Capítulo 23
Capítulo Veintitrés
M att hizo todo lo que le prometió en el pasillo de casa de sus padres.
Y más.
Maddie nunca más podría volver a mirar la isla de la cocina sin sonrojarse.
También habían tenido que comprar unas esposas más grandes, porque las rosas no le cabían a Matt en las muñecas.
¡Había sido la mejor inversión de su vida!
El martes por la mañana, Matt se marchó para una serie de partidos fuera de casa, así que ella se quedó durmiendo, holgazaneando en su cama porque olía a él y guardaba todos los dulces recuerdos de los últimos días. Además… ahora era su novia.
Dios mío, era la novia de Matt. Si en ESPN se enteraban de que se había liado con su mejor cliente…
¡ah, qué más daba! El frenesí mediático que lo rodeaba se había calmado desde el incidente del restaurante y, en este momento, nadie estaba interesado en él.
Excepto ella, por supuesto. Estaba interesada en cada centímetro de su cuerpo.
Aun así, aún no daban… un título oficial a todo esto en voz alta.
Estaba bastante segura de que Matt se refería a una relación seria cuando habló de algo formal , pero para ella era suficiente saber que, al menos, los dos estaban en el mismo nivel emocional.
Estaba casi segura de que ambos estaban en el tren del enamoramiento, lo cual no era difícil, ya que, por su parte, ya quería a Matt como amigo. Así que el siguiente paso no le pareció un gran salto.
Bueno, sí lo era. Era gigantesco. Enorme. Pero también era precioso. Porque disfrutaba de cada instante.
El miércoles, su casera la llamó para anunciarle que su apartamento estaba casi listo y que podría volver a mudarse el fin de semana.
Maddie, sin embargo, se guardó la noticia para sí misma.
Aún no quería irse. Le gustaba despertarse con él cada mañana cuando Matt estaba en la ciudad.
Esperarlo por la noche y preguntarle qué tal le había ido en el partido, el entrenamiento o lo que fuera.
Discutir con él sobre quién debía encargarse de lavar la ropa.
Besarlo siempre que quisiera. Y disfrutaba de que volviera a ser fácil estar juntos.
Sin preocupaciones. Ninguna conversación era una discusión.
Ya no había encuentros incómodos. Volvían a ser ellos mismos. Pero más.
Mejor.
—Oh, no, otra vez esa cara no —se quejó Hailey cuando se encontraron frente a la oficina el jueves—. ¡Pensaba que Matt se acababa de ir! ¿Por qué estás radiante como si acabaras de tener un orgasmo?
Maddie sonrió y sacó sus llaves. Hailey era la única que estaba al tanto de su relación con Matt. Lucy haría demasiadas preguntas.
—Una dama nunca cuenta sus secretos, Hailey.
—¡Oh, Dios, no me digas que tuvieron sexo telefónico!
—Bien, no te lo diré —dijo con inocencia—. Pero en serio, no sabía que podía ser tan excitante oír a alguien explicándote con todo lujo de detalles…
—¡Maddie! —gritó la chica, tapándose los oídos con ambas manos—. ¡Hay cosas que no quiero saber!
—¡Tú preguntaste!
—¡Por supuesto que no! Dije que no me dijeras que habían tenido sexo por teléfono. Además, ¿es ético que salgas con un cliente? —Frunció el ceño—. ¿Qué dirán en la ESPN?
Ella también frunció el entrecejo. Solo esperaba que la cadena no se enterara nunca. De todos modos, no tenía ganas de darle muchas vueltas ahora mismo.
—¡Eso no importa! —Hizo un gesto con la mano—. Ya no están interesados este asunto.
—Ya, ya. Mientras que a ti te interesa cada vez más. —Hailey arqueó las cejas con picardía—. Quiero decir que si tú…
Maddie nunca sabría qué iba a decir su mejor amiga porque se detuvo a mitad de la frase y abrió mucho los ojos. Su mirada se clavó en la puerta de la agencia frente a ellas.
—¿Qué demonios es eso?
—¿Eh? —La castaña se giró interrogante y su cara se puso de tres tonos de rojo distintos: los mismos colores del folleto que ensuciaba su puerta.
Si buscas el amor, mejor reza a los dioses o llama a una línea de astrología , decía en gruesas letras negras sobre un fondo rojo sangre en el que alguien había garabateado corazones retorcidos en rosa claro, todos ellos rotos.
Supo de inmediato de dónde venía ese folleto. ¡Solo una persona en todo el paseo marítimo podía dibujar unos corazones tan feos! Un estúpido abogado de divorcios calle abajo… donde ayer mismo habían vuelto a poner un cartel.
—¡No habrá sido capaz! —exclamó indignada.
—Parece que sí —respondió Hailey. Parecía tan indignada como ella.
Apretó los dientes y arrancó el folleto del cristal.
—¡No! No, no y no. ¡No en mi puerta!
Matt le enseñó que, a veces, hay que buscar la confrontación para que las cosas mejoren.
Sospechaba que se sentiría mucho mejor si le gritaba a Connor Stone.
No iba a dejar que él le arruinara su buen humor.
¡Hoy empezaría a luchar por sí misma! Y como no le importaba lo que Connor pensara de ella, era la víctima perfecta para su ira.
Arrugó el folleto en sus manos y caminó pesadamente por el paseo hasta el edificio del final.
—¡Acaba con él! —le gritó Hailey.
Ella asintió con firmeza, planeando aporrear la puerta de la oficina y echarla abajo si era necesario, pero para su desgracia, Connor salió justo cuando estaba cerrando el puño.
—Hola —dijo el tipo mordaz, trajeado con frialdad, con el rostro totalmente neutro y la corbata impecable. Dios, ¿cómo era posible que nadie lo hubiera ya estrangulado con ella?—. ¿Tu mañana va bien?
—¡Tú! —espetó Maddie—. ¿De qué va esto ? —preguntó enfadada, levantando la bola de papel.
—¿De qué va qué? —preguntó con indiferencia—. Yo no arrugué el bonito folleto.
—Pero sí lo pusiste.
—Ah, sí. Es cierto. —Se balanceó sobre sus talones, con aire de suficiencia—. Y con buen nivel, para que quedara recto. Acabas de arruinar quince minutos de trabajo. Normalmente cobro seiscientos dólares por quince minutos, así que…
—¡Connor, no puedes poner algo así! ¡Es malo para el negocio! —le espetó ella.
—¿Eso crees? —Se tocó la barbilla pensativo con el dedo índice—. Sí, supongo que la verdad a menudo es mala para el negocio.
—¡ No es la verdad!
—Madison, no sé por qué estás tan alterada. Tú tienes sus carteles y yo tengo los míos.
—¡Pero nuestro cartel no es malo para ti! El tuyo, en cambio…
—¡Oh, sí! —respondió el abogado con frialdad—. Es malo para mi salud mental.
—¡Siento decepcionarte, Connor, pero eso ya no tiene remedio!
Este resopló.
—Deja de poner tus estúpidos carteles y yo me guardaré mis folletos.
¿Folletos? ¿En plural? Dios mío, ¿cuántos habría impreso este troglodita?
—¡¿Cuál es tu problema?! —gritó frustrada—. ¿Es que odias el amor o algo así? ¿Alguna pobre chica te rompió el corazón y desde entonces quieres que todos los demás sean infelices también?
El chico arqueó una ceja, divertido.
—Me rompió el corazón…
—Bueno, ¿qué es entonces? No hay nada malo en informar a tus clientes de que podemos ayudarlos a superar su divorcio.
Los ojos marrones de Connor se oscurecieron de repente y la sonrisa desapareció de su rostro.
—¡Mi problema es que estás diciendo sandeces! Que estás prometiendo milagros. Todas esas aplicaciones y sitios de citas con tus test psicológicos son una absoluta tontería.
Ella se quedó sin aliento.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es —respondió con frialdad—. Estás vendiendo una mentira. Y no soporto que las mentiras se conviertan en dinero.
—¡No es una mentira! Nuestro sitio funciona. ¡Tenemos un cuestionario creado por una psicóloga de renombre! Y Hailey, que tiene un maldito título del Caltech, programó el algoritmo.
—Ah —dijo Connor sin expresión—. Lo que he oído es: Papá Noel me regaló un arco y flechas y ahora juego a ser Cupido con el dinero de los demás. ¡Emparejar gente funciona tan bien como las danzas de la lluvia, Madison! Ahora, ¿podrías largarte, por favor? Algunos tenemos trabajos de verdad.
—Tú eres un…
—Lo sé —respondió tajante y desapareció en la oficina.
Se quedó mirándolo con la boca abierta. ¡No era de extrañar que estuviera solo y fuera abogado de divorcios! Tal vez hasta disfrutaba viendo cómo se desintegraban las relaciones de los demás.
—Dios —susurró molesta, dejando el folleto arrugado en su puerta cuando su teléfono sonó—. ¿Qué? —respondió con brusquedad.
—Maddie, me quedé sin comida en casa.
Suspiró lo más profundo que pudo y cerró los ojos.
—Lo siento, papá. Pero tienes un supermercado a menos de cinco minutos de casa. Incluso podrías ir a pie.
Oyó a su padre soltar una exclamación de asombro.
—No estoy vestido para ir al supermercado, Maddie.
—Pues ponte algo —le aconsejó con paciencia—. Papá, tengo que trabajar, así que… Solo ve a comprar.
—Ah… no. Está bien. Hoy me quedaré sin comer. —Y colgó.
Se quedó mirando el móvil con incredulidad.
¡No! Eso era inaceptable. Estaba harta de que todos en su familia hicieran lo que les daba la gana y contaran con ella para solucionar el estropicio. Había olvidado cómo funcionaba una familia normal, pero el fin de semana en casa de los padres de Matt se lo recordó y… ya era suficiente.
Matt tenía razón. Tenía que empezar a luchar por sí misma. Tenía que dejar de evitar las discusiones. Las cosas no podían seguir así.
Con los dedos temblorosos, pulsó el botón de llamada. Su padre respondió al segundo tono.
—¿Cambiaste de opinión? —preguntó esperanzado.
Apretó los labios con tanta fuerza que su mandíbula amenazó con estallar. ¿Lo hizo a propósito ? ¿Intentaba hacerla sentir culpable para no tener que superar sus demonios internos?
—No, no lo he hecho —respondió tajante—.
¡Papá, no soy tu criada! ¡Báñate, vístete y ve a hacer la compra tú mismo!
Puede que tu duelo te impida ver a tus viejos amigos o, Dios no lo quiera, conocer a alguien nuevo, pero la gente triste también puede echar cosas en un carrito de compras y usar una tarjeta de crédito.
—Maddie, hoy no es un buen día…