Capítulo 24
Capítulo Veinticuatro
M att debería haberse acostado con Maddie desde hacía mucho tiempo.
Pensó en todas las cosas que podrían haber hecho durante el último año.
Todo este tiempo se habían limitado a sentarse uno junto al otro en el sofá viendo Las chicas Gilmore , cuando podrían haber estado teniendo sexo apasionado con la serie de fondo.
No entendía cómo había logrado no ponerle las manos encima.
Cuando por fin regresó de los partidos fuera de casa el sábado por la noche, tardó ochenta segundos en tenerla desnuda y gimiendo bajo él en el sofá.
Por fin sabía por qué decidió comprarse uno tan grande: para que él y ella no se cayeran cuando su chica lo apartó para subirse encima.
Para que ella pudiera usar el ancho respaldo como apoyo mientras se movía sobre él y susurraba: «Te eché de menos».
Para que tuvieran espacio suficiente para que él se incorporara con ella y la besara aún más profundo mientras seguía embistiéndola, algo que era una consecuencia inevitable de sus palabras. Era adicto a ella.
La última vez que no había podido saciarse de algo fue el primer día que pisó el hielo y le entregaron un palo de hockey.
Maddie, sin embargo, era casi mejor que estar sobre el hielo; con ella siempre ganaba.
Cuando se corrió con un gemido, mordiéndole el hombro, él la siguió en el instante, con el pecho tan lleno y cálido que no pudo respirar durante varios segundos.
Estaba enamorado de su mejor amiga y se sentía un idiota por haber necesitado todo un año para darse cuenta.
Esa revelación no llegó de la noche a la mañana.
No había tenido un momento de claridad absoluta.
En cambio, en cierto modo, siempre lo había…
sabido. Solo que nunca le puso nombre al sentimiento.
Decir que sus emociones lo aterraban era quedarse corto.
Estaba entrando directamente en pánico. Su miedo a perderla lo envolvía todo.
Solo había hecho un puñado de amigos a lo largo de su vida y los había perdido a todos.
Tanta gente había entrado en su vida para luego desaparecer.
Con el tiempo, se volvió algo normal. Nunca había tenido una relación seria; todas las aventuras se habían agotado en algún momento.
El hecho de que todo tuviera que terminar era tan evidente para él como el hecho de que Dax se merecía un golpe en la nuca con un palo de hockey de vez en cuando.
Su mejor amiga, sin embargo, era diferente.
Ella tenía que ser diferente porque ni su cabeza ni su corazón podían permitirse perderla.
Era su constante, su invariable fuera del hockey.
La necesitaba y no podía estropear esto.
Estas frases eran un mantra que repetía una y otra vez en su cabeza.
Aplacaba el pánico que se agitaba en su estómago de vez en cuando.
Solo se olvidaba de esa sensación cuando estaba con ella.
Entonces, se volvía irrelevante. En cada uno de esos momentos, sabía que por el resto de su vida aceptaría cualquier migaja que Maddie le ofreciera.
Y ahora mismo, ella se lo estaba ofreciendo todo : cuerpo, mente, sonrisa. Era un idiota afortunado.
—Sabes… —le susurró, respirando con dificultad en su oído y besando el punto justo detrás de este mientras ambos recuperaban el aliento—, siempre pensaba que la noche perfecta éramos yo y un tequila sunrise en el sofá con mi móvil apagado, pad thai en la mesa y viendo alguna película romántica que me hiciera feliz.
Pero me equivocaba. Esto es la noche perfecta.
Él sonrió y deslizó la punta de sus dedos por la espalda desnuda de su chica. Acariciando cada una de sus vértebras y disfrutando de la piel de gallina que provocaba a su paso.
—¿Un orgasmo nunca formó parte de tu noche perfecta? Eso es increíblemente descuidado por tu parte.
Maddie se rio. Matt nunca se cansaría de ese sonido. Era como la luz del sol. Uno pensaría que ya había suficiente de eso en California, pero no.
—Lo sé, ¿verdad? —susurró en respuesta—. Eso es porque pasó mucho tiempo desde mi último orgasmo no electrónico.
—Qué lástima —respondió, fingiendo seriedad, aunque en realidad no fingía.
Maddie era demasiado entusiasta con el sexo como para abstenerse de él—.
Sabes, si me hubieras dicho antes que había un hueco del tamaño de un pene en tu vida, sin duda me habría ofrecido como generoso voluntario desde hace meses.
Su risa se hizo más fuerte.
—¿En serio? ¿Un hueco del tamaño de un pene? ¿Eso en qué te convierte? ¿En un donante de orgasmos o en un donante de amor? Si nos ponemos tradicionales.
Él frunció el ceño.
—No me gusta ninguna de las dos. ¿Qué tal donante de felicidad? Porque mis habilidades van mucho más allá de un orgasmo trascendental.
Maddie soltó un bufido de diversión.
—¿Te gusta más ese apodo que el de Don Encantos ? Pero está bien. Me encantará mencionarlo en mi próxima entrevista para ESPN. Si eso te hace feliz…
Él tomó su rostro entre sus manos, le apartó el cabello de la frente y entrecerró los ojos.
—Eso se quedará en una amenaza vacía, porque sabes que yo les diría que te acuestas con tus clientes.
Ella se encogió de hombros.
—Bueno, ¡estoy segura de que muchos hombres se apuntarían con nosotras! No sería tan malo —respondió a la ligera—. Y, Dios, necesito beber algo. La vida contigo es mucho más atlética de lo que estoy acostumbrada.
Se bajó despacio de encima de él y Matt echó de menos de inmediato su peso, su piel contra la suya.
Sí. Era adicto. Y quizá de una manera poco saludable.
Se rio suavemente.
—Es solo más sexo. No te estoy obligando a correr un maratón conmigo.
—¿Hola? El sexo es agotador para la gente que no tiene músculos, Matt —le recordó ella con seriedad mientras se levantaba—. ¿Quieres algo de beber? Pero primero voy al baño.
Asintió agradecido mientras ella desaparecía en dirección al baño y se recostó en los cojines, respirando profundo.
Maddie tenía razón. Esta era la noche perfecta, incluso si tanto Lucy como Nell, además de Dax, le habían enviado mensajes hacia una hora interesándose por qué estaba pasando realmente entre él y Maddie.
Nell se sentía esperanzada. Lucy se mostró insistente. Dax solo escribió: «¿Qué te pasa?».
Matt se tomó la libertad de ignorarlos a todos.
Como si hubiera invocado otro mensaje solo con el pensamiento, un teléfono vibró.
No el suyo; el móvil de Maddie se iluminó sobre la mesa del salón. Su mirada se dirigió de forma automática al mensaje de texto que apareció y, aunque —en verdad— no quería leerlo…
Hola, ¿cómo estás? Aún no has confirmado tu asistencia a la boda. ¿Vienes?
XX, Clemens
Matt entrecerró los ojos y se inclinó más hacia adelante mientras algo amargo y desagradable inundaba su pecho, antes cálido.
XX, Clemens .
¿La gente todavía escribía besos con esa forma de equis? ¿No se había abolido junto con los pantalones de campana? ¿Y por qué Clemens se ponía en contacto con ella? Maddie dijo que las cosas con su exnovio terminaron mal. Entonces, ¿por qué diablos seguía en contacto con él?
—Oh, ¿podemos pedir comida ya? Me muero de hambre —preguntó Maddie, interrumpiendo sus pensamientos mientras salía del baño y se dirigía a la cocina.
Por desgracia, ya no estaba del todo desnuda.
En su lugar, llevaba una de sus camisas, que le llegaba hasta los muslos.
Tendría que persuadirla para que llevara exclusivamente sus camisetas o nada en absoluto.
Cualquier otra cosa no le parecía correcta.
—Sí, claro —respondió, con los ojos todavía fijos en el mensaje—. ¿Tailandés?
—Siempre. Pero si vuelves a poner Babybel en tu curry, puede que tenga que matarte. En nombre de todos los tailandeses y los amantes de la comida.
Sintió que una sonrisa asomaba a las comisuras de sus labios. Se recostó de nuevo. No importaba. Clemens era un tipo de su pasado. Podía estar en contacto con él. No le molestaba.
Sin embargo, llegó otro mensaje.
También podemos volver a hablar por teléfono. Me gustaría saber cómo te va. El domingo por la noche quizás. XX.
Su mandíbula se apretó, sus dientes rechinaron y su espalda se tensó tanto que no le sorprendería haberse provocado un tirón muscular.
Bien, joder, sí le molestaba que los dos hablaran por teléfono con regularidad.
—¿Estás bien? —preguntó Maddie, dejando dos vasos de agua junto al revelador teléfono móvil.
—Sí —soltó.
—¿Estás seguro? —Maddie frunció el entrecejo—. Gruñiste.
Tomó el vaso de agua que le tendía y bebió un sorbo antes de hacer lo que siempre hacía cuando estaba con Maddie: ser honesto.
Era sorprendentemente fácil decir la verdad cuando estabas con alguien que nunca te había hecho sentir mal, con quien siempre habías sido abierto por principios porque, en las amistades, podías decir todo lo que quizás te guardarías en una relación.
—Bien, tengo que confesarte algo. Mi visión periférica es tan buena que, sin querer, leí dos mensajes en tu móvil de parte de…
No tuvo oportunidad de terminar porque Maddie ya estaba echando mano a su celular y mirando la pantalla. Parpadeó ante las palabras de Clemens durante unos segundos y luego soltó un bufido de desdén que resultó muy satisfactorio.
―No habla en serio. ¿De verdad esperaba que le confirmara mi asistencia?
—Eso parece —dijo Matt con inocencia. Ella no parecía muy contenta al respecto, lo cual interpretó como una buena señal.
—En realidad es un buen hombre en la superficie, pero un poco idiota en el fondo —explicó con vacilación, lanzándole una mirada escéptica—. ¿Y esos mensajes son el motivo por el que estuviste gruñendo?
Su novio hizo una mueca.
―Me dolía la garganta.
Se rio.
―Eres muy dulce cuando te pones celoso ―susurró y le dio un beso tierno en la mejilla―. Fue hace una eternidad. Pero si eso te hace sentir mejor…
No puedo ir. Ni el día de tu boda ni el domingo por la tarde. Esos dos días tengo partido de hockey. Te deseo toda la suerte del mundo , tecleó en su teléfono y le dio a enviar; luego agitó la pantalla frente a la cara de Matt.