saber que no pasaba nada por decir lo que quería decir, aunque fuera a herir a otros.
A falta de la realidad, tuvo que visualizarlo.
Lo imaginó besándole el cuello y susurrándole al oído que podía anteponer sus necesidades por una vez…
—No es culpa tuya —dijo en voz baja y bajó la mirada—.
Ni tampoco es culpa de Rachel. Pero los últimos años han sido agotadores para mí.
Siento que he vivido más la vida de papá que la mía propia.
He guardado mucha decepción, rabia y estrés en mi interior durante demasiado tiempo.
No quería agobiarte con eso. Te quiero y quiero que seas feliz.
En realidad, si soy sincera, los últimos años han sido demasiado.
A veces, sentía que yo era la única hija de papá.
Y creo que tengo miedo de que, una vez que empiece a contarte lo que ha estado pasando en mi vida últimamente…
no pueda parar. Todo saldrá a la luz y entonces te echaré la culpa por cargarme con tanto trabajo.
Tengo miedo de gritarte porque todo recae sobre mis hombros: tengo que asegurarme de que Rachel se ponga en contacto, de que nos veamos y de que papá no se muera de hambre mientras tú… vives tu vida.
Dijo las últimas palabras en voz baja porque temía que fueran las más hirientes. Y cuanto más alto hablara, más se clavarían en el corazón de su hermana. Más le dolerían, o más la enfadarían; o ambas cosas.
Esperaba que se defendiera, que enumerara todos los días en los que ella también se había ocupado de su padre, que enumerara todas las cosas que había sacrificado. Lucy, sin embargo, permaneció en silencio, y cuando pasó otro segundo sin decir nada, Maddie por fin levantó la vista con cautela.
Sorprendida, notó lágrimas en los ojos de Lucy. Grandes lágrimas relucientes que goteaban hasta sus labios temblorosos.
—Pero deberías culparme, Maddie —susurró—.
Cúlpame a mí. A nosotras . Sabes que yo sabía que probablemente era demasiado para ti.
Pero nunca dijiste nada. Así que me dije a mí misma que no pasaba nada.
Pero sabía que me estaba mintiendo. Escogí el camino fácil.
—Tragó saliva de forma audible—. Yo… me resultaba tan doloroso visitar a papá en ese estado tan terrible durante tanto tiempo que, después de un tiempo, dejé de hacerlo.
Y eso fue horrible por mi parte. Porque tú no podías parar.
Por otra parte, se te daba tan bien cuidar de él.
¡Te encargabas de todo! Y solo pensé: «Bueno, ella lo hará.
Dirá algo cuando sea demasiado». —Con un gesto, Lucy se secó las mejillas—.
¡Pero te conozco! Sé lo mucho que odias decirle a un camarero cuando se ha equivocado con tu pedido.
—Oye —murmuró Maddie, alargando la mano para secar el llanto de las mejillas de su hermana con el pulgar—. No es culpa tuya que no lo supieras. Una… persona sabia me dijo que no podemos esperar que los demás nos lean la mente. Que tenemos que ser sinceros y luchar por nosotros mismos.
Lucy sollozó.
—Pero podría haber preguntado más a menudo. Ofrecerme más a menudo.
—¡Y yo podría haber dicho: «Ayudadme, por el amor de Dios»! —respondió Maddie con una sonrisa temblorosa, sintiendo que le ardían los ojos—. Es solo que odio quejarme. Pensé que, si no lo decía, no sería real. Que entonces todo sería… mejor.
—Maddie, la vida no es mejor si te quejas menos.
Solo es más solitaria. Cuando yo me siento mal, tú cuidas de mí.
Y cuando tú te sientes mal… me gustaría devolverte el favor.
Sé que no quieres agobiarme, ¡pero me molesta que no hables conmigo de tus sentimientos o problemas!
Me molesta que evites los temas difíciles y no discutas conmigo.
Que ni siquiera me culpes cuando me lo merezco.
—Suenas igual que Matt. —Moqueó y se limpió la nariz con la manga.
—Bueno, entonces ese hombre es mucho más listo de lo que yo pensaba —volvió a sollozar Lucy, luego la rodeó con ambos brazos y la estrechó contra sí—.
Sé que los últimos años han sido duros para todos nosotros.
Pero seguimos siendo una familia, incluso sin mamá.
Y sé que no todo puede ser igual que antes.
Pero si solo nos tenemos los unos a los otros, ¿no deberíamos aferrarnos con más fuerza?
—Apretó más los hombros de Maddie—. No soy tan buena como tú cuidando de los demás.
Pero de verdad quiero intentarlo. Y lo digo muy pocas veces, pero, Maddie, eres maravillosa de arriba abajo.
La más fuerte de las tres. Pero eso no significa que podamos cargarlo todo sobre ti.
Ya lo sé. Es que siempre hacías que pareciera tan fácil.
Debería haber sabido que era mentira. Pero ¿puedes simplemente pedir ayuda cuando la necesites?
¿Cuando seas infeliz? ¿Cuando estés enfadada conmigo?
Maddie se limitó a asentir. Era incapaz de hablar porque las lágrimas ahogaban cada palabra… ¿y no era extraño que algunas discusiones no parecieran discusiones en absoluto, sino más bien reconciliaciones?
Los Hawks ganaron por cinco a tres. Su padre estaba tan entusiasmado con un tal Matt Payne que Maddie se sentía tentada de decir: «Es mío, papá».
Sin embargo, le pareció demasiado pronto.
Además, quería guardárselo para ella sola un poco más, permanecer con él en ese capullo de felicidad del que apenas habían salido en la última semana.
Por eso, se inventó una excusa de por qué Lucy tenía que llevarlo a casa y no ella, solo para poder interceptar a Matt a la salida de los jugadores.
Gracias a Dios, su padre creyó ingenuamente que el domingo siempre era su día de limpieza y que le esperaba un baño sucio.
Sonrió ante la idea. Tendría que decirle a Matt que lo había comparado con un suelo de baldosas sucias. Estaría orgulloso de ella porque había usado la excusa para conseguir lo que quería. Él siempre insistía en eso.
Dios, cómo lo echaba de menos. Era una tontería; hacía apenas unas horas que la había tenido entre sus brazos, pero le parecía como si no lo hubiera visto en una eternidad.
Los jugadores se estaban tomando su tiempo, probablemente porque querían evitar a las multitudes de fans que a veces los esperaban en el aparcamiento subterráneo.
Hoy había unos cuantos hombres y mujeres con camisetas y… se quedó helada.
—¿Clemens? —exclamó.
No podía ser. Debía de estar alucinando.
Se frotó los ojos, pero no, allí estaba él.
No llevaba una camiseta deportiva, sino un abrigo oscuro y una sonrisa amplia y conquistadora.
Era la sonrisa de la que se había enamorado en su día, la sonrisa con la que había soñado y que había anhelado durante años.
Era la sonrisa que ahora solo le producía piel de gallina, y no de la buena.
La boca se le secó y tuvo la extraña sensación de estar frente a su pasado. Era un pasado que ya no le interesaba, que estaba polvoriento y borroso en los bordes. El presente era mucho más hermoso y el futuro muy prometedor. Además, le dolía el cuello de tanto mirar hacia atrás.
En los últimos años, cada vez que veía a Clemens, el corazón le latía con fuerza y se sonrojaba.
¿Pero ahora? Sus latidos eran tranquilos y la sangre seguía fluyendo de forma ordenada por su cuerpo.
Solo sintió una ligera punzada en la cabeza.
Era el recuerdo de lo mal que se había sentido, de lo estúpida e ingenua que había sido entonces.
—¡Maddie! Qué alegría verte —la saludó con exuberancia mientras se acercaba y la estrechaba en un fuerte abrazo.
Maddie estaba demasiado sorprendida para resistirse. Se quedó allí rígida, con los brazos pegados a los costados mientras él le daba palmaditas en la espalda como si fuera su mejor amiga.
—Qué… ¿qué haces aquí? —preguntó, perpleja.
—Bueno, dijiste que no tenías tiempo porque irías a un partido de hockey, ¡así que pensé en venir a ver uno!
—¿Tú… qué?
—Sí. Quería asegurarme de que estabas bien. Nunca me habías dado plantón y pensé que quizá te había pasado algo.
Perpleja, se quedó allí en sus brazos, pensando en sus confusas palabras… entonces oyó que alguien se aclaraba la garganta. ¿O fue un gruñido?